Cómo funciona bailar

Suena el timbre, o al menos eso esperamos. Es de esos que tienen una suerte de pezón metálico que ni por asomo te hace saber si sonó o no. No hay respuesta, pero mientras la bolsa de supermercado nos corta la circulación de los dedos, pesada por las botellas frías y húmedas, se ve una sombra y alguien nos abre la puerta. Alguien que no conocemos, alguien a quien mandaron a abrir desde arriba.

Seguimos a la desconocida figura y la música va haciéndose cada vez más clara. No escuchábamos esa canción desde hace como tres presidentes. Nos recibe una curiosa disposición de luces, vasos de plástico, abrigos amontonados en una cama y un amalgama de perfumes de variada calidad endulza el aire. Y aunque la teoría de grafos a duras penas alcanza para explicar el arreglo de las personas en conversaciones, el modelo Barabási–Albert viene al rescate. Nos alivia poder dar una explicación a lo que no logramos entender.

Al centro de la escena, y por más que nos pese, no están los temas de actualidad analizados con variado nivel de alcohol en sangre, sino la coreográfica distribución de los cuerpos en el espacio y el tiempo. Este no es momento para tirarse un argumento, pensamos, sino para tirarse un paso.

Ponerse a bailar es como tirarse a la pileta. El agua, siempre apenas más fría que el aire en la superficie, nos recibe con cierto shock. Pero ni bien asomamos la cabeza para respirar, se hace obvio que debajo del agua está nuestro lugar en el mundo. En sintonía, es entre los cuerpos en movimiento que la quietud está fuera de lugar. Quizá sea porque antes de bailar, o de nadar, la diferencia entre estar adentro o afuera se hace mucho más obvia.

“Yo siempre que veo mucha gente bailando recupero un poquito la fe en la humanidad”, me dice Mateo. “Bailar es seguir adelante, lograr ese momento medio espiritual y no del todo racional de mover el cuerpo en manada y dedicarnos todos juntos a dejarnos llevar por la música. Nos hace a todos iguales por un rato en ese lenguaje corporal.”

Bailar parecería ser la canalización de lo espontáneo, el ápice de lo intuitivo, la culminación del dejarse llevar. Quizá es por eso que ante el desafío del baile, de mover las cachas, podemos abrumarnos. Probablemente a nadie le importe cómo nos movamos, pero al momento de dar el primer paso es imposible no cruzarse — aunque sólo sea fugazmente — con la idea de que todos los ojos estarán sobre nosotros, el reflector se posará y nosotros ahí, tiesos.

“Los músicos no bailamos, ya habrás oído decir. Gracias de todos modos y gracias por insistir”.
— Jorge Drexler

A los niños parecería no costarles bailar. Tal vez sea porque hasta cierta edad la distinción entre uno y los demás se mantenga difusa. Tal vez sea porque apenas entendemos que los demás pueden opinar distinto a nosotros, nos inhibimos ante la idea de que podría no parecerles brillante aquel paso que tiramos en la pista. De este modo es que nos hacemos del hábito de ni siquiera intentar bailar, privándonos de mejor salud y mayor felicidad.

Bailar nos hace bien, pero siempre en su medida justa. No sea cosa que nuestro hipnótico movimiento de caderas anime a todo un pueblo a bailar hasta morir. Algo así es lo que se cree que pasó durante la epidemia de baile de 1518 en Estrasburgo, Francia, que comenzó cuando madame Troffea de un momento a otro se puso a bailar en las calles. En menos de una semana se le sumaron 34 personas y en un mes 400 personas más, sobre todo mujeres, que se prestaron a sacudir el esqueleto.

Hasta quince personas por día murieron de ataques cardíacos o incluso cansancio. Abundan los documentos históricos que confirman que, en efecto, las personas bailaban, pero no se sabe realmente por qué lo hacían. Desesperados por encontrar una explicación — descartando motivos astrológicos y sobrenaturales —las autoridades locales se convencieron de que la forma de curar la epidemia era con más baile y mandaron a construir un escenario y le pagaron a músicos para que mantuvieran a los afectados zapateando.

Algunas de las teorías contemporáneas sobre lo sucedido en aquel pueblo de la campiña francesa apuntan a que los vecinos pueden haberse intoxicado con el producto químico del cornezuelo de centeno, que está vinculado con el ácido lisérgico (LSD). Las travesuras de esta sustancia no sólo están vinculadas con anécdotas divertidas de algunos de nuestros amigos, sino también con la cacería de brujas y los juicios de Salem. Otros especulan que el baile fue producto de una psicosis inducida por el estrés a nivel masivo, producto de la hambruna y las enfermedades que aquejaban a la región por ese entonces. Aunque resulte increíble, hubo al menos otros siete casos de epidemias de baile en la misma época y otra en Madagascar en 1840.

Así quiero yo que sean el hombre y la mujer: el uno, apto para la guerra, la otra, apta para el parto, mas ambos aptos para bailar con la cabeza y con las piernas. ¡Y demos por perdido el día en que no hayamos bailado al menos una vez! ¡Y sea falsa para nosotros toda verdad en la que no haya habido una carcajada!
 — Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra (1891)

Está claro que a Nietzsche le faltaba feminismo, pero no por eso su caso es menos convincente. “Soy un bailarín libre, me encanta bailar y creo que no hay una buena manera de hacerlo”, me dice Mateo. “Lo importante es hacerlo y compartir el momento, sin preocuparse por dar bien los pasos, eso es lo de menos.” Por lo pronto, voy a poner esa lista que tengo preparada para la ocasión y ponerme a limpiar y ordenar la casa. Qué me importa si me miran los vecinos. Después de todo, quién me quita lo bailado.

Pulcinella’s dance” by Alexandra Semenova (CC BY-NC-ND 4.0)

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