Cómo funciona estar en el lugar correcto en el momento correcto

James Lick nació el 25 de agosto de 1796 en Stumpstown, un diminuto pueblo de Pennsylvania. Hijo de un fabricante de muebles, aprendió a martillar antes que a caminar. Tal era su afán que abrió su propio negocio antes de cumplir la mayoría de edad. Pero quizás fue en la arrogancia de este logro que tuvo la osadía de pedir la mano de Barbara, la hija del granjero del pueblo, con quién en secreto esperaban un hijo. El granjero lo sacó carpiendo y le dijo que jamás lograría nada en la vida y que no tuviera el tino de volver a aparecer hasta no tener un granero al menos tan grande como el suyo.

Sin granero pero con el corazón roto, partió para Baltimore. Y aunque no sabía nada al respecto, su experiencia haciendo muebles le alcanzó para conseguir trabajo en una tienda de pianos. De hecho, le fue tan bien que no sólo logró dominar el arte de hacer pianos, sino que se mudó a Nueva York para abrir un local propio. Un piano, cabe aclarar, no es un mueble cualquiera. Más increíble es, entonces, que su negocio en tan poco tiempo fuera tan exitoso. Notando que gran parte de los envíos iban hacia el sur, juntó sus petates y en 1821 se fue para Buenos Aires, persiguiendo la fantasía volverse rico y así conseguir la mano de Barbara.

Su estadía en Argentina no careció de sobresaltos, tanto por la barrera idiomática como por la situación del país durante esos años (algo de unos unitarios contra unos federales). Pero el negocio, una vez más, iba bien y en 1825 decidió tomarse un año sabático por Europa. Al volver, los portugueses capturaron su barco y terminó como prisionero de guerra en Montevideo, hasta que logró escapar a pie hacia Buenos Aires. Allí encontró el negocio desmejorado, pero no le costó volver a poner las cosas en su lugar.

Ya en 1832, habiéndose ido de Estados Unidos quince años atrás, consideró que el dinero ya era suficiente y decidió volver a Stumpstown y recuperar a Barbara. Curiosamente, aunque Lick había mantenido contacto con su familia, a nadie se le ocurrió mencionar que Barbara se había casado y él nunca mencionó sus intenciones de recuperarla.

Una vez más con el corazón roto, volvió a Buenos Aires donde tanta revolución lo convenció de mudarse a Valparaíso, Chile. Pero no habían pasado ni cuatro años cuando la revolución, una vez más, lo alcanzó. Ahora en Lima, Perú, mantuvo su reputación, pero en 1846, siguiendo muy de cerca los diarios y las noticias de Estados Unidos, se adelantó a la anexación de California y decidió volver al norte. Como muchos de sus empleados eran mexicanos que se habían ido a luchar a la guerra, a Lick le quedaron una docena de pedidos sin terminar. Y, como no podía ser de otro modo, se hizo cargo él mismo de los pedidos pendientes y un año y medio más tarde, a fines de 1847, partió para California.

Llegó a San Francisco con una caja fuerte con 30 mil dólares en oro (casi 800 mil dólares de hoy) y unos 300 kg de chocolate que su amigo Domingo Ghirardelli le dió en Lima para ver si se vendían. No sólo se vendieron, sino que hoy su nombre es sinónimo de chocolate. Intuyendo que México cedería California a Estados Unidos, aprovechó para comprar una barrabasada de terrenos por los que nadie hubiera puesto (literalmente) un dólar.

Donde Lick veía un futuro polo comercial y una ciudad exitosa, los lugareños veían dunas, colinas y barrancos que vendían contentos. En noventa días era dueño de cincuenta propiedades y uno de los hombres más ricos de San Francisco. Lick lo intentó por unos días, pero rápidamente se dio cuenta de que lo suyo no era hacer negocios con lo que hubiera en la tierra sino con la tierra misma.

Las cosas iban bien y era casi seguro que California se anexaría a Estados Unidos, pero Lick ni por asomo sospechaba que 17 días después de su llegada se descubriría oro. Hoy por hoy es difícil imaginar lo que implica que de un momento a otro empiece a brotar, literalmente, dinero de la tierra. Esta famosa ‘fiebre del oro’ hizo que la población se multiplicara por 300 en menos de una década. La gente simplemente venía de todos lados. Tantos eran los barcos que en apenas dos años varios miles colmaron la bahía. En eso surgió otra brillante idea: llenarlos de tierra y convertirlos en… Tierra firme. San Francisco pasó de tener mil habitantes en 1848 a unos 20 mil en 1850 y 36 mil en 1860. La mayor parte de esas tierras eran suyas.

Con tan brutal crecimiento de su fortuna puso a alguien a cargo de sus propiedades y se mudó a San José en el interior de la bahía. En el pueblo no lo querían mucho: usaba siempre la misma ropa raída, andaba con un carro juntando huesos en las carnicerías para luego molerlos y regarlos por sus campos de árboles frutales en el valle de Santa Clara. A pesar de su inmensa fortuna no le interesaba mucho el lujo y hasta se dice que dormía sobre un ínfimo colchón, aunque esto no le impedía mandar a construir algunas de las propiedades más lujosas de América.

Entre tanto despliegue, aprovechó para construir el granero más grande del mundo. Por dentro parecía más un banco que el interior de un granero, con molduras de madera artesanales, mármol y bronce, que en parte hizo él mismo, aprovechando sus habilidades prácticas. Eventualmente se fue para Los Angeles y compró un enorme terreno entre las colinas, del cual una parte hoy conocemos como Hollywood.

Pero había llegado el momento de pensar acerca de su legado. Cuando Lick llegó a California tenía 50 años y ahora raspando los 70 empezó a preocuparle cómo sería recordado. Entonces le propuso a la ciudad construir tres estatuas en una de las colinas, en memoria de él y sus padres. Pero a la ciudad no le pareció buena idea. Entonces propuso construir una pirámide, ¡la pirámide más grande del mundo! Pero eso tampoco le cayó bien a nadie. Entonces se propuso donar casi todo su dinero, y empezó a financiar de todo.

Con su dinero se fundó un conservatorio, un orfanato, un hogar de ancianos, una serie de monumentos, un colegio secundario… En total, una veintena de proyectos en favor de la ciudad. Pero todavía le faltaba su tumba. Fue en el medio de tanta generosidad que conoció a uno de los principales astrónomos del momento, de Berkeley, que le propuso construir el más moderno, el más grande observatorio del mundo. Este, finalmente, podría ser su tumba.

“No, sir! I intend to rot like a gentleman.”
— James Lick, rechazando la opción de ser cremado.

Hoy el cuerpo de James Lick yace debajo del observatorio, entre las colinas al sur de la bahía de San Francisco. En algún momento llegó a conocer a su hijo, pero las cosas no salieron bien cuando este se rehusó a cuidar al loro de James. Y aunque el padre de Barbara nunca pudo conocer su granero — el más grande del mundo — hoy hay una parte de lo que alguna vez fue Stumpstown, Pennsylvania, donde le dijeron que no lograría nada en su vida, que fue renombrada Lickdale.

Este texto no sería posible sin la hermosa manera en que Jamis MacNiven nos contó la historia de James Lick en el “Member Summit” de la Long Now Foundation de Stewart Brand y sus amigos en San Francisco, realizado en octubre de 2016.


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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 8 de octubre de 2017. 
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