Una de las primeras experiencias que encaminan al cachorro humano hacia la madurez es el reconocimiento de sí mismo en un espejo. De repente, la figura desconocida que mira del otro lado se vuelve su propia mismidad, que le devuelve la mirada.
A partir del momento en que el hechizo hace efecto asumimos que lo que pasa de nuestro lado del espejo se verá fielmente copiado del otro. Pero muy rara vez ponemos en duda lo que vemos. Suponer que del otro lado algo distinto sucede sería poner en duda también lo que acontece en la realidad. Sospechar del espejo es sospechar de lo real.
La intrincada y no menos fascinante física de la óptica explica cómo el espejo puede replicar lo que tiene enfrente. Y así como lo explica lo aceptamos. Pero más interesante aún es la forma en que la óptica distorsiona, sutilmente, lo que vemos del otro lado. Ante un espejo plano vemos a través de él lo que sostenemos enfrente. Curiosamente, cuando un espejo refleja sin distorsión es que perdemos el lazo con la realidad y creemos que con extender la mano podemos estrecharla con quien se asoma del otro lado.
Es difícil imaginar cómo podríamos conocernos sin los espejos. Como explica Marco Bertamini, los espejos son una buena forma de conocer la mente humana. Resueltos a aceptar las descripciones de los demás se haría mucho más evidente que no somos otra cosa que retazos de miradas ajenas. Pasear por un salón de espejos no es muy diferente: damos por hecho que entre la miríada de reflejos algo se mantiene. Aquello que es real, pensamos, somos nosotros.
No hay demasiado misterio en la virtualidad dentro del espejo. Por supuesto que a un metro de distancia detrás del espejo no estamos nosotros devolviéndonos el saludo. Es nuestro reflejo quien está eternamente condenado a imitarnos del otro lado, habitando aquella virtualidad. Y es la capacidad de reconocerse en su reflejo lo que distingue los niveles de conciencia en los animales.
Then she took a mirror out of her apron and gave it to Peter, saying: ‘Take this as a reward’. Now Simple Peter had never seen a mirror before and so, when he looked down and saw the reflection of the sky in his hands, he said: ‘Have you given me the sky?’
— Terry Jones, “Simple Peter’s Mirror” en Fairy Tales (1981)
En la Antigua Roma la fascinación por los espejos y sus reflejos era moneda corriente. Séneca incluso llegó a burlarse de la onerosa inversión que las mujeres romanas estaban dispuestas a afrontar para verse reflejadas. Su costo se mantuvo alto por los siglos de los siglos y no fue hasta el Renacimiento que nuevos métodos de fabricación hicieron bajar su precio.
Espiar en un espejo rara vez nos llama la atención. O al menos ya no lo hace como desde aquel momento fundacional en que nos encontramos en él. Perdida aquella magia primitiva, el truco ya no hace efecto y nos acostumbramos a él. Nada, pensamos, hay para descubrir detrás del espejo.
Tal es nuestra confianza en cómo funcionan los espejos que podemos ver su reflejo incluso donde no está. En aquella clásica imagen de la Venus en el espejo de Tiziano (1555), por ejemplo, inmediatamente reconocemos que Venus está mirándose a sí misma. De nada sirve, entonces, saber que se trata de un ángulo imposible: el truco ya está hecho.
Este simpático fenómeno, el Efecto Venus, no es un error de parte de Tiziano. Al contrario, lo que el artista supo aprovechar es la forma en que el reflejo funciona. Esto, sin más, es lo que hace un director, tanto en el cine como en la televisión. Vemos al actor frente al espejo, pero la cámara está en ángulo. Ni siquiera el actor se ve a sí mismo, pero tampoco hace falta. La cámara, como un peculiar espejo, hace de la virtualidad una realidad más digerible.
El espejo, en su oculta complejidad, hace evidente que no sabemos tanto como creemos: solemos sobreestimar qué tan bien entendemos cómo funcionan las cosas. Recién cuando nos piden que expliquemos cómo funciona una bicicleta o un abrelatas se quiebra la ilusión del entendimiento. Con los espejos, como con un truco de magia, damos por sentado que solo es un espejo, pero rara vez podemos explicarlo.
Rara vez pensamos acerca de lo virtual. No aquello que vemos detrás de las pantallas sino aquello que vemos detrás del espejo que cuelga en el baño. Así como nos vemos es como somos en realidad. Pero la diferencia entre lo real y lo virtual va más allá de la mera coincidencia entre imágenes. La coincidencia, en realidad, es más un fenómeno mental que físico. Es decir, nosotros hacemos a la realidad de lo que vemos en el espejo pero rara vez atinamos a reconocerlo.
Nos paramos frente al espejo convencidos de que podríamos caminar alrededor de él y convertirnos en nuestro reflejo, pero no es así. Es por esto que nuestra imaginación no logra adelantarse a cómo se vería una escena real en un espejo. Creemos conocer cómo es el mundo real, pero eso no alcanza para poder imaginar su reflejo.
Desnudos frente a un espejo empañado luego de un baño, podemos despejar una porción lo suficientemente grande como para ver nuestra cara. Pero si observamos con atención notamos que aquella porción otrora empañada es más pequeña que nuestra cara. Nos acercamos y alejamos, pero el tamaño de nuestra cara en el espejo no cambia. Lo virtual también se esconde en lo cotidiano.
Espejos hay en todos lados. Quizá su lugar sea desplazado por aquellos espejos oscuros que llevamos en el bolsillo. No solo nos cuesta predecir la forma en que un espejo se comporta, sino también las expectativas que nos provoca. Damos por hecho que somos nuestro reflejo, y que coincide lo virtual y lo real, pero confundimos la cosa con la proyección.
El reflejo se oculta en la semejanza.

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 16 de septiembre de 2018.
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