Cómo funcionan los cumpleaños

Nadie recuerda su primer cumpleaños, pero todo el mundo recuerda un primer cumpleaños.

Niños por doquier, manos, pantalones y vestidos llenos de barro, caras embadurnadas con dulces, y entre los gritos las conversaciones de los grandes que ya no saben de qué hablar. Y, por algún motivo, demasiados colores. Siempre demasiados colores. En papeles, vasos y platitos que apenas un par de horas más tarde harán del tacho de basura una obra de arte abstracto.

Están quienes creen que la idea surgió primero en Egipto, aunque se discute si lo que festejaban era la fecha de nacimiento del faraón o su fecha de coronación, en la que este “nacía como dios”. Incluso en la Biblia se habla de un cumpleaños egipcio de c. 3.000 a. e. c., aunque nada dice de si al final había bolsita. De más está decir que las únicas fechas de nacimiento que se registraban eran aquellas de la realeza y las personas rara vez sabían en qué fecha conmemorar la propia.

En la Antigua Grecia, la fiestita se le hacía a los dioses más importantes del Olimpo. Por ejemplo el séptimo día del ciclo lunar, cuarto creciente, era de Apolo (Ἀπόλλων, dios de las artes y del arco y flecha), y el sexto de Artemisa (Ἄρτεμις, diosa de la Luna). Otros dioses tenían festejos anuales, pero cuando de simples mortales se trataba sus cumpleaños pasaban sin pena y sin gloria. Si estas tortas eran comestibles o si se parecían a aquellas que se comían en otros festejos no lo sabemos.

En algún momento, quizá en el siglo IV o III a. e. c., algunos cumpleaños comenzaron a ser conmemorados, como el de Platón — que coincidía con el de Apolo — pero en la mayoría de los casos el agasajo quedaba reservado a los gobernantes, que para ese entonces comenzaron a ser deificados. Epicuro, a quien queremos mucho, al morir dejó instrucciones de que en su cumpleaños se hiciera un gran banquete. Qué tipo más piola.

Es probablemente de las ofrendas que se le dejaban a Artemisa, unas “tortas” redondas de queso y miel rodeadas de velas, que representaban la luz de la luna, que surge la evidencia más antigua de dicha tradición. Al soplarlas, supuestamente, el humo despedido llegaría a la divinidad transportando los deseos de los mortales.

Varios milenios más tarde el tío Ernesto consideraría que poner bengalas en una torta también es una forma efectiva de hacerle llegar humo a los dioses y a todos los vecinos.

Los romanos fueron los primeros en celebrar frecuentemente los aniversarios del nacimiento de ciudadanos comunes, siempre que fueran varones, claro. Esto al cristianismo, cuya fama de aguafiestas es bien merecida, no le gustaba ni un poco y hasta el siglo IV e. c. consideró como “malditos” los cumpleaños, rechazando incluso el de ia-tu-sabes.

Eso sí: eventualmente hasta los cristianos cayeron ante el desmesurado atractivo de juntarse a comer y beber de más sin importar la excusa. Así fue como se empezó a festejar un cumpleaños muy particular, el de Jesucristo, y se puso en marcha una brillante estrategia de márketing religioso para reclutar a aquellos romanos paganos que celebraban Saturnalia.

Las mujeres y niños tuvieron que esperar sin chistar hasta el siglo XII para celebrar sus cumpleaños, y fue recién en el siglo XVIII que la costumbre que hoy conocemos adquirió su forma. En Alemania las ‘Kinderfeste’ eran fiestas infantiles, con regalos, torta y velas representando la edad. La canción que hoy cantamos es mucho más reciente, pero esa ya es otra historia.

Haruki Murakami, hace ya varios años, en Birthday Stories (2002) se preguntaba por qué festejar su cumpleaños si este no tiene ningún mérito: “Pasar de 53 a 54: ¿quién podría verlo como un gran logro? Por supuesto, si un médico le dijera a un hombre: «Nunca vivirás más allá de los 52 años. Lo siento, pero tendrás que resignarte. Es momento de escribir un testamento», y luego aquel hombre saludara el amanecer de su cumpleaños número 54, ese sí sería un gran logro que valdría la pena celebrar”.

Claro que podríamos pensar que ante la fragilidad de nuestro tránsito por el planeta Tierra nuestro estimado escritor podría estar sobreestimando su capacidad de supervivencia. Soñando con cómo festejaría la victoria luego de un encontronazo con la muerte, Murakami dice: “Puedo imaginarme alquilar un barco y poner en marcha un enorme espectáculo de fuegos artificiales en medio de la bahía de Tokio. En mi caso, sin embargo, para bien o para mal (aunque, por supuesto, para bien), nunca me han condenado a muerte. Por eso, mi cumpleaños nunca me hace inusualmente feliz”.

Puede que hasta hace no mucho tiempo llegar vivo a los 5 o 6 años de edad fuera todo un suceso, pero en la actualidad, siempre que los antivacunas no logren salirse con la suya, el festejo necesariamente pasa por otro lado. Una posibilidad sería suspender los cumpleaños a partir de los 6 años y reanudarlos a los 59, cuando las estadísticas empiezan a jugarnos en contra nuevamente

Por supuesto que esa propuesta en realidad trivializaría los verdaderos motivos por los cuales los cumpleaños se festejan, sean los que sean. Esto es porque basamos nuestras relaciones en rituales, que pueden (y deben) secularizarse, pero no tienen por qué eliminarse. Después de todo, es estadísticamente cierto que las personas que más cumpleaños festejan suelen ser las que más tiempo viven.

La importancia de los cumpleaños, como rituales sociales, no recae en sus detalles. La disponibilidad de torta, de velas, de canciones o de regalos es secundaria a reunirnos con las personas que queremos. Cuando festejamos un cumpleaños tampoco pensamos tanto: sólo queremos torta y sentirnos bien un rato. Por eso me retracto: la disponibilidad de torta sí es indispensable.

El viernes fue mi cumpleaños. Curiosamente, no sólo nací un viernes, sino que el viernes es el día de la semana menos frecuente para mi cumpleaños, junto a los miércoles. La semana previa a mi cumpleaños, y como parecería ser la norma desde hace algunos meses, fue un poco oscura. Plagado por todo tipo de demonios, llegué al viernes con la convicción de que nadie me recordaría en mi cumpleaños, salvo por el banco que todos los años me saluda —y nunca me regala nada.

Haría el esfuerzo de recordar tantos cumpleaños como me fuera posible, pero creo que no sumaría en mucho. En cambio, y por una vez, este cumpleaños (junto a varios en el recuerdo) sirvió para poder echarle pesticida al genio maligno a razón de los mensajes de personas que ante mi negativa insistieron en que de hecho puedo ser querido, y que de hecho, soy querido.

Quizá el cumpleaños no sea más que un recordatorio anual de que hay personas allá afuera dispuestas a evocar el día en que nacimos y contarnos que un poco les parece bueno que eso de hecho haya sucedido. Y eso está bien, también.

Illustration” by Minaminani Take (CC BY-NC-ND 4.0)

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 11 de junio de 2017. 
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