Lo más probable es que la próxima persona que te cruces o bien haya enviado una foto suya en bolas, o al menos haya contemplado hacerlo.
Los números varían de lugar en lugar, pero aproximadamente la mitad de las personas que tienen un celular han enviado alguna vez una imagen íntima a alguien más. Conceptualmente esto no tiene nada de nuevo: son famosos los intercambios epistolares eróticos de James Joyce, Frida Kahlo o Proust, entre una larguísima lista, capaces de hacernos sonrojar con apenas leer un par de líneas. En cualquier caso, y por más exagerado que suene, es difícil discutir en contra: nos obsesionan la desnudez y sus infinitas representaciones visuales.
En Modern Romance (2015), un libro acerca de la sexualidad y el romance en los años que corren, el actor Aziz Ansari y el sociólogo Eric Klinenberg hacen un breve recorrido por los intercambios eróticos en la historia. Si bien es cierto que históricamente siempre fue complejo registrar y transmitir fotos y videos, no por eso debemos asumir que la idea de sacarse nudes (fotos sin ropa) surgió a partir del iPhone.
Una de los aspectos más incómodos de sacarse fotos sin ropa en la segunda mitad del Siglo XIX, podemos asumir, seguramente era quedarse cerca de un minuto en absoluta quietud mientras un señor debajo de una cortina nos daba una señal. Esto cambió cuando en 1888 un tal George Eastman presentó la primera cámara de rollo: la Kodak #1.
Estas cámaras permitían tomar imágenes sin la presencia de un profesional, aunque tenían sus desventajas. Sin un cuarto oscuro en casa para revelar fotos en paños menores parte de tomar una fotografía implicaba practicar la cara con la que se retiraba el rollo con la convicción de que del otro lado del mostrador conocían la posición exacta de nuestros lunares.
Recién con la aparición de las cámaras Polaroid y las filmadoras baratas en los años 60 y 70 se popularizó la producción de contenido sexual no profesional sin temor a la violación de la privacidad. El mayor riesgo pasó a ser que alguien se equivocara de cajón y las cenas familiares se volvieran insoportablemente incómodas.
Pero la verdadera revolución de “ay, no puedo creer que me haya enviado eso” requirió de la aparición de la tecnología digital, y luego de su miniaturización y masificación. Hoy poco menos de la mitad de la población global lleva en su bolsillo un teléfono que saca fotos y videos de alta calidad, y es esperable que en los próximos años sean más las personas conectadas a internet que las que tienen acceso a agua potable.
Si en algún momento querer halagar — u horrorizar — a alguien con la generosidad de mostrarle un registro de nuestra desnudez implicaba concertar una cita con un fotógrafo, o bien tomar la foto y relevarla, o bien sacar una instantánea y esperar el momento, ahora solo toma literalmente un par de clics.
Esto hace que las instancias para detenerse y pensar en lo que se está haciendo sean más breves si no casi inexistentes. Si bien es altamente probable que en los 70s hubieran tipos que enviaban sin permiso Polaroids de sus genitales a chicas que conocían en bares, por momentos internet parece diseñado para facilitar dicha tarea. Ante la duda mejor no mostrar el pito.
Por supuesto que no hay números exactos acerca de la cantidad de personas que se mandan fotos explícitas, pero quizá aquella recomendación de imaginar al auditorio desnudo para hacerle frente al nerviosismo pueda actualizarse. La recomendación, entonces, de “imaginarlos en bolas, contorsionándose frente a un espejo, tratando de sacarse una foto con el celular” puede que cognitivamente sea más demandante pero no menos estadísticamente probable.
Compartir nuestra desnudez, en cualquier caso, va mucho más allá del deseo de hacer parte a alguien más de nuestra intimidad, de acrecentar la atracción sexual o de consentir a una pareja. Según la periodista Jenna Wortham a veces las personas mandan nudes simplemente porque les divierte.
Investigando sobre el tema, Wortham le pidió a lectores y amigos que le enviaran nudes y le contaran acerca de las fotos que alguna vez enviaron, sus motivaciones y cuáles creían que habían sido los riesgos que tomaron, sabiendo que podrían haber sido compartidas más allá de su voluntad. Luego recopiló las respuestas y convocó a ilustradores a que reversionaran las fotos. Enviar nudes, concluye Wortham, simplemente es una manifestación más de lo que significa ser un humano en el siglo XXI.
Lo que originalmente la empujó a explorar el maravilloso mundo de las nudes fue la respuesta a la “filtración” en 2014 de imágenes íntimas de varias celebridades. Internet se vio inundado por un aluvión de comentarios misóginos que de un modo u otro acusaban a las mujeres de sus imágenes terminaran en internet, como si hubiera un “cierto tipo de chica que lo mereciera”.
De fondo sobresalía el hedor moralista y la idea de que tomarse fotos sin ropa es de algún modo inapropiado, como si las personas sexualmente saludables no debieran hacerlo, a pesar de la abundante evidencia que sostiene lo contrario.
Muchos se apresuran a hablar de ‘escándalo’ cuando se ‘filtran’ fotos de alguna persona famosa, y otros incluso hablan de ‘pornovenganza’ cuando no se trata ni de porno ni de venganza sino de abuso sexual basado en imágenes. Lo cierto es que por lo general las fotos no se filtran ni se trata de un escándalo sino de un crimen sexual.
Si realmente nos preocupa el sufrimiento de las víctimas, argumenta Amy Hasinoff en Sexting Panic (2015), lo que debemos hacer es virar el foco de las acusaciones patologizantes y las persecuciones a una concepción del sexting y el envío de nudes como actos de producción de contenido sexual personal que comprende el consentimiento y el derecho a la privacidad. Muy en sintonía, desde el colectivo Coding Rights publicaron una guía sobre la seguridad y privacidad a tener en cuenta si queremos enviar nudes.
En su seminal Ways of Seeing (1972), basado en su documental homónimo, John Berger trata la relación de las mujeres con su imagen y señala que “una mujer siempre está acompañada — excepto en su soledad pero a veces incluso entonces — por la imagen que tiene de sí misma. Cuando cruza una habitación o llora la muerte de su padre, no puede evitar imaginarse a sí misma caminando o llorando. Desde su más temprana infancia se le ha enseñado a examinarse continuamente”.
En aquel maravilloso documental Berger motivaba al público a descifrar el significado de las obras de arte antes que reverenciarlas. En uno de los capítulos, a propósito de los desnudos femeninos en Occidente, señala que los cuerpos son generalmente representados en torno al apetito sexual masculino, sin deseo propio. Su mera existencia se da para ser mirado, consumido. Parafraseando a Berger, se condena a las mujeres como vanidosas por la posibilidad de que disfruten de su propia belleza.
Esta asfixiante observación, luego adoptada en la teoría feminista, es lo que se conoce como male gaze o mirada masculina y alude a la forma en que se representa a la mujer y al mundo, en las artes visuales y en la literatura, “desde una perspectiva masculina, heterosexual, que presenta y representa a las mujeres como objetos sexuales para el placer del espectador masculino heterosexual”. Como resume Berger: “Su propio sentido de ser ella misma es suplantado por el sentido de ser apreciada como tal por otro”.
Este bagaje es es el que vuelve irresistiblemente interesante lo que sucede con el envío de nudes platónicas entre amistades. En palabras de Maria Yagoda: “Cuando envío nudes platónicas a mis amigas, en contextos explícitos y consentidos, estoy celebrando mi cuerpo con gente que va a celebrarlo conmigo, y que no va a interpretarlo como un avance sexual”. Maria lo ve como un ejercicio de confianza y, sobre todo, de reafirmación de que nuestro cuerpo es nuestro y de que está bien sentirnos a gusto en él.
Pedir que nos envíen una foto íntima es pedir a otra persona que se vuelva vulnerable para nosotros; literalmente que se desnude. Pero para la artista visual Frances Waite también es una oportunidad para mostrarse de una manera que de otro modo no tendría lugar. Waite dedicó parte de su obra a dibujar retratos a partir de las nudes que desconocidos le enviaron por internet luego de que las pidiera por Tinder. El resultado es un repertorio de imágenes de personas cómodas con su cuerpo y su sexualidad.
Sospecho que en general no tenemos mucha idea acerca de la desnudez y hasta podríamos intuir que la desnudez está sobrevalorada. Es muy probable que en un par de generaciones todos los líderes mundiales alguna vez hayan compartido una foto íntima en su vida. Lejos de espantarnos, quizá sea interesante pensar en un mundo en el que — respetando la privacidad y el consentimiento — la desnudez no sea tan ‘escandalosa’ como nos acostumbraron a pensar.
Si bien la liberación sexual quedó atrás, quizá aún nos debamos una liberación de la desnudez. Parecería negligente reducir todas sus posibilidades a lo erótico, dejando a un lado toda otra experiencia posible.
Hace algunos años, frente a un auditorio a punto de graduarse, el escritor Junot Díaz recordaba su incomodidad al crecer: “¿Sabían que los vampiros no se reflejan en los espejos? Existe la creencia de que los monstruos no se reflejan en los espejos. Y siempre he creído en que no es que los monstruos no tengan reflejo sino que si queremos convertir a alguien en monstruo alcanza con negarle (…) cualquier reflejo de sí mismo”.
Cómo no vamos a sentirnos monstruos si no vemos nuestro reflejo alrededor. Y la paradoja es que nunca fue más sencillo generar imágenes que en este momento. El coraje de mostrarnos, incluso sin ropa, es también una forma de abrazar nuestro reflejo y ‘celebrar nuestros cuerpos’, haciendo saber que podemos hacer elogio de nuestra humanidad sin temor a las estacas de madera.

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 4 de febrero de 2018.
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