Cuando hace muchos años estábamos en Estocolmo grabando entrevistas para un documental, entre otras cosas pedíamos que nos contaran de algún “acto subversivo cotidiano”. Lo que jamás hubiéramos esperado era que para un sueco cada tanto abrazar a sus afectos cayera bajo ese criterio. Esto sólo tenía sentido al considerar que en el espacio entre dos personas en una fila en Suecia entran cinco personas en Buenos Aires.
“Te abrazo con todo mi corazón” se despedía Albert Camus en la carta que escribió a uno de sus maestros de la infancia cuando recibió el premio Nobel de literatura. En ella dice que tal honor no es demasiado importante, pero que aprovecha la ocasión para “decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí”. Quizá sea un detalle no del todo relevante como para detenerse en él, pero es curioso que eligiera esa expresión para abarcar la enormidad de su gratitud y de su afecto hacia alguien más.
Fuera de las despedidas en correos electrónicos donde “un abrazo” no es más que una formalidad afectuosa — aunque no tanto como el osado “un beso” y menos aún que el “besitos”, imposible de leer con seriedad — rara vez abrazamos a alguien con todo nuestro corazón. Por supuesto que es una expresión metafórica, porque los abrazos se dan con los brazos y no el sistema circulatorio, pero creo que una vez que somos parte de un ‘abrazo con todo el corazón’ podemos entender exactamente a qué se refiere.
En How to Love (2015), Thích Nhất Hạnh cuenta que volviendo de uno de sus viajes a Estados Unidos, su anfitriona le preguntó en el aeropuerto si estaba bien abrazar a un monje budista. A él la pregunta le causó gracia y le dijo que no había problema, pero que de donde venía no se acostumbraba hacer eso. Luego del abrazo — en el que se mantuvo tieso — y ya en el avión, se quedó pensando en cómo podría mejorar su habilidad para recibir (y dar) abrazos. Y como los monjes budistas no pueden más de monjes budistas, se le ocurrió crear un tipo de ‘meditación del abrazo’.
Según esta práctica, a la otra persona debemos abrazarla realmente y no sólo para cumplir con el ritual, dando una palmadita en la espalda. El ejercicio, en última instancia, apunta a que la otra persona pueda sentirse real y, a partir de esto, nos haga sentir reales a nosotros también. Con mucho menos budismo, quizá simplemente sea hacerle honor a la idea de deshacernos en un abrazo. Dar un abrazo y realmente estar en el abrazo es más bien una rara ocurrencia, incluso a pesar de la fama que los argentinos tenemos acerca del respeto al espacio personal.
Hay una escena de una serie que siempre recuerdo en la que a alguien le preguntan si le gusta comer cheesecake y cuando responde que sí otro le recuerda que es intolerante a la lactosa. Entonces el primero se justifica diciendo que le gusta ‘el concepto del cheesecake’. Algo así me pasa con los abrazos y el contacto personal en general.
Existe esta idea de que las personas en el espectro autista son alérgicas a todo contacto físico. Sin embargo, esto no es lo que la mayoría de ellas dirían, sino más bien que ‘es complicado’. Esto suele vincularse con la hipersensibilidad sensorial, que muchas veces hace que ir al supermercado sea una aventura o que usar auriculares sea una cuestión de vida o muerte, entre otras cosas. Tal es la obsesión respecto del autismo y los abrazos, que se llegó a proponer inhalar oxitocina (la bastardeada ‘hormona de los abrazos’) para mejorar la sociabilidad de niños en el espectro, con resultados espurios. Pero lo que sí es seguro, es que para una persona en el espectro autista un abrazo es todo un evento.
Hace algunos años tuve un terrible, horrible, no bueno, muy mal año que tuvo su punto máximo en un terrible, horrible, no bueno, muy mal día. Fue uno de esos días cuya intensidad se recuerda con mucha mayor claridad que el detalle de lo que sucedió. Sin embargo, la evocación de todo ese episodio culmina con el abrazo más fuerte del mundo, que eclipsa todo lo que vino antes. Quizá sea por la enormidad de un abrazo con todo el corazón que rara vez seamos parte de uno.
Solemos recordar abrazos anclados en eventos que de un modo u otro marcaron nuestra vida. Desde un distante recuerdo de un abrazo de nuestros padres, abrazos de despedida que queríamos que duraran para siempre (o abrazos de reencuentro luego de haber dado por muerto a nuestro copiloto de quien conservamos su campera de cuero como talismán) hasta recuerdos de abrazos en los que nos disolvimos como un poco de azúcar en un vaso de agua, tan melosos como esta metáfora.
Quizá los abrazos sean, después de todo, como alfileres que se van anclando en el mapa de nuestros recuerdos. Sirven para que podamos volver a ese momento en que dos personas se vuelven reales.

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 31 de diciembre de 2017.
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