Probablemente nadie opine peor de mí que yo.
Cuando vivimos bajo la premisa de que no somos más que impostores no hace falta mucho para alimentar la maquinita del autodesprecio y empujarnos al precipicio de la espiral descendente.
Decir que suele importarme demasiado lo que otras personas piensan de mí se queda corto por unos veinticinco estadios, más o menos, tomando la unidad de longitud de la antigua Grecia. No puedo más que avergonzarme del poder que tienen ciertas opiniones para quebrar el esfuerzo a veces ridículo que toma sobrellevar una aplastante depresión en pos de mostrarme al mundo de una manera en que al menos me entretenga y permita compartir mi sobreestimulada curiosidad, enfrentando a duras penas mi terror al rechazo.
En otras palabras, para lo sencillo que debería ser seguir la sugerencia de “a la gilada ni cabida”, este eterno aprendiz se reconoce derrotado. Con demasiada inseguridad de lo que hacemos podemos darle demasiada entidad a los comentarios desinteresados — o inesperadamente interesados en molestar — de anónimos en internet. Estas personas, generalmente tildadas de “trolls”, son energúmenos que nada tienen que ver con la mitología nórdica sino con hacer daño y regodearse en la frustración o sufrimiento ajenos. Pero qué demonios es un troll.
Las enseñanzas ancestrales de los trolls no deben buscarse entre las páginas de algún libro o en los largos párrafos de pretenciosos artículos expertos. No, no, la posta, necesariamente, se encuentra entre los comentarios de quienes hacen su propio combustible, lo rocían y luego ven el mundo arder. Es en 4chan y Reddit donde la crème de la crème — la elite del trolleo, si se quiere — discute sus métodos y defiende su exigua moralidad. Y donde, por supuesto, hay excelentes discusiones sobre la filosofía del trolleo. Es por esto que antes de gritar con indignación “¡Malditos trolls, arruinaron el trolleo!”, es bueno volver al comienzo.
“Troll” solía usarse para aludir a aquellos usuarios que en los BBS o Usenet — foros que hacían a internet antes de la web — dejaban comentarios deliberadamente ingenuos para poner en evidencia a los noobs o usuarios novatos. El trolling del que deriva el término es una técnica de pesca que consiste en soltar un señuelo desde una embarcación en movimiento, dejando que se arrastre atrayendo peces, aunque en este caso aplicado a personas. En palabras de Jesucristo: “Vengan, síganme , y los haré pescadores de hombres” (Mateo 4:19).
Un troll, en su sentido original, era simplemente alguien que tiraba una carnada en alguna discusión buscando pescar a algún desprevenido.
Aquellos eran buenos tiempos. Cualquiera con algunos años de experiencia podía reconocer la broma pero quien no estaba en la pomada caía y respondía. Con los años la definición tuvo que ampliarse pero siempre manteniendo su espíritu: trollear implica frustrar, confundir o dejar atónita a la otra persona, con el objetivo final de hacer reír. Agredir gratuitamente, por el contrario, no es lo que hace a un troll sino a un tremendo forro, que antes que hacer reír se empecina con arruinar tu día. Meterlos en la misma bolsa no hace más que quitarle gravedad al asunto.
El trolleo, sobre todas las cosas, es una cuestionable invitación a que no nos tomemos todo tan seriamente. Está claro que redunda en reírse a expensas de alguien más, haciendo malabares con insinuaciones, dobles sentidos y sarcasmo, aprovechando los malentendidos. Pero la broma se termina cuando de agresión y odio dirigido hacia una persona o grupo se trata. La seriedad de esto último amerita empezar a hablar de hostigamiento y abuso.
Cuando recibo comentarios anónimos con detalladas descripciones de todo aquello que se supone está mal en mi vida y prácticamente una recomendación de cómo debería llevarla, no es un troll con quien estoy lidiando. Es un idiota, sí, pero aparte de eso es una persona que sólo quiere lastimar y, como es de público conocimiento, a esta parva de seres despreciables no la inventó internet. Personas que sólo quieren hacer daño, haters, hubo siempre. Y eso que suelo sacarla bastante barata: mucho peor se lo ven las mujeres y cualquiera que pertenezca a una minoría.
Para sorpresa de absolutamente nadie lo que estos seres rastreros asocian con hacerle daño a los demás es placer. Puede que haya una explicación evolutiva para los abusos en internet o puede que internet simplemente nos haga más fácil identificar imbéciles, pero no solo a los sádicos les están reservados los dulces placeres de lastimar a otro. A veces puede el contexto o incluso lo que nos pasó durante el día inclinarnos a basurear a alguien en internet. Como en Falling Down (1993, “Un día de furia”) pero con una conexión a internet en vez de una ametralladora.
Aunque no es el caso cuando nos dejan mensajes anónimos en alguna plataforma de preguntas y respuestas, si la agresión es pública también podemos aprovechar para servirnos del auditorio. Muy frecuentemente quienes nos agreden lo hacen en base a prejuicios, articulados torpemente con aquellas dos o tres cosas que creen saber acerca de quienes somos, moldeados en pequeños cuentitos creados en sus cabezas que les dicen cómo somos. Pero acá está el chiste: no sabés nada, Jon Snow, y compararte con otros solo puede hacerte daño.
Si bien la clásica salida a la agresión de un hater, o un troll, es no alimentarlo también existe la opción de trollearlo en respuesta. Acrecentar la distancia entre nosotros y nuestro personaje puede calmar las aguas, o exacerbar el ataque. Correr el foco hacia nuestro personaje y no nuestra persona puede darnos cierto respiro y, sobre todo, ponernos en control de la situación. Un poquito de humor británico también puede funcionar: si se trata de hablar mal de mí estoy seguro de que nadie puede superarme.
Hacerlos caer en su propia patética ineptitud frente a una audiencia no solo puede ser divertido sino que puede servirle a quien hayan sufrido agresiones similares. Aunque siempre, de más está decir, cuidando nuestro personaje y mostrando sprezzatura: la habilidad de movernos con la seguridad propia de alguien que parece hacer o decir todo sin esfuerzo, casi sin pensarlo. El que se pone serio pierde, básicamente, pero dicho en italiano y de forma mucha más pretenciosa.
“Construir y destruir”, decía Bertrand Russell, “igualmente satisfacen nuestro deseo de poder”. Pero, y esto es lo importante, construir es más difícil que destruir y por eso es más placentero. Incluso si no nos ponemos de acuerdo en qué entendemos por construir y destruir, “todos sabemos lo que en la práctica conlleva una actividad constructiva o destructiva”.
Por si acaso: dejar comentarios anónimos agresivos a personas que no conocemos en internet → destructivo.
Leí estas palabras de Russell por primera vez hace poco más de diez años, aún viviendo en casa de mis padres en Bariloche. Fue la primera vez que, a pesar de haber crecido en un hogar hippie, entendí a fuerza de lógica russelliana por qué el amor era más piola que el odio: “Aquellas personas cuya inteligencia sea adecuada deberían ser alentadas a usar su imaginación para pensar en formas más productivas de aprovechar las fuerzas sociales existentes, o a crear nuevas”.
O, como diría Neil Gaiman, si alguien en internet piensa que lo que haces es estúpido o malvado o que ya todo ha sido hecho antes, haz buen arte.
Y eso, incluso si no me sale, es lo que intento.

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 24 de junio de 2018.
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