Cómo funciona aprender un idioma

A veces creo que la voz en mi cabeza habla en inglés. Otras veces creo que habla en inglés con palabras en castellano. La mayor parte del tiempo ruego que no me diga que empiece a prender fuego todo.

Me es imposible recordar mi primer contacto con el inglés. Seguramente, como pasa con ciertas amistades que no tienen fecha de nacimiento, haya sido algunas horas luego de nacer. No porque mis padres me hablaran en inglés, sino porque de eso se encargarían las canciones que sonaban en casa. Las primeras voces que conocí fueron las de mamá, papá, Guadalupe, la abuela Nelly y las de John, Paul, George, Ringo, Aretha, Joni, Caetano, James (Taylor), David (Bowie), Marvin, Maria Bethania, Sting, Prince, Gilberto, y para seguir debería revisar el estante de los cassettes en casa de mis padres en Bariloche.

Guadalupe dice que mi mamá nos cantaba una canción en japonés — que había aprendido de un disco que su papá, marino mercante, había traído de un viaje en barco a alguna tierra lejana — , una en esloveno y en italiano, una de Rita Pavone (que cantaba y bailaba con una gracia extraordinaria). También mi papá nos cantaba en portugués para dormir. Estoy casi seguro de que no dominaban del todo esos idiomas, pero es fantástico todo lo que la fonética puede lograr.

Los lingüistas distinguen entre la adquisición de una segunda lengua — un proceso natural — y el de aprendizaje — un proceso consciente. En el primer caso es indispensable tanto la exposición como la interacción con la lengua. En casa estaba lleno de libros en inglés y eso garantizaba que eventualmente el pequeño cachorrito autista descubriera no solo que existían los idiomas, sino que estaban al alcance de la mano, aunque solo fuera para mordisquearle la tapa y arrancarle las hojas.

Aquel filósofo austriaco que hubiera sido un gran tuitero en su Tractatus Logico-Philosophicus (1922) escribió que “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Es a través del tamiz de las palabras que la realidad se nos hace asible. Cuanto mayor es el dominio de un lenguaje, más amplio es el vínculo que cultivamos con aquel mundo del que habla. Cuando aprendemos a hablar en otro idioma, el mundo se hace más grande.

El segundo Wittgenstein, ya con otra Guerra Mundial encima, estaba mucho más comprometido con la vida en el lenguaje. No solo usamos las palabras, sino que — como diría por aquel entonces J. L. Austin — también hacemos cosas con palabras. Y cuando descubrimos que podemos agarrar más y más palabras, ponerlas en espejo, traducirlas, garabatearlas obsesivamente en cuadernos o tipearlas apresuradamente, el mundo que se nos hacía impenetrable empieza a mostrarnos cerraduras por las que espiar.

Nadie realmente discute que las ventajas de hablar más de un idioma van más allá de poder pedir un café en otro país o entender el manual de algún aparato. Dominar más de un idioma, parece ser, también le da ciertas ventajas a nuestros ridículos cerebros. Poder pasar de un idioma a otro, dice la teoría, mejora nuestros procesos cognitivos superiores, como aquellos que intervienen en la solución de problemas, la memoria y el razonamiento.

Curiosamente, en algún momento se creyó que hablar más de un idioma nos ponía en desventaja y básicamente nos volvía más tontos. Eventualmente, y en gran parte gracias a Ellen Bialystok, psicóloga cognitiva pionera en el estudio del vínculo entre cognición y lenguaje, se pudo encontrar que lo que sucedía era todo lo contrario.

Hablar más de un idioma se supone que nos permite inhibir ciertas respuestas, priorizar otras y manejarnos de forma más ágil y flexible. Quienes investigan este fenómeno — y además gustan de ponerle nombres a las cosas — le llaman “la ventaja bilingüe”. Quienes hablan más de un idioma suelen mostrar mayor control ejecutivo, que en psicólogo significa aquellas funciones cognitivas que nos permiten cumplir objetivos. De ahí que el bilingüismo se vincule con un mayor éxito académico, siempre y cuando vayamos y rindamos esos finales pendientes.

A diferencia de aquellos relatos que solo buscan hacernos sentir bien en nuestra soledad y en el sinsentido de nuestra existencia en la Tierra, la ciencia apunta a satisfacer nuestro apetito por el asombro. Afortunadamente para nosotros, jamás lo logra. Pero en el camino ilumina aquellos senderos por los que quizá no conviene doblar y nos muestra, con igual amabilidad y severidad, que algunas certezas no lo son y que, una vez más, nos toca seguir investigando.

Muchas veces en la literatura científica, como en cualquier otra expresión cultural, aparece alguna moda. Al igual que el cine 3D o Justin Bieber, la ventaja bilingüe eventualmente dejó de parecer simpática y empezó a ser duramente criticada. Angela de Bruin, psicóloga neerlandesa, bilingüe desde temprana edad y también obsesionada con sus supuestas ventajas cognitivas, desde 2012 estudia el vínculo entre bilingüismo y cognición.

Alejándose del simplista “bilingüismo, ¿sí o no?”, lo que de Bruin se propuso hacer fue, en principio, lo que se conoce como un meta-análisis de la evidencia disponible, que es tomar la mayor cantidad posible de trabajos sobre un tema y analizar sus resultados. Si realmente hablar más de un idioma nos da ventajas en tareas que no involucran lenguaje esto debería verse reflejado en las conclusiones de los estudios. Lo que encontró, sin embargo, fue que aunque ser bilingüe nos da ciertos beneficios, como los que supuestamente nos da comer una manzana por día, estos habían sido un poco exagerados.

Lo que de Bruin y sus amigos mostraron es que aún queda mucho por investigar. Suele apuntarse a lo indispensable de aprender idiomas en la infancia por lo maleable de nuestros cerebros cuando aún están en desarrollo. Pero más que mejorar nuestras funciones ejecutivas, parecería ser que el mero hecho de hablar más de un idioma nos fuerza a seguir aprendiendo constantemente, incluso en la vejez. Bialystok y su equipo, por su cuenta, descubrieron que es este aprendizaje constante lo que hace que las personas bilingües en promedio manifiesten los síntomas de Alzheimer hasta cuatro años más tarde que las personas que solo hablan un idioma.

No solo de palabras y reglas están hechos los idiomas y es por esto que el aprendizaje de una segunda lengua en la infancia altera la forma en que vemos al lugar en el que nacimos. Lo que mis padres no sospechaban al cantarme en cuantos idiomas se cruzaran, además de hacernos escuchar folclore y rock nacional, es que eso podría debilitar mi identificación con el país en el que nací. Toda expresión cultural estaba ahí para que la tomáramos o rechazáramos, sin lealtad a ninguna bandera. No me cuesta reconocer que eso fue exactamente lo que me pasó.

Si la lengua es cultura, ¿por qué debemos creer que la cultura en la que nacemos es de algún modo superior a cualquier otra? ¿Cuál es el sentido de jerarquizar las culturas con aquella en la que resultamos nacer en la cima? Si el mundo es tan pero tan amplio, ¿acaso no hay motivos para sospechar que la coincidencia entre el mejor lugar del mundo y aquel en el que nacimos sería una aberración estadística? Aprender más de un idioma nos fuerza a reconocer que existe más de una cultura y que de esa oferta podemos elegir con qué quedarnos.

No hablo suficiente francés, pero sé que es el chauvinisme aquello a lo que hay que escaparle. Tuve la suerte de crecer en una cultura que no me fue hostil, pero también de aprender que bien podría haber sido distinta. Mary Louise Pratt le llama “zona de contacto” a los espacios sociales donde las culturas se encuentran, chocan y forcejean unas con otras, generalmente de forma asimétrica, aunque también sea en ellos donde florece el arte en forma de denuncia o resistencia.

Si vivimos en el lenguaje, ¿qué pasa cuando nos vemos forzados a vivir en un lenguaje en el que no nacimos? En el colonialismo, la esclavitud, o la crisis de refugiados actual solemos encontrar sus ejemplos más claros. Cuando nuestra segunda lengua es el idioma del opresor, corremos peligro de vernos tal como él nos ve a nosotros. Qué mayor dolor que escucharnos hablar el mismo idioma de aquel que nos lastima.

Pero este nuevo lugar desde el que mirarnos también puede suponer tremenda rebeldía. En la colección de poemas y aforismos de Goethe, publicada de forma póstuma como Maximen und Reflexionen en 1833, el escritor alemán y fan de los idiomas decía que aquel que no conoce lenguas extranjeras no sabe nada de la propia. Borges, que también era fan de los idiomas pero vivió acá a unas cuadras de donde escribo estas palabras, decía que como había conocido la poesía a través del inglés, le había resultado desde el principio como el idioma de un encantamiento.

Poder vivir en una segunda lengua, como caminar sin anteojos o taparse los oídos en un lugar ruidoso, puede hacernos de refugio fuera del tiempo. Nos da ese otro lugar desde el que mirarnos, obligándonos a pensar un poco mejor qué palabra vamos a usar para decir cada cosa. Y en algunos casos también es aquel regalo que nos hicieron sin saber que nos lo habían hecho. Quién hubiera pensado que con un puñado de canciones nos estaban regalando todo un mundo.

Ahora, si no es cierto que bajo los efectos del alcohol hablamos mejor en otro idioma, creo que prefiero no saberlo.

International Mother Language Day” by Kim Sielbeck (CC BY-NC-ND 4.0)

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 12 de agosto de 2018.
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