Cómo funciona compararse con los demás

Mucho peor que dejar las harinas o el azúcar es abandonar el irresistible vicio de compararnos con los demás. No importa el logro que tengamos delante, siempre hay una vara más alta a la que no llegamos. Una vara metafórica, claro, que nada tiene que ver con mi metro sesenta, pero mucho tiene que ver con el flagelo al que nos sometemos por nuestra propia cuenta.

Be kind, for everyone you meet is fighting a hard battle.

Algunos le atribuyen esta frase a Sócrates. Otros a Platón. Ambos están equivocados por algo así como 2200 años: la oración es en realidad mérito de un religioso escocés, pero no dejemos que mis obsesiones esporádicas nos distraigan. El punto es que, en efecto, cuando juzgamos los méritos de otro, la forma en que se viste o incluso la forma en que nos mira desde el otro lado de la sala del podólogo, nos estamos precipitando. No tenemos idea de lo que es caminar en los zapatos de alguien más, aunque los que tienen pies más grandes son los que la tienen más difícil.

En cualquier caso, cuando nos comparamos dejamos de lado la base epistemológica socrática, aquella que le valió el título del hombre más sabio: no tenemos idea de lo que no sabemos.

En casa empezamos a mirar Curb Your Enthusiasm, que es una serie muy a-la-Seinfeld que básicamente gira alrededor del uso del “esto no es lo que parece” como recurso narrativo. Pero si la incomodidad fuera sal, cuando condimentaban Curb alguien tuvo el tino de desenroscar la tapa del salero. La serie sigue a Larry David (guionista, co-creador de Seinfeld) en una secuencia interminable de situaciones en las que queda mal parado sin poder explicar cómo realmente llegó a donde llegó. Un poco como Trump en la Casa Blanca, pero mucho más lejos de los códigos nucleares.

Pero incluso cuando juzgamos situaciones afortunadas solemos dejar de lado lo complejo (y azaroso) de toda la cuestión. Se ha dicho una y mil veces, pero hay que dejar de pensar en el éxito como un proceso lineal y predecible. Tener éxito depende sobre todo de estar en el lugar correcto en el momento correcto. Frans Johansson, autor de The Medici Effect (2004), le atribuye el éxito a la serendipia, que además de ser una película con John Cusack es el fenómeno de descubrir algo cuando se está buscando otra cosa.

¿Todas esas startups que hicieron multimillonarios a sus fundadores? No son el resultado de puras estrategias, cantidades industriales de design thinking o atracones de metodologías ágiles. O, mejor dicho, no son sólo el resultado de eso. Steven Johnson, en su siempre recomendable Where Good Ideas Come From (2010), habla de aquellas ideas que por estar en el momento o lugar incorrecto no lograron el éxito. Desde Babbage con su máquina analítica –cuyo diseño era ideal para funcionar con señales eléctricas pero la electricidad no había sido descubierta aún–, hasta Friendster, MySpace, SixDegrees, orkut –y un largo etcétera– que no lograron el éxito de Facebook. Pero a diferencia del ejemplo de Babbage, hay decenas (de verdad, las conté) de teorías de por qué fallaron y Facebook no. Más allá de los aprendizajes que pueda haber detrás de la historia de Facebook, también hubo un poco de suerte.

«They say you can’t argue with results, but what kind of defeatist attitude is that? If you stick with it, you can argue with ANYTHING.»

Una buena parte de nuestros problemas para pensar en el éxito y el fracaso vienen de lo que se conoce como sesgo de la supervivencia, una forma de sesgo de selección. Este error lógico implica concentrarse en quienes sobreviven a un proceso, omitiendo a los que no sobrevivieron por su falta de visibilidad. Así es como formamos creencias excesivamente optimistas a partir de ignorar los fracasos. ¿Alguien dijo emprendedorismo?

Esta idea del sesgo de supervivencia es más vieja que la Biblia, literalmente. Bah, al menos que el Nuevo Testamento.

En su clásico diálogo acerca de los dioses, Cicerón cuenta:

Diágoras, llamado “el Ateo”, fue una vez a Samotracia y un cierto amigo le dijo:
“Tú, que piensas que los dioses descuidan los asuntos de los hombres, ¿no ves todas las pinturas votivas que demuestran cuántas personas han escapado a la violencia de la tormenta y han llegado salvas a puerto a fuerza de hacer votos a los dioses?”
“Así es — replicó Diágoras — sencillamente porque no hay en ninguna parte pinturas de todos los que han naufragado y han sido tragados por el mar.” 
Cicerón, De Natura Deorum, iii 89

Porque cuando sos Cicerón aprovechás para desarmar el sesgo de supervivencia mientras tiras abajo algunas de las giladas que se dicen respecto de los dioses.

Ahora bien, el desafío se mantiene, ¿cómo hacemos para recordar todo esto cuando nos presentan a alguien que con cinco años menos que nosotros ya vendió tres empresas y publicó dos libros? Primero, como siempre, lo googleamos. Luego, parece que alejarse un ratito de las redes sociales podría ayudar muchísimo. Y ahora que tenemos un montón de tiempo por no estar scrolleando en Facebook, podemos leer o mirar acerca de todo esto que ahora llaman status anxiety. Y si luego de hacer todo esto todavía no podés evitar compararte con los demás, podés intentar escribir al respecto en tu newsletter semanal.


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