Parece que va a llover.
Consultamos en internet y todo apunta a que en unas horas el cielo se va a caer. Pero salimos sin paraguas y nos mojamos. Venimos de varios días de comidas pesadas pero no podemos dejar pasar una sola oportunidad, ni una sola indigestión.
Sabemos que se nos va de presupuesto, pero “problema para nuestro yo futuro” y pasamos la tarjeta. Respondemos ese mensaje sin pensar, incluso si podríamos anticipar las consecuencias. Enfrascamos nuestra mente en videos que sabemos que poco o nada nos pueden dejar, y cuando miramos la hora el día se acabó.
Saber todo lo que es necesario saber no alcanza para hacer lo que es más conveniente hacer.
Con una serie de anécdotas similares Bina Venkataraman, ex-asesora de Obama y profesora del MIT, comienza The Optimist’s Telescope (2019, El telescopio del optimista), un libro acerca de cómo podemos pensar mejor en el futuro y así, con algo de suerte, lograr uno mejor. Su planteo es tan autoevidente como urgente: en un mundo dominado por la gratificación instantánea parece haberse olvidado la capacidad de tomar decisiones mirando hacia el largo plazo.
No importa si se trata de nuestra economía —o la del país—, nuestra salud o incluso nuestro planeta; pensar en lo que podría suceder parece que nos “arruga la ropa”.
No es que nuestra generación sea particularmente temeraria: todo el mundo, sin importar su inteligencia, toma decisiones desafortunadas a pesar de las claras advertencias que deberían alejarnos de ellas. Abusamos de los antibióticos y hacemos proliferar superbacterias, conocemos los mecanismos por los cuales se produjo la crisis ambiental y poco o nada hacemos al respecto, identificamos el modo a través de los cuales se multiplica la desinformación y, sin embargo, somos partícipes de la forma en que se dinamita el concepto mismo de verdad.
Cambiar de opinión se vuelve una amenaza a nuestra identidad y las conversaciones indispensables se postergan mientras los cambios, muchos de los cuales podemos anticipar indispensables para nuestra supervivencia, se perciben imposibles.
Paradójicamente es ahora, quizá más que nunca, cuando se nos vuelve urgente encontrar una linterna que ilumine la oscuridad y nos permita tomar mejores decisiones a largo plazo.
En The Demon-Haunted World (1995, El mundo y sus demonios), el maravilloso Carl Sagan, a quien tanto extrañamos, identificaba a la ciencia como esta “vela en la oscuridad”. La expresión es tomada del título de un libro de 1656 en el que el médico y humanista Thomas Ady cuestiona las acusaciones de brujería apoyándose directamente en la Biblia y las califica como una estafa “para engañar al pueblo”.
Cualquier cosa fuera de lo común, en aquella época, podía atribuirse a la brujería. Las épocas cambian y “las brujas” también, pero la excusa siempre está a mano para quien la quiera tomar.
Sagan se apoyaba en esto para defender a la ciencia, o a la búsqueda humilde por entender cómo funcionan las cosas, como una estrategia bien probada para no atolondrarnos a explicarlo todo a partir de nuestros miedos.
“Durante gran parte de nuestra historia, tuvimos tanto miedo del mundo exterior, con sus peligros impredecibles, que aceptamos con gusto cualquier cosa que prometiera suavizar o explicar el terror. La ciencia es un intento, en gran medida exitoso, de comprender el mundo, de apoderarnos de las cosas, de apoderarnos a nosotros mismos, de dirigir un rumbo seguro”, resumía.
En aquel libro, Ady también advertía del peligro de que “las naciones perecerán por falta de conocimiento”.
O, como sintetiza Sagan:
“La miseria humana evitable es causada más a menudo no tanto por la estupidez como por la ignorancia, particularmente nuestra ignorancia acerca de nosotros mismos. Me preocupa que, especialmente a medida que se acerca el milenio, la pseudociencia y la superstición parezcan año tras año más tentadoras, el canto de sirena de la sinrazón más sonoro y atractivo. ¿Dónde lo hemos escuchado antes? Cada vez que se despiertan nuestros prejuicios étnicos o nacionales, en tiempos de escasez, durante los desafíos a la autoestima o al nervio nacional, cuando nos angustiamos por nuestro disminuido lugar y propósito cósmico, o cuando el fanatismo burbujea a nuestro alrededor, entonces, los familiares hábitos de pensamiento de épocas pasadas toman el control”.
Esto hace eco de aquella máxima russelliana de que “la buena vida es la que está inspirada en el amor y guiada por el conocimiento”.
Lo que Venkataraman argumenta, sin necesariamente disentir con lo anterior, es que no alcanza con acumular conocimiento y que, incluso cuando contamos con suficiente información, no solemos tomar las mejores decisiones.
“Vivimos bastante más que nuestros abuelos, tenemos herramientas para editar genéticamente a embriones humanos y nos arrimamos a las máquinas inteligentes”, escribe Venkataraman. “Estamos alterando el clima del planeta para los próximos siglos de formas que bien puede que destruyan plantaciones, inunden ciudades costeras y desplacen a millones de personas”, y es por todo esto que debemos ponderar aún más nuestro propio futuro próximo y el futuro distante de quienes vengan luego.
El libro de Venkataraman repasa las mil y una formas en las que en el pasado se pensó al futuro pero sobre todo de las formas en que nadie pudo anticiparse a él. Sus ejemplos van desde la tragedia de Pompeya hasta los dilemas que enfrenta un médico que no sabe cómo detener la propagación de una enfermedad. Naturalmente, en el libro no se menciona la pandemia de coronavirus que aún no había sucedido, pero que se hubiera podido prevenir.
Notablemente, en el libro el arte —o la literatura— apenas se menciona al pasar. Esto es especialmente curioso si consideramos que a la ciencia ficción, como expresión artística, le debemos en gran parte el desarrollo de la prospectiva, la exploración de futuros posibles y los fundamentos del diseño especulativo.
La literatura, desde la poesía a la ciencia ficción, nos permite no solo pensar y prepararnos para el futuro sino, de una manera especialmente mágica, hacernos vivir un ratito en él. Es mediante las imágenes que se forman en nuestra mente que podemos explorar mundos alternativos, pasados que no fueron, presentes que no son y futuros que podrían ser. Es mediante el arduo ejercicio de la imaginación, no como mero efecto de una mente que no puede quedarse quieta sino como un comprometido esfuerzo por permitir que se logre estirar, que podemos explorar las consecuencias de nuestras decisiones actuales e imaginar cómo podrían ser los mundos por venir.
Puede resultar tentador asumir que necesitamos más tecnología para lograrlo. Realidades virtuales que se nos presenten a través de pesados cascos que nos dan náuseas después de un rato, o algún otro artefacto que logre enchufarse a nuestro cerebro para hacernos vivir algo más.
Pero lo más probable es que nuestra imaginación no esté siendo del todo aprovechada, y que por más seductor que resulte necesitar siempre un poco más, aún quede mucho por descubrir en el abismo infinito que se extiende hacia dentro.
No es Matrix (1999) el ejemplo en el que se apoya Venkataraman sino en A Christmas Carol (1843, Canción de Navidad) de Charles Dickens, para ilustrar el poder de la imaginación para cambiar nuestra perspectiva sobre el futuro. Es la visita del fantasma del futuro lo que finalmente lleva a Scrooge a sentir horror por las consecuencias de sus acciones, y a cambiar su comportamiento para evitarlo.
En esta historia la “vela en la oscuridad” no es el mero conocimiento sino la exploración —imaginaria o mágica— del futuro lo que conmueve y lleva al cambio.
Quizá necesitemos “fantasmas” que nos ayuden a imaginar el futuro y a desprendernos del sesgo del presente, que en su incesante asedio de malas noticias nos desensibiliza al punto del encierro.
Enfrentamos una crisis de la imaginación que no supimos anticipar, que mutila nuestra capacidad para pensar que no todo porque hoy es de cierto modo deba ser así en el futuro.
Si necesitamos herramientas y prácticas que nos permitan habitar experiencias que aún no hemos tenido, y ver más allá de nuestro presente, es probablemente a través de un dificultoso esfuerzo por imaginar que otra cosa es posible que logremos encontrar apenas una puntita de la que tirar.
Lo que la literatura y el arte muchas veces logran poner en tela de juicio son las lógicas de funcionamiento del mundo que, a través de artefactos y tecnologías que en su opacidad ocultan tramas y relaciones, de otro modo no atraparían nuestra atención.
Casi sin darnos cuenta pasamos a atribuirle a máquinas no más inteligentes que una tostadora el resguardo del conocimiento, como si atragantarlas con demenciales cantidades de datos hasta que todo pueda reducirse a relaciones estadísticas nos diera una visión más acabada del mundo.
Nada dice esto de nuestra tecnología, sino de nuestras equivocadas expectativas. No son datos lo que nos falta.
En una entrevista, ante la pregunta de si nuestras “máquinas inteligentes” podrían desarrollar subjetividad, el autor Ted Chiang decía: “Los LLM no van a desarrollar experiencia subjetiva por muy grandes que sean. Es como imaginar que una impresora podría sentir dolor porque puede imprimir stickers con las palabras «Baby don’t hurt me» [«Cariño, no me hagas daño»]. No importa si la próxima versión de la impresora puede imprimir esos stickers más rápido, o si puede formatear el texto en letras mayúsculas rojas en negrita en lugar de pequeñas letras negras. Esos son indicadores de que tienes una impresora más capaz, pero no indicadores de que esté más cerca de sentir algo realmente”.
Para Venkataraman vivimos en una “era de la imprudencia” pero no porque seamos esencialmente peores que nuestros antepasados sino porque nunca tuvimos tanto poder para cambiarlo todo.
Lo que quizá quedó relegado es el reconocimiento de nuestro poder para cuestionarlo todo también, incluso qué tan potente es nuestra capacidad transformadora. Si todo esto se dio a la par de un crecimiento desmesurado de nuestro conocimiento acerca del mundo es solo razonable que hagamos buen uso del mismo para pensar mejor en lo que vendrá. O, mejor aún, en lo que queremos que venga.
El libro comienza con una intachable frase de James Baldwin: “No todo lo que enfrentamos puede ser cambiado, pero nada puede ser cambiado si no lo enfrentamos”.
Lo que logramos enfrentando la incomodidad es hacernos a un lado de la desesperación y aunar el coraje para reconocer y denunciar lo que queremos cambiar.
A veces, con solo prestar atención, podemos ver en la oscuridad si dejamos que se nos acostumbren los ojos.


