Cómo funciona esperar

Prendo la cafetera y la primera luz verde me saluda. Para la segunda aún falta un momento. Recién cuando se ilumine habrá que girar la perilla para que el agua a presión pase por un montón de válvulas, caños, cañitos y filtros hasta alcanzar los granos de café recién molidos y volcarse sobre la taza.

Gran parte de nuestras vidas pasa esperando. Esperando a que termine la clase, a que nos atienda el dentista, a que nos respondan un mensaje (o ese mensaje), a que se baje el capítulo, a que pase el colectivo, a que el colectivo llegue a destino, a que el colectivo se vaya para que podamos cruzar. Esperamos a que se nos ocurra una idea, algo que podamos poner en la pantalla, que nos mira como diciendo que no sabemos lo que hacemos. Algunos esperan a que pase el temblor, otros a que un personaje mítico del Siglo I se digne a reaparecer (por segunda o tercera vez, dependiendo de quién esté contando) y otros simplemente esperamos que salga todo bien.

Esperar refleja nuestra impotencia para cambiar el ritmo y el curso de los eventos. Podemos esperar a solas o con alguien más, en privado o en público. A veces tenemos que esperar porque hay una cola delante nuestro y, como dice Raymond Tallis, nos vemos forzados a renegar de nuestra posición en el centro del Universo. De ahí nuestra confesa indignación con aquellos seres repugnantes que se colan en la fila. Como habría de darse cuenta Alexis de Tocqueville en su viaje por América, al deshacernos de la realeza ya nadie tiene coronita. Así que vuelva a su lugar en la fila, ser despreciable.

En una serie de pasajes de su Fragments d’un discours amoureux (1977), Roland Barthes despliega, con precisión científica, la escena de una espera. Barthes captura la mística del tiempo que no es tiempo, aquel momento encantado de la espera. En ese tiempo fuera del tiempo, dice, organizamos una escenografía. No sea cosa que la llegada del momento esperado nos encuentre con perplejidad.

Barthes también señala que hacernos esperar es quitarnos importancia. Sin embargo, raros son los especímenes de humanos que disfrutan de llegar primeros a un evento social. Llegar tarde — o mejor dicho, la posibilidad de evitar la espera — carga con el costo de la condena social, pero no por eso es menos dulce. Aunque a veces llegar tarde solo se deba a nuestra torpeza al momento de salir: ante el terror que nos provoca el aburrimiento, nos inventamos algo más para hacer y cuando debemos abandonar aquel entretenimiento, ya es tarde.

A la espera la enfrentamos de diversas maneras. Si el espíritu de nuestro tiempo aún no hizo lo suyo, esperaremos pacientemente. Pero si, por el contrario, la idea de no tener algo que hacer nos apabulla, la impaciencia se hará de nuestra espera. Søren Kierkegaard, que dedicó gran parte de su obra a evitar el aburrimiento, lo definió como la sensación de vacío, que no solo representa la ausencia de estímulos sino la ausencia de significado. Es por esto que hoy — más que nunca — podemos estar sobreestimulados pero sentirnos existencialmente aburridos.

“El aburrimiento es la raíz de todo mal”, exageraba Kierkegaard en Enten-Eller (O lo uno o lo otro en danés, 1843). “Es muy curioso que el aburrimiento, cuya naturaleza es calma y sedativa, pueda tener tanta capacidad para ponernos en movimiento. El efecto que tiene el aburrimiento es absolutamente mágico, pero este no es uno de atracción sino de repulsión”. Kierkegaard no conocía Twitter.

Tampoco es propicio apresurarse a hacer colapsar la espera con el aburrimiento. ¿Y la dulce espera? ¿Y la espera por los regalos? ¿Y la espera por la nueva temporada de aquella serie de la que todo el mundo habla? A veces la espera puede estar colmada de especulación, del desencadenado uso de la imaginación. Es en la espera que armamos el lugar que daremos, metafórica o literalmente, a lo que tenga que venir.

Alan Watts, a quien remotamente le debemos el entusiasmo actual por la importancia de estar presentes, estaba preocupado por lo que percibía como una obsesión con el apuro.

“Nos sentimos estimulados de tal modo al proyectarnos hacia un futuro placentero, y nos apresuramos de tal forma en salir a su encuentro, que no podemos detenernos a disfrutar de los acontecimientos cuando éstos se producen. Somos, pues, una civilización que sufre de un desencanto crónico, una inmensa pandilla de niños malcriados que destrozan sus juguetes”.
 — Alan Watts, Does It Matter? (1970)

Es brutalmente sencillo dejarse caer en la narrativa de nuestras vidas como si fuera una serie inagotable de “todavía no” que hacen de la espera frustración. El ahora viene demasiado lento y tan pronto como llega nos obliga a verlo como pasado. El futuro, aquel al que apunta nuestra inagotable espera, aloja todas nuestras fantasías, incluyendo la posibilidad de eventualmente darle sentido a aquel presente que entonces será pasado.

Pero quizá la espera sea todo lo que podemos tener, al menos hasta que podamos entender realmente cómo funciona el tiempo. La espera a veces nos enfrenta en compañía, a veces nos enfrenta en soledad, pero tal vez nos incomoda porque nos enfrenta con quienes realmente somos.

Aquella presencia de la que nos habla Watts no es más que la capacidad para pensar acerca de la espera. La vida puede presentársenos como una carrera contra el tiempo, pero se enriquece cuando podemos detenernos. Como dice Frank Partnoy en Wait (2012), una decisión sabia requiere de reflexión, y la reflexión requiere de la espera. Parafraseando a Sócrates, la vida examinada bien podría valer la pena.

«Un mandarín estaba enamorado de una cortesana.
“Seré tuya” — dijo ella — “cuando hayas pasado cien noches esperándome sentado sobre un banco, en mi jardín, bajo mi ventana”. Pero, en la nonagésimo novena noche, el mandarín se levanta, toma su banco bajo el brazo y se va».
 — Roland Barthes, Fragments d’un discours amoureux (1977)

what are you waiting for?” by Eunho Lee (CC BY-NC-ND 4.0)

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