«I was walking in the park and this guy waved at me.
Then he said, “I’m sorry, I thought you were someone else.”
I said, “I am.”» — Demetri Martin
Algunas veces, cuando el Universo se hace demasiado insostenible y empiezan a crujir las vigas con intención de ceder, tengo un truco para despejarme. Como a Andrés, me gusta salir a caminar. Me saco los anteojos, así dejo que el mundo se vuelva borroso y más soportable, y camino. Desde el 3 de mayo de 2013 di unos 11.505.188 pasos, algo así como unos 7740,64 km.
Cuando caminamos pasan muchas cosas interesantes, sobre todo cosas químicas. El corazón bombea más sangre y oxigena no sólo los músculos, sino también nuestro cerebro, y de a poco se van liberando esas deliciosas endorfinas que nos ayudan a olvidar la discusión tonta que tuvimos con algún imbécil en Twitter, que por algún motivo nos tomamos demasiado en serio. También se generan nuevas conexiones en el cerebro y hace las veces del cambio de aceite cerebral para que cuando lleguemos a los 64 estemos tan bien como Paul.
Pero quizás cuando tenemos que detenernos un párrafo entero para hablar de los beneficios de caminar es señal de que algo raro está pasando. Es como si en algún momento, casi sin que nos diéramos cuenta, caminar se volvió un lujo. O al menos algo que tenemos que justificarnos, cuantificar, compartir y hasta celebrar. Caminar nos vuelve más creativos, nos ayuda a bajar de peso, mejora nuestra salud, nos ayuda a pensar, ¿pero qué pasó con el caminar sin ambiciones?

Caminar, por el solo hecho de caminar, también tiene su encanto. Son las caminatas descerebradas, aquellas en las que nos vamos perdiendo entre pensamientos que el recorrido nos va suscitando. Geoff Nicholson en The Lost Art of Walking (2008) dice que si bien caminar requiere de nuestra atención, deja muchos espacios libres para que las ideas broten y fluyan. Rebecca Solnit, por su parte, se pasó muchos años pensando en el asunto de caminar. En Wanderlust (2000) hace una historia cultural del caminar a través de sus innumerables beneficios, y en A Field Guide to Getting Lost (2005) aumenta la apuesta y a través de nueve ensayos indaga en cómo y por qué la gente se pierde –y más importante aún– qué pasa cuando son encontrados. Parecería ser que para poder encontrarnos es importante poder perdernos.
«Thinking is generally thought of as doing nothing in a production-oriented culture, and doing nothing is hard to do. It’s best done by disguising it as doing something, and the something closest to doing nothing is walking. Walking itself is the intentional act closest to the unwilled rhythms of the body, to breathing and the beating of the heart. It strikes a delicate balance between working and idling, being and doing. It is a bodily labor that produces nothing but thoughts, experiences, arrivals.»
— Rebecca Solnit, “Wanderlust” (2000)


