El tipo se le acerca y le dice algo solapadamente amenazador casi en susurros. El otro lo mira y con sus ojos transmite su obediencia. Yo, desde el sillón y del otro lado de la pantalla, en lo único que puedo pensar es en si tendrá mal aliento.
Alrededor mío hay una burbuja invisible, una zona protectora instintiva. El mundo puede no existir hasta que un objeto extraño atraviesa su fina pero precisa superficie. Cuando eso sucede se iluminan partes de mi cerebro y se enciende mi sentido arácnido. Los músculos se tensan —o se relajan— adelantándose a un inminente contacto. El radar detectó una intrusión a mi espacio personal.
Todas las personas tenemos un espacio a nuestro alrededor que nos separa del resto del mundo. Y gran parte de nuestra vida cotidiana, si no la mayor parte, consiste en navegar apropiadamente entre las burbujas de otras personas.
A veces, con o sin permiso, nos adentramos en la burbuja de alguien más como una forma de comunicarnos. Extendemos nuestra mano, o arrimamos nuestra mejilla, en señal de amistad, o inflamos el pecho y ensanchamos los hombros para imponernos. A veces incluso contamos los segundos y nos animamos a darle un beso a otra persona, en una clara violación de su espacio personal pero también una transgresión muchas veces bienvenida.
Curiosamente, sin embargo, la mayor parte del tiempo hacemos encajar nuestras burbujas con las del resto sin pensar mucho al respecto. Seguimos armoniosamente las reglas coreográficas del espacio personal mientras nos ocupamos de cualesquiera otros menesteres. Como señala Michael Graziano en The Spaces Between Us (2018), actuamos y reaccionamos en una elaborada danza en la que solo prestamos atención si sucede algo extremo.
Este espacio personal, la zona de mal aliento, el intervalo de protección, hace las veces de campo protector que viene en capas, algunas más cercanas a la piel y otras más lejanas, como una carpa. Nos indica cómo evitar chocar con los muebles cuando caminamos por una habitación, nos hace agacharnos cuando una paloma nos sobrevuela, nos aleja un poco más de un jefe que de un compañero de trabajo y nos hace añorar la proximidad de la persona que amamos. Nuestra burbuja invisible afecta cada elemento de nuestra experiencia humana.
A veces, incluso, extendemos esta burbuja a los elementos con los que interactuamos, como el tenedor que sostenemos o nuestra bicicleta. Sería imposible manejar un vehículo sin chocar si no extendiéramos nuestra burbuja hasta sus límites. Incluso usamos lenguaje corporal para invitar a pasar a nuestra burbuja. Graziano menciona una de las poses características de las modelos en las sesiones fotográficas: el cuello extendido, exponiendo la arteria carótida, como diciendo “¿Viste qué tanto bajo mi escudo protector para vos?”
Incluso las sonrisas parecen haber evolucionado a partir de un reflejo defensivo. Quizá uno de los primeros experimentos en torno al espacio personal haya sido el del Dr. Hans Strauss en los años 20. Imaginemos a un veterano de la Gran Guerra que se enlista para un experimento. Entra en una habitación donde lo espera un amable Dr. Strauss y una cámara de filmación apunta a su cara. No tiene idea de por qué alguien filmaría pero no le da mucha importancia. Mientras empieza a ponerse cómodo, un asistente se acerca sigilosamente por detrás y dispara al techo con un arma justo detrás de su nuca. La reacción del pobre veterano es registrada, el Dr. Strauss agradece al veterano y así es como se hacía ciencia hace cien años.
Lo que el Dr. Strauss estudiaba era el sobresalto acústico. No la forma en que saltamos, nos agachamos, gritamos o giramos con un estruendo, sino una respuesta mucho más inmediata, más primitiva, arraigada en los circuitos más simples de nuestro tallo cerebral. Este sobresalto no es una respuesta emocional, sino que sucede mucho antes: nuestra percepción tiene un retraso de una décima de segundo frente a la realidad, mientras que nuestros reflejos se activan diez veces más rápido que ella.
El gran hallazgo de Strauss fue su “das Zusammenschrecken”, que en alemán significa algo parecido a lo que le pasa a nuestra cara cuando tratamos de pronunciarla: “encogimiento del cuerpo entero”. Ante un estruendo nos achicamos, nos encorvamos hacia adelante, doblamos las rodillas, bajamos el mentón, elevamos los hombros, extendemos los brazos hacia adelante y nuestra cara se encoge en torno a los ojos, exponiendo los dientes. Y así es como quizá hayan nacido las sonrisas.
Nuestra primera conclusión, si nos dedicáramos a estudiar reacciones a disparos por la nuca, podría ser que exponemos los dientes como una forma de defendernos: “Guarda que muerdo, dejá esa pistola”, seguido de una secuencia de insultos tanto para el científico como para su ascendencia inmediata. Pero le estaríamos pifiando: que los dientes se muestren es solo un efecto secundario de la protección de nuestros ojos.
Algunas personas con ínfulas de poetas se apresuran a declarar que los ojos son la ventana al alma. Pero como cualquier persona que haya intentado hacer un retrato sabe, los ojos suelen ser bastante menos interesantes que todo lo que los rodea. Graziano nos aclara: “La ventana al alma son las cejas que se mueven expresivamente, las arrugas a los costados de los ojos o en el caballete de la nariz, la posición de las mejillas o las tensiones y relajaciones del resto de los músculos”. Puede que los ojos sean lo más importante de un retrato, pero no así los globos oculares sino todo lo que los rodea.
Este no es un secreto exclusivo de las artes, sino que todo depredador digno lo sabe. Estas ventanas del alma filtran mucha información respecto de cuáles son las chances de almorzar a una presa. La reacción a un estruendo dice mucho acerca de nuestro estado —y nuestra competencia para defendernos. Una persona ansiosa tendrá reacciones mucho más exageradas ante lo inesperado que una más tranquila. Si nuestras reacciones hacen de cartel de neón anunciando qué tanta preparación tenemos ante un depredador yo directamente debería andar recubierto en provenzal.
Curiosamente, o no tanto, quien probablemente inauguró el estudio del espacio personal fue Heini Hediger, director del zoológico de Zürich en los años 50. Profundamente preocupado por el bienestar de los animales, Hediger descubrió que su comodidad dependía del tamaño y forma de sus jaulas. Pero su gran hallazgo fue que más allá de los límites físicos de las jaulas, los animales tenían una especie de territorio portátil, su propia burbuja, a la que acuñó “distancia de escape”.
Cuanto más grande era el animal, más grande era su burbuja. Desde unos pocos centímetros para los ratoncitos hasta kilómetros para los leones. Pero en todos los casos este territorio se dividía en zonas, al igual que en nuestras casas. Desde las cavernas hasta nuestros monoambientes, los humanos dividimos el espacio en una zona para cocinar, una para descansar, una para trabajar y una para los desechos, en una ordenada distribución funcional. Esto se repite en prácticamente todas las especies animales.
Los psicólogos distinguen entre dos maneras en que el cerebro procesa el espacio. Una es en torno a objetos externos —el espacio ambiental o alocéntrico— y el espacio en torno a nuestros cuerpos —el espacio egocéntrico. En el primer caso ubicamos objetos en referencia a otros o al mundo mismo, como las sillas alrededor de una mesa o la ubicación de nuestro bar favorito. En el segundo ubicamos a los objetos en torno a nuestra posición, por ejemplo mi pipa a la izquierda y mi taza de café a la derecha.
Este último espacio se mueve con nosotros y configura a nuestra burbuja personal. Esta es nuestra distancia de escape. Hediger se apresuró a concluir que ni los humanos ni los animales domesticados tenemos una distancia de escape. Esto es falso en ambos casos. Cualquier persona que haya viajado en transporte público o se haya acercado demasiado a un gato sabe que estas burbujas de espacio personal existen y dominan nuestra existencia. Ningún vínculo relevante en nuestras vidas tendría lugar si no nos animáramos de vez en cuando a invitar a alguien más a acercarse un poquito demasiado.
Toda esta discusión acerca del espacio personal de los animales —y las personas— eventualmente atrajo la atención de Edward T. Hall, el antropólogo que inauguró la proxemia, o el estudio de nuestras burbujas protectoras. En 1966 publicó The Hidden Dimension donde a partir del estudio de diferentes culturas concibió al espacio personal en cuatro dimensiones: la distancia íntima, la distancia personal, la distancia social y la distancia pública.
La distancia íntima es aquella en la que nos cuesta enfocar claramente a la otra persona, aquella que de no ser bienvenida nos incomoda. La distancia personal es la típica de una conversación amistosa, la distancia social es más apropiada para un encuentro formal y es la que más varía entre culturas, y la distancia pública muchas veces implica alzar la voz para que nos escuchen. Algunos contextos, como la oscuridad en un bar, nos facilitan achicar nuestras burbujas y es por eso que cuando las luces se encienden las personas se alejan y deshacen la cómoda proximidad que un instante antes compartían.
Según Hall diseñamos nuestro mundo de acuerdo a estos espacios. Plazas públicas, jardines, la distribución de los muebles, la forma en que saludamos e incluso la forma en que nos acercamos a quienes queremos están construidas en torno a nuestra percepción espacial. “Ordenamos el espacio a nuestro alrededor inconsciente pero sistemáticamente. Algunas de nuestras preferencias son universales y otras son específicas de cada cultura”, aclara Graziano.
En una parte Hall se enfoca en la distancia que tomamos de figuras de autoridad, como un presidente. Señala que alrededor del presidente Kennedy solía haber una distancia de nueve metros, una especie de círculo invisible que nadie transgredía. Pero aquí también hay un error: las personas poderosas suelen tener un espacio personal ínfimo y rara vez tienen recaudos en acercarse a cualquiera: si las personas no se acercan es por su propio espacio personal y no el de aquella figura que proyecta autoridad.
Esto es porque nuestro espacio personal se amplía con nuestra ansiedad. En un estudio de los años 70 se observó a los varones en el baño y se confirmó una obviedad: cuanto más cerca se estaba de otra persona más costaba orinar. Asimismo, esto también confirma que hubo épocas en las que sentarse a espiar cómo las personas iban al baño era un comportamiento perfectamente aceptable.
Como argumenta Graziano, Hediger y Hall se equivocaban en el mismo punto: sin importar si se trata de una distancia de escape de cien metros, una distancia pública de diez metros o la distancia que separa a dos amantes, las burbujas de espacio personal son principalmente protectoras. Son las zonas en las que no quisiéramos tener a otra persona, y solo siguiendo comportamientos especiales, como el sexo, reducimos esta distancia siguiendo una necesidad incluso mecánica.
Los años 90 no solo fueron cruciales para que brotaran bandas cuyas fórmulas musicales se reducen a cuatro acordes, bajo y batería, sino que fue una gran década para las neurociencias. En particular, entre los muchos descubrimientos que alegraron a científicos trasnochados estuvieron aquellos vinculados al estudio de la ciencia del espacio personal.
Se dice que los neurocientíficos prefieren compartir un cepillo de dientes antes que el nombre de un área del cerebro y, en consecuencia, fue Graziano, junto a su equipo, quien —luego de estudiar el cerebro de los macacos y humanos— bautizó al conjunto de neuronas que nos permite monitorear nuestra burbuja personal como “peripersonales”.
Estas neuronas se disparan con actividad cuando un objeto se nos acerca, registrando con atención cuando algo se acerca a nuestro torso y cabeza, activando mecanismos de defensa y reflejos protectores. Son estas neuronas las que coordinan inconscientemente nuestra peculiar coreografía del espacio personal, calculando nuestro margen de protección y ajustando sutilmente nuestros movimientos y reacciones ante los demás. Más aún, la forma en que acomodamos nuestras burbujas personales es una forma de comunicación en la que rara vez nos detenemos.
En un ejercicio especulativo, Graziano se anima a explorar ciertos fenómenos recientes. “A medida que nuestra vida social migra a lo digital, los viejos andamios de nuestros espacios personales se vuelven menos relevantes. Interactuamos como entidades incorpóreas en dominios donde la distancia geométrica no existe. La danza social humana está siendo reestructurada en un nivel fundamental”.
Su primera reacción ante aquella observación fue la de profunda preocupación y se vio atemorizado por la disolución de habilidades sociales desarrolladas a lo largo de millones de años de evolución. El temor era el de perder la capacidad de conectarnos en nivel fundamental. El comportamiento de las personas que solo quieren hacernos daño, apañadas por sus avatares digitales, surgiría así como una consecuencia lógica de la desinhibición a la que nos habilita la ausencia de interacciones cara a cara.
Pero es igualmente esperable que al volver obsoletos los espacios personales amplificados de quienes abusan de sus burbujas, por ejemplo con avances sexistas o agresivos, el espacio de quienes en el reino tridimensional se verían agraviados de lugar a otras manifestaciones, un poco más equitativas.
Nuestro espacio personal es el elemento más fundamental de nuestra existencia frente a otros seres. Afecta cada una de nuestras interacciones y mientras funciona se vuelve tan invisible que no pensamos en él.
Es cuando la burbuja se ve afectada, a veces al punto de la explosión, que se vuelve patente nuestro lugar en el mundo. Brota la incomodidad, la confrontación, la injusticia, el inminente deseo de que nuestra burbuja se vuelva un campo de fuerza invisible que nos permita recuperar el espacio ahora violentado.
Quizá lo más bello de nuestras burbujas sea cada tanto abrazar la metáfora y recordar aquellas que podemos soplar y ver cómo luego de un breve recorrido se secan y disuelven en el aire.
Después de todo, qué lindo es cuando dos burbujas se chocan y se forma una más grande.

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 17 de mayo de 2020.
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