Algunas líneas, perdidas entre tantas otras, a veces pueden marcarnos la piel. Hace casi cinco años leí un correo que tuvo ese efecto. Tomás me decía que la importancia de decir gracias hoy en día era inmensa. Esa mañana se le había dado por enviarle, de la nada, un mensaje a alguien que había hecho algo que a él le gustó.
Dar gracias, quizá uno de los primeros modales que nos es inculcado junto con pedir perdón y por favor, a simple vista podría parecernos un asunto más o menos obvio. Tal es el caso que durante mucho tiempo fuera del discurso religioso — que es bien rápido con sus garras para apropiarse de cualquier aspecto de la vida de las personas — el asunto de la gratitud fue mayormente ignorado por los estudios científicos del comportamiento.
Como cuenta Robert Emmons en Thanks! (2007), alcanzó con indagar un poco en el sentimiento de gratitud para encontrar que las personas agradecidas son mediblemente más alegres y más agradables, se sienten más satisfechas, son menos envidiosas, duermen mejor, y sufren menos de depresión y ansiedad.
Sentir gratitud consiste en reconocer que hemos sido beneficiados de algún modo, que reconocemos el valor de lo que alguien más hizo, y en consecuencia, sus intenciones. Pero también tiene algo que ver con sentirnos bien, motivados, dispuestos a compartir aquello que hemos recibido con otras personas.
La gratitud, según Emmons, puede pensarse en dos sentidos. Primero, como el reconocimiento de que no está mal estar vivos — que no es poca cosa — y de que hemos recibido algo que, tanto por su existencia como por el esfuerzo que implicó, nos hace bien. Segundo, la gratitud implica un afuera que supone que la fuente de aquello que nos hace bien es algo más que no somos nosotros.
Esta es una de las diferencias cruciales de la gratitud frente a otras emociones: podemos enojarnos, enorgullecernos, contentarnos o sentirnos culpables, pero sería extraño decir que una persona se siente agradecida de sí misma. Las gracias siempre se dirigen hacia afuera. Dar gracias es reconocer que es posible que fuerzas ajenas a nuestro ego actúen en nuestro beneficio; que no podríamos estar donde estamos sin lo que otros hacen.
Si el mundo fuera únicamente injusto y cruel no sería posible la gratitud. Sentir gratitud es reconocer que en el mundo pueden haber cosas piolas, lindas y buenas. Reconocer esto, asimismo, no es algo que podamos hacer en automático. Es por esto que dar las gracias es también un acto de introspección: no podemos sentir gratitud si no prestamos atención.
Laura Trice dice que nos gusta mucho que nos agradezcan, incluso cuando hacemos cosas que nos corresponde hacer. Sentir que nos aprecian nos motiva, y es por eso que en el momento correcto puede darnos ese empujoncito tan necesario. Es esto lo que hace tan importante hacerle saber a otras personas cuando nos gustaría que se nos reconozca lo que hacemos y así no correr el riesgo de sentir que se nos menosprecia. No solo es bueno decir gracias: nada de malo hay en pedir que cada tanto nos lo digan.
Otro aspecto central de sentir gratitud es la idea de que no necesariamente merecemos aquello que nos es dado. Damos gracias por algo que bien podría no haber sucedido, algo que bien podríamos no haber recibido. Quizá por eso olvidamos fácilmente sentir gratitud, y la damos por sentada. En palabras de Bart Simpson: “Querido dios, nosotros pagamos por todo esto, así que gracias por nada”.
Algo de razón tiene, pero también deja de lado que nada sucede en el vacío, y agradecidos podemos estar de quienes vinieron antes y de quienes hoy hacen gran parte de nuestras vidas posible. El filósofo Georg Simmel hablaba de la gratitud como “la memoria moral de la humanidad”. Las relaciones aceitadas a través de la gratitud mutua aseguran tanto la benevolencia como la justicia: el deseo de que otro esté bien y que reciba lo que merece.
Decir gracias es también una forma efectiva de terminar una conversación. Es cuando menos algo trágico que en respuesta a un cumplido digamos “gracias” e inmediatamente nos justifiquemos. “¡Qué lindo tu último correo!” “Ay gracias, igual dejé mucho afuera y olvidé citar a Mongo Picho”.
Podemos sospechar de si excusarnos luego de agradecer en realidad no traiciona la intención misma del agradecimiento.
Cuando se trata de cómo nos miramos en el espejo, damos mucho más lugar a las conversaciones en las que explicamos los mil motivos por los cuales estamos disconformes con lo que vemos que al reconocimiento de que nuestro pelo hoy está divino, de que esta remera nos queda bien, de que el correo de hoy también tuvo lo suyo o de que hay algo en nuestra sonrisa que puede, en efecto, ser ligeramente intoxicante.
Nuestra incomodidad con aceptar un cumplido sin más, y nuestra compulsión por justificarnos, presenta una paradoja, explorada por Autumn Whitefield-Madrano en Face Value (2016). Nuestra inclinación por lograr cierta belleza sin nunca poder reconocerla abiertamente con comodidad, que nos impide quedarnos en las gracias y en cambio buscar justificaciones, mantiene vivas nuestras conversaciones al respecto. Es una intrincada —y cuestionable— manera de vincularnos, pero nadie dijo que hacer amigos fuera tarea sencilla.
A la inversa, dar gracias puede ser una linda forma de acercarnos a alguien. Creo que una vez por mes a Axel le digo, directa o indirectamente, que leerlo a él me movió a escribir una vez por semana. Nos cuesta muy poco hacer saber que valoramos algo y a la otra persona puede cambiarle el día. Si te gusta lo que hace alguien, decíselo. Es un gran hábito para incorporar, y es otra forma de dar gracias.
De todos modos, no estoy seguro de que sentir gratitud implique necesariamente a alguien o algo más. Y es por eso que a veces podemos sufrir culpa por las cosas buenas que nos pasan. Miramos el verde desde la ventana, miramos la heladera llena, miramos a la gatita más linda del mundo durmiendo a unos pasos, miramos la biblioteca con suficientes libros como para llenar varios veranos. Tantas cosas lindas y por algún motivo encontramos tiempo para quejarnos.
Vivimos con pesadumbre por lo que tenemos que hacer. Tenemos que levantarnos temprano, ir a trabajar, caminar hasta allá a pesar de la lluvia, volver tarde de la facultad, hablar con un montón de personas cuando sospechamos que no sabemos realmente cómo funciona hablar, escribir uno, dos, cincuenta textos.
No importa cuánto nos pese todo esto si pensamos en que no es tanto que tenemos que hacerlo como que podemos hacerlo. Podemos ir a un trabajo, podemos caminar, podemos escribir sinsentidos que un montón de personas leen, a pesar de nuestra sospecha de que, en efecto, apenas si sabemos poner una palabra detrás de la otra. Como dice James Clear en Atomic Habits (2018), mucho de lo que vemos como una carga en realidad es un privilegio, o una oportunidad. Y aunque no es que debamos sentir gratitud por todo, es bueno dedicarle algún momento de reflexión a aquello de lo que hace a nuestra vida digna de ser vivida.
Agradecer suele implicar a un otro a quien le atribuimos aquello que nos beneficia porque tendemos a ver agencia en el mundo. Incluso cuando hacemos fuerza para evitarlo, se mueven los arbustos y pensamos que detrás acecha un tigre. Se le atribuye lo que pasa a seres imaginarios descritos en libros ancestrales, a los astros, al karma, a cualquier pavada que haya en el medio, y se le agradece lo bueno a la virgencita, Zeus, o a ese trébol de cuatro hojas que agarramos sentados en el pasto hace 12 años.
Todas las religiones, desde el cristianismo al hinduismo, marcan la importancia de la gratitud, en este caso hacia un otro no-humano responsable de lo bueno que sucede en el mundo. Pero sentir gratitud, antes de que alguien afile su crucifijo, nada tiene que ver con hacerlo frente a alguien o algo, y menos frente a un amigo invisible todopoderoso.
Tenemos buenas razones para sospechar que nuestra tendencia a agradecer en parte se explica evolutivamente. Después de todo, de ella dependen nuestras amistades y relaciones. Es por esto que muy probablemente en algún punto de nuestra larga historia evolutiva la gratitud haya sido seleccionada como una ventaja que alguna vez sirvió para acabar de una buena vez por todas con los de la cueva siguiente que no nos caían tan bien.
La gratitud, de este modo, estaría inscrita en nuestra mismísima naturaleza. Desde que nacemos hasta que morimos dependemos de otros, “ningún hombre es una isla” y dar gracias nos conecta tanto con el pasado como con el futuro: es a lo que hacemos hoy que alguien más podrá agradecer algún día.
Cuesta imaginar un motivo más noble para hacer algo hoy que un agradecimiento que nunca vamos a recibir.

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 23 de diciembre de 2018.
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