Cómo funciona atarse los cordones

Por algún extraño motivo, las cuevas tienen una mala reputación. Para Platón representaban la ignorancia, en nuestras fantasías son el paradigma del punto de partida: fue en las cavernas donde el primer fuego iluminó las paredes, el progreso se puso en marcha y con las primeras marcas en sus paredes la Historia pudo finalmente comenzar.

Pero para la arqueología una cueva es un centro comercial. El rumor de alguna apertura hace las veces de temporada de descuento. Si tenemos suerte encontraremos algún peculiar artefacto, alguna marca de la vida que alguna vez entibió su interior.

En el pequeño pueblo de Areni, al suroeste de Armenia, hay una cueva. En el pueblo la conocen como «Թռչունների քարանձավ» (T’rrch’unneri k’arandzav, o “cueva del pájaro”), pero los arqueólogos la llaman Areni-1. Hace mucho tiempo, tanto que los dinosaurios paseaban por ahí, Areni-1 yacía en el fondo del mar. Pero en algún momento las aguas retrocedieron y marcaron largos pasillos en la roca que eventualmente se convirtieron en un refugio perfecto. Hoy a sus alrededores, en una de las zonas más áridas de Armenia, solo los viñedos crecen.

Quizá Indiana Jones sea una versión exagerada de lo que los arqueólogos hacen en su día a día, pero estoy seguro de que cada tanto gustan de abrazar una aventura. Se inaugura una excavación y uno a uno los objetos brotan del suelo: un punzón de hueso, un cuchillo de obsidiana, una vasija. Pero, de repente, junto a un cuenco aparecen restos de madera, jirones de tela, un zapato de cuero. El humor de todo el equipo se nubla y la frustración se apodera. Estos hallazgos suelen ser malas noticias: los restos orgánicos rara vez tienen más de 50 años.

La historiadora textil Margrethe Hald en su completísimo Primitive Shoes (1972) decía que “no hay mucho encanto en los zapatos rotos y gastados. No tienen el atractivo de otras vestimentas”. Hay un buen motivo por el cual no conocemos la historia completa del calzado: el cuero, incluso cuando es curtido, se descompone con facilidad. “Se los encuentra en condiciones fortuitas que impiden fecharlos con precisión”.

En Areni-1, cuando la sorpresa se disipó, los arqueólogos siguieron excavando debajo de los miles de años en los que nadie siquiera pasó una escoba, por si acaso alguien iba a tomar el té. Y lo que encontraron fue que estos objetos estaban exactamente donde pertenecían, 6 mil años después, como una invitación a pasear durante la Edad de Cobre.

Según Diana Zardaryan, la arqueóloga que encontró el zapato, “toda persona que dedica su vida a la arqueología sueña con encontrarse, al menos por un instante, caminando por el pasado entre culturas olvidadas, observando la forma en que vivían, escuchando cómo hablaban, atestiguando sus rituales y hábitos”. La arqueología es la constante comparación entre las historias que podemos elucubrar, con suficiente apertura para que los objetos de antaño nos indiquen si vamos por el camino correcto.

Quizá no sea tan glamorosa como la de Bronce, o la de Piedra, pero fue durante aquellos mil años de la Edad de Cobre que los humanos perfeccionamos la rueda, domesticamos caballos y aprendimos a emborracharnos mejor: junto con aquel calzado, en la cueva se encontró la bodega más antigua del mundo y reservas de las primeras frutas desecadas del mundo. También allí se encontraron tres cráneos de niñas, sacrificadas en un ritual, con el tejido cerebral más antiguo del mundo aún conservado en uno de ellos.

El zapato de Areni-1 no es muy distinto de los que se usaban en Noruega en el Siglo XIII, o en las Islas Británicas en el Siglo VIII: un solo cuero, plegado hacia arriba con un cordón enhebrado que lo cierra sobre los tobillos. Hay pocos objetos hechos por el hombre más sencillos de fabricar en casa que unos zapatos hechos con la piel de algún animal que sirvió de almuerzo. Casi descartables, en Inglaterra los zapatos se fabricaban en casa hasta que se prohibió el trueque a favor del uso de moneda común. Esto hizo que la carne se vendiera en mercados y ya nadie tuviera sus pieles como descarte. De un momento a otro, hacerse zapatos pasó a ser una marca de inferioridad social.

Pero algo siempre estuvo ahí: sin importar su material, desde que cubrimos nuestros pies descalzos, un cordón los mantuvo en su lugar.

En 1790 un tal Harvey Kennedy se jactaba de haber inventado los herretes—las puntas duras de los cordones que ayudan a enhebrarlos—pero sabemos que los romanos los usaban miles de años antes. También sabemos que usarlos para llamar la atención no es un invento de los chicos en patineta. Una de las prohibiciones más curiosas a la que los caballeros templarios del Siglo XII debían someterse les impedía usar calzado que tuviera cordones: “Se prohíben los zapatos puntiagudos y los cordones, y se le impide a todo hermano usarlos, en tanto es bien sabido que estas cosas abominables le pertenecen a los paganos”.

Desde hace literalmente miles de años nos atamos los cordones y sin embargo casi nunca lo mencionamos como parte de nuestra rutina. Esto es, a no ser que realmente queramos poner el énfasis allí. Miramos a los atletas ajustar sus cordones antes de la carrera, y aguantamos la respiración cuando al corredor más rápido del mundo se le desatan los suyos.

Como andar en bicicleta, pensamos obsesivamente en el momento en que finalmente logremos la independencia, en que aquello que nos es cognitivamente demandante se vuelva tan natural que podamos hacerlo con los ojos cerrados, para nunca tener que volver a pensar en ello. Hasta que algún día, como decía el comediante George Burns, al detenernos y agacharnos a atar nuestros cordones pensemos si no podemos aprovechar el viaje para hacer algo más ya que estamos ahí abajo.

No solo los zapatos atrapados bajo milenios de polvo y escombros nos conectan con todo aquello que existió antes de que naciéramos. Con su característica ternura, la escritora Erma Bombeck describía a los abuelos como quienes al ayudarnos con nuestros botones, cierres y cordones en ningún momento nos apresuran para que crezcamos. Hay más de dos billones de maneras de atarse los cordones en un zapato con seis agujeros. Y sin embargo ahí nos quedamos, sin saber qué demonios hacer, queriendo salir a jugar.

Atarnos los cordones es quizá nuestro primer acto emancipador. Hola, mundo, yo puedo. Enfrentamos una hazaña impenetrable y del otro lado nos espera la gloria. Hasta hace unos treinta años atarse los cordones era una habilidad a adquirir antes de cumplir los 4 años de edad, pero al popularizarse nuevos tipos de calzado la necesidad se fue evaporando. Aunque sea más engorroso, quizá enseñar a atarse los cordones sea más importante que la comodidad que nos puede dar el velcro.

Enseñar a alguien a atarse los cordones es quizá el ejemplo más perfecto de los límites de nuestro lenguaje. Donald Norman, estudioso del diseño amable con las personas, y una persona encantadora en general, lo utiliza en The Invisible Computer (1998) para mostrar que las palabras no nos alcanzan para describir muchas de las cosas que hacemos.

Si nos sentamos a escribir las instrucciones para atarse los cordones inmediatamente descubriremos que sin imágenes ni diagramas es prácticamente imposible: “La mayoría de las tareas no pueden solucionarse solo con hablar. Si así fuera, la vida sería mucho más sencilla”, dice Norman.

Como cuenta el filósofo Andy Clark en Being There (1997), cuando acompañamos a un niño en una tarea que aparenta imposible se incrementan enormemente sus posibilidades de resolverla. Luego, cuando el adulto ya no está, el niño puede repetir la tarea imaginando un diálogo similar consigo mismo. El lenguaje, aquí también, estructura y controla nuestras acciones y no es un mero intercambio de información.

Aunque la advertencia común sea que nos atemos los cordones, a veces también puede importar el modo en que lo hacemos. Un rumor repetido entre veteranos cuenta que en la Segunda Guerra Mundial los soldados aliados debían cuidar la forma en que ataban sus cordones en caso de que en la noche, cuando los Ghurkas acechaban, no fueran confundidos por soldados alemanes: los cordones atados de forma cruzada eran la señal.

Los cordones son peligrosos. Después de todo, junto al cinturón, no se puede entrar con ellos a una celda. Tanto tiempo había pasado Nelson Mandela encerrado que cuando las primeras conversaciones secretas con el líder del apartheid sucedieron había olvidado cómo atarse los cordones. Fue Niel Barnard, director del servicio de inteligencia, quien tuvo que agacharse y arreglarle los zapatos antes de la reunión. Incluso para sus captores era dolorosamente obvio lo inadmisible de que sus cordones no estuvieran bien atados.

En la cueva de las afueras de Areni, antes de que los arqueólogos llegaran con sus cartelitos, sus escobas y sus protocolos, los niños solían jugar todo el día, montando sus bicicletas temprano en la mañana y volviendo recién con la caída del sol, cuando las ganas de comer algo, lavarse la cara y dormir vencían al apetito de hazañas dignas de contar el lunes en el colegio.

Paradójicamente, cuanto más pequeño el pueblo más inmensas pueden ser sus historias.

Iconic Sneakers” by DFT (CC BY-NC-ND 4.0)

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 26 de mayo de 2019. 
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