Cómo funciona perderse en una isla

Sálvese quien pueda.

Alcanza con un mal día, nos recuerda el Joker, para que una persona cualquiera pierda la cabeza y descienda hacia la más brutal y despiadada locura. El polímata Gustave Le Bon, quizá insospechadamente, pasó en limpio esta intuición en La psychologie des foules (1895) donde escribe que ante una crisis “el hombre desciende varios peldaños en la escalera de la civilización”.

Hitler lo leyó con atención, como también lo hicieron Mussolini, Stalin, Churchill y Roosevelt. Cuando ante una mínima provocación el pánico y la violencia estallan nuestra frágil y fina capa de moralidad, como la llama el primatólogo Frans de Waal en Our Inner Ape (2006), cede y los humanos volvemos a aquel mítico estado de naturaleza hobbesiano que revela nuestras verdaderas cualidades miserables. La guerra de todos contra todos. Sálvese quien pueda.

La urgencia por la supervivencia saca lo peor de las personas. Cuando las bombas arrasan con todo, cuando un huracán solo deja escombros a su paso, o cuando finalmente los zombis toman las calles, el colapso de la autoridad, sea cual sea, trae consigo el reino de la violencia, el egoísmo y la histeria. Como nos advierte Bill en The Last of Us (2013): “Ya sabes, por muy malas que sean esas cosas, al menos son predecibles. Es la gente normal la que me asusta”.

Nací en una casa en el medio de un bosque en una época en la que nadie imaginaba satélites ni GPS. La inmensidad de los árboles se medía desde mis escasos centímetros y no desde el espacio. Cada vez que salía a caminar me dejaba llevar por la imaginación soñando con la posibilidad de alguna vez llegar tan lejos que tuviera que sobrevivir por mis propios medios. Con qué otro motivo habrían de regalarme un cortaplumas para Navidad si no fuera para que pudiera demostrar que nada me podía pasar.

Eso sí, en mis fantasías de supervivencia nunca había otras personas. Eso hubiera significado problemas. Esto es precisamente lo que bajo una muy sencilla consigna se propuso demostrar William Golding en su clásico Lord of the Flies (1954). Un libro acerca de qué haría realmente un grupo de niños varado en una isla.

La tranquilidad de una isla deshabitada en el Pacífico de un momento a otro se ve interrumpida por la caída de un avión. Los únicos sobrevivientes son veinte estudiantes británicos de entre seis y doce años. La isla es paradisíaca, prácticamente tomada de sus libros favoritos de aventuras.

El primer día los niños se organizan en una suerte de democracia. Lo más importante es divertirse, luego sobrevivir y, por último, ser rescatados. Solo el primer punto tiene éxito. Cuando finalmente un oficial de la marina británica aparece la isla es un caos. Tres de los niños murieron. Es el fin de la inocencia. Es el destino inescapable al que está condenada la humanidad.

Entre sus páginas Golding describe a los niños como una “tribu” de “salvajes” que caza, baila, canta, se decora con flores y se deja el pelo largo como “un grupo de indios pintados”. Si a los niños no se los controla, parece insinuar Golding, habrá caos. Tomada como evidencia, de la historia se desprende el corolario de que sin la autoridad de los adultos los niños se volverán pequeños monstruos: lo opuesto a la obediencia es la desobediencia.

Pero estos son falsos opuestos. Como argumenta la autora Jay Griffiths, el verdadero opuesto de la obediencia es la independencia, y del orden es la libertad. “De forma aún más profunda”, escribe, “el verdadero opuesto del control no es el caos sino el autocontrol”.

No solo el texto de Golding es una ficción odiosamente racista sino que no es más que una diatriba en contra del juego. Lo que Golding describe es una proyección adulta de lo que sucede cuando dotamos de autonomía a las personas. “Cuidado, esto es lo que sucede con la libertad” podría ser buen un subtítulo.

La evidencia antropológica contradice directamente esta imagen e incluso en muchos relatos, como los que recupera la antropóloga Jean L. Briggs en Never in Anger (1970), dotados de extraordinaria libertad los niños tienden a volverse independientes, autónomos y compasivos. Cuando a los niños se les permite explorar su libertad y se les anima a controlarse, comenta Griffiths, se le hace un bien a la comunidad.

No tenemos ningún buen motivo para dar por verosímil el texto de Golding. Incluso de Waal escribe en The Bonobo and the Atheist (2013) que “no hay un atisbo de evidencia de que esto es lo que haría un grupo de niños por su propia cuenta”. Más interesante aún es que apenas 15 años luego de que Golding escribiera su historia un grupo de niños de hecho quedó varado en una isla deshabitada en el pacífico y no solo no se torturaron entre sí sino que sobrevivieron bastante bien.

Peter Warner nació en una familia opulenta. Su padre, Arthur, supo ser uno de los hombres más ricos y poderosos de Australia. Peter debía seguir sus pasos pero a los diecisiete años se embarcó en busca de aventuras. Eventualmente volvió y con orgullo le presentó a su padre su diploma de capitán emitido por la marina de Suecia. Lo obligaron a estudiar para ser contador.

Siempre que podía Peter se escapaba para Tasmania, donde mantenía una pequeña flota pesquera. En uno de sus viajes a Tonga con el objetivo de conseguir un permiso pesquero de parte del rey que no logró obtener, en el invierno de 1966 Peter se volvió para Tasmania. Pero de regreso, y mientras soltaba sus redes fuera de las aguas reales, pudo divisar una remota isla diminuta: la isla de ‘Ata.

Peter sabía que allí no desembarcaba nadie hacía añares. Al menos desde 1863 cuando un barco se detuvo a esclavizar a 144 nativos, poco menos de la mitad de la población, con destino Perú. Con sus binoculares vio que había manchones de pasto quemado y decidió acercarse. De repente logró ver a un niño con pelo hasta los hombros que saltó al agua.

Un minuto más tarde el niño alcanzó el barco y dijo en perfecto inglés: “Mi nombre es Stephen. Somos seis y hemos estado varados aquí unos quince meses”. Una vez a bordo los niños comentaron que eran pupilos de una escuela en Nuku‘alofa, la capital de Tonga. Hartos de la comida de la escuela habían decidido irse a pescar cuando los agarró una tormenta. Preso de su escepticismo, Peter llamó por radio. Eran ellos.

Tal como reconstruye la historia Rutger Bregman en Humankind (2020), los seis muchachos eran pupilos del colegio católico St Andrew’s de entre quince y dieciséis años con un problema en común: morían de aburrimiento. Lo que “Stephen” Tevita Fatai Latu, “David” Tevita Fifita Siolaʻa, Kolo Fekitoa, “Mano” Sione Filipe Totau y Luke Veikoso querían eran más aventuras y menos tarea. Luego de complotar, y a pesar de que sus compañeros no les creyeran, un día se robaron un barco pesquero y salieron.

Se habían preparado con dos bolsas de bananas, algunos cocos y un mechero a gas. No había tiempo para empacar un mapa o una brújula. Qué tan difícil podía ser navegar. Nadie notó cuando zarparon. Ninguno de ellos pensó que se estaban zarpando.

La primera noche cometieron un grave error: se quedaron dormidos. Unas horas más tarde despertaron con las olas asediando el casco. Levantaron la vela, que un instante más tarde se hizo añicos. Estuvieron días a la deriva. Sin agua y sin comida. Quisieron hervir agua de mar pero se volcó y uno de ellos se quemó la pierna. Al octavo día apareció una pequeña isla en el horizonte. Ningún paraíso sino una roca gigante en el medio del océano.

Los niños sobrevivieron gracias a los restos del antiguo poblado, abandonado cien años antes. Según el recuerdo de Peter, cuando llegó los niños habían armado una pequeña huerta, juntaban agua en troncos ahuecados, se habían ingeniado un gimnasio improvisado con pesas, habían montado un corral para gallinas y tendían un fuego que mantuvieron prendido durante un año. Todo esto solo con ingenio y una vieja navaja. Exactamente como yo imaginaba sobrevivir en el bosque con mi humilde cortaplumas y mi todopoderoso ingenio, al menos hasta que me aburriera y quisiera volver a casa por una chocolatada.

Dispuestos en equipos de dos, los niños establecieron un esquema de trabajo en torno a la huerta, la cocina y la vigilancia. A veces se peleaban pero, como recuerda Mano, cuando eso pasaba se imponía un tiempo para que cada parte se fuera a un lado opuesto de la isla hasta que cuatro horas más tarde pudieran charlarlo y disculparse.

Sus días comenzaban y terminaban con canciones y rezos. Para mantenerse animados Kolo había hecho una guitarra, que Peter aún conserva, con restos del barco, medio coco y seis alambres del naufragio.

Durante el largo verano apenas si llovió y morían de sed. En su desesperación cazaban pajaritos y bebían su sangre, recuerda Sione. La vez que intentaron hacer una balsa se quebró con la primera ola. Una tormenta hizo que un árbol cayera sobre su choza y una vez, paseando por un acantilado, Stephen se cayó y se quebró la pierna. Los otros niños lo atendieron con palos y hojas. “No te preocupes”, bromeó Sione, “nosotros haremos tu trabajo mientras te quedas acá como el mismísimo rey Taufa‘ahau Tupou”.

Finalmente, el 11 de septiembre de 1966 el barco de Peter apareció en el horizonte. Su estado físico era impecable. Casi toda la isla de Haʻafeva, con una población de novecientos habitantes, los esperaba y las fiestas de recibida se sucedían sin cansancio.

Pero este no sería el fin de su aventura. Una vez en tierra firme fueron arrestados por el robo del barco de un tal Taniela Uhila que había esperado quince meses para que se hiciera justicia.

Peter, vivo para los negocios, sabía lo que tenía que hacer. Llamó a un ejecutivo de un canal australiano y logró liberar a los niños, a cambio de que cooperaran con la filmación de un documental. Unos días más tarde estaban de nuevo en la isla, tratando de orientar a un grupo de cineastas nauseabundos que apenas si pudieron obtener unos veinte minutos de material.

Peter era un héroe nacional. Eventualmente el mismísimo rey Taufa‘ahau Tupou IV lo invitó para una audiencia y le preguntó si había algo que pudiera hacer por él. Peter reiteró su pedido de pescar langostas en sus aguas y este le fue concedido.

Peter volvió a Sydney, renunció a la empresa de su padre y compró un barco de pesca. Tenía una propuesta para Sione, Stephen, Kolo, David, Luke y Mano: la oportunidad de ver el mundo más allá de Tonga. Al barco lo bautizaron Ata.

Curiosamente, esta historia de película no tuvo su propia novela, película o adaptación teatral. Si bien es a Daniel Defoe y su Robinson Crusoe (1719) a quien se suele atribuir el origen del género de ficción realista, es a Golding a quien muchas veces se le da crédito de haber originado el género del reality—aquel que promete mostrar “lo que sucede cuando las personas dejan de ser amables y comienzan a ser reales”, como anunciaba en 1992 la apertura de The Real World de MTV.

Y esto es lo que creemos sin mucho problema acerca de lo que pasa cuando las personas son reales. Mienten, engañan, provocan, complotan. Sálvese quien pueda, una vez más. No sería tan grave si la aclaración de que todo esto es ficción alcanzara para algo. Pero son los relatos acerca de quiénes somos lo que marca cómo nos vemos.

Incluso los relatos de Hobbes, Locke y Rousseau acerca del estado de naturaleza en el que encontraríamos a la humanidad en su máxima pureza fundan a la filosofía política que en última instancia se tradujo en las formas de organización que hoy atribuimos a nuestro carácter civilizado.

“Siempre he entendido a los Nazis”, dice Golding en la biografía escrita por John Carey (2009), “porque esa es mi naturaleza”. Un maestro de escuela alcohólico y depresivo, Golding escribió su novela en virtud de este “triste autoconocimiento”, según sus propias palabras.

Apenas unos años luego de que el mundo se enterara de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, su obra parecía “iluminar la condición humana en el mundo actual”, como escribió el comité de los premios Nobel al dárselo en 1983.

Pero incluso en la época en la que bombardear poblaciones civiles parecía no solo la salida sino el recurso necesario para dar fin a la Guerra sabíamos que no es lo peor de las personas lo que emerge ante la crisis. De hecho, si hay algo que surge de prácticamente todas las crónicas del Blitz sobre Londres es la extraña serenidad que reinó sobre la ciudad en aquellos meses.

Como reconstruye Richard Overy en The Bombing War (2013), incluso bajo el asedio de las explosiones los ingleses bebían su té mientras las ventanas se sacudían. Pero esto no es ninguna excepción británica: luego de las represalias de los aliados sobre territorio enemigo no solo el ánimo se mantenía alto sino que los bombardeos reforzaron la economía alemana.

Esto tampoco se debe a la guerra. Luego del paso del huracán Katrina por Nueva Orleans se sucedieron una serie de reportes de asesinatos y violaciones que nadie cuestionó porque, como bien sabemos, esa es la naturaleza humana. Lo cierto es que ninguno de ellos ocurrió. Lo que parecían disparos eran explosiones de un tanque de gas. Las muertes habían sido por causas naturales. No había reportes de violaciones y los saqueos habían sido organizados en grupos para la supervivencia, en algunos casos incluso con apoyo policial. La tragedia había potenciado —y no aplacado— el comportamiento prosocial.

“Mi propia impresión”, escribe Rebecca Solnit en A Paradise Built in Hell (2009) donde relata las secuelas de Katrina, “es que el pánico de las élites viene de la forma en que las personas poderosas ven a la humanidad en su propia imagen”. Como señala Bregman, dictadores y líderes autoritarios con preocupante frecuencia recurren a la fuerza para evitar escenarios que solo existen en sus cabezas. El supuesto es que las personas se rigen únicamente por el interés propio, al igual que ellos.

Quizá la urgencia por la supervivencia si no saca lo mejor de las personas al menos las enfrenta ante un hecho incómodo pero indispensable: nuestras chances de sobrevivir aumentan con la cooperación. Cuando las bombas arrasan, cuando los huracanes solo dejan escombros, o cuando un virus nos obliga a repensar nuestro sentido de la moda, es en la amabilidad y la generosidad que podemos encontrar refugio.

En cuanto a los zombis, sálvese quien pueda.

Islands” by Duque yvan (CC BY-NC 4.0)

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 6 de diciembre de 2020. 
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