Creo que fue recién este año que descubrí los kioscos de diarios. Siempre asumí que eran parte del paisaje, como los objetos con los que no podemos interactuar en los videojuegos. Nunca me llamaron la atención. Hasta que descubrí que ahí vendían boludeces de plástico que podía coleccionar.
El año pasado dupliqué mi humilde colección de libros. Este año, parece, es el de las figuras de plástico cuyo propósito no es otro que el de adornar una biblioteca que perfectamente podría prescindir de ellas. No les llamamos juguetes porque nadie juega con ellas. Me pregunto si cuando nos vamos a dormir, tristes e inertes las figuras le ruegan al hada convertirse en juguetes de verdad.
Cuando éramos chicos no tenía tantos juguetes en casa. O, mejor dicho, tenía suficientes pero no venían de jugueterías. Recipiente de aquel virtuoso ritual por el cual todo lo que todavía sirve sigue alegrando, los juguetes que tenía se heredaban de amigos de la familia cuyos hijos habían crecido más allá del punto en que sus muñecos o variopintos dispositivos lúdicos capturaban su interés. Mejor para mí porque así llegó a mis manos Linterna Verde, el muñeco más capo en la historia de los muñecos.
Hace algunas noches lo vi, de nuevo, era el mismo que yo tenía. Le faltaba su armadura, verde. En un estante con muchos muñecos que jamás en mi vida había visto, ahí estaba. Supongo que a Linterna Verde, por más pose desafiante que ostentara, también le gustaría un día ser un juguete de verdad.
Dicen que todos más o menos recordamos cuándo jugamos con nuestros juguetes por última vez. Yo no estoy seguro de haber guardado aquel recuerdo en un lugar seguro. Creo que recordamos más el día en que uno de nuestros padres, o ambos al unísono, nos indicaron que era tiempo de elegir con cuál quedarse y cuál regalar. No se lo deseo a nadie. De haber imaginado mi actual biblioteca, hubiera guardado casi todos con recelo. Si algún día viajo al pasado además de comprar bitcoin me indicaré que son mis juguetes los que deben ir en la cápsula del tiempo enterrada en algún lado.
Quizá no sea que dejamos de jugar con juguetes, sino que estos cambian de forma. En vez de muñecas, figuras de acción o kits de química y electrónica, nos absorben placas Arduino, cocteleras y máquinas de coser. El juego, al parecer, se vuelve hacia lo instrumental y nuestros juguetes se complejizan y especializan.
Según Jean Piaget, pionero de la psicología del desarrollo y pésimo padre, la evolución cognitiva de los niños se puede dividir en cuatro etapas. A contracorriente de la opinión de su época que apuntaba a que los niños no eran más que adultos todavía crudos, Piaget consideraba que los procesos mentales de los niños antes que estar incompletos simplemente eran distintos, con sus propias reglas de juego.
Según Piaget, de bebés incorporamos lo fundamental para interactuar con el mundo. Durante esta etapa, los juguetes son solo cosas que podemos mordisquear, babear y eventualmente tirar mientras reímos. Luego desarrollamos la capacidad de razonar de forma abstracta, progresivamente entendiendo la relación que mantenemos con nosotros mismos, otras personas y los objetos a nuestro alrededor. Con esto último es que ganamos la habilidad de ponernos en el lugar de otros, actuar y jugar siguiendo roles imaginarios. Yo soy Batman, por ejemplo.
Al incorporar su profundidad simbólica, los objetos que nos hacen felices finalmente pueden vivir. Los niños son máquinas que a base de metáforas transforman juguetes en juego imaginativo, imbuyendo pedazos de plástico, madera o pelo sintético de vida y significado, un fenómeno que se repite sin importar la cultura, desde hace algo así como cinco mil años, aunque probablemente mucho más.
El juego imaginativo es el superpoder que nos permite convertir una caja en una nave espacial y con ella viajar en el tiempo — y el espacio — al mundo de los dinosaurios tamaño perro. El juego simbólico, aunque no disponible para Nintendo 64, es quizá uno de nuestros mayores logros como especie. Tanto que en 1938 el historiador neerlandés Johan Huizinga introdujo la expresión Homo Ludens en alusión a la importancia del juego para la humanidad. Para él es el juego aquello que nos hace humanos, así como una condición necesaria (aunque no suficiente) para que florezca una cultura.
Resulta que cuando imaginábamos aquellas historias durante horas, mezclando sin tapujos personajes de universos distintos — e incluso algunos hechos de corcho, escarbadientes y alambre que probablemente nunca tengan película propia — , estábamos recombinando de forma creativa relatos completamente desvinculados entre sí. El malo podía ser el bueno o bien nada de eso podía importar realmente. Al jugar mezclando mundos e historias estábamos ensayando lo que hoy se ostenta como la clave para la innovación.
Como dice Travis Langley, autor de Batman and Psychology (2012) y claramente un tipo interesante, los juguetes pierden su encanto durante la adolescencia porque nuestros intereses viran. Pero no es cierto que seamos menos imaginativos, sino todo lo contrario. Es por esta imaginación con esteroides que prescinde del objeto para funcionar que los juguetes ya no nos atraen del mismo modo. Hola, Frodo, hasta luego Linterna Verde. También es entonces cuando nuestra imaginación se vuelve incontrolable y debemos volcarla en algún lado. Hola blog de la adolescencia que espero que nunca nadie lea.
Para mi alivio, y futuras discusiones de convivencia, tener figuras coleccionables en un estante también cuenta como jugar. Ir al kiosco cada dos semanas, llevar registro de cuáles tengo y cuáles no, buscar en internet, o incluso cambiar su orden entre mis libros de Hitchens y Mary Roach, también es jugar. Y si preguntan, estaba jugando para poder escribir estas líneas.
Ojalá cuando los adultos mencionaran tomarse un recreo hablaran en serio. Mucho coffee break pero ¿acaso no sería ideal salir un rato a saltar la soga, correr por el patio, jugar con espadas y luego volver a la oficina un rato más? La idea no es original ni descabellada, como lo demuestra el éxito de los libros para colorear para adultos. Reconocer que la falta de juego nos está enfermando quizá sea el primer paso para devolverle su esencia al pobre homo ludens.
Por lo pronto, creo que seguiré rescatando figuras para que se vuelvan juguetes. Al menos hasta que me aburra.

Cómo funcionan las cosas es un proyecto sostenido por las personas que leen. Si querés sumarte a que el proyecto crezca, podés hacerlo por acá.

Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 26 de agosto de 2018.
Si querés recibir «Cómo funcionan las cosas» todos los domingos, podés suscribirte acá. Además, podés seguirme en Instagram, Facebook o Twitter.

