Cómo funcionan los antojos

Mi hermano Julián dice que el amor llega como un tiro en el ojo. Algunos antojos, parece ser, nos alcanzan también como el amor.

Ahí está nuestro cerebro haciendo de las suyas cuando de un momento a otro una especie de zumbido empieza a sentirse. No logramos identificar del todo de qué se trata pero cada vez se siente más fuerte. Eventualmente la molestia toma la forma de una milanesa con papas fritas, aceitunas, algún sabor particular de helado o incluso algo tan específico como aquella comida que nos hacía la abuela cuando todavía no sabíamos ni leer ni escribir.

Si los antojos siguen su curso pueden llegar a hacer que todo lo demás pase a un segundo plano. La convicción de que satisfacerlos nos hará finalmente felices —o al menos libres, sin importar sus efectos— se asienta como una verdad incuestionable. Hay un deseo, claro como la noche, que de ser satisfecho nos abrirá las puertas del placer.

De repente todo asunto parece confuso en comparación con la verdad que se nos revela: hay algo, relativamente al alcance de la mano, que de ser obtenido hará que cualquier ansiedad terrenal mengüe. Podemos empezar a sentir cierta anticipación al sabor que añoramos y sin perder tiempo el cerebro busca reacomodar lo que sea necesario para hacerle lugar a este nuevo deseo que lo pone todo en perspectiva.

Nuestra abrumadoramente larga historia evolutiva diseñó nuestro comportamiento en base a una sencillísima dualidad: es provechoso acercarnos a lo que nos hace bien y alejarnos de lo que nos hace mal. Esto se repite en cada ser con un sistema nervioso, desde los nudibranquios hasta ese amigo que cada tanto te cruzás al que parece salirle todo increíblemente bien. Esta, sin embargo, no parece ser la lógica detrás de los antojos.

En pos de nuestra supervivencia, y de poder averiguar cómo termina esa serie que tanto nos gusta, nos inclinamos naturalmente a satisfacer nuestro hambre, pero esto no es lo que nos inclina a perseguir un antojo. En cambio, ese instante de felicidad en el que el deseo es complacido es a todas luces una manifestación de nuestro más arraigado hedonismo. Esa cucharada de dulce de leche, imposible de justificar ante un tribunal, que nos recuerda que la pucha que vale la pena estar vivos.

Pero fascinante como nos resulta la urgencia de salir en búsqueda de una hamburguesa a las 3 de la mañana, no sabemos del todo de dónde vienen los antojos o qué función cumplen. Una primera teoría, de esas que nos gusta repetir porque parecen tener sentido, es que los antojos apuntan en la dirección de aquellos nutrientes que nos faltan. Una mente inquisidora, sin embargo, no tardará en sospechar: los antojos están más en el barrio de los chocolates y las comidas altas en grasas y carbohidratos que en el del brócoli, las radichetas o las lentejas. Tampoco la pavada.

Los antojos probablemente siempre existieron, pero el hecho de que hoy sea más probable morir por problemas vinculados al sobrepeso y la obesidad que a la desnutrición o las enfermedades contagiosas hace provechoso echar nueva luz sobre el asunto. Entender de dónde viene el deseo de salir corriendo a comer chocolates, pizza, papas fritas o un asado se volvió entonces un asunto de salud pública.

Como siempre alguien tiene que dar la nota, es probable cruzarse con quien afirma tener antojos saludables, pero esto es más bien improbable. Tampoco hay tal cosa como un antojo por algo que nunca probamos. Podemos pensar en los antojos como una especie de memoria sensorial: recordamos lo bien que nos sentimos aquella vez que probamos tal manjar y buscamos repetir la sensación.

Junto a todos los detalles maravillosos de nuestra cognición también se esconden todos esos restos de código mal comentados que arrastramos desde la primera versión de prueba que se bajó de los árboles para caminar erguida y conocer el mundo. “El antojo rara vez se satisface del todo al cumplirlo, y eso nos antoja más. El ciclo se repite. Todo nos inclina a desear aquello que nos hará desear más y más. Somos encaminados a la adicción”, escribe Matt Haig en Notes on a Nervous Planet (2018).

Como todo aquello que es atravesado por el deseo, los antojos están íntimamente relacionados con nuestra identidad. La persecución de un antojo es en última instancia un esfuerzo por lograr sentir completitud: obtener aquella pieza que nos hará sentir que nada más nos falta, aunque solo sea por unos minutos, quizá una hora, lo que dure la digestión. Sospechoso.

El autocontrol y la atención minuciosa a los impulsos más básicos es central a varias escuelas de pensamiento tanto en Oriente como Occidente. Desde la aceptación budista de lo que somos hasta el monitoreo casi obsesivo de nuestros apetitos por parte del estoicismo, el deseo viene generando recelo desde hace muchísimo tiempo. Y por un buen motivo: perseguir la completitud es fútil si no necesitamos ser nada más que lo que somos.

El reconocido porrista del mindfulness, Jon Kabat-Zinn, en su prefacio a The Craving Mind (2017) de Judson Brewer, lo resume en sucintos términos: “¿Por qué sentimos tanto vacío, tanta necesidad de continua gratificación y de la incesante e inmediata satisfacción de nuestros deseos? A fin de cuentas, ¿qué es lo que se nos antoja? ¿Y por qué se nos antoja? Y si vamos al caso, ¿a quién es que se le antoja?” Tranquilo, Jon, tomá un chocolate.

El punto es válido, de todos modos. El deseo, nuestros antojos, tiene un rol fundamental en el origen del sufrimiento y la infelicidad. Todo remite a la noción fundamental de satisfacción o recompensa, aquella que la psicología del comportamiento logró ubicar al centro de la forma en que se moldean nuestros hábitos y, en última instancias, las adicciones.

Hay un conjunto de regiones del cerebro que colaboran entre sí y parecen ser responsables de su actividad cuando la mente está en reposo. Se le conoce en conjunto como la red neuronal por defecto. En experimentos usando imágenes por resonancia magnética funcional (fMRI) se observó que cuando a las personas se les pide que no hagan nada, sus mentes empiezan a deambular y esto suele tomar la forma de una narrativa acerca de quiénes somos: nuestro pasado, futuro, logros, fracasos, y demás. Este conjunto de regiones se activa a pesar de que nos piden que no hagamos nada. Es por esto que a veces se le llama la red narrativa.

Robert Ford lo explica bastante bien en una memorable escena de Westworld (2016): “No podemos definir a la conciencia porque la conciencia no existe. Los humanos creemos que hay algo especial en la forma en que vemos el mundo y, sin embargo, vivimos en bucles herméticos y cerrados, (…) rara vez cuestionando nuestras decisiones, contentos, la mayor parte del tiempo, con que nos digan qué debemos hacer”.

Al prestarle más atención a nuestros antojos —sin importar si son de algo con chocolate o de seguir mirando Twitter en la cama— podemos reclamar algo más de control sobre nuestra propia historia, el relato de nuestro yo. El ejercicio del autocontrol, paradójicamente, también debe ser realizado en moderación: aguantarse el antojo de ciertas comidas durante mucho tiempo tiende a inclinarnos a comer de más.

No se trata de creernos Marco Aurelio y decirle no a cada antojo que se nos cruza, sino a vivir aquellos impulsos —y su eventual satisfacción— con mayor conciencia y, en consecuencia, mayor plenitud. Los hábitos se disuelven cuando logramos habitar nuestra presencia. Como marca el monje budista Thích Nhất Hạnh en Fidelity (2007): “Por afuera algo puede verse muy placentero. Pero debemos mirar en profundidad y aprovechar nuestro entendimiento para explorar la superficialidad del objeto de nuestro deseo. Nuestro entendimiento permite superar nuestros antojos”. O, también, podemos ir por esa hamburguesa.

Quizá el principal motivo por el cual los antojos son un tema al que amerita prestarle renovada atención sea que vivimos en un mundo en el que la satisfacción de nuestros deseos parece ser el principal objetivo para realizarnos como personas. Todas y cada una de las publicidades que absorbemos nos llama a perseguir un antojo tras otro. Teléfonos, televisores, viajes, yogures dietéticos, chocolates, hamburguesas, y todo a domicilio: no hay tiempo para evaluar qué es lo que queremos, porque si paramos a pensar la moto del delivery va a tardar más en llegar.

“Soltar un antojo no es rechazarlo sino permitirle existir: un estado mental contingente que una vez que se nos presenta pasará”, escribe el budista Stephen Batchelor en Buddhism Without Beliefs (1997). “En vez de forzarnos a soltarlo podemos notar cómo está en su naturaleza liberarse. Soltarlo es como dejar ir a una víbora que apretábamos en una mano. Al identificarnos con un antojo (‘quiero esto’, ‘no quiero esto’), apretamos más y volvemos más intensa la resistencia. En vez de ser un estado mental se convierte en una compulsión que nos domina. Tal y como hacemos al entender la angustia, el desafío de dejar ir un antojo es poder actuar antes de que nuestros hábitos nos incapaciten”.

Hay un cierto goce, bastante difícil de describir, que solo nos provee la indagación filosófica. La persecución descerebrada del deseo, esa que los estoicos conocían muy bien, rara vez nos lleva a las puertas del éxtasis. Frente a aquello que ilumina nuestros más antiguos reflejos tenemos la chance de observar el camino de nuestros antojos con presencia y plenitud.

Mucho más noble es, sin duda alguna, comernos ese chocolate sabiendo que lo disfrutamos con cada fibra de nuestro ser.

Pancake Cravings” by Alicia Severson (CC BY-NC-ND 4.0)

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 15 de marzo de 2020. 
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