En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el mapa del Imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, estos Mapas Desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. (…)
Hacer un mapa nunca fue tarea fácil. Mucho antes de que pudiéramos poner ojos en el cielo, la tarea de dar cuenta de cómo era el mundo para que otros pudieran recorrerlo quedaba a cargo de exploradores y aventureros. Atravesando océanos, abriendo caminos y senderos, subiendo montañas y navegando ríos, la cartografía se consolidó como una disciplina de paciencia, talento y precisión.
Que el mapa no es el territorio no es ninguna novedad. Un mapa no es sino una proyección que refleja cierta perspectiva y poco importa cómo sea realmente el mundo mientras el mapa funcione. Pero qué tan bien lo haga va a depender de lo que su autor conozca y de aquello que decida mostrar.
El mundo es uno y los mapas son muchos, y es por eso que existe siempre el peligro de que aquello que con incalculable dedicación se registró, midió, dibujó e imprimió sea copiado y el crédito robado. Con la sofisticación de las técnicas cartográficas y el incremento en la precisión de los mapas el ingenio cartográfico tuvo que ceder ante el conocimiento del territorio.
¿Pero cómo podemos demostrar que nuestro mapa fue robado si su aspiración es reflejar fielmente la realidad? Los cartógrafos — precisos, corajudos, talentosos pero también ingeniosos — rápidamente dieron con una solución: inventar “pueblos de papel”, desparramados originalmente en los primeros mapas de ruta para atrapar a competidores inescrupulosos que, de copiarlos, serían atrapados con las manos en la masa. O, mejor dicho, en el mapa.
En plena expansión de la red de rutas y autopistas en Estados Unidos durante la primera mitad del Siglo XX el trabajo de los cartógrafos de rutas no sólo era valorado sino que era considerado prácticamente un oficio heroico. Como relata un entusiasmado locutor en Caught Mapping, un video de 1940 sobre los mapas de rutas, la tarea de los “road scouts” era de hecho fundamental.
Ante un territorio cuyos caminos e intersecciones podían literalmente cambiar de la noche a la mañana eran estos cartógrafos motorizados quienes se encargaban de mantener actualizados los mapas de rutas, cuyas ediciones podían salir con apenas dos semanas de diferencia. La competencia por reportar cambios era salvaje y poder ahorrarse aunque sea algo del trabajo ya era una posibilidad por demás tentadora. Esto no hizo más que exacerbar el recelo cartográfico.
Revisando los detalles finales de su mapa de New York, Otto G. Lindberg, director de una de las más importantes editoriales de mapas de la época, convenció a Ernest Alpers, su asistente, de colocar un pueblo absolutamente ficticio cuyo nombre se servía de las iniciales de ambos: “Agloe”. Ubicado en el medio de la nada, era terriblemente improbable que a alguien llamara la atención este simpático topónimo.
Años más tarde la sutil trampa rindió sus frutos: una editorial rival había ubicado a Agloe, NY en un mapa. Pero antes de que nuestros avispados cartógrafos pudieran ir a reclamar su cheque por daños y perjuicios la realidad les dio una cachetada: en aquel pueblo de papel estaba ahora instalado el Agloe General Store, estoico en el medio de la nada, pero ciertamente no de papel.
Los dueños de la tienda habían tomado el nombre de un mapa de Esso, gasolinera cliente de la editorial de Lindberg, y en un despliegue de magnífica paradojicidad habían vuelto al mapa original aún más correcto de lo que era al poner su local ahí. Agloe llegó a tener dos casas y una estación de servicio, además de la famosa tienda de ramos generales, pero hace ya varias décadas que sólo figura en mapas desactualizados. Da igual: los hechos no tienen copyright, ni siquiera aquellos que son falsos.
Quizá una de las más famosas apariciones del concepto haya sido en Paper Towns (2008), la novela de John Green. Pero lo que él dice es que más allá de la encantadora anécdota lo que realmente lo cautivó fue el modo en que a veces son los mapas los que dan forma al mundo y no a la inversa.
“La manera en que concebimos nuestra aventura cartográfica personal termina dando forma al mapa de nuestra vida y esto, en consecuencia, la configura.” Los mapas existen para que logremos ubicarnos y, si bien no nos dicen a dónde ir, nos marcan a dónde podríamos ir. “Muy rara vez vamos a un lugar que no figura en nuestro mapa personal”.
Los mapas nunca son neutrales. A no ser que el mapa coincida con el territorio, como insinuaba Borges, siempre reflejará del mundo tanto como lo que sabe quien lo dibuja, o al menos lo que le importa mostrar de él. De algún modo, cuanto más sepamos del mundo, más completos serán nuestros mapas. Y aprender, después de todo, no es más que dibujar un poco más del mapa, como aquellos valientes exploradores embarcados o los intrépidos aventureros que subían montañas y navegaban ríos, pero subidos a libros y laptops en vez de coches y barcos.
Esto, insiste Green, es lo que hace tan importante perseguir nuestra curiosidad: se trata de enriquecer nuestra cartografía personal. El proceso no será ordenado pero imaginar al aprendizaje como la elaboración de un mapa nos permite ver cómo la costa se va dibujando y la silueta de las montañas se va haciendo más clara. Allí donde están los dragones podemos poner la x.
Toma algo de coraje querer saber un poco acerca de todo, y no faltan voces que nos advierten del peligro. Entre sinuosos caminos de ripio y rutas aún no terminadas es fácil incluso sentir que somos impostores, ruines ladrones de mapas y no audaces cartógrafos ante lo desconocido.
Pero hacer un mapa no es solo ubicarnos en el territorio, también es abrir caminos hacia donde ir.
(…) Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y los Inviernos. En los desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas.
Suárez Miranda, Viajes de Varones Prudentes, Libro Cuarto, Cap. XLV, Lérida, 1658.
FIN
— Jorge Luis Borges, El hacedor (1960)

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 17 de junio de 2018.
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