Cómo funciona el fin de semana

“¿Qué es un ‘fin de semana’?”, pregunta la octogenaria condesa viuda Violet Crawley en Downton Abbey (2010), mientras sus comensales se miran pensando en cómo responder.

La escena transcurre en las primeras décadas del siglo XX y su pregunta es menos extraña que lo que parece: el término apenas había ingresado al idioma inglés algunas décadas antes, al menos del modo en que hoy lo entendemos.

Antes de que la Revolución Industrial comenzara a asomarse, la semana consistía de seis días de trabajo y uno de descanso, tal como se describía en la Biblia. El estupor de la simpática aristócrata seguro se explique porque sus semanas solo tenían domingos.

La razón oficial del domingo como día de descanso para los cristianos es la excusa de conmemorar la Resurrección. “El domingo es el nuevo sábado” fue básicamente la consigna con la que en el siglo IV, con una cuota justa de antisemitismo, el cristianismo codificó al domingo como día de descanso en la legislación civil y eclesiástica, incluso cuando ‘sábado’ viene del latín sabbatum y este del hebreo šabbāth (‘día de descanso’), que a su vez deriva de šābath (‘descansar’). Varios siglos después el islam determinaría que “el viernes es el nuevo domingo”, para que nadie se confundiera.

Pero no fueron precisamente preocupaciones etimológicas las que llevaron a reinstaurar al sábado como día de descanso, sino la amenaza inesperada de los Santos Lunes.

Antes de que llegara el cronometrado ritmo de la industrialización, el lunes solía ser un día de descanso no oficial. El trabajo no se medía en horas sino en tareas, realizadas por un grupo de personas específicamente convocado que trabajaba intensamente hasta completarlas y luego de cobrar hacía con su tiempo lo que se le antojaba. El concepto de trabajar por períodos regulares de tiempo preestablecidos, bien diferenciados del tiempo libre, era completamente desconocido.

Al llegar las máquinas e instalarse la necesidad de mantenerlas operando la mayor cantidad de tiempo posible, el desafío estaba en lograr que el lunes alguien siquiera apareciera para trabajar. La excusa era tomarse el día en observación del Santo Lunes, un fenómeno que Benjamin Franklin menciona en su autobiografía como explicación de su éxito profesional: su asistencia perfecta “nunca tomando un Santo Lunes”. O, como sintetizaría Woody Allen, ochenta por ciento del éxito viene de simplemente presentarse.

Con todo el descanso agrupado en un solo día, el lunes a la mañana solía ser de resaca. El domingo luego de ir a la iglesia el salario se esfumaba, generalmente en espectáculos y bares. En la ecuación de tiempo versus dinero ganaba la opción de tomarse un día libre. Es la misma que hoy enfrentamos, aunque generalmente con el desenlace opuesto.

Desesperados por recuperar productividad, en las fábricas se instaló a mitad de siglo XIX lo que en el resto del mundo se conoció como el “sábado inglés”: la semana laboral duraría hasta el sábado a la hora de comer, y el domingo podría dedicarse a reponerse para el lunes. No menor fue el apoyo religioso: la esperanza estaba puesta en que la medida aumentara la asistencia a la iglesia el domingo por la tarde.

Con esta tímida ampliación del tiempo de descanso nació el fin de semana, un concepto que recién apareció por escrito en 1879 en una carta de un lector que preguntaba por su significado en la revista Notes and Queries, dedicada al estudio del idioma inglés, con una torpe descripción: “Es lo que pasa cuando vas a visitar a alguien un viernes y luego te quedas allí el sábado, y luego te quedas allí hasta el domingo y luego…”

En caso de tener que explicárselo a una de esas personas que no trabajaron un solo día en su vida, ya sabés cuáles, el fin de semana es aquello que debemos esperar toda la semana para hacer lo que queremos porque de lunes a viernes tenemos que trabajar.

La tierra gira alrededor del sol una vez al año y tarda unos 365,25 días. El sol sale y se esconde cada veinticuatro horas. Pero la semana es otra cosa. Es un invento completamente original, que no solo no mide nada sino que poco o nada tiene que ver con la naturaleza.

Siete son los enanitos, los pecados, las notas musicales de la escala mayor, los mares, los infiernos de Dante y los años que pasa Brad Pitt en el Tíbet. Siete eran también los cuerpos celestes que observaban en la Antigua Babilonia: el Sol, la Luna, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. De allí probablemente los judíos tomaron inspiración, durante su exilio en la Mesopotamia, y determinaron que el séptimo día era de descanso o muerte. Respecto de cuánto había que trabajar, nada estaba escrito.

A comienzos del siglo XVIII en las colonias británicas en América, la jornada laboral solía comenzar y terminar en la penumbra. Es por esto que los primeros movimientos por derechos laborales reclamaban por las horas—y el tiempo libre. El “Movimiento de las diez horas” de 1791 en Filadelfia no tuvo gran impacto, pero encendió la chispa que provocó la primera huelga general de Estados Unidos en 1835, que culminó con una ley.

En apenas un siglo el tiempo se volvió moneda corriente y dejó de ser algo que se pasaba a algo que se gastaba, y no se debía derrochar. La industrialización desplazó los tiempos orgánicos de las tareas —las mareas en la pesca, las estaciones en la agricultura— hacia el imperio del reloj. La disputa, como en 1817 sintetizó el galés Robert Owen, era por “ocho horas de trabajo, ocho horas de recreación, ocho horas de descanso”. Entre 1881 y 1885 en Estados Unidos hubieron al menos 142 huelgas en reclamo por las horas de trabajo.

Estas mismas disputas fueron las que moldearon las jornadas escolares, diseñadas como refugio de quienes necesitaban no solo del cuidado en ausencia de sus padres sino también aclimatarse al ordenamiento arbitrario de sus días y semanas en torno a necesidades que nada tenían que ver con objetivos pedagógicos.

Probablemente la culminación del reclamo fuera la huelga del 1º de mayo de 1886, en la que un grupo de trabajadores de la ciudad de Chicago convocó al reclamo por la jornada laboral de ocho horas. Casi medio millón de trabajadores se pronunció durante cuatro días a lo largo de todo el país y los derechos laborales pasaron de ser una mera abstracción, con un sangriento costo imposible de ignorar hoy recordado con el Día Internacional de los Trabajadores, a una realidad política.

Esta indisoluble relación entre el tiempo libre y el trabajo quedó finalmente establecida en 1926 con la incorporación de la semana laboral de cinco días en las fábricas de Henry Ford, convencido por su vicepresidente, James Couzens, bajo el argumento de que más tiempo, y más dinero, derivaría en mayor consumo por parte de los trabajadores. Oh, el capitalismo.

Pocos años más tarde, con la Gran Depresión, otras industrias adoptaron la misma medida para evitar despidos, y en 1938 la semana laboral de cinco días y 40 horas quedó establecida por ley. En Argentina la primera ley laboral, de 1905, establecía el descanso dominical en la Ciudad de Buenos Aires, y luego fue ampliada en 1932 para incorporar el “sábado inglés”. La semana laboral argentina, sin embargo, es de 48 horas.

Cien años más tarde, nos volvemos a preguntar qué carajo es el fin de semana. No tener tiempo no solo se volvió la norma sino que miramos con desconfianza a quien tiene suficiente tiempo como para aburrirse.

Nos proponemos día tras día, semana tras semana, conquistar al tiempo antes de que nos conquiste y celebramos insospechadamente el aparente esfuerzo de quien nunca se toma un fin de semana, porque así es como se lo vence: “La clave es agarrar tu tiempo libre, llevarlo al lugar más recóndito de tu casa y vaciar el cargador para demostrar tu estado de emoción violenta”. Nos vamos a morir antes de los cincuenta, pero con un currículum fenomenal. Supuestamente así se logra el éxito y todo eso, qué sé yo.

Como nos recuerda Katrina Onstad en The Weekend Effect (2017), hace no tanto tiempo el tiempo libre era la principal discusión política, y aquella que unió por primera vez a los trabajadores, no en rechazo del trabajo infantil, ni por las condiciones laborales, ni siquiera por los salarios, sino por la reducción de las largas jornadas de trabajo.

Literalmente miles de personas tuvieron que morir para que primero se liberara medio día, y luego un día entero, para que hoy en la tapa de diarios y revistas salgan sonrientes quienes se jactan de que descansar es para perdedores. Qué te puedo decir.

Incluso cuando trabajar por momentos parece ser más un privilegio que un derecho, hay un buen motivo por el cual Adán y Eva no esperaban el fin de semana. Sin el agotamiento de la semana haciendo contraste el fin de semana pierde su significado. Pero también lo pierde el trabajo, con sus delicias y penas.

El fin de semana, si todo sale bien, nos permite asumir un ritmo diferente. Dormimos distinto, quizá leemos un poco, salimos a pasear, vamos al cine, hacemos ejercicio, miramos algo. Incluso nos permitimos ser alguien más.

No siempre es sencillo entender cómo funcionan los fines de semana. En 1924 se publicó en Inglaterra The Week-End Book, un éxito inmediato, que hacía de una suerte de enciclopedia con juegos, recetas, información para el avistaje de aves, instrucciones para distintos pasatiempos e incluso instrucciones para darle un beso a alguien bajo el agua. No apuntaba a la clase trabajadora, sino a la incipiente clase media británica, motivo por el cual fue criticada al pasar por Virginia Woolf, que encontraba entre sus páginas todo lo que detestaba del clima superficial de su época.

A veces el tiempo libre puede privarnos de cierta libertad, como señala Witold Rybczynski citando a G. K. Chesterton en Waiting for the Weekend (1991). En una de sus columnas de 1927, Chesterton comenta que por ocio podemos entender tres cosas: “Primero, remite a poder hacer algo. En segundo lugar, a poder hacer cualquier cosa. Y en tercer lugar, quizá lo más raro y precioso, a poder no hacer nada”.

Y eso que nos cuesta tomarnos días: mientras que en la Edad Media un campesino trabajaba apenas 120 días al año, en Estados Unidos un tercio de los días de vacaciones no tomados se pierden antes de reclamarse, y podemos asumir que algo similar sucede en el resto del mundo.

En cierto modo es el fin de semana el que nos esclaviza, y no el trabajo. Muchas personas actúan como si su semana laboral fuera un molesto obstáculo para sus verdaderas vidas. El tiempo libre, incluso, parece haber olvidado su adjetivación. Según Rybczynski, las personas ya no juegan, sino que asignan tal seriedad a sus actividades no laborales que incluso ya no disfrutan de la mera experiencia sino que trabajan en sus actividades recreativas, para luego jactarse de ello.

Como dice un personaje en la novela Invisible Monsters (1999) de Chuck Palahniuk: “La única razón por la que preguntamos al resto cómo fue su fin de semana es para poder contarles sobre el nuestro”.

Amateur, una palabra tan linda que remite al amor por lo que se hace, es así visto apenas como un primer estadio hacia la profesionalización. Lo que bien podría ser un halago se convierte en una observación peyorativa. La libertad propia del tiempo no dirigido se pierde en la obligación por hacer las cosas “bien”, en detrimento de aquella otra observación de Chesterton: “Si hacer algo vale la pena, bien vale la pena hacerlo mal”.

Es en esta trampa en la que parece caer Bertrand Russell en su elogio a la ociosidad de 1932, donde pone en discusión la creencia de que el trabajo es no solo una virtud sino la virtud máxima.

Según Russell, aquel modelo productivo que arrastramos desde los albores de la Revolución Industrial, cuya reducción de la jornada laboral parece haberse estancado hace un siglo a pesar del aumento generalizado de la productividad, atenta directamente contra aquella intuición de que dado más tiempo libre las personas ocuparíamos aquel sobrante productivo (o, discutiblemente, improductivo) en la persecución de nuestra curiosidad y los intereses personales.

Sin darse cuenta, Russell termina desplazando un tipo de productividad por otra. Mucho más interesante parece ser devolverle parte de su encanto a la semana laboral sin dejar que se expanda hasta ocuparlo todo. Y así tal vez el fin de semana pueda librarse de expectativas, y de relojes, recuperando algún día aquel carácter originario de tiempo fuera del tiempo.

Y así, cuando el domingo a la tarde el lunes se nos acerque con la musiquita de Tiburón, podamos enfrentarlo mejor.

Eventbrite Experiential Gift Guide” by Abbey Lossing (CC BY-NC-ND 4.0)

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