Cómo funciona la motivación

La dificultad para escapar al campo gravitatorio de la cama cuando tenemos que levantarnos para ir a trabajar no es ninguna originalidad de nuestra época. Ya en el Siglo III, Marco Aurelio — emperador, estoico, y una suerte de escritor de autoayuda avant la lettre — daba su propia recomendación en una de sus Meditaciones: “Al amanecer, cuando te cueste levantarte, dite: «Debo ir a trabajar, que es lo propio de los humanos». (…) ¿O acaso te han creado para que te quedaras bajo el calor de las sábanas?”

Es posible que nos agarre la tentación de responder, todavía con los ojos pegoteados: “Sí, me crearon para quedarme entre las sábanas, soy un pastelito horneado de canela”. Marco Aurelio, seguramente un poco decepcionado, nos diría que el propósito de nuestra creación es ayudar al prójimo, del mismo modo en que los arbustos, los pajaritos, las hormigas, las arañas y las abejas cumplen su función en el orden universal. No amar nuestra naturaleza no saliendo de la cama sería fallar a nuestro propósito y, en última instancia, implicaría una falta de amor propio.

Pero quizá una consecuencia más apremiante que fallarle a cierta idea de la naturaleza humana sea la incapacidad para pagar las cuentas si no salimos de la cama. Como dice aquella canción de Twenty One Pilots, “wake up, you need to make money”, que se traduce en algo así como “metele, hay que agarrar la pala”. Sin embargo, y a diferencia de lo que podríamos creer, el dinero como motivación resulta bastante endeble para la mayoría de las personas.

Esta es la tesis que mueve a Daniel Pink en su libro Drive: The Surprising Truth About What Motivates Us (2009). En él identifica tres factores que aumentarían no sólo nuestra productividad, sino también nuestra satisfacción: la autonomía (el deseo de resolver desafíos por cuenta propia), el perfeccionamiento (el deseo de mejorar en lo que hacemos) y el propósito (el deseo de hacer algo significativo). El palo con la zanahoria, según Pink, pasado cierto punto ya no funciona y, una vez cubierto el dinero que necesitamos para vivir, nuestra motivación se estanca.

Esto en gran parte resulta de que el dinero como motivación no tiene mucho de especial: “Aplica para el arte, pero también para vender chicles o zapatos”, decía el compositor Leonard Bernstein. Queda la pregunta, entonces, acerca de qué es lo que mueve a las personas que hacen arte si no es el dinero.

Para Leonard Cohen desentrañar las verdaderas razones por las cuales hacemos las cosas, es un desafío no menor. Pero si bien ambos Leonards coinciden en que la motivación en el arte es un misterio, para Bernstein las personas escriben, pintan, actúan, producen, esculpen, bailan, programan, o lo que sea, porque vivir sin hacerlo les resulta inconcebible. Esto parece resonar con aquella máxima que circula en redes sociales: “Find what you love and let it kill you”, algo así como “encuentra lo que amas y deja que te consuma”, que ciertamente no es de Bukowski sino del cantante y humorista Kinky Friedman.

A veces, también, parecería que hay personas que nacen con motivación de sobra, afinada perfectamente a lo que sea que se les cruce por la cabeza. Amelia Earhart, pionera de la aviación y célebre por su tenacidad, estaba convencida de que cuanto más hacía, más podía hacer. Lo único importante, creía, era comer bien y estar feliz. En gran parte motivada por inspirar a otras mujeres a perseguir sus pasiones, durante toda su vida dio un lugar central a la educación. En una de sus giras por universidades, le recomendó a un auditorio colmado: “Si de repente se encuentran siendo la primera mujer que quiere ir en cierta dirección, ¿qué importa? Denle para adelante, y hasta podría resultar divertido. Para mí la diversión es indispensable al trabajo”.

Este humor, que Amelia insinúa, encuentra también eco en las palabras de Viktor Frankl. En su dolorosísimo recuento de Auschwitz, entre otras cosas Frankl observa que lo que muchas veces nos permite sobrevivir es la búsqueda de un propósito. Según él, todo puede quitársele a una persona menos la actitud que tome frente a sus circunstancias, y de ahí el lugar que ocupa el humor, que “puede proporcionar el distanciamiento necesario para sobreponerse a cualquier situación, aunque no sea más que por unos segundos.”

En una de sus célebres conversaciones con su amigo y discípulo Johann Peter Eckermann, en 1824 Goethe le señala que “uno debe ser algo para poder hacer algo”. A lo que se refería es a que toda mente creadora es, por así decirlo, un eslabón en la gran cadena de la cultura. Esto es, nada se crea de la nada, sino que siempre heredamos la cultura que nos precede. En una de las piezas audiovisuales más hermosas alguna vez creadas, el maravilloso diseñador Saul Bass, su esposa Elaine, y el guionista Mayo Simon se preguntan por qué es que las personas creamos.

Casi al final de un largo recorrido a través de la filosofía de la creatividad, la voz narradora se sigue preguntando por qué las personas hacen cosas. En su conjunto, la humanidad ha lamentado su arrogancia y celebrado la vida, ha pronunciado palabras en lenguas que ya no existen, se ha consumido en la fe y casi pierde la voz de tanto gritar. Y, sin embargo, entre todas las expresiones de nuestra naturaleza, parece vislumbrarse un hilo común, una marca que todo lo conecta. Es esa necesidad de mirarse, y luego mirar al mundo, para poder decir: “Esto es lo que soy. Esto me distingue. Estoy aquí. Soy”.

En un giro casi cartesiano, la respuesta que encuentran Bass y compañía es que creamos simplemente para afirmar que somos. Ahora, qué somos ya es otra historia, pero siguiendo los consejos de nuestro viejo y querido estoico, tal vez el mejor motivo para salir de la cama y enfrentar al mundo sea la búsqueda de aquello que nos es esencial — sea pintar, cantar o ayudar a otras personas — y, quizá, hasta nos resulte divertido.

A long morning” by Yevhenia Haidamaka (CC BY-NC-ND 4.0)

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 5 de noviembre de 2017. 
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