Cómo funciona la comodidad de casa en el invierno

¿Tienen los daneses la clave para la felicidad?

Salir de casa en invierno puede ser tanto una molestia como una aventura. El paisaje pierde la mayoría de sus colores y apenas puede sintonizarse en escala de grises. Los copos de nieve hacen de ruido en la pantalla. Envueltos en el silencio con el que empiezan los poemas invernales, sólo el crujir de los pasos nos recuerda que aunque el horizonte se disuelve estamos avanzando.

Cada tanto el silencio se interrumpe por el sonido de una rama que ya no puede con tanto invierno y cede. Quizás en el suelo se convierta en la casita de una familia primeriza de liebres. O quizás algún día abone la tierra donde pueda crecer alguno de los árboles que nos protege de la nieve que cae con toda la intención de cubrirlo todo. La pregunta por el ruido que hace un árbol al caer en el bosque cuando no hay nadie para escucharlo se nos hace ridícula cuando estamos envueltos en la situación contraria. Me pregunto cuántos filósofos habrán muerto aplastados por árboles.

La nieve nos da la oportunidad única de caminar por donde nunca nadie caminó antes. Talvez no sea ingenuo confiar en que durante el invierno el mundo adquiere la metafísicamente imposible cualidad de que las cosas sean y no sean al mismo tiempo. También nos recuerda la velocidad con la que lo que es puede convertirse en lo que no es. ¿Qué es de la regularidad en la forma de un copo cuando toca la mano y se derrite?

Volvemos a casa y alguien se acordó de renovar el fuego. Suena algún viejo disco con canciones escritas antes de que naciéramos. Y aunque no somos entusiastas del té, cuando nos piden que pongamos agua para calentar nos parece una buena idea. A esta comodidad invernal los daneses la definen como hygge, en otro caso más de intraducibilidad:

Hygge’, [es] un término danés definido como “una cualidad de intimidad y convivencia confortable que engendra una sensación de satisfacción o bienestar”. Pronunciada ‘hoo-guh’, se dice que la palabra no tiene traducción directa en inglés, aunque ‘acogedor’ se acerca. Se deriva de un término noruego del siglo XVI, ‘hugga’, que significa ‘consolar’ o ‘reconfortar’, que está relacionado con la palabra inglesa ‘hug’, abrazo. Asociado con la relajación, la indulgencia y la gratitud, el hygge se ha considerado durante mucho tiempo parte del carácter nacional danés.

No conozco Dinamarca, pero viví mis primeros diecisiete años en una casita en el bosque en Bariloche. Suficientes como para poder reconocer el sentido de hygge, aunque la palabra me haya escapado toda mi vida adulta. Y suficientes como para hacerme añorar el frío la mayor parte del año. Alguna vez, en algún sitio para conocer gente, confesé que “nunca no estoy usando bufanda”.

Hay algo difícil de poner en palabras en el placer de acercar las manos a una estufa, en el poder abrigarnos, en el poder encontrar una excusa perfecta para tomar algo caliente — o algo más fuerte. El solo hecho de tener en las manos una bebida caliente nos hace más felices, y abrigarnos nos vuelve más sociales. Y cuando se trata del alcohol, siempre podemos contar con Hitchens para celebrar el hábito. Pero el frío — y la nieve — también representan para muchos un cambio en el ritmo de los días.

Es a ese estado de excepción, tal vez, a lo que alude la idea de hygge, pero con la salvedad de hacer de ello la regla. Incluso si los daneses no alcanzaron realmente la clave de la felicidad, hay algo de atractivo en atribuirle al estado del tiempo el poder de cambiar nuestra dieta por unos días, proponernos olvidar por un momento las frustraciones cotidianas, y volvernos menos exigentes con aquel chocolate que queremos tomar.

Incluso si vivir en estado de hygge no es sostenible, un día de nieve — o de frío, en la ciudad — es un día perfecto para vivir fuera del tiempo. Cada tanto podemos tomarnos unas vacaciones de la realidad.

La foto es de 123RF, porque en Buenos Aires es raro conseguir un hogar a leña.

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 4 de junio de 2017. 
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