Cómo funciona una crisis nerviosa

Estaba sola en todo el universo. Mi papá se estaba muriendo y ella estaba a un mundo de distancia del resto del mundo; de su mundo. Me llamó a mí también, pero las palabras que usó se me escapan. Solo quedaba Valeria en la oficina, apenas faltaba media hora para que me fuera a casa. Me levanté de la silla con mi característica cara de nada cuando muchas expresiones faciales se me mezclan y mi torpe cerebro no sabe cuál elegir. Me dijo que si necesitaba cualquier cosa le dijera.

Por ese entonces yo vivía muy cerca de la oficina. Aunque el Microcentro porteño sea recurrente objeto de desdén a mí me gustaba vivir en Tucumán y Esmeralda. Durante el día en la oficina no me enteraba del barullo, y luego de trabajar e ir a la facultad llegaba a la noche tarde cuando el ruido ya se había ido a su casa. Cuando fuimos a elegir el que sería mi primer alquiler viviendo solo, mi papá me dijo que desde aquel piso nueve era como estar en una nave espacial. A unas cuadras de la inmobiliaria, el día que iba a señarlo, lo llamé para que me dijera eso mismo, el último empujoncito para confiar en que no me equivocaba.

Un pie y luego el otro, repetido un montón de veces, prestando atención a los semáforos. Si está en rojo me debo quedar quieto, me forcé a recordar. Una crisis nerviosa bien puede ser como uno de esos accidentes de autos en cámara lenta. El chasis se aplasta como una lata y no hay nada que podamos hacer, más que tratar de descubrir qué tienen de interesantes sus detalles. En verde, ya puedo cruzar. Por suerte el portero del edificio no estaba, y si estaba mi cerebro hizo su gracia y lo eliminó. Algunas figuras humanas han sido retocadas y/o modificadas digitalmente, sepa disculpar las molestias ocasionadas.

El ascensor tardó un par de meses en llegar al piso nueve. Al final del pasillo escuchaba a Turing ansioso por mi regreso. Un pie y luego el otro. Una llave y luego la otra. Ya puedo colapsar en paz, pensé, como uno de esos autos hecho acordeón.

Una crisis nerviosa debe tener mucho de cinematográfica, si pudiéramos ver lo que pasa en un monitor. La amígdala encendiéndose como un árbol de Navidad que al entrar en cortocircuito termina prendiendo fuego la casa entera. Un puñado de neuronas ansiosas de atención. Pero tampoco tiene tanto misterio. De repente alguien se tropieza con un cable en el piso nueve y el cerebro se apaga.

Tampoco recuerdo qué le dije a Turing. Seguro algo entre críptico y sin sentido, aunque muy probablemente con algún dejo de superheroísmo. Después de todo para convertirse en héroe es importante encontrar la oportunidad de hacerlo. Nada mejor para el aspirante a Batman que la chance de salvar el día. El problema se presenta cuando Batman ya no está seguro de si todavía sabe atarse los cordones.

Turing maullaba. El teléfono puso pausa al choque de trenes que en ese momento se proyectaba en el piso nueve de Tucumán 766 para el disfrute de nadie. Ya sabían a dónde lo iban a llevar: mi papá estaba teniendo un infarto. No había tiempo de buscar en Wikipedia qué era un infarto, pero eso fue exactamente lo que hice. Bien, perfecto, llegado el momento podré explicarle a algún médico cómo hacer su trabajo.

Pero justo antes de que en el medio del Salón Pueyrredón de mi cerebro empezara el pogo, el sector ilustrado del parlamento craneal, la resistencia racional, hizo una última jugada maestra antes de perder el partido ante la facción sediciosa. Si mi ligero pero no menos torpe cuerpo tocaba el suelo y el ballet cósmico de mi crisis nerviosa tenía lugar, mi mamá quedaría absolutamente sola en el Universo. No puedo decir que el holograma de Leia se me haya presentado entre tanta confusión pero, en efecto, yo era su única esperanza.

Mi hermano estaba en algún lugar lejos del alcance de las señales de celular y mi hermana estaba en Bariloche, cerca de las frambuesas. Yo estaba a diez cuadras de la clínica en la que a mi papá le hacían funcionar el corazón a como dé lugar, mientras mi mamá, en la sala de espera, sostenía su campera.

Es bastante extraño, sino directamente ofensivo, decir que una crisis nerviosa es un lujo. Sin duda no lo es, pero aquel día era un lujo que no podía darme. Habían sido semanas un poco no buenas, un tanto terribles, definitivamente con amplio lugar para mejorar, y como quien se toma una copita de vino antes de irse a dormir o se come un chocolatín a mediatarde, mis crisis nerviosas venían para recordarme que o bien no era un cerebro en una cubeta o bien alguien había tirado líquido para frenos en la cubeta y yo tenía el privilegio de probar sus efectos.

Colapsar sobre el suelo hasta que Turing de algún modo lograra volverme al mismo plano de su existencia hubiera significado dejar sola a mi mamá, más sola de lo que puede estar alguien que espera noticias en una sala de espera. Hasta ese momento el principal damnificado de los errores humanos en la central de Chernobyl en la que coloco mis anteojos todos los días no era nadie más que yo.

El Joker alguna vez dijo que alcanza con un mal día para que cualquiera de nosotros se convierta en alguien como él, pero supongo que también hay algo de cierto en que a veces solo alcanza con un mal día para que alguien como yo encuentre la forma de salvarlo. O al menos, si no es posible evitar el dolor de alguien más, estar ahí. No nos convierte en héroe con H mayúscula el mero ejercicio de nuestra supervivencia, pero qué bien se siente una vez cada tanto ganarle la pulseada al anarquismo neuronal.

Aquella crisis nerviosa fue la primera que pude atajar tal como venía y devolver como si de esas bolas de fuego de Dragon Ball Z se tratara. Turing lo vio todo, supongo, y no debe haber entendido por qué mi pelo se puso rubio de un momento a otro. Mi siguiente pensamiento una vez que la tormenta se alejaba fue acerca de qué películas debía elegir para grabar en un disco rígido externo para que, en caso de que mi papá sobreviviera, pudiera verlas en la clínica.

Muerto de miedo, pero victorioso y transpirado, me preparé como si supiera exactamente lo que estaba haciendo, lo cual era obviamente mentira. Le di de comer a Turing y en quince minutos estaba en la clínica. Alcanzaba con uno para que mi mamá ya no estuviera sola.

Mi papá estaba bien, solo estaba un poco cansado de tanto trajín. No hizo falta el disco rígido.

#weirdmood” by Victoria Fernandez (CC BY-NC-ND 4.0)

Cómo funcionan las cosas es un proyecto sostenido por las personas que leen. Si querés sumarte a que el proyecto crezca, podés hacerlo por acá.

Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 23 de septiembre de 2018.
Si querés recibir «Cómo funcionan las cosas» todos los domingos, podés suscribirte
acá. Además, podés seguirme en Instagram, Facebook o Twitter.


Discusión