Cómo funciona dibujar mariposas

En el jardín de casa no había muchas criaturas salvajes.

Aunque en los bosques de las películas había osos, ardillas, jabalíes, ciervos, zorros y liebres, en el bosque de casa, cuando me adentraba entre los árboles listo para la aventura, escuchaba a lo sumo a algún pajarito o alguna rama de un viejo árbol que cedía.

Quizá las bestias se escondían cuando me acercaba, o quizá hace mucho que ya no estaban allí.

Otra era la historia al dar vuelta un tronco y encontrar debajo un microcosmos de pequeños monstruos, con sus colores, antenas, alas y texturas, cada uno en la suya. Bichos bolita, tijeretas, orugas, escarabajos, lombrices y gusanos de todas las formas y sabores. Al fin se podía hacer algo de ciencia.

Desde que nació, en 1647, a Maria Sibylla Merian todo le provocaba curiosidad. En su natal Frankfurt, de la actual Alemania, se la pasaba recorriendo jardines y buscando criaturas que se arrastraban, volaban y se escabullían. Las mariposas le llamaban especialmente la atención y podía quedarse horas mirando cómo desplegaban sus colores y se paseaban majestuosamente entre las flores del jardín.

Luego de sus largos paseos, Maria Sibylla volvía a casa y se quedaba horas junto a su padrastro, el pintor de naturaleza muerta Jacob Marrel, que a todas luces parecía hacer magia: con algunos trazos sobre un lienzo capturaba el esplendor de flores y frutas, que obedientemente se quedaban en su lugar mientras él buscaba poseer su belleza.

Atento a su curiosidad, Jacob le dio todo lo que podía necesitar para pintar: pinceles, lienzos, pinturas y, sobre todo, confianza. Pero a Maria no le interesaban las cosas que se quedan quietas. Como cuenta Sarah Glenn Marsh en el libro ilustrado The Bug Girl (2019), Maria quería poder hacer su propia magia y pintar aquellas criaturas que se arrastraban, volaban y se escabullían.

Aunque las estrictas reglas de los gremios de pintores de la época prohibían a las mujeres usar óleos, no había problema con usar acuarelas. Y aunque Maria no podía recibir una educación formal como los varones, no perdía tiempo y aprendía de las lecciones que Jacob daba a sus aprendices: cómo mezclar colores, cómo elegir materiales y cómo representar los pliegues de los pétalos.

Durante las clases Maria no solo adquiría talento sino también una actitud frente al arte y la naturaleza. Jacob, después de todo, había sido responsable de muchas de las imágenes de tulipanes que fogonearon la crisis de los tulipanes (tulpenmanie en neerlandés) del siglo XVIII.

De vez en cuando, en aquellas pinturas aparecían caprichosa y tímidamente larvas, avispas y otros bichitos. Pero la actitud que prevalecía era la de aversión. Los insectos eran emblemas de la muerte y la descomposición: larvas que se daban un festín con frutas frescas, hormigas que todo lo invadían, escarabajos que todo lo contaminaban.

Como señala Kim Todd en Chrysalis (2007) los insectos eran poderosos símbolos dotados de connotación moral en el imaginario cristiano: las moscas representaban muerte, las hormigas laboriosidad y la transformación de orugas en mariposas servía a la obvia interpretación de la resurrección.

Para Maria estas coloridas criaturas —desde escarabajos y gusanos hasta polillas y arañas— avivaban su apetito por el asombro y animaban su curiosidad. Maria amaba estudiar cuanto bichito se cruzara y retratarlo tal como lo encontraba, una actitud que contrastaba con la de la época.

Y aunque estaba deseosa de aprender acerca de sus diminutos amigos, no había mucho en la historia natural acerca de ellos: aún faltaban décadas para que se concibiera la entomología, o el estudio científico de los insectos. A pesar de su corta edad, Maria soñaba con lograr revertir esto algún día.

Sus primeros protagonistas fueron los gusanos de seda, que le robaba a escondidas a su tío sericultor. Con cuidado tomaba algunos gusanos y huevos, y los guardaba en su canasta. En casa los tocaba y tomaba nota de cómo se arrastraban, se retorcían o se hacían pasar por muertos. A pesar de la perplejidad de su familia con su obsesiva fascinación nunca dejaron de apoyarla al apreciar lo excepcional de sus dibujos.

Compenetrada con sus observaciones en algún momento se dio cuenta de que sus pobres gusanitos tenían hambre. Para resolverlo se propuso visitar los lugares donde vivían —sus hábitats— y anotar sobre qué plantas solían arrastrarse. Rápidamente descubrió que sus favoritas eran las plantas de moras. Tomó cuantas hojas pudo y volvió a casa.

Luego de probar con un variado servicio de catering notó que sus gusanitos solo comían las hojas de las moreras. Este, insospechadamente, se volvió uno de sus mayores aportes al estudio de los insectos: el descubrimiento de que cada larva de los Lepidoptera (del griego λεπίδος, lepis, escama, y πτερόν, pteron, ala) se alimenta de una planta específica.

A medida que sus gusanitos crecían, Maria tomaba nota y los ilustraba. Cuando ya gorditos se disponían a fabricar el capullo para la fase de crisálida o pupa, Maria esperaba impaciente a ver qué pasaría. Sin saber qué sucedería, ella pintaba todo lo que veía.

En Headstrong (2015), un minucioso recorrido a través de las vidas de mujeres que “cambiaron el mundo y la ciencia”, la autora Rachel Swaby nos recuerda que en su época los naturalistas no le prestaban mucha atención a los insectos y menos a cómo se reproducían. La teoría reinante era la de la “generación espontánea”: la idea de que las moscas “brotaban” de la carne podrida y los sapos y ranas de los lugares húmedos.

Mientras que otros naturalistas afirmaban que las mariposas vivían dentro de los cuerpos de las orugas —e ilustraban cada etapa de la metamorfosis por separado— Maria lo veía como un proceso continuo. Su gran perspicacia residía precisamente en situar a sus especímenes en contexto, ilustrándolos sobre hojas, volando sobre flores o dándole vueltas a los tallos.

Como dice Marsh en su libro, gracias a su curiosidad, su paciencia y su dedicación, Maria pudo descubrir dos cosas: “Que no hay tal cosa como la generación espontánea, y que los grandes a veces se equivocan”.

En oposición a la obsesión por la taxonomía que monopolizaba los intereses de los naturalistas, Maria estudiaba e ilustraba el comportamiento y las interacciones de los seres vivos en una época en la que la vasta mayoría de ilustraciones se realizaban observando insectos muertos en vitrinas.

Habiendo agotado todo lo que podía encontrar en su ciudad natal, Maria soñaba con algún día viajar para descubrir qué otras criaturas existían allá afuera. A sus 18 años, en 1665, se casó con uno de los discípulos de su padrastro. Luego del nacimiento de Johanna, su primera hija, se mudaron a Nuremberg y casi diez años luego nació Dorothea, su segunda hija.

A cargo de sus dos hijas, Maria debía hacer malabares entre sus inquietudes científicas y las tareas del hogar. Además daba clases de pintura a jóvenes muchachas a quienes enseñaba a observar, dibujar y pintar como ella. Principalmente buscaba inculcarles su incansable persecución de la curiosidad.

En cierto modo Maria fue una de las primeras “madres científicas”, intentando balancear los desafíos de su investigación con las demandas de la vida doméstica. En una época en la que los ecos de la acusación de brujería aún se sentían, la dedicación de una mujer curiosa e inteligente significaba un inmenso acto de coraje.

Aprovechando cada momento que tenía, Maria pintaba todo tipo de animales y bichitos. Empezó a pintar algunos que reptaban y otros que nadaban, algunos más peludos y otros pegajosos. Tanto había para pintar que en 1675, 1677 y 1680 publicó los tres tomos de su Florum Fasciculi, o Neues Blumenbuch (“Libro de las nuevas flores”).

A pesar de su renombre como artista botánica, su reconocimiento recién llegó con Der Raupen wunderbare Verwandlung und sonderbare Blumennahrung (1679, “La maravillosa metamorfosis de las orugas y la nutrición floral que les es peculiar”), cuyo primer volumen contenía 50 grabados.

Esta obra condensaba lo que la hacía tan especial: no solo las bellísimas ilustraciones que detallaban la metamorfosis sino también las descripciones de las plantas de su hábitat. Por primera vez se revertía el orden de la naturaleza muerta: los insectos eran protagonistas y las plantas el elenco de reparto.

En 1685 y con 38 años, Maria se mudó con sus dos hijas, pero sin su marido, a una comunidad labadista en la región de Frisia de los Países Bajos. El labadismo era un movimiento protestante que, entre otras cosas, defendía la absoluta igualdad de género, por lo que Maria pudo dedicarse con mucha mayor libertad a sus aventuras científicas, aunque dado el espíritu proto-comunista de este movimiento tuvo que renunciar a sus posesiones materiales. Algunos años más tarde su marido le pidió el divorcio.

Eventualmente Maria y sus hijas se mudaron a Ámsterdam, capital intelectual de la época. Allí el contacto con la alta alcurnia neerlandesa le dio acceso a todo tipo de Wunderkammer, o gabinetes de curiosidades que albergaban colecciones de objetos exóticos llegados de todos los rincones del mundo que los nobles y burgueses europeos de los siglos XVI, XVII y XVIII exhibían con orgullo.

En ellos Maria conoció bichos que nunca antes había visto, traídos del Nuevo Mundo: lagartos de colores, arañas gigantes y todo tipo de insectos alados. Moría de intriga por cada uno de ellos.

Con 52 años y una larga y afortunada trayectoria, Maria finalmente tenía los recursos y la independencia para embarcarse en su propia expedición científica. Acompañada de su hija menor y luego de vender 255 de sus pinturas, en 1699 partió para Surinam, la colonia holandesa que había surgido del intercambio de Nueva Ámsterdam (actual Nueva York) con los británicos.

Si bien sus libros acerca de las orugas alcanzaban para inscribir su nombre en la historia de la ciencia, Maria también fue la primera mujer europea en emprender una expedición científica en Sudamérica, cien años antes que Humboldt y 200 años antes que Teresa de Baviera.

Su audacia es imposible de exagerar: no solo se trataba de una mujer naturalista autodidacta sino que su viaje con fines puramente científicos era una rareza. Todos los viajes anteriores habían tenido motivaciones políticas, económicas o militares. Maria viajaba sola, sin custodia y con dinero de su bolsillo.

Rodeada de nuevas especies, Maria no podía esperar a conocerlas todas. Pero rápidamente se encontró con problemas: los holandeses no le veían sentido a acompañar a dos mujeres a buscar insectos en el bosque. Entonces Maria formó una estrecha relación con los esclavos africanos y nativos, especialmente mujeres, que accedieron a ayudarla y compartieron con ella sus conocimientos del uso medicinal y culinario de muchas de esas plantas.

En sus anotaciones Maria era especialmente generosa en el reconocimiento de la ayuda recibida. En su descripción del bigotillo (Caesalpinia pulcherrima) escribe: “Los indios, que no son bien tratados por sus amos holandeses, utilizan sus semillas para abortar a sus hijos, para que no se conviertan en esclavos como ellos. Los esclavos negros de Guinea y Angola han exigido ser bien tratados, amenazando con negarse a tener hijos. De hecho, a veces se quitan la vida porque los tratan muy mal y porque creen que nacerán de nuevo, libres y viviendo en su propia tierra. Me lo contaron ellos mismos”.

En este breve comentario Maria estaba registrando con detalle las injusticias de la esclavitud y el colonialismo, al mismo tiempo que mostraba la importancia del derecho de las mujeres sobre el control de su salud reproductiva, dos temas que siguen presentes en el debate público acerca de la justicia y los derechos de las mujeres.

La aventura en Surinam, sin embargo, se terminó antes de tiempo. El calor y la malaria la forzaron a volver y en 1701 estaban de regreso en Ámsterdam. El resultado, sin embargo, fue la publicación de su magnífico Metamorphosis insectorum Surinamensium (“Metamorfosis de los insectos de Surinam”), escrito en latín y publicado en 1705.

Por varios motivos su publicación fue revolucionaria. En una sola ilustración Maria era capaz de mostrar la vida entera de un insecto, poniendo el énfasis en su entorno y sus interacciones. Pero aunque gozó de amplio reconocimiento, con Carl Linnaeus utilizando sus ilustraciones y Erasmus Darwin citándola en The Botanic Garden (1791), en el siglo XIX su reputación comenzó a erosionarse.

Luego de su muerte, en cada reimpresión de su obra sus pinturas fueron modificadas. A veces con insectos imaginarios, otras con colores “más agradables”, echando a perder el minucioso cuidado que Maria había puesto en su trabajo. Cabe recordar que cada una de las cinco ediciones de Surinam se presentaba tanto en versión coloreada a mano como en blanco y negro.

Como cuenta Londa Schiebinger en The mind has no sex? (1991), un recorrido histórico del aporte de las mujeres a los orígenes de la ciencia moderna, en 1834 el naturalista Lansdown Guilding escribía indignado en la Magazine of Natural History que el libro de Surinam estaba plagado de errores. Sus ilustraciones, decía, no servían para nada. Y en 1854 el naturalista alemán Hermann Burmeister preguntaba abiertamente si su popularidad se debía al contenido de su trabajo o a lo vistoso que era. Schiebinger también remarca que Guilding no perdía oportunidad de recordarle a sus lectores que Maria pertenecía al “fair sex” (“sexo débil”).

Por otro lado, la obsesión por encontrarle errores a su obra a menudo parece haber surgido del recelo por la forma en que Maria reconocía a los no europeos en su trabajo. Como escribe Sharon Valiant, es notable que cuando en el siglo XIX la historia natural se fue consolidando en distintas ciencias hubiera tanto empeño en cambiar la historia de la ciencia antes que reconocer el trabajo de una mujer que le daba crédito a africanos y nativos americanos que le ayudaron.

Neil Gaiman alguna vez escribió que una historia solo vale en tanto y en cuanto sus protagonistas cambien. Nuestro florido lenguaje metafórico está plagado de referencias a la metamorfosis, a la capacidad de reinventarse, a despertar siendo una persona distinta que la que se fue a dormir.

En su inagotable deseo de conocer la belleza de los bichitos, persiguiendo a todo aquello que se arrastrara, volara y se escabullera, Maria fue una de las pioneras de la ecología, el estudio de las relaciones de los diferentes seres vivos entre sí y con el mundo a su alrededor.

Pero quizá su mayor contribución haya sido una menos tangible aunque más poderosa: la idea de que lo que sea que seamos no necesariamente condiciona lo que podemos ser.

A plate from Metamorphosis Insectorum Surinamensium by Maria Sibylla Merian via Wikimedia Commons
Bibliografía y referencias

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