Cómo funciona Halloween

“¿Vas a querer algo más?”, me preguntó del otro lado del mostrador una chica muy linda bajo medio kilo de maquillaje en una farmacia de California.

“No, gracias”, balbuceé un poco desconcertado por estar comprando dos pavadas frente a una zombi. “Acá todo es así, les encanta Halloween”, me explicó Dani. No pude evitar la ironía de que me atendiera una persona cuya satisfacción laboral parecía ubicarla cómodamente en la categoría de “muerta viva”. Para qué el maquillaje.

A los estadounidenses les encanta celebrar su noche de brujas. Octubre es el mes de los preparativos y es como si al pasar de página en el calendario se volviera incontenible el deseo por la prometida algarabía de la noche en que finalmente podremos ser quien queramos. El sueño americano puede entonces ser resumido como la autorrealización a partir de la transformación en lo que sea que se nos cante. Y un montón de azúcar.

Cuesta describir el ritual asociado a Halloween sin revisar si lo que acabamos de decir tiene algún sentido: una noche al año un montón de niños—y sus padres— se disfrazan y salen casa por casa a ofrecer una sencilla disyuntiva: “Trick or treat?”, que en castellano a veces se traduce como “dulce o truco”, “truco o trato”, “dulce o travesura”, “truco o trueque”, o “treta o trato”, todas opciones espantosas. Si se elige la segunda opción se deben entregar golosinas y la situación queda saldada. En cambio, elegir la primera generalmente implica algún tipo de perjuicio a su propiedad.

Las casas, al mismo tiempo, suelen decorarse con motivos asociados al género de terror —murciélagos, esqueletos y calaveras, brujas, arañas, ataúdes y lápidas— y en todos lados se ven calabazas talladas con luces adentro. El resto del mundo, mientras tanto, mira con desparpajo cómo esta tradición parece encapsular la victoria indiscutida del capitalismo frente a toda práctica ritual que sea que se le interponga. “Muy rico todo, ¿puedo volverlo un producto y venderlo?”

Cada año los estadounidenses gastan entre 8 y 9 mil millones de dólares en sus preparativos, golosinas y disfraces. Sin embargo, la historia detrás de Halloween es mucho más rica que lo que el obsceno despliegue de plástico y azúcar podría hacernos creer. Según Halloween (2002) del historiador Nicholas Rogers, “algunos folcloristas han detectado su origen en la fiesta romana en tributo de Pomona, la diosa de las frutas y semillas, o en la fiesta de los muertos llamada Parentalia, aunque más típicamente se la vincula con la fiesta celta de Samhain, que proviene del irlandés antiguo para ‘fin de verano’”.

Este festival se celebraba con fogatas durante la noche del 31 de octubre para festejar la cosecha y el año nuevo. Para los celtas, como para muchos otros pueblos antiguos, la muerte siempre acechaba: la cosecha era un asunto de vida o muerte. Esa noche marcaba el comienzo del invierno boreal y la “mitad oscura” del año. Si bien es mencionado por primera vez en la literatura irlandesa en el Siglo IX, se estima que en una forma u otra la celebración tiene más de dos mil años.

Uno de los temas principales de Halloween es la liminalidad, el intersticio entre un plano y otro. Según la historiadora Lisa Bitel, lo que marcaba al Samhain (pronunciado “sauen”) era la transición de la luz a la oscuridad en la que el tiempo y el espacio se volvían permeables, permitiendo a los espíritus no solo de los muertos sino del pasado o de otras realidades cruzar a la nuestra. Como aclara David J. Skal, autor de Death makes a holiday (2002), “el velo entre la vida y la muerte alcanzaba su punto más fino y tanto vivos como muertos podían mezclarse. Esa es la raíz de todas las celebraciones de Halloween”.

Esta liminalidad puede hacernos pensar en la incorporación de los murciélagos como uno de los íconos de Halloween. Sin ir más lejos, se trata de un mamífero que vuela, una rara excepción, y uno que sale de noche. Antes de que existiera la electricidad, la única forma de ver un murciélago era en torno al fuego, por lo que podemos imaginarlos dando vuelta alrededor de las fogatas del Samhain, engullendo los insectos que iban hacia la luz. Lo más probable, de todas formas, es que su protagonismo se lo debamos a Bram Stoker, famoso por haber creado un monstruo.

Que una tradición pagana como el Samhain haya llegado a nuestros días se lo debemos paradójicamente al cristianismo. En su afán expansionista el cristianismo se caracterizó, siguiendo la herencia romana, por absorber tradiciones y rituales en pos de convertir a los paganos. Y la fiesta Lemuria, de la antigua Roma, tenía todas las fichas. Durante tres días de mayo los romanos realizaban distintos ritos para exorcizar espectros inquietos, los lemures o larvae, y así impedir que hechizaran sus hogares.

Según las creencias romanas, las larvae, en contraste con los lares (los buenos espíritus), eran las almas de los muertos que no podían encontrar descanso, ya sea por su propia culpa, o por haber encontrado alguna indignidad, como una muerte violenta. Larva viene del latín para fantasma pero también máscara, y a su relación con los insectos se la debemos a Carl Linnæus, que lo aplicó en el sentido de que la etapa larvaria “enmascara’ u oculta el verdadero carácter o imagen de la especie. A los lemurēs, los primates nocturnos de Madagascar, los llamó así por sus movimientos lentos y cuasi-humanos en alusión a su significado original: espíritus de los muertos.

Entre los ritos de los romanos estaba el verter leche sobre las tumbas o dejarles ofrendas dulces, pero la Iglesia secuestró la fiesta en el año 609 convirtiendo el 13 de mayo en el día de todos los santos. La jugada fue un éxito y poco más de cien años más tarde la Iglesia optó por mover la celebración al primer día de noviembre—aunque no queda del todo claro si la decisión fue tomada en consenso con todos los santos involucrados.

La celebración de Samhain, que caía el último día de octubre, justo antes del día de todos los santos (“all hallows day”, del inglés antiguo hālig, “divino”), lentamente pasó a ser llamada la “víspera de todos los santos”. La palabra Halloween, o Hallowe’en, data aproximadamente de 1745 y se la debemos al escocés: la palabra “eve” es par y se contrae como e’en o een. Con el tiempo, “All Hallows Even” evolucionó en “Hallowe’en”. Impecable.

Pero para asegurarse, la Iglesia agregó el día de todos los fieles difuntos, porque ya estaban enfiestados y no podían parar de agregar celebraciones. Es de este pasatiempo eclesiástico de jugar con el calendario que la festividad de Samhain quedó vinculada indefectiblemente con la muerte, el más allá y lo sobrenatural.

En cuanto a la costumbre de amenazar con un disfraz y sobrada impunidad a quien atiende a su puerta, también podemos —hasta cierto punto— atribuírsela a la Iglesia. Según el culto cristiano —y siguiendo una matemática incomprensible— a quienes mueren y quedan en el purgatorio, a medio camino entre el cielo y el infierno, es posible acelerarles el trámite de la salvación si suficientes personas rezan por sus almas.

En la Edad Media los niños solían ir casa por casa durante distintas celebraciones cantando alguna canción o haciendo alguna breve presentación a cambio de algo para comer. Al menos desde el Siglo XV esta costumbre fue adaptada de acuerdo a la liturgia transaccional cristiana: había comida para quien luego rezara por quien se le pidiera. Sigue sin quedar claro cuántas personas son necesarias para salvar un alma en el purgatorio.

También por aquel entonces comenzó a tomar forma la idea de que ciertas mujeres —generalmente curanderas, algo excéntricas y solteras— eran en realidad seres demoníacos. A medida que más y más mujeres eran acusadas de brujería y de invitar a Satán a sus cumpleaños, una serie de objetos cotidianos pasaron a vincularse con el ocultismo: escobas, calderos y sombreros puntiagudos.

Por supuesto que en la Edad Media se usaban escobas para barrer, calderos para hacer el puchero y los sombreros puntiagudos eran simplemente parte de la vestimenta campesina, pero a quién le importa. Estas malvadas mujeres, además, muchas veces gozaban de la compañía de seres diabólicos, enigmáticos y bigotudos que gustaban de quedarse cerca del fueguito mientras elaboraban sus planes malignos: los gatos. De más está decir que cualquier mujer librepensadora, soltera y afín a la compañía de un felino era una amenaza insoslayable para el orden establecido. Misoginia y cristianismo, my two true passions.

Para el Siglo XVII estas costumbres apenas si habían sobrevivido en las zonas rurales. Hasta que un día un terrorista pro-católico llamado Guy Fawkes consideró que era una buena idea hacer volar la Cámara de los Lores y un 5 de noviembre se propuso encender 36 barriles de pólvora para lograrlo.

La suerte no estuvo de su lado y fue colgado y —se dice— desmembrado, con sus restos arrojados a una fogata. Al cumplirse el primer aniversario de su fracaso los niños londinenses inauguraron la tradición anual de hacer travesuras y encender fogatas por toda la ciudad. Dada la proximidad en el calendario, gran parte de la energía de Halloween pasó a enfocarse en esta nueva caótica celebración que pasó a encontrar adultos y niños aprovechando la oscuridad para hacer cualquiera.

Mientras tanto, en el Nuevo Mundo, los puritanos no querían saber nada de lo sobrenatural ni de estas vetustas supersticiones. Pero como todo meme, no pasó mucho tiempo para que estas celebraciones cruzaran el océano hacia América. En una imagen de 1833, por ejemplo, se puede ver una pequeña fiesta en la que se cuentan historias de fantasmas alrededor de un fuego.

La oscuridad, sin embargo, estaba por cubrirlo todo. Luego de cuatro largos años de guerra civil, en 1865 más de medio millón de personas habían muerto. Como explica Lesley Bannatyne, autora de Halloween : an American holiday, an American history (1990) y Halloween Nation (2011), había tantos cadáveres sin reconocer que la muerte obsesionaba a todo el mundo. No se sabía quién había muerto y pesaba una sensación esperanzada de que quizá podrían volver, de que tal vez no estuvieran muertos.

Halloween en Estados Unidos quedó monopolizado por las historias de fantasmas acerca de personas que regresaban a casa. Luego de la Guerra Civil, los descendientes de escoceses e irlandeses desempolvaron sus tradiciones y terminaron de dar forma a Halloween. Sin ir más lejos, las famosas calabazas talladas conocidas como Jack-o’-lantern toman su inspiración en la leyenda de un tal Jack que era tan pero tan travieso que logró engañar al mismísimo Satán.

Harto, Satán lo mandó de vuelta a la Tierra y Jack se quejó de que no tenía a dónde ir. Para iluminar su camino, Satan le dio un puñado de brasas del Infierno y Jack las metió en un rábano, su comida favorita. Eventualmente se ganó el apodo de “Jack of the Lantern”, o bien “jack o’lantern”. La primera referencia que tenemos de estas lámparas en Estados Unidos se la debemos a Nathaniel Hawthorne en sus Twice-Told Tales de 1837.

Como cuenta Skal, los niños, autores intelectuales de casi todo esto, en algún momento descubrieron que podían aprovechar la sobreabundancia de calabazas (que se cosechan cerca de Halloween), tallarlas y poner dentro una vela. Pero mejor aún podían clavar estas calabazas en un palo con una sábana colgando debajo de la calabaza y asustar con sus figuras espectrales a quien se cruzaran. Para la sorpresa de absolutamente nadie, esto inauguró también la tradición anual de los incendios de Halloween.

En cuanto a la sábana como símbolo de los fantasmas, agrega Skal, se la debemos a los sudarios con los que se envolvía a los muertos, y la sonrisa exagerada y la nariz triangular al rigor mortis y la figura de los cadáveres en descomposición.

A comienzos del Siglo XX la tradición fue ganando importancia. Pero como toda celebración que tiene como fundamento a las travesuras, la combinación con el descontento social puede ser literalmente explosivo, si no incendiario.

Para cuando la crisis se estaba volviendo insostenible, las travesuras de Halloween empezaron a escalar y superaron ampliamente el mero disfrute inocente. Como cuenta Lisa Morton, autora de Trick or treat : a history of Halloween (2012), el festejo de Halloween de 1933 llegó a ser conocido como el “Halloween negro” por el nivel que alcanzó la destrucción. Entre otras cosas, los niños enjabonaban los rieles de los tranvías para que descarrilaran, quitaban escalones de las entradas de las casas para que la gente cayera e incluso apedreaban e incendiaban propiedades. Truco o trato, jiji.

Y así fue como Halloween se convirtió en el suceso comercial que hoy conocemos. En su desesperación las autoridades tomaron cuanta ayuda pudieran para contener a estos malditos demonios y surgió una plétora de actividades para entretener a estos pillines: fiestas municipales, concursos de disfraces, juegos, lo que se te ocurra.

Fue en ese contexto que varias empresas vieron la oportunidad de meter la cuchara y surgieron las primeras empresas enfocadas en Halloween, dispuestas a salvar el mundo a través de libros infantiles, disfraces y golosinas para la ocasión. Antes de esto, como cuenta Ruth Edna Kelley en The book of Hallowe’en (1919), el primer libro de la historia acerca de Halloween, los disfraces eran caseros. Pero quién necesita amor si hay una industria que nos puede ahorrar el trabajo.

“Trick or treat”, curiosamente, es una expresión relativamente reciente. Morton señala que la expresión representa más bien la forma en que se logró comprar a los niños para que no destruyeran todo: la famosa expresión apareció recién en 1939.

“¿Cómo sabemos lo que deseamos?”, pregunta con un acento más denso que el petróleo el filósofo Slavoj Žižek en el documental The Pervert’s Guide to Cinema (2006). “No hay nada espontáneo, nada natural, en los deseos humanos. Son artificiales: nos deben enseñar a desear. El cine es el arte último de la perversión: no nos da lo que deseamos, nos dice cómo debemos desear”.

Las primeras menciones a Halloween en la prensa argentina son de mitad de los años 90. no sin un justificado recelo. Como señalaba un columnista: “[Halloween] es una fiesta del hemisferio norte, y a la globalización poco le importa que los muertos anden con ataúdes de manga corta, ésta es una época escalofriante y si no te gusta, marche preso”.

La explicación de cómo en Argentina, o Latinoamérica, se puede instalar una tradición que en todos sus elementos remite a otro hemisferio, seguramente implique muchas apariciones de las palabras menemismo, globalización e —incluso— neoliberalismo, tan irresistible por estos pagos. Naturalmente, en su vasta mayoría los eventos vinculados a Halloween en Argentina se vinculan con fiestas y excusas gastronómicas para adultos más que con la tradición infantil estadounidense.

Pero una explicación más amplia de la dispersión global de Halloween probablemente nos haría detenernos en Charlie Brown y el primer especial televisivo de Halloween, emitido en 1966, pero aún más en John Carpenter y la brutalmente genial idea de hacer una película temática sobre Halloween.

Halloween de 1978 fue la primera película de terror en aprovechar temáticamente la celebración de la noche de brujas y logró elevar el género del terror del cine clase B. Pero también cambió la actitud frente a las máscaras de alta calidad, que ahora representan un negocio millonario.

Las máscaras, nos recuerda Skal, siempre tuvieron la capacidad casi mágica de permitirnos ser alguien más y actuar de un modo en el que generalmente no lo haríamos. Por un montón de motivos —que se resumen en la nostalgia, entre otras cosas— Halloween hoy es una fiesta para adultos y niños.

Aquellos niños que vivieron la explosión de Halloween como un evento social y comercial de proporciones titánicas hoy son padres y abuelos de niños que deben cargar la antorcha de extorsionar vecinos a cambio de golosinas. Pero muchos de estos adultos no necesariamente relacionan Halloween con los niños: disfrazarse hace mucho dejó de ser algo exclusivo de la infancia.

En una ácida crítica del carácter sexista de muchos de los disfraces, la historiadora Libby O’Connell remarca que muchos de los que se comercializan para las mujeres rozan el estereotipo del trabajo sexual: “La enfermera sexy, la sirvienta sexy, la loquesea sexy” .

Y es ahí donde también entra el asunto de Halloween como una excusa —comercial, superficial, lo que se quiera, pero una excusa al fin— para liberarse. “Claramente [muchas personas] quieren tener un lado sexy y es solo en Halloween que lo sacan a relucir. Tal vez podrían hacerlo un poco más a menudo”.

En Halloween nation Bannatyne cuenta del festejo de Halloween poco más de un mes luego del atentado a las Torres Gemelas en Nueva York. El New York’s Village Halloween Parade se viene realizando ininterrumpidamente desde 1973. Fue creado por el artista Ralph Lee y es el único desfile nocturno de la ciudad.

Luego de los ataques del 11 de septiembre de 2001 los eventos de todo el país fueron cancelados o postergados. Pero los organizadores creían que el desfile podría darle a la ciudad la necesaria liberación emocional que pondría en marcha el largo proceso para sanar. Para la ocasión se adoptó el tema “Phoenix Rising”, en referencia a la mítica ave que se levanta de sus propias cenizas.

Cuando comenzó el desfile había un silencio sepulcral. Encabezando el desfile había una pequeña ave fénix. De repente la banda comenzó a tocar “New York, New York”. Las personas empezaron a respirar, como si estuvieran conteniendo el aliento desde el atentado. “El desfile es catártico”, recuerda Jeanne Fleming, la directora del desfile.

Gran parte de nuestras vidas, y nuestra energía, está dedicada a enterrar nuestras reflexiones sobre la oscuridad, la muerte y nuestras más arraigadas ansiedades. Imposible sería llevar una vida normal dominada por la preocupación por nuestra propia finitud.

Quizá es por eso que, bajo la excusa que sea, con disfraces caseros o comprados, comida saludable o azucarada, en el idioma que sea, elegir un día al año —sin consultar con ningún santo— para jugar con nuestros miedos sea una costumbre digna de abrazar.

Vistiendo nuestros mayores temores a nada deberíamos tenerle miedo, aunque solo sea por un ratito.

Happy Halloween” by Caley Hicks (CC BY-NC-ND 4.0)

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 1 de noviembre de 2020. 
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