Cómo funciona hacer cosas solo

Cuando hace muchos años — luego de mudarme solo y luego de separarme de mi entonces pareja, en ese orden — me propuse “aprender a estar solo, para poder estar con alguien”, lo primero que hice fue revisar la cartelera del cine que quedaba a la vuelta de casa (al que nunca había ido) y sacar una entrada. Opté por la menos peor de la cartelera. Cuando salí, aunque el mundo seguía siendo el mismo, algo había hecho clic.

Aquella noche ventosa, de un viernes cualquiera de noviembre, mi monólogo interno me había convencido — haciendo algunas listas y algunas cuentas — de que, en efecto, no tenía idea de cómo era estar solo. Si a pesar de vivir a la vuelta de un cine nunca había ido solo, ¿de cuántas otras cosas me estaría perdiendo?

Sería negligente — y descaradamente exagerado — decir que nunca antes había ido a tomar un café sin estar acompañado. Pero sí es cierto que muchas veces vamos a tomar un café sin compañía como un mero entretiempo. Estirando un poco la analogía con los no-lugares de Marc Augé — aquellos espacios de transitoriedad que no tienen suficiente importancia para ser considerados como “lugares” — a veces la experiencia de esperar en un café es un momento fuera del tiempo. Es ese momento que viene antes del encuentro con alguien más, pero no un momento con todas las letras.

Varias mudanzas más tarde, en San Telmo, ir a tomar un café solo ya no era un no-momento, sino mi espacio preferido de recreación. La salida, la excusa del paseo, la lectura, el regreso. La única compañía en la forma de algún fiel anotador o la eventual interrupción de alguien que nos ofrece medias o pañuelitos descartables que no necesitamos ni queremos pero que cada tanto accedemos a comprar.

“Encuentro saludable el hallarme solo la mayor parte del tiempo. Estar en compañía, aunque sea la mejor, se convierte pronto en fuente de cansancio y disipación. Me encanta estar solo. Nunca encontré una compañía tan compañera como la soledad. Casi siempre solemos estar más solos cuando estamos entre los hombres que cuando nos quedamos en nuestras habitaciones. Un hombre que piensa o trabaja está siempre solo, encuéntrese donde se encuentre. La soledad no se mide por las millas espaciales que separan a un hombre de sus semejantes.”
 — Henry David Thoreau, Walden (1854)

Habiendo crecido en Bariloche, las salidas al bosque en soledad nunca me fueron extrañas. Y aunque no conocí la historia de Walden hasta la adolescencia, la fantasía de irme a vivir al bosque y enfrentarme a la naturaleza siempre estuvo presente. Al menos hasta que me agarrara hambre y ganas de mirar los dibujitos, claro. Pero de los paseos por el bosque, aquellas caminatas sin ambiciones que despejan el enredo de nuestros pensamientos, siempre me quedó alguna idea. Supongo que es esa distante fantasía — compartida con Thoreau, de abrazar nuevamente la simplicidad — lo que añoro cuando me meto entre reuniones a dar una vuelta por el Jardín Botánico.

Pero mucho más extremo, en nuestra degustación del catálogo de cosas que podemos hacer solos, es salir a cenar sin alguien más. Ya en este caso debo admitir que más que en algunos viajes, o bajo el influjo de alguna extraordinaria inspiración, no tuve tantas experiencias. Hay algo del comer mirando al infinito que no termino de resolver. Tampoco de lo que podemos imaginar que los otros podrían pensar de nosotros (¿no tiene amigos? ¿lo habrán dejado plantado? ¿será mi cena en soledad un símbolo de fracaso?, entre un largo etcétera). Alguna vez cené leyendo un libro, pero no puedo evitar pensar en que es una versión degradada — ajustada a las proporciones de su televisor — de realmente comer en soledad.

Curiosamente, el mero ejercicio personal de imaginar estas situaciones en soledad marca uno de los privilegios que tenemos los varones. Si no hubiera sido parte de innumerables conversaciones al respecto ni se me ocurriría que alguien podría cuestionarme el salir a cenar, viajar, pasear, ir al cine, o incluso vivir, solo. Es sobre las virtudes de vivir sola — y en respuesta a los descerebrados prejuicios — que Marjorie Hillis escribió en su fundacional Live Alone and Like It (1936) una meditada defensa de algo que debería parecernos absurdo — lo legítimo de que una mujer viva y haga cosas sola — además de ofrecer un conjunto de estrategias para pasarla bien.

“This business of making your own life may sound dreary — especially if you have a dated mind and still think of yourself as belonging to the Weaker Sex. But it really isn’t. You can have a grand time doing it. You can — within the limitations imposed on most of us, whether we live singly or in herds — live pretty much as you please.”
 — Marjorie Hillis, Live Alone and Like It (1936)

Pero por más que busquemos alejarnos del mundo por un rato, aunque sea en nuestras propias casas, caemos en la paradoja de la soledad. O quizá en la paradoja de la soledad hiperconectada. Alcanza con revisar unos minutos cualquier red social para encontrar migajas de la vida de los demás. Pero—y acá me sale el Thoreau que llevo dentro — podemos cuestionar si este tipo de soledad es genuina. ¿Por qué no podemos estar en casa, solos, leyendo un libro sin tener que contárselo a medio mundo? (O al menos al rasposo 50% del planeta que tiene conectividad).

Uno de los últimos placeres que descubrí es el lujo de apagar el celular y, con coraje, incluso desconectar la conexión a internet de toda la casa. Forzarme a estar solo, más allá de cuando me engaño para creer que lo estoy, termina siendo uno de esos ejercicios que solo valoramos después de ponerlos en práctica, como hacer más actividad física o comer mejor. Las salidas a tomar café, a pesar de poder contar con la mejor compañía, la ida al cine, los viajes, los paseos y—si ando inspirado—las cenas en solitario quizás son una forma de autorregular el placer de la compañía. O, en palabras más generosas, una buena oportunidad para estar a solas con nosotros mismos.

“There is an element of defiance in this attitude, but when you start to live alone, defiance is not a bad quality to have handy. There will be moments when you’ll need it, especially if you’ve been somebody’s petted darling in the past. But you will soon find that independence, more truthfully than virtue, is its own reward. It gives you a grand feeling. Standing on your own feet is extraordinarily exhilarating, and being able to do very well (when it’s necessary) without your friends, relatives, and beaux, not to mention your enemies, makes you feel surprisingly benign towards all of them.”
 — Marjorie Hillis, Live Alone and Like It (1936)

“Automat” (1927) — Edward Hopper

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