Hay que seguir.
Pase lo que pase, llueve y truene, hay que seguir. El tiempo avanza en una sola dirección, miramos hacia atrás para descubrir hasta dónde llegamos, un pie y luego el otro, nos caemos y nos levantamos, y seguimos porque hay que seguir. Nos preocupamos, quizá solo un momento, porque no sabemos hasta cuándo podremos mantener el ritmo, pero lo hacemos igual, porque hay que seguir.
Hasta que en un momento no podemos seguir más.
La última vez que no estuve bien, de hecho, estuve bastante mal. O, como pobremente lograba articular: “No me siento bien. Perdón. Me está costando mucho funcionar”.
No soy ajeno al hecho de que estas palabras se prestan a muchas interpretaciones y que “funcionar” en el caso de máquinas de supervivencia biológicas como es mi caso —y muy probablemente el tuyo— no siempre denota con precisión. Pero elijo esa palabra sin ingenuidad porque realmente no podía hacer nada, empezando por hablar.
Es perfectamente entendible por qué las metáforas de sistemas son tan pero tan irresistibles para las ciencias cognitivas y la filosofía de la mente. Si bien nada en el cerebro funciona de la manera discreta y ordenada en que lo describimos, estas imágenes parecen ser especialmente útiles para dimensionar lo que pasa en nuestros pesados cráneos.
“Acá es donde pasan las cosas que tienen que ver con el lenguaje”, escuchamos y asentimos. “Y acá todo lo que tiene que ver con lo que vemos o imaginamos, por allá los movimientos corporales y acá lo que escuchamos, y más acá está esa parte que cuando se daña hace que le grites todo lo que pensás a todo el mundo”, y así.
Y lo sabemos porque hace no tanto tiempo algunas personas notaron que si, por así decir, una barra de metal atravesaba el cráneo de una persona saludable su comportamiento cambiaba. Y no solo en el mismo sentido en que vos y yo cambiaríamos nuestro comportamiento si alguien nos arrojara una barra de metal directo al cráneo al grito de “¡Pensá rápido!”, sino en el sentido en el que, como dijeron sus amigos, Phineas Gage ya no era el mismo.
El punto es que si bien podemos concebir a nuestros cerebros como máquinas, estos no son fácilmente reducibles a ninguna máquina que podamos fabricar. Aunque nada estoy diciendo de cómo se compara la capacidad de un procesador de silicio y nuestro cerebro en términos computacionales.
Y, sin embargo, cuando empiezo a funcionar mal casi que puedo percibir cómo se van apagando los sistemas.
Seguro viste alguna de esas películas en las que en el medio del espacio algo terrible pasa y las luces blancas de repente se ponen rojas y tenues. La nave empieza a operar con lo mínimo indispensable. Ahorra energía porque algo terrible sucedió y hay que aguantar con lo puesto hasta que el obstáculo se supere—o la tripulación se pierda para siempre en el espacio.
A mí suele pasarme algo parecido, aunque probablemente mucho menos interesante de filmar, a no ser que se tratara de una de esas adaptaciones animadas en las que adentro de mi mente encontraríamos un montón de simpáticos personajitos corriendo, prendidos fuego e intentando apagar incendios, gritando, uno con un revólver tomado de un cajón y otro en un rincón aparentemente rezando.
Todo lo cual nos haría pensar en que si estos personajes dentro de mi mente tienen sus propias emociones —y religiones organizadas— entonces podríamos asumir que tendrían una mente propia también, lo cual en su recursividad daría suficiente material para virtualmente infinitas secuelas, cada una en un nivel más profundo de consciencia. Si llego a ver esto en los cines en un par de años ya sé de dónde robaron la idea.
No tengo a mano una pizarra para explicarlo, pero a medida que mi estrés aumenta, mi cerebro aparentemente va descartando funciones cognitivas. Supongo que es el equivalente de la pérdida de extremidades por la hipotermia, aunque en este caso lo primero que pierdo no son los deditos de los pies —ideales para servirse un whisky en el Everest— sino mi capacidad para entender cualquier uso no literal del lenguaje.
Esto es tan frecuente que alcanza con un poco de ansiedad para que se vuelva difícil hacerme entender la metáfora más sencilla, o incluso expresiones coloquiales que un momento antes podía usar sin problemas.
Y, en simultáneo, en alguno de los pasillos de la estación espacial que llevo justo encima de mis hombros y entre las orejas salta la térmica en el módulo que se encarga de que mis sentidos no envíen todo lo que se cruzan al resto del sistema, y es así como repentinamente cada mínimo sonido se vuelve insoportable, los olores que veinte minutos antes no existían de repente inundan y nublan todo, la ropa me empieza a incomodar y, seguramente por algún otro incendio en otro lado, se funden los cables que llevan las señales de frío y calor y ya nadie tiene idea de cuál es cuál.
Quizá por eso sea que puedo empezar a temblar de frío en verano.
Y qué es ese sabor en mi boca, por qué hay tanta luz, a quién se le ocurrió que el mundo tenía que tener tantos colores. ¡Y tantos números, y palabras, y opciones!
El fuego a esa altura seguramente ya comenzó a consumir el oxígeno y por seguridad hay que aislar secciones completas. Lo siento mucho, le contaremos a sus familias que murieron como héroes. El problema es que sin nadie a cargo de los controles los músculos, ahora tiesos, no saben qué hacer. Eventualmente acuden a la comodísima posición de bicho bolita.
Ojalá cuando intentara hacer el baile del robot me saliera tan bien como cuando no puedo moverme de otra manera que no sea como uno.
A esta altura ya no hay capacidad de lenguaje. Miramos hacia la inmensidad del espacio exterior y vemos flotando ese módulo junto a un montón de esos pinipones que antes se encargaban de que pueda articular palabras.
Escucho palabras pero a veces no significan nada. Pienso palabras, pero se pierden antes de que pueda pronunciarlas.
Cuando pierdo la capacidad de hablar es como si las palabras que quiero decir me dieran vueltas alrededor como mariposas y no pudiera atraparlas. Y cuando quiero abrir la boca para decirlas los sonidos se confunden entre sí, me canso de intentar como si hubiera estado varias horas tratando de subir una roca gigante por una colina.
A todo esto, podemos especular que para entonces los personajitos en mi mente ya han acudido al canibalismo —es la parte que en la película no quisieron mostrar porque alguien tiene que pensar en los niños. Quizá los que trabajaban en la parte del lenguaje se morfan a unos que estaban en la del procesamiento sensorial, y todo bajo la mirada del nuevo autoproclamado líder que solía ser un don nadie del sistema simpático, aunque ahora muestra su faceta más bien antipática.
Las horas pasan y donde antes había una mente ahora solo hay restos, con paredes llenas de graffiti. “Lucha o huida” es la consigna de quienes han tomado el poder, que no solo marcan en las paredes sino que como si de un saludo secreto se tratara lo repiten cuando se cruzan, quizá con la intención de atrapar algún impostor.
Lo que pudo ser una ligera desestabilización del delicado funcionamiento de mi mente se convirtió en un coordinado golpe de estado antes de que la división de poderes —o funciones— y los contrapesos pudieran hacer algo. La primera noche luego de la toma de poder corren ríos de adrenalina, con los que los eufóricos pinipones del nuevo régimen se embriagan.
Pero como cualquiera que haya leído algo de bibliografía científica al respecto sabe, gobernar una mente no es sencillo. Las consignas simples y pegadizas, y el saber aprovechar una oportunidad, son solo el primer paso. Luego todo se vuelve más complejo —y tedioso.
A decir verdad, desconozco los detalles y la información con la que contamos es más bien fragmentaria y poco confiable. Pero podemos estimar que al cabo de varios días de que reine el caos, la vida en mi mente empieza a perder ese nosequé, aventurero y rebelde, que hizo tan atractiva a la revolución.
Alguna vez también hice ese experimento adolescente de vivir a base de papas fritas y cerveza, por lo que bien puedo imaginar que al quinto día de recibir como respuesta “adrenalina” ante la pregunta de qué hay para tomar hasta el más fiestero de los tipitos que trabajan en mi mente empieza a cuestionar sus recientes decisiones.
En su diario íntimo —o bitácora de la revuelta— uno de los más despiertos de los amotinados eventualmente anota que el clima del principio prácticamente comenzó a perderse a la mañana siguiente de aquel festejo lleno de excesos. Algunos pinipones empiezan a hacer ciertos comentarios, aunque con cierta cautela. Nadie quiere ser la cara visible de la contrarrevolución mental.
Pero como alguna vez apuntó Reinhart Koselleck, una parte intrínseca del concepto de revolución es su naturaleza cíclica, incluso si cada una trae consigo la posibilidad de cambio. Indefectiblemente todas las revoluciones apuntan a la vuelta al origen.
Esto no le escapa a muchos de estos simpáticos monigotes en mi mente, y sin que nadie siquiera pueda percibirlo, el deseo por restaurar el orden empieza a contagiarse por los pasillos devastados de lo que alguna vez fue mi sistema nervioso central.
No es fácil, claro, pero lo bueno de las metáforas es que nos permiten redibujarlas como se nos antoje. Y así, de repente y sin líderes, hay espacios que empiezan a reclamar su autonomía.
En un notable despliegue de coordinación y espontaneidad, de las ruinas logra reconstruirse la sala de control de mis movimientos y el cuerpo ya no se ve obligado a ese patético andar propio de las figuras de madera que usan los dibujantes: “¡Soy un niño de verdad!”
La mente sigue arruinada, pero a veces un ejemplo inspirador puede encender la chispa de la contrarrevolución.
Las noticias no tardan en llegar hasta el último rincón del cerebro y aunque nadie sabe de dónde salen los volantes que denuncian a ciertas hormonas como el “opio de los pueblos”, el clima es uno de inevitabilidad.
La resistencia, envalentonada, lentamente avanza y recupera terreno sobre el vapuleado escenario mental. Las consignas en las paredes dan lugar a murales, los pinipones más viejos cuentan sus historias a las nuevas generaciones para que no cometan sus mismos errores. Y, sobre todas las cosas, el malvado reinado del mal cada vez atemoriza menos.
Cada dos por tres nos llegan historias de unos que se dan vuelta y en vez de sembrar el caos ayudan a la reconstrucción. El consumo problemático de ciertas sustancias se pone en jaque y es en la mismísima amígdala que en círculo muchos reconocen que tienen un problema, el primer paso para cambiar el hábito.
De a poco, y con tímidos pero sólidos pasos, la capacidad del lenguaje se va reconstruyendo. El silencio sepulcral de la sala se rompe cuando alguien celebra: “¡Tenemos visual!”
Los ojos ya pueden empezar a mirar a otros ojos y el clima festivo se contagia. Quién hubiera dicho que la reconstrucción podía ser incluso más disfrutable que el descontrol.
Nadie se anima a dar una noticia apresurada, pero circulan algunos reportes entusiasmantes. Parece que ya se han podido identificar ciertas emociones, y en cada prueba el sistema parece devolver cada vez mejores resultados.
Con una nueva generación de operadores, los músculos están listos hasta para probar alguna de esas posturas de yoga de las que tanto se habla.
La reconstrucción de una mente asolada no es tarea sencilla, ni mucho menos una fácil de llevar a cabo en un par de días, pero la posibilidad de hitos constantes, que se suceden sorpresiva e incesantemente, alcanza para mantener la motivación. Los pinipones ni siquiera quieren dejar sus turnos para ir a descansar para no perderse uno de esos momentos de los que luego todos están hablando en el almuerzo.
La vida de un personaje de ficción que vive en una compleja metáfora utilizada para explicar el funcionamiento de una mente quizá no tiene muchos momentos que realmente valga la pena recordar. Cada tarea se divide en tantas partes que en realidad a nadie le corresponde el mérito. Y eso no está mal.
Pero supongo que ninguno va a olvidar el momento en el que el eco sacudió cada escotilla, cada recoveco, cada ángulo y comisura de mi mente. Ganando momento en apenas un puñado de instantes, no hubo nadie que no supiera que algo importante había pasado. Festejos, papeles volando, improvisados besos entre un par que seguro hace mucho se tenían ganas, llanto, desafinados gritos que en su agudez lo recorrieron todo, fueron el resultado de un blip en una pantalla que bien podría haber pasado desapercibido.
Antes de decirlo en voz alta lo verificó una y otra vez, levantó un teléfono para ver si del otro lado veían lo mismo. Pero hay ciertas cosas que a pesar de su improbabilidad y de ser todo lo que deseamos, sin previo aviso y desafiando todo pronóstico suceden y nos dejan de cara.
“¡Telemetría lo confirma! ¡Ambos cachetes registran lo mismo! ¡Tenemos una sonrisa!”

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Lo que leíste es solo una parte del correo enviado el 26 de septiembre de 2021.
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