La cena había estado bien, pero no era la cena lo que me entusiasmaba. Quizás si preguntaba más seguido el tiempo pasaría más rápido. Quizás si me enfocaba en algo más lograría que el momento llegase. El sonido de campanitas afuera anunció el momento tan ansiado. Es increíble el esfuerzo que están dispuestos a hacer los padres para mantener viva la fantasía del ritual navideño. Salí corriendo y llegué antes que el resto. Me encontraron gritándole al cielo.
— ¡Gracias papañiel! ¡Gracias papañiel!
Era el regalo más hermoso del mundo. El primero que recuerdo. Era todo lo que quería y más. Era el mejor regalo del mundo. No era una bicicleta, era un mundo de posibilidades. Menudo mérito el de lograr que un niño en estado de euforia conozca por primera vez la sensación de un sueño cumplido que ni siquiera sabía que tenía.
Era la hora de la siesta, el mejor momento para probar nuevas teorías. Las manos me ardían como si las hubiera apoyado sobre brasas. Los anteojos se habían vuelto parte del paisaje ripioso y en la boca sentía una mezcla de asombro con tierra. Pero sin llorar, sentía una mezcla de terror y orgullo. Esa caída era puro mérito mío. Apenas un momento antes me había dispuesto a sacarle las rueditas a la bicicleta y corroborar empíricamente que el problema de pedalear se solucionaba tirándose de la pendiente de casa. Desafortunadamente, mi hipótesis no contemplaba el conflicto de lograr mantener la velocidad. Supongo que así funciona la ciencia, y el cerebro de un niño de 5 años.
Era un lunes. En Basilea la primavera de 1943 recién comenzaba y la Guerra aún no terminaba. Albert Hofmann, luego de debatirse todo un fin de semana, había decidido experimentar consigo mismo los efectos de la dietilamida de ácido lisérgico (LSD). Estaba investigando la ligera pero curiosa sensación que había sentido el viernes previo, cuando por accidente entró en contacto con la sustancia.
Aquel lunes 19 de abril, finalmente, Hofmann consumió 0,25 mg de LSD. Una hora más tarde comenzó a sentir los efectos nuevamente. Llamó a su asistente pero le costaba articular las palabras. Le pidió que lo acompañara a su casa. Por la guerra no había autos disponibles, lo que implicaba recorrer 4 kilómetros en bicicleta. En su autobiografía, LSD: My Problem Child (1979), Hofmann relata:
“On the way, my condition began to assume threatening forms. Everything in my field of vision wavered and was distorted as if seen in a curved mirror. I also had the sensation of being unable to move from the spot.”
— Íbamos muy rápido — le confesó algún tiempo después su asistente.

Una parte importante de mis recuerdos de Londres transcurren al volante. O mejor dicho, al manubrio. La última noche en la ciudad Grant nos invitó a cenar a un restaurant pakistaní. La comida más confusa y picante que puedas probar. Si bien se suponía que Grant iba a ir adelante nuestro mostrándonos el camino, lo perdíamos constantemente y tenía que volver a buscarnos. Grant está muy loco. Se le voló la bufanda apenas empezamos a pedalear. Si hay algo bueno de quedarse atrás es poder ver en cámara lenta lo que sucede por delante. Llegué al restaurant con su bufanda en la mano.
A la mañana siguiente Grant despertó con una recaída.
“The bicycle, the bicycle surely, should always be the vehicle of novelists and poets. How pleasant if one could prove that a decline in literary delicacy followed the disappearance of the bike from American roads… In a car you are carried; on a bike you go.” — Christopher Morley, The Romany Stain (1926)
Andar en bicicleta funciona aplicando fuerza sobre uno de los pedales y luego de medio giro del plato, sobre el otro, repitiendo el proceso constantemente. Es el ritmo mantenido lo que nos facilita conservar el equilibrio. Aprender a andar en bicicleta, como diría Bertrand Russell, no es diferente de aprender a superar un temor.
“One way of meeting a dangerous situation is manipulative activity, and (…) those who are able to employ this method adequately do not, at least consciously, feel the emotion of fear. It is a valuable experience, which stimulates both self-respect and effort, to pass gradually from fear to skill. Even so simple a matter as learning to ride a bicycle will give this experience in a mild form. In the modern world, owing to increase of mechanism, this sort of skill is becoming more and more important. I suggest that training in physical courage should be as far as possible given by teaching skill in manipulating or controlling matter, not by means of bodily contests with other human beings.” — Education and the Good Life (1926)
Cómo funcionan las cosas es un proyecto sostenido por las personas que leen. Si querés sumarte a que el proyecto crezca, podés hacerlo por acá.

Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 18 de junio de 2017.
Si querés recibir «Cómo funcionan las cosas» todos los domingos, podés suscribirte acá. Además, podés seguirme en Instagram, Facebook o Twitter.

