— Dejá, yo lavo mañana.
— Son dos platos, ya termino.
Parecen haber dos tipos de personas en el mundo: quienes hacen y quienes postergan lo que deben hacer.
Los seres humanos, va el cuentito, somos animales racionales. Esto es, de hecho, lo que nos diferencia de cualquier otra variedad de seres vivos. Nuestra racionalidad se manifiesta en la forma de decisiones basadas en la deliberación y la elección de la mejor opción disponible de acuerdo a principios racionales. Sí, sí, claro.
Platón y Aristóteles, ambos célebres fans de esta idea, incluso llegaron a ponerle un nombre al misterio de por qué a veces las personas hacen cosas que van en contra de la razón: akrasia (del griego antiguo ἀκρασία, “falta de dominio”). En el Protágoras de Platón, Sócrates afirma que la akrasia directamente no existe (358d) y que si alguien actúa en contra de la razón el motivo debe ser su ignorancia. Todo aquel que haya comido una porción de pizza que estaba de más puede dar testimonio de los problemas que tiene esta idea.
Aristóteles, en oposición, señala en su Ética Nicomáquea que esta negación “está en oposición manifiesta con los hechos” (1145b). Para explicarlo, entonces, distingue dos actitudes frente al conocimiento: uno práctico y otro virtual (1146 b). Es decir, uno que se tiene y se usa, y otro que se tiene pero no se usa. En la actualidad las ciencias sociales que apelan más a la matemática, como la economía, conciben a las personas como agentes racionales, mientras que la psicología o la sociología aportan amplia evidencia de que así no funcionan las personas.
Aunque pueda sonar inofensivo, este ideal de racionalidad parece ser el origen de gran parte de nuestro sufrimiento. Con esta observación el filósofo y procrastinador John Perry abre The Art of Procrastination (2012), basado en un ensayo escrito 15 años antes, con una justificación de sus dificultades para hacer lo que se suponía que debía hacer. Al definirnos de una manera tan diametralmente opuesta a nuestra naturaleza nos sometemos a inmenso e innecesario malestar.
Esta insalubre obsesión con nuestra supuesta sabiduría, inmortalizada en el nombre de Homo sapiens, no es distinta de la de un estudiante de primer año que se hace llamar “ingeniero” entre sus amigos dos semanas luego de empezar la carrera.
La procrastinación (del latín procrastinare: pro, adelante, y crastinus, referente al futuro), remarca Perry, parece ser uno de los mejores ejemplos de esta contradicción. E, incluso, lo que lo movió a escribir al respecto fue una aparente paradoja: muchas de las personas que padecemos de nuestra tendencia a procrastinar somos reconocidas como productivas.
En su especialmente flojo intento por escribir un libro de autoayuda, Petr Ludwig hace una buena introducción al tema. En The End of Procrastination (2013) marca la diferencia entre la procrastinación y la pereza: en el segundo caso no hay interés en hacer algo, ni un problema al respecto, y en el primero el deseo está presente pero cuesta empezar.
Imposible sería listar los motivos, pero algunas tareas favoritas al momento de empezar con lo que se supone debemos hacer suelen ser quedarse un rato más en la cama, mirar televisión, pasar tiempo en redes sociales, limpiar u ordenar obsesivamente, o directamente, hacer otras tareas menos importantes, o incluso buscar excusas. Si esto fuera un bingo quizá te estarías llevando un nuevo televisor.
Procrastinar tampoco tiene mucho que ver con relajarse. El tiempo que pasamos sin hacer nada nos recarga de energía, pero procrastinar nos drena. Y cuanto menos energía tenemos más improbable es que afrontemos nuestras responsabilidades y logremos algo.
La procrastinación es, en resumen, la práctica de dedicarse a tareas menos urgentes en vez de aquellas que merecen más de nuestra atención en un momento dado, generalmente atendiendo tareas más placenteras en vez de otras menos atractivas que son postergadas. En el manual que le dan a quien egresa de la facultad del procrastinador suelen listarse muchas justificaciones aunque hay una favorita: “Trabajo mejor bajo presión”. Bueno, no: dejar todo para el final nos inunda de estrés, culpa e ineficiencia.
“No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy” es un bocadito de sabiduría popular quizá inspirado en un fragmento del poema clásico “Trabajos y días” de Hesíodo ca. 700 a. e. c. dedicado a su hermano Perses: “No dejes nada para el día siguiente, ni para el otro día, porque el trabajo diferido no llena el granero. La actividad acrecerá tus riquezas, porque el hombre que difiere siempre las cosas lucha con la ruina”.
Y solo para sumar a nuestra amargura, en su carta 101 a Lucilio, Séneca nos insiste: “No aplacemos nada; cada día ajustemos las cuentas con la vida. (…) Aquel que todos los días sabe dar la última mano a su vida no siente la necesidad del tiempo, pues de esta necesidad surge el temor y el ansia del futuro que consume al espíritu”.
Procrastinar es, a todas luces, lo peor que podemos hacernos y, según cada libro de autoayuda que consulté, nuestro mayor impedimento para vivir nuestra vida con plenitud. Pero quienes procrastinamos optamos por otra filosofía, aún más irresistible, esta vez de Mark Twain: “No dejes para mañana lo que puedas dejar para pasado mañana también”.
Una posible explicación de por qué “nos hacemos esto” es que nos cuesta pensar en la persona que seremos en el futuro como si fuera la misma que somos hoy. En Reasons and Persons (1984) de Derek Parfit, lectura obligada acerca de la filosofía de la identidad, se argumenta que la identidad personal en el sentido que solemos considerarla no existe. Según Parfit, no poseemos una identidad consistente a lo largo del tiempo sino que formamos una larga cadena de “yos”, vinculados entre sí pero distintos.
“El adolescente que comienza a fumar”, escribe Parfit, “no se identifica con su futuro yo. Su actitud en torno a su futuro yo es en ciertas maneras análoga a su actitud frente a otras personas”. Puestos a discutir quién se quedaría con el departamento cuando uno de los dos se casara, Ted y Marshall de How I Met Your Mother incluso lo reconocían abiertamente: “¿Sabés quiénes van a poder resolverlo? Ted futuro y Marshall futuro”.
Aunque las ideas de Parfit resultaron controversiales a partir del momento mismo en que fueron publicadas, algo de evidencia surgió en las últimas décadas como apoyo empírico. Usando imágenes por resonancia magnética se pudo encontrar que la actividad cerebral cuando pensamos en nuestro yo presente y nuestro yo futuro es análoga a la que resulta cuando pensamos en otra persona. Esperablemente, aquellas personas que presentaban esta diferencia de manera más marcada eran las que menos probablemente ahorrarían para su futuro.
En otro experimento en el que a algunas personas se les ofrecía tomar un líquido desagradable quienes se comprometían a tomarlo en el momento optaban por consumir solo dos cucharadas, mientras quienes optaban por hacerlo en dos semanas acordaban tomar una taza entera. Esta desconexión entre cómo nos vemos hoy y en el futuro tiene consecuencias directas en cómo tomamos decisiones.
Esto explica por qué las personas reniegan de prepararse para el futuro —sea adoptando una mejor dieta, ahorrando o incluso cuidando el medio ambiente para evitar la crisis climática que ya enfrentamos. “El futuro es una idea que tenemos que conjurar en nuestra mente, no algo que percibimos con nuestros sentidos. Lo que queremos hoy, por el contrario, a menudo lo sentimos en nuestras entrañas como un deseo”, escribe Bina Venkataraman en The Optimist’s Telescope (2019).
Es precisamente por esto que si esta desconexión entre quienes somos y quiénes seremos está a la raíz de nuestra procrastinación, si trabajamos en revertirla podremos abandonar nuestra fascinación con dispararnos en el pie. Una estrategia sencilla es hacer una línea temporal en la que logremos “acercarnos” a aquel evento futuro que dejamos sin titubear a criterio de nuestro yo futuro.
Esto, siguiendo la observación de Venkataraman, nos permite “sentirnos” más cerca de la persona que un día seremos. Un experimento, algo más extremo, consistió en presentarle a los participantes una versión envejecida de sí mismos con el resultado de un cambio de actitud frente a cómo se prepararían para su futuro.
Pensar en términos de días y no de meses o años también nos acerca a ese punto en el futuro y nos permite dejar de actuar como si fuéramos el jefe abusivo y apático de nuestro yo futuro: “Algún día puede que estés a cargo pero hoy yo soy quien corta el bacalao”, nos decimos inconscientemente mientras miramos un capítulo más en vez de sentarnos a escribir.
Cabe mencionar, señala Alisa Opar, que otra consecuencia de pensarnos en el futuro como otra persona es que a pesar de todo esto podría ayudarnos a tomar ciertas decisiones favorables: un buen motivo para hacerle bien a otras personas es que una de ellas podría ser nuestra versión futura.
El problema fundamental, sin embargo, se sostiene: casi toda la literatura acerca de la procrastinación se resume o bien en intrincados métodos que olvidamos cuatro minutos luego de cerrar el libro o bien en la consigna de “dejar de procrastinar”. La ineficiencia de los libros de autoayuda que atacan la procrastinación reside en que quienes más los necesitan no los leen y quien tiene la disciplina para seguir esos consejos difícilmente los necesita. O, como subraya Tim Urban, esos consejos solo sirven para quien sufre de falsa procrastinación.
Lo cierto es que para la mayoría de las personas que dejamos todo para último momento procrastinar no es tanto un estilo de vida sino algo que no sabemos bien cómo dejar de hacer. Nos acostumbramos a dar la excusa de no tener tiempo y la libertad que viene con la vida adulta se nos vuelve una prisión de la que no podemos escapar porque al momento de definir nuestro plan nos distraemos leyendo acerca de cómo funciona alguna cosa, la que sea, no importa.
En su explicación sobresimplificada, pero no por eso menos entretenida, Urban reduce nuestra cognición a dos elementos: la gratificación instantánea y la toma de decisiones racional. Mientras que el primero es el que nos ancla a todo aquello que nos distrae, el segundo se muestra incapaz de controlarlo hasta que no aparece el pánico por cumplir con una responsabilidad que se nos viene encima.
De nuevo, esto no sería un problema si todo el asunto no nos dejara sin energía y con una profunda insatisfacción con nuestro desempeño. Como un infernal bucle del que no logramos despojarnos, el costo lo terminamos pagando con autoestima incluso si logramos, finalmente, terminar aquello que debíamos hacer en primer lugar.
Quizá, también, el tono juicioso con el que aquellos grandes filósofos se empecinan en remarcar nuestra racionalidad tampoco ayude mucho. Aceptamos sin chistar la forma en que deberíamos ser —la forma en que se supone que somos— y cuando nos alejamos de aquel ideal —pateando la dieta, nuestra tesis, o lavar los platos— nos carcome el remordimiento.
Y lo más trágico resulta ser la pérdida de oportunidades para hacer aquello que, postergado, nos gustaría lograr. Si no estamos en la cabina de nuestras vidas incluso podemos empezar a complotar para secuestrar al piloto y nada bueno podría salir de ello. Nos acostumbramos tanto a que así somos, a que algo tiene que estar mal con nuestras cabezas, que dejamos de lado quizá el mayor corolario de todo este desparramo: la procrastinación es un hábito.
Si el primer paso es reconocerlo, insinúa Perry, tal vez podamos aceptar la manera en que hacemos las cosas —quizá como Homo procrastinatus— y recién a partir de ahí trabajar en hacer realidad la persona que queremos ser, al menos hasta que podamos alardear acerca de nuestra productividad en redes sociales lo necesario para esconder lo miserable de nuestras vidas.
En una columna de 1930 el humorista Robert Benchley escribió que “cualquier persona puede lograr cualquier cantidad de trabajo, siempre y cuando no sea lo que se supone que debe estar haciendo en ese momento”. En parte inspirado en esta verdad callada Perry propone la “procrastinación estructurada”. Si quienes procrastinamos no es que no hacemos nada sino que hacemos otra cosa, cabe la posibilidad de aprovechar esto en nuestro favor.
Si bien dedica una buena cantidad de páginas a describir su método, podemos resumirlo así: al hacer una lista de pendientes el truco está en reservar la parte superior a las tareas adecuadas. Estas deben ser aquellas que parecen tener plazos claros (pero en realidad no los tienen) y que parecen tremendamente importantes (pero en realidad no lo son). Esto, idealmente, nos debería empujar a hacer aquellas otras cosas que sí tienen plazos claros y sí son importantes.
Por supuesto que esto supone una cuota importante de autoengaño pero no olvidemos que somos las mismas personas que si pensamos en quién seremos en dos meses no tenemos reparo en asumir que aquella persona podrá lidiar con lo que hoy posterguemos sin problemas. Solo debemos lograr hacernos creer que nuestras tareas son importantes y urgentes cuando no lo son.
Curiosamente, nuestra procrastinación parece remitir a una ficción que rara vez cuestionamos: el relato de nuestra propia vida. Este es el que emerge de nuestra red neuronal por defecto y toma la forma de una narrativa acerca de quiénes somos: nuestro pasado, futuro, logros, fracasos, y demás.
Al haber pasado quizá la mayor parte de nuestra vida adulta procrastinando caemos en la convicción de que eso nos define y adoptamos una profecía autocumplida que nos esclaviza. Es por esto que toma mucho más que “algo de disciplina” o “cambiar algunos hábitos” reconfigurarnos del modo en que nos gustaría hacer las cosas.
La procrastinación afianza nuestro fanatismo por hacer planes, listas, diagramas, lo que sea para no ponernos a trabajar. Ya sabés cómo es: “No escribí una palabra, pero tengo un esquema perfecto de cómo va a ser. Ah, y no sabés lo reluciente que quedó el baño”.
Las listas cuyos ítems son imposibles de tachar (“Recibirse”) no sirven para nada. En cambio, es bueno apuntar a tareas lo suficientemente manejables como para ser realizables (“Leer tal artículo”, “Escribir una página”, “Regalar el televisor”). Es bueno, también, ubicarlas en el tiempo y dedicarse a cada tarea.
No es que nos encante procrastinar y odiemos hacer cosas, eso ya debería haber quedado establecido, pero qué difícil es agarrar la pala, por así decir. De hecho, incluimos tareas en nuestra lista y muchas veces hasta nos imaginamos alegres de tenerlas en el futuro. Claro que cuando llega el momento el entusiasmo se disipó en la forma de alguna otra cosa. Y si la obvia alusión a la cocaína te resulta una buena solución a tu falta de productividad, malas noticias.
A veces sirve hacerse tareas gradualmente más complejas, solo para servirle a nuestros pobres cerebros una pequeña dosis de autorrealización. “Empezar lista”, tachado. De a poquito nuestra autoestima se afianza y logramos aplacar nuestro voraz antojo por no hacer lo que debemos hacer. Eso sí, debemos evitar incluir en nuestra lista demasiadas tareas autorreferenciales como “Continuar la lista”, “Escribir otro ítem” o la clásica “Tachar esta tarea”.
A mí lo que me sirvió fue hacer que muchas personas estuvieran pendientes de lo que debía hacer: si no escribir fuera a suscitar el desencanto de un montón de personas que leen ávidas por recibir un correo mío, mejor ponerse a trabajar.
No digo que empezar una lista de correos semanal sea la solución, pero sumar a otras personas a nuestro bucle infernal a veces ayuda: podemos hablar con amistades o colegas y establecer lo que quisiéramos lograr para cierto punto en el futuro, insinuando o reclamando algo de ayuda para que lo logremos cumplir. Claro que el riesgo está en acostumbrarnos a nunca hacerle honor a nuestra palabra, pero ese ya es otro problema.
Todo lo que conocemos acerca de la naturaleza humana nos inclina a pensar en que no somos los animales racionales que describimos en nuestros sesgadas y floreadas descripciones, pero tampoco parece que estemos tan mal. Si nuestra vida es moldeada por el relato que de ella compartimos, con la pluma en mano podemos reescribirnos hasta mirar la hoja, soplarla hasta que seque la tinta y sentir ese calorcito de haber logrado algo que nos propusimos.
Los planes solo sirven si pueden ser realizados y mucho podemos conseguir de prestarle atención a eso que sucede mientras estamos haciendo listas y diagramas. La procrastinación, después de todo, es también una marca del privilegio de poder elegir qué hacer y no todo problema se puede solucionar a nivel individual.
Nuestra obsesiva búsqueda de la eficiencia y productividad no debería ser naturalizada junto a cualquier otra pavada que nos repetimos en pos de un ideal que rara vez cuestionamos acerca de lo que hace a las personas. Y cuando no podemos con algunas tareas quizá sea bueno evaluar, aunque solo sea por un momento, por qué es que nos cuesta realizarlas en primer lugar.
No quisiera con esto darte ideas para excusas, pero quizá algo de rebeldía haya en la procrastinación. Alcanza con ponderar cuántas cosas hermosas suceden cuando no hacemos lo que se supone que debemos hacer.
Dicho esto, quizá sea momento de dejar de dar vueltas y arrancar.

Cómo funcionan las cosas es un proyecto sostenido por las personas que leen. Si querés sumarte a que el proyecto crezca, y recibir contenidos exclusivos, podés hacerlo por acá.

Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 6 de septiembre de 2020.
Si querés recibir «Cómo funcionan las cosas» todos los domingos, podés suscribirte acá. Además, podés encontrarme en Instagram, Facebook o Twitter.

