Cómo funcionan las cosas que nos producen ternura

Awwww.

Esos ojitos. Los restos de cerámica por el piso. El estruendo del estallido aún resonando. La alerta inicial que nos inundó de adrenalina. El pique hasta la cocina para ver qué pasó. Y allí Olivia, con esos ojitos capaces de desarmar una bomba atómica.

“Como la mayoría de las cualidades”, sentencia William S. Burroughs en The Cat Inside (1986), “la ternura se define por lo que no es, y la mayoría de las personas no lo son. O, a lo sumo, la dejaron atrás al crecer”.

En un mundo que por momentos puede ser un lugar horrible, con sus pandemias, guerras, desigualdades y lugares donde no llega el wifi, a veces nuestro único consuelo parece ser el hecho de que podamos tener gatitos, perritos, bebés y otros animalitos a un clic de distancia. Aquella reacción visceral que otrora fuera disfrutada en la intimidad es ahora un componente fundamental de nuestras vidas compartidas. Nos embriagamos de ternura en masa, impasibles en nuestra misión de compartir cuanta imagen adorable nos crucemos.

A veces lo único que rompe el largo silencio de nuestras sesiones de descerebrados paseos por internet es nuestra audible reacción a la imagen o video de algún animalito haciendo alguna monada, algún estímulo que lejos de despertarnos del sopor nos acurruca con una sensación quizá difícil de describir, una especie de absurdo calorcito, que se disipa apenas cambia nuestro campo visual.

Puede que nuestra afición por todo aquello que nos produce ternura sea la manifestación de una creciente infantilización auto-infligida. Ese es el argumento central de un exhaustivo ensayo de Jim Wilford donde sostiene que la tendencia puede rastrearse desde la obsesión por los bebés de celebridades o ciertas modas gastronómicas hasta el éxito de modelos de autos como el Mini Cooper o el Smart, que de tan chiquitos nos resultan adorables. Incluso podemos encontrarla en los nombres de empresas que parecen exabruptos propios de niños como Google o Twitter, agugu tata.

A diferencia de la belleza, incuestionablemente positiva, al declarar algo como tierno se mantiene la ambigüedad respecto de si se trata de un elogio o una crítica. Es notable que para tratarse de una reacción tan visceral sea tan poca la atención que ha puesto la filosofía en su caracterización. Frente a la verdad, la belleza o la justicia — algunos de los grandes hits de Platón y su muchachada — la ternura o lo adorable no parecen haber tenido mucha cabida.

Es esta deuda de la filosofía la que trata de compensar la filósofa Sianne Ngai que define a lo adorable como una “estética de la indefensión” que se apoya en nuestra actitud hacia lo débil o disminuido y se asocia con lo infantil, lo femenino y lo inofensivo. Ngai argumenta que los objetos adorables nos despiertan tanto un deseo por acurrucarnos con ellos como un “sádico deseo consumista de dominar y controlar”. Awww, capitalismo.

Terriblemente apresurado sería decir que llevamos nuestra preferencia por la ternura en nuestro ADN pero, tal como sugirió el etólogo Konrad Lorenz en los años 40, hay ciertas características de los niños que evocan una respuesta afectiva positiva en los humanos. Este “esquema infantil” (‘Kindchenschema’) comprende elementos tales como cabeza y ojos grandes, frente ancha y protuberante, cachetes regordetes, nariz y boca pequeñas, extremidades cortas y anchas, y una contextura física rellenita que despierta una latente necesidad por cuidar de aquella criatura (o directamente apachurrarla).

Para una especie cuyas crías son básicamente inútiles hasta lograr su independencia — algo que en algunos casos puede demorarse más de veinte años — esta respuesta cumpliría entonces una crucial función evolutiva en la cognición. En contraste con Lorenz, sin embargo, los psicólogos Gary Sherman y Jonathan Haidt consideran que nuestra respuesta a lo adorable es una emoción moral por excelencia, un desencadenante de la sociabilidad humana que nos estimula a expandir nuestro círculo de preocupaciones altruistas más allá de nuestros vínculos inmediatos.

Hay cierta evidencia de que mirar a un bebé suscita reacciones químicas en el cerebro, específicamente en el núcleo accumbens cuya función evolutiva se vincula con el procesamiento de la recompensa. Naturalmente, es la misma zona que se activa con estímulos tales como las drogas, el sexo y la comida (una secuencia de sustantivos que, curiosamente, también suena como un gran plan).

Si fuéramos impermeables al método científico podríamos afirmar que tenemos un problema de adicción a la ternura. Claro que eso es una exageración sin fundamentos, incluso cuando la industria montada en torno a ella pareciera apoyar tan apresurada hipótesis.

Mickey Mouse, tal como advirtió en 1979 el biólogo evolucionista Stephen Jay Gould, sufrió una lenta metamorfosis que lo fue despojando de su contextura escuálida de la época del cine mudo hasta alcanzar su forma más o menos actual en los años 50, un poco más cabezón y gordito. O, como dice Wilford: “A medida que la Walt Disney Company se volvía más poderosa y rentable, su cara pública se volvía más adorable”.

En Cute, Quaint, Hungry, and Romantic (2000), otra gran obra crítica de lo adorable, el ensayista Daniel Harris argumenta que nuestro goce de aquello que nos produce ternura tiene un lado oscuro: “El proceso de transmitir un carácter adorable al espectador le quita poder a los objetos, los fuerza a atravesar situaciones ridículas y los hace aparecer más ignorantes y vulnerables de lo que realmente son”.

En uno de sus capítulos Harris se detiene en la estética de lo adorable, que define como una de lo grotesco: animales de peluche que no tienen garras y cuyas extremidades se extienden en un permanente abrazo, con posturas, rasgos y formas que transmiten “un aura de orfandad, ostracismo y melancolía, la silenciosa desesperación propia de un cachorrito que ruega una amistad — o, mejor dicho, ser comprado”.

Lo adorable de los niños, sigue Harris, ni siquiera es algo que les es propio sino algo que les provocamos: “Como se trata de una estetización de la infelicidad, la indefensión y la deformidad, casi siempre involucra un acto de sadismo de parte de su creador, que hace un esfuerzo inconsciente por mutilar, maniatar y avergonzar aquello que busca idolatrar”. Para pensar la próxima vez que a alguien se le ocurra montar una escena graciosa con un bebé para ver cuántos likes le rinde.

Esta perversa relación con el cuidado es probablemente también la que inspira a la misógina caracterización de la valentía como un rasgo masculino. Después de todo, se asocia la feminidad con la indefensión, la fragilidad y, por qué no, la ternura. Todo esto luego se traduce en una crianza diferenciada por género y en la disuasión de las niñas para que no realicen actividades riesgosas, incluso cuando el riesgo es el mismo sin distinción de género. Se asume que las niñas son más frágiles, física y emocionalmente, y por eso se les suele decir cuatro veces más que tengan cuidado que a los niños. Awww, mujeres.

Wilford, empeñado en arruinarnos todo, también hace un breve análisis de Up (2009). Según él, en aquella película el anciano nos resulta adorable no solo por su edad sino porque lo han ubicado en una casa flotante en viaje a Sudamérica, junto a un niño con un padre ausente, un perro adicto a la atención, un ave en peligro de extinción con una pata rota que es perseguida por un cazador, y sus crías que temen constantemente perder a su madre. “Up desvergonzadamente explota nuestra necesidad de cuidar de los indefensos”.

Resulta notable, también, que uno de los personajes más recordados de Shrek (2001) sea aquel Gato con botas cuya gracia es utilizar su aspecto adorable como un arma. Más curioso aún es que este personaje recién se haya incorporado en su secuela de 2004.

Incluso nuestra comida parece haber sido secuestrada. Quizá por la influencia de Sex and the City hace poco menos de veinte años los cupcakes se volvieron frecuentes en la gastronomía de los cafés. Y como somos insaciables extendimos esta miniaturización a todo tipo de comidas, con sus correspondientes diminutos comensales.

Wilford, el gruñón, también exclama: “Durante generaciones los jóvenes no podían esperar a ser adultos para fumar, tomar, comer hasta explotar, ganar dinero, manejar, tener sexo y, si eran de los que se unían al ejército, poder legalmente asesinar a otros humanos. Ahora (…) preferimos un cómodo pijama que vestimos mientras miramos fotos de gatitos mientras mordisqueamos un delicioso cupcake”. Awwww, ametralladoras y enfermedades de transmisión sexual.

Quizá el mundo, con su larga colección de tragedias, se nos volvió insoportable al punto de que encontramos como sustituto de los abrazos que ansiamos películas donde nada muy terrible sucede, imágenes de animales y chocolates, un montón de chocolates. Esta teoría, aunque fácilmente esquematizable en una servilleta, tiene un precedente histórico en Japón.

En el clásico Embracing Defeat (1999) de John W. Dower explora las dificultades sociales, económicas, culturales y políticas que atravesó Japón luego de la Segunda Guerra Mundial. Dower, entre otros, atribuye a la influencia directa de películas como Fantasia (1940) y Bambi (1942) a la gesta de la cultura japonesa de lo adorable conocida como kawaii.

Más específicamente, en Japanamerica (2006) el periodista Roland Kelts argumenta que Japón, luego de la humillación sufrida en la guerra, adoptó un lugar de “hermanito menor” frente a Estados Unidos. Esta teoría, propuesta tanto por artistas como académicos japoneses, reconoce que esta persecución de lo adorable presente en la estética japonesa es consistente con la noción de dependencia inherente a lo adorable.

Una forma de que nos presten atención, avalada evolutivamente, es volvernos tan adorables que provoquemos la necesidad de que nos cuiden. En palabras de Kelts: “Esa fue, en cierto sentido, la actitud de Japón durante los últimos 60 años. «Haremos sus productos muy pero muy bien y seremos el mejor niñito que puedan imaginar»”. Trágicamente, “Little Boy” era el nombre de la bomba que explotó sobre Hiroshima.

Dos de mis mejores amigos adoptaron mascotas en las últimas semanas. Sus redes sociales se volvieron dispensadores de imágenes adorables. Esto último, incluso, se tradujo en reclamos: queremos más fotos, danos más fotos, necesitamos más fotos. Imposible debería ser, para toda mente inquisitiva, no preguntarse qué demonios nos pasa que “necesitamos” ver imágenes adorables como si se tratara de nuestra próxima dosis. “Rápido, una foto de un gatito, un video de un conejo bebé con una zanahoria y puede que necesitemos, dios no lo permita, aquel video del oso panda que se asusta con un estornudo”.

“Las mascotas son en realidad nuestros amigos esclavos”, dijo alguna vez el comediante T. J. Miller. No hace falta ir tan lejos, pero entre la atribución de poderes mágicos al Maneki-neko (招き猫) o gato de la suerte en su capacidad de talismán y nuestro consumo de imágenes de animales nos debemos una buena conversación acerca de la objetificación de los animales. En lugares como Tokio donde los gatos domésticos son más bien una rareza surgieron los célebres “cat cafés” donde podemos pagar por una hora en compañía de gatitos. En tanto les atribuimos el poder de cambiar nuestras vidas y mejorarlas el vínculo se asemeja retorcidamente a uno de explotación. Y ni hablar de quienes llevan a un Chihuaha en la cartera.

Tan básica es nuestra preferencia por aquello que nos resulta adorable que los esfuerzos por la conservación de la biodiversidad frecuentemente se ven entorpecidos por la preferencia por ciertas especies “más adorables” que otras. El caso del oso panda es quizá el más emblemático, al punto de que China lo aprovecha para ocultar sus insuficientes esfuerzos en el control del tráfico ilegal de animales salvajes.

Sin embargo, no deberíamos atolondrarnos y declarar sin más a la ternura como trivial, reactiva y mayormente sin sentido. El mero hecho de que lo adorable tenga tal capacidad de atraernos y embriagarnos, cualesquiera sea la forma en que funcione, lo vuelve un objeto digno no solo de nuestra atención sino también de nuestro respeto.

Quizá sea lo visceral de nuestra respuesta a lo adorable — aquella que supieron celebrar Rousseau, Wordsworth o Keats, tan difícil de clasificar y completamente ausente de una carga moral, casi como una celebración de lo inocente a espaldas de un mundo que indefectiblemente debió volverse serio, demasiado serio — lo que nos hace decir “awwww” cuando vemos a una nutria hacer cosas de nutria.

En The Power of Cute (2019) el filósofo Simon May rescata a lo adorable como aquello que nos permite emanciparnos de las dicotomías heredadas como masculino y femenino, sexual y no sexual, niño y adulto, ser y devenir, transitorio y eterno, cuerpo y mente, absoluto y contingente, e incluso bueno y malo.

Hasta en aquellas relaciones de poder intrínsecas a lo adorable podemos encontrar bajo la superficie cierta incertidumbre respecto de quién tiene realmente el control. Después de todo aprovechar nuestra ternura como forma de coerción para que nos cuiden o protejan parece ser una estrategia efectiva tanto para el Gato con botas, Japón u Olivia.

Lejos de ser trivial, argumenta May, lo adorable nos presenta una oportunidad para explorar si es posible escapar a los paradigmas de poder que damos por incontestables. Es también por esto que vemos en Occidente una silenciosa — pero adorable — puja por reducir el rol del poder en la determinación de las relaciones, pero también por abrazar el goce de lo indeterminado, lo efímero, lo absurdo, lo moralmente esquivo.

De mucho nos perderíamos si redujeramos aquello que nos resulta adorable a una mera infantilización estética de la indefensión o a un deseo narcisista de controlar y dominar. Porque incluso si todo eso está presente, aquello que nos provoca ternura parece ser más bien una celebración de que hay enorme placer, y oportunidades de respiro, en lo cotidiano, en lo familiar, en lo insignificante.

Burroughs estaba en lo cierto cuando declaró a lo adorable como algo definible por oposición, aunque quizá lo que quedó afuera es que parte del encanto de aquello que nos produce ternura es que logra guardar esas oposiciones como parte indisoluble de su propia esencia.

Aquello que nos produce ternura se ríe en la cara del poder, cuestionando el propósito y el valor del poder mismo, así como poniendo en duda quién realmente lo ejerce. Todo esto se vuelve más que obvio mientras tomo la escoba y arrastro los pedazos rotos por el piso mientras Olivia, firme e impoluta, me mira.

Awwww, la esclavitud.

Cat-Cute Mishos” by Chabe Escalante (CC BY-NC-ND 4.0)

Cómo funcionan las cosas es un proyecto sostenido por las personas que leen. Si querés sumarte a que el proyecto crezca, y recibir contenidos exclusivos, podés hacerlo por acá.

Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 19 de julio de 2020. 
Si querés recibir «Cómo funcionan las cosas» todos los domingos, podés suscribirte
acá. Además, podés encontrarme en Instagram, Facebook o Twitter.


Discusión