La clave para no perder cosas es dejarlas siempre en el mismo lugar. Lo vengo aplicando desde que tengo cosas que perder y no me ha decepcionado. Me animo a decir que no soy el tipo de persona que alguna vez pierde algo.
Salgo a la calle y en una perfecta coreografía, cuando mucho peculiar para ojos entrometidos, me toco un bolsillo para sentir el pase de transporte, otro para sentir mis llaves, y luego la billetera y por último el celular. Si el tacto no se cumpliera el sistema me alertaría de tal ausencia. Es el único truco que nunca falla.
Pero esta mañana tuve mucho miedo. O quizá esa palabra solo indique falta de coraje para confesar entre estas líneas que las crisis nerviosas son un plato tan habitual en mi menú que el mozo con solo verme la cara me lo sirve, incluso cuando yo hubiera preferido otra cosa.
Hace no tanto tiempo me habían encomendado la misión de traer unos papeles importantes — aunque no para mí, eso ya debe estar claro — y había fracasado estrepitosamente. Incluso antes de dejar correr libremente a mi cerebro proyectando escenarios calamitosos, lo que más me preocupaba no era aquello que no encontraba sino el hecho de no encontrarlo. Yo, no puedo enfatizar lo suficiente, sencillamente nunca pierdo nada.
“No es difícil dominar el arte de perder”, escribía la encantadora Elizabeth Bishop con su poderosísima pluma en uno de sus últimos poemas. Allí sugería “perder alguna cosa cada día”, pero maravillado como quedo cada vez que leo sus líneas — y las he leído hasta el hartazgo — no pude caer en la añosa costumbre de perder cosas.
Quizá mi sistema nervioso se iluminó como si el reactor estuviera a punto de fundirse porque no tengo mucha práctica en toda esta delicada cuestión. Del mismo modo en que no encontraba lo que estaba buscando, tampoco lograba dar con el secreto para encontrar aquello que buscaba.
Afortunadamente, consejos para encontrar lo que perdimos abundan. Y todos dicen más o menos lo mismo: mantené la calma, hacé una búsqueda sistematizada, enfocate en los lugares más desordenados, rebobiná tu memoria, y prestale atención a las jugarretas de tu cerebro. Respecto de cómo evitarlo, conviene recordar que lo más importante es siempre dejar cada cosa en el mismo lugar.
También están quienes sugieren rezar la oración de San Antonio para encontrar cosas perdidas, aunque probablemente sea mucho más productivo adoptar catorce ratones e intentar entrenarlos para que encuentren lo que perdimos. Ninguno de los dos consejos aumentará realmente nuestras chances de encontrar lo que perdimos, pero uno de ellos dará pie a una anécdota mucho mejor.
Algo de cuidado debemos tener — si nos embarcamos en la persecución del conocimiento milenario acerca de encontrar cosas perdidas — de no caer en la lectura de cuantas historias de cosas perdidas y encontradas nos topemos. Abundan los anillos de casamiento que aparecieron en huertas, juguetes que aparecieron dentro de pianos, o de árboles, y billeteras que fueron pescadas y volvieron a sus dueños. Y luego más anillos en lugares.
Tal vez una reacción diferente a la pérdida de un objeto sea el regocijo en la oportunidad de volvernos detectives privados al menos por un rato. “The game is afoot!”, y así nos disponemos a descubrir cómo muy probablemente seamos víctima y victimario de la situación de la que ahora somos rehenes.
En su bellísimo ensayo acerca de la pérdida, Kathryn Schulz dice que a grandes rasgos hay dos explicaciones para el extravío de un objeto, una científica y una psicoanalítica. A su parecer, ambas insatisfactorias. La científica porque explica la pérdida de un objeto a través de la falla o bien de nuestra memoria o bien de nuestra atención (o no podemos recuperar el recuerdo de dónde dejamos algo, o no lo registramos bien en primer lugar), y la psicoanalítica porque bueno, es psicoanalítica.
Según esta última perder algo representa un éxito: el sabotaje deliberado de nuestra mente racional en las manos de nuestros deseos subliminales. Schulz cita Psicopatología de la vida cotidiana (1901) de Freud, donde se describe que “la inconsciente habilidad con la que se extravía un objeto bajo la influencia de ocultos pero poderosos motivos” muchas veces remite a “una expresión de lo poco que se aprecia el objeto perdido, o de una secreta repugnancia hacia el mismo o hacia la persona de quien proviene”.
Si bien sería mucho más útil buscar conocimiento acerca de la naturaleza de la mente humana en un manual de cocina que en un libro de Freud, la consecuencia que se desprende de la explicación psicoanalítica, como señala Schulz, es que sin estos motivos inconscientes nunca perderíamos nada. O, peor aún, pone excesiva e injusta presión sobre las madres que se olvidan a un hijo a la salida de una clase extracurricular, quienes aparentemente se hartaron de la maternidad y esa es su forma de “expresar lo poco que aprecian el objeto perdido”.
Nobleza obliga, Freud tiene razón cuando sostiene que muchas veces las cosas aparecen cuando pierden relevancia para quien las busca.
En cuanto a la explicación científica, es convincente pero no tan entretenida. En particular, no atiende la forma en que nos sentimos cuando no encontramos un objeto, ni se traduce en buenos consejos una vez que ya lo perdimos.
Schulz lo sintetiza de una forma mucho más amable: “La experiencia nos dice que [los casos extremos] son más bien inusuales, si es que de hecho existen. Una mejor explicación es que la mayor parte del tiempo la vida es complicada y las mentes limitadas. Perdemos cosas porque tenemos imperfecciones; porque somos humanos; porque tenemos cosas que perder”.
Nuestra primera reacción al perder algo, como me pasó esta mañana, es la preocupación por la ubicación de la cosa perdida. Pero inmediatamente le sigue la preocupación por la cadena causal que llevó al extravío. Actuaremos distinto dependiendo de quién tenga la culpa. No es lo mismo haber olvidado la billetera apoyada en un mostrador que la mala fortuna de que alguien la haya encontrado en nuestro bolsillo.
La angustia toda de haber perdido algo quizá remite a la forma en que nos impide darle un cierre. La pérdida implica un final abierto. Siempre podría aparecer en algún lado. Es por eso que es tan indispensable la recuperación de los naufragios, o el trabajo en las fosas comunes. Cuando lo que añoramos, que desapareció o que fue desaparecido, finalmente puede ubicarse en el espacio y tiempo, recién ahí podemos empezar a sanar.
Pero indagar en la causalidad, en el caso de las cosas perdidas, también puede significar problemas. En última instancia aquel trabajo detectivesco nos obliga a encontrar la culpa, y antes de que nos demos cuenta el problema con una cosa se vuelve un problema con una persona. Lo dejé ahí, no, lo dejaste allá, “y de un momento a otro lo que se pierde es la paciencia”, señala Schulz.
Es probable que fuera la ruptura de mi identidad por haber perdido algo lo que haya desencadenado la reacción nuclear esta mañana. Si llegaba a estallar no hubiera quedado nada en pie. Si no puedo confiar más en mí mismo, si mi propia memoria me traiciona, si soy artífice de mi propia desventura, si la mismísima continuidad de mi consciencia se vio hecha añicos ante mis ojos, quizá yo esté empezando a no ser yo. “Así fue como perdió la cordura”, escribiría mi biógrafo, “no podía encontrar unos papeles que juraba haber dejado apoyados por ahí”.
Elizabeth Bishop continúa en aquellas exquisitas líneas: “He perdido dos ciudades, las dos preciosas”. Perder un reloj, unos papeles, incluso un anillo, nada se comparan con perder un continente. “Los echo de menos, pero no fue ningún desastre”.
Pero donde la precisión de su villanelle realmente brilla, aquella estructura métrica tradicional basada en la repetición que “One Art” aprovecha, es cuando se mete con la verdadera pérdida infranqueable. La de una voz, la de una temperatura perfecta de un abrazo infinito, la de una persona que amamos.
Cuando mi cerebro todavía estaba derritiéndose mi pareja encontró los papeles que yo buscaba. “Quien terminó encontrándolos fui yo, que estoy formada en el arte de perder y, por ende, de encontrar cosas”, me explicó.
Quizá ante la adversidad convenga recordar que no es difícil dominar el arte de perder: tantas cosas parecen existir para ser perdidas que su pérdida no debería suponer ningún desastre.

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 24 de marzo de 2019.
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