Cómo funcionan las canciones que se nos quedan pegadas

Un día como cualquier otro Mark Twain agarró el diario para acompañar su desayuno. Recorrió desinteresadamente algunas páginas hasta dar con unas líneas a todas luces inofensivas. Las leyó un par de veces y siguió con lo suyo. No se imaginaba que las muy pícaras tomarían posesión de cuanta capacidad cognitiva él tuviera y harían que su vida diera un vuelco, al menos por un tiempo. Cuando se quiso dar cuenta no supo si ya había desayunado o no.

Dispuesto a volcarse a su oficio y terminar la novela que estaba escribiendo, Twain quiso escribir algunas palabras pero aquellas intoxicantes líneas eran lo único que salían. Habida cuenta de que el día estaba perdido, salió a dar un paseo por el pueblo, pero sus pies se movían al ritmo de aquellas rimas que esa mañana había leído. No había caso. Optó por volver a casa y sufrir, sufrir y sufrir. Transpirando en mitad de la noche pensó en leer algo para distraerse, pero cada línea de cada libro solo repetía aquellos detestables versos.

Unos días después, todavía aquejado, Twain se encontró con un querido amigo. Cabizbajo, dejó que su amigo hablara y hablara mientras caminaban en las afueras de Hartford, Connecticut. Preocupado, su amigo le confesó que jamás había visto a un hombre tan demacrado, tan raído, tan distraído. Twain, exhausto como estaba, solo pudo atinar a responder con un par de aquellos execrables y perversos versos, antes de entrar en una especie de trance y seguir caminando.

Al llegar, el amigo lo detuvo en seco y le reprochó no haberle respondido por catorce kilómetros y una vez más preguntó qué eran aquellas palabras rítmicas, extrañas pero contagiosas, que esporádicamente nuestro protagonista recitaba. Twain, sin poder aguantar más, las repitió de principio a fin. Como si un pegadizo espíritu hubiera soltado su cuerpo, Twain se sintió ligero otra vez. Ahora él, sin parar de hablar por horas, canturreaba y daba saltitos a medida que paseaban. Su amigo, en cambio, solo pudo responder torpemente algunas de las frases que ahora habitaban el interior de su mente.

Mark Twain escribió estas palabras en 1876, un año antes de que Thomas Edison demostrara el funcionamiento de su fonógrafo, el primer dispositivo que permitía grabar y reproducir sonidos. Aquellas líneas que había leído en el periódico Tribune más de cien años después serían ejemplo de meme para Richard Dawkins: un fragmento de información que en virtud de su ritmo y estructura se las arregla para reproducirse de mente en mente.

En alemán al fenómeno le llaman Ohrwurm, literalmente un gusano en el oído que habita mentes por días, semanas o incluso años.

Estos gusanitos auditivos afectan al 89,2% de la población al menos una vez por semana, y lo sabemos porque la ciencia está en todo y también en esto. El fenómeno es conocido como Imaginación Musical Involuntaria (Involuntary Musical Imagery o INMI, para los amigos) que en gran parte tiene que ver con la espontaneidad de ciertos pensamientos.

Alrededor de 4 de cada 10 pensamientos que tenemos a diario son involuntarios, como ponerse a pensar en cuánta gente tuvo que matar Batman para construir su Baticueva y poder mantenerla en secreto, o algún recuerdo sobre cómo nos gustaba correr por el patio cuando éramos chicos. Pero de estos pensamientos los gusanitos auditivos son particularmente frecuentes para quienes hacen música o bien la consideran una parte importante de sus vidas. Y no hay una respuesta definitiva a qué hace que se manifiesten o cuáles son las canciones que nos infectan con ellos.

Para empezar, no son solo las canciones pop las que se nos instalan y no quieren salir, aunque muchas de ellas están diseñadas para ello. Kelly Jakubowski, experta en el tema y probablemente alguien interesante con quien compartir un viaje a la costa, se dedicó durante años a investigar el fenómeno tratando de dar con aquello que hace a las canciones más tendientes a ocupar el lugar de nuestros pensamientos y estuvo al frente del estudio más ambicioso al respecto.

Lo que Jakubowski y sus melódicos amigos hicieron fue evaluar las canciones que los participantes del estudio indicaron como particularmente pegadizas y encontraron varias regularidades. Si bien casi cualquier canción puede volverse un gusanito auditivo si las condiciones son correctas, estas canciones suelen tener un tempo elevado (y por eso se nos pegan cuando caminamos, corremos o nos lavamos los dientes), formas melódicas genéricas (como el famoso “cantito millenial” que de verdad se llama así, una secuencia de notas que alterna entre la quinta y la tercera nota de una escala mayor) y patrones de intervalos inusuales (haciendo que las canciones sean fáciles de recordar pero no por eso menos distinguibles de otras).

El interés musical por dar con la clave de las canciones que no nos dejan en paz tiene casi tanto tiempo como el cuento de Twain. Como cuenta Oliver Sacks en Musicophilia (2007) el musicólogo ruso Nicolas Slonimsky fue de los primeros en tratar de descifrar el patrón que hace a una mente “quedar prendida y forzarla a la imitación y la repetición”. Su obra, publicada en 1947 como Tesauro de Escalas y Patrones Melódicos, se volvió influencia indispensable para compositores, desde John Coltrane a Frank Zappa, que incluso se volvió amigo del viejo Nicolas y lo subió al escenario.

Lo que el libro no dice, sin embargo, es cómo podemos deshacernos de estos odiosos gusanitos. Y lo que las psicólogas Lauren Stewart y Victoria Williamson encontraron es que no quedan más que dos estrategias: distraernos o enfrentarlo. Lo mejor que podemos hacer es poner el pecho y escuchar la canción en cuestión, o cantarla en voz alta, no importa si es en la fila del supermercado o en medio de una clase. Si el gusanito quiere guerra se la vamos a dar.

La pregunta que sigue quedando es por qué existen estos gusanitos auditivos en primer lugar. Una apresurada explicación de por qué estas canciones no nos dejan en paz es que nuestro cerebro parece estar cableado para molestarnos cuando dejamos una tarea por la mitad. Este fenómeno, conocido como el efecto Zeigarnik, daría cuenta de por qué cuando escuchamos solo parte de una canción nuestra mente se empecina con hacernos volver a ella todo el santo día.

Hay quienes arriesgan que es para muy literalmente cambiar aquello en lo que estamos pensando, o bien para despertarnos un poco si no paramos de bostezar, o quizá para calmarnos un poco si manejamos un nivel elevado de estrés. A esta altura las respuestas pasan a ser tan vagas que con un poco de ingenio cualquiera puede proponer su propia teoría y publicar un trabajo al respecto.

El interés científico en estas peculiares canciones, tan pegadizas, no debería abandonarse con premura. Entre sus versos y coros puede que se esconda alguna clave para entender por qué nuestra mente gusta de deambular, a veces sin rumbo y otras de rumba.

Image by pumpkinmook (CC BY 2.0)

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