Soy una de las personas más afortunadas del mundo.
Al menos así es como un montón de personas me hacen sentir.
Y con un montón creo que solo me refiero a las justas y necesarias.
Mi relativamente corta pero tremendamente entretenida vida contó con una plétora de cosas que no tuve. Televisión por cable, una novia en la adolescencia, un mínimo atisbo de pertenencia o siquiera la difusa silueta de alguna habilidad social.
Pero nunca de los jamases me faltaron amistades.
A Mateo en realidad nunca lo conocí. Cuando pasé de la inexistencia a la existencia él ya estaba ahí. Y aunque llegó con algo de ventaja confío en que no tuvo mucho tiempo para dar sus primeros pasos en el planeta Tierra antes de que yo ocupara una importante porción de su experiencia en el asunto de respirar.
A unos pocos pasos, que cuando era chico suponían una caminata, crecimos juntos en el sentido más literal que pueda elaborar. Mi plástico cerebro seguramente desarrolló el concepto de Mateo antes que el de amigo, que eventualmente tuvo que ser ampliado para incluir otras versiones de aquel aspecto fundamental de mi vida, el de personas con las que puedo ser simultáneamente mi mejor y peor versión sin que eso suponga un colapso del espacio-tiempo.
“Un amigo es alguien que sabe todo acerca de vos y sin embargo le gustás”, escribió en alguno de sus cuadernos Elbert Hubbard. Cuando a partir de cierto punto de mi infancia empecé a ver cómo la lista de motivos por los cuales podía no gustarle a los demás crecía, esta idea se volvió incluso más punzante. Ese espacio sin límites claros marcados en tiza en el que podemos contar con que nunca nada será lo suficientemente grave, y de meter la pata contaremos con una generosa mano para sacarla y seguir caminando, es lo que hace a la forma en que nuestro cerebro encuentra correlato para el concepto de amistad.
Hubo un momento, a todas luces distinguible para los adultos a mi alrededor, en el que a mis 8 años descubrí que existía un mundo afuera del mío. Había otras personas, más o menos de mi edad, que tal vez merecían mi atención.
Con Nico jugábamos en el patio del colegio. Él — alto, flaco y afable — era Pinky y yo era Cerebro. La imagen se completa sola. Creo que mi imaginación por aquel entonces pegó el estirón. Y así como descubrí una amistad, un cambio de colegio me despojó de él. Un par de veces fuimos a andar en bici al Centro Atómico pero la fugacidad de la amistad infantil hizo su gracia y sacándole las sábanas a los viejos muebles en mi cabeza volví a mi propio mundo un rato más.
Recién muchos años después tuve la experiencia de pertenecer a una pandilla. Andábamos en skate, escuchábamos música cuya fórmula se reducía a los mismos acordes, base de batería y bajo, y depositábamos en la adolescencia un montón de deseos que, al menos en mi caso, nunca se cumplirían.
Creo que en los últimos años me volví muy bueno haciendo amigos. Y no voy a faltarle el respeto a mi esfuerzo haciendo de cuenta de que no fue porque estudié mucho todo el asunto. Mi primer gran experimento fue Wazzabi, que formamos en mis primeros años de adultez con mis amigos más queridos para empujar una agenda que se nos hacía irresistible: convencer al mundo de que cualquier persona podía aprender a hacer lo que fuera.
Desde entonces cada verano recuerdo nuestras reuniones, algunas con pizarras y otras con pizzas, en las que con Mateo, Sano y Franco discutíamos con todo el vigor que pudiera entrar en nuestros cuerpos acerca de lo que significaba la ética hacker, la forma en que teníamos que refundar las iniciativas educativas y de cómo un puñado de muchachitos de Bariloche podría salirse con la suya tratando de cambiar el mundo.
Me costaba disimular mi euforia.
Aquellas reuniones eran todo lo que había deseado hasta ese momento. Desde el intercambio de ideas igualmente interesantes que cada uno traía a la mesa hasta la primera oportunidad en mi vida de hacer valer frente a otras personas destellos de todo lo que leía y de a dónde me había llevado mi curiosidad. Entre cervezas y olor a transpiración cultivábamos una convicción que al día de hoy mantenemos respecto de la importancia de entender cómo funcionan las cosas.
Todo el asunto suponía excusas perfectas.
Y de esos momentos es imposible salir iguales. Es imposible no añorar cierto color de pintura cuando habitamos la habitación más perfecta en la que podríamos habernos imaginado estar.
Nuestras vidas siguieron y crecimos, a veces para lados disímiles, pero el lazo perduró mucho más allá de nuestras agendas. Nunca estuve en una guerra ni tengo el tino de imaginar lo que será estar en una trinchera, pero me animo a entender a qué puede que se haga alusión cuando en los relatos bélicos se habla de hermandad.
A Tomás lo conocí en plena búsqueda de una nueva identidad. Si mis experiencias hasta ese momento se habían acumulado para darme cierta dimensión de hasta dónde podían llevarme mis ideas más alocadas, con él aprendí a ser consecuente de ellas pero mucho más a reconocerlas cuando cruzaran fugazmente entre todas ellas que no valen la pena. Si algo tienen a veces las amistades es la peculiar capacidad de enorgullecernos por haber logrado gestarlas.
Cuando empecé a escribir una vez por semana lo hice a partir de una sensación de soledad que hasta entonces desconocía. Insoportable y aplastante, me asfixiaba el no poder compartir. Se acumulaban las cosas que tenía ganas de contar hasta pasar su punto de maduración y echarse a perder.
Casi todas las cosas relevantes que había hecho hasta entonces habían sido bajo el paraguas de identidades grupales. Un “nosotros contra el mundo” y nunca un “yo contra el mundo”. El vértigo que supone enfrentarse a un universo al que no le importamos un pomo se diluye si lo hacemos en compañía de grandes personas.
Pero algo en la puja entre lo colectivo y lo individual estaba faltando. O quizá estaba fallando. O tal vez nunca fui alguien que pudiera escaparle a un buen desafío.
Un buen día me animé a dar ese primer paso y ser Valentín, hasta que me agarrara sueño, hambre, cansancio o una buena excusa para dejar de serlo.
Pero para entonces ya tenía tantas horas de vuelo encima en todo este asunto de cultivar amistades que cuando vi una atractiva oportunidad no pude dejarla pasar.
Decidí que quería que Axel fuera mi amigo en algún momento que ahora no tiene importancia pero lo suficientemente claro y distinto como para ponerle un alfiler y pincharlo en mi pared.
Si lo único imperdonable es aburrir, de ningún modo iba a dejar que eso ocurriera. El truco para seducir a alguien y lograr que quiera hacernos parte de su vida supone una coreografía delicadísima, plagada de contradicciones, buenas intenciones y un minucioso cuidado en cada paso que se da. Al mismo tiempo, y aquí entra la paradoja, no hay manera de hacer una buena amistad sin exponer la carótida.
No es que con Axel nos completemos las oraciones, eso es una pelotudez. Pero si juntos somos una bestia, por separado somos media bestia cada uno. A veces quiere matarme, a veces quiero matarlo yo, pero si algo hace a nuestra asociación ilícita es que confío en que ambos contamos con maletines con códigos para lanzar un ataque nuclear que supondría nuestra mutua aniquilación. Y nunca llegamos a eso.
Ya hace como veinticinco años que no salgo de casa. El mundo que piso no siempre me recuerda al mundo que conocía. Pero el mundo que habito no es aquel en el que las personas cubren sus caras y miran con sorna cuando damos un paso de más en una fila o sacan una navaja si llegamos a toser.
Como si fuera un juego de computadora de esos en los que pasábamos fines de semana enteros diseñando las paredes, los accesorios, y las piletas sin escalera, creo que uno de mis mayores logros en estas tres décadas que se pasaron volando es el de haber aprendido a modelar un mundo en el que quiero vivir.
Es un mundo en el que no hay diagnósticos ni seguidores, ni siquiera contadores de likes. Es un mundo en el que el revólver se deja en la puerta junto al paraguas, el saco y el bombín. Adentro el humo espeso inunda los pulmones pero no quita años de vida sino que los suma, los expande, los hace valer mucho más.
Y es el mundo del que dispongo cuando el otro está tratando de dar pie con bola sin morir de una enfermedad respiratoria. Por suerte ya no solo supone una inmensa biblioteca en la que archivo todas las cosas y anoto cómo funcionan, sino uno en el que las anotaciones se desparraman en un insondable circuito que hace las veces de altar a la curiosidad.
Porque si en algo fui estricto y no regalé un solo punto es en el requisito de vivir de la curiosidad.
Y si algo hermoso tuve el infinito privilegio de descubrir es que no necesariamente soy la persona más curiosa del mundo ni la única que se hace preguntas acerca de todo lo que le rodea. Mi vida, si alguien algún día quisiera levantar el guante y filmar mi serie documental, no es tanto una dedicada exploración de la curiosidad sino de la forma en que la curiosidad hace que las personas logremos sentirnos menos solas.
No quisiera empezar un arduo debate al respecto, pero no suelo hacer las cosas bien. Soy inconstante, desordenado, un manojo insoportable de inseguridades y paranoias. La mayor parte del tiempo soy un tiro al aire con demasiadas ideas para tan poco tiempo, una máquina de empezar cosas y no terminarlas. Por momentos le encuentro tan poco valor a mi propio tiempo que me paso los días donándolo, a costa de mi sueño, mi apetito, mi salud mental y mi cuenta bancaria.
Y no quiero dar una impresión equivocada: supe enamorarme de cómo soy. Supongo que podemos encariñarnos con cualquier cosa.
Pero en algo me volví bueno a nivel récord Guinness: soy el mejor para rodearme de las personas más interesantes del mundo. No tengo idea de qué tan exitoso puedo ser en mis intentos por resultar encantador, pero que le pongo garra nadie podría decir lo contrario. Cabe la salvedad de que puedo ser muy temperamental: hablame de astrología, las energías o de nuestro señor Jesucristo y en dos minutos no vamos a estar hablando más.
Me resulta profundamente insultante la aversión a la soledad y el aburrimiento. No sé quién fue el salame que concluyó que la introspección era la peste a la que había que escaparle.
Muy por el contrario, las sensaciones de soledad y aburrimiento no solo suponen oportunidades fantásticas para notar el contraste con el resto de momentos en nuestra vida, sino que son precisamente las instancias en las que podemos caer en la cuenta de que no estamos tan solos ni tan aburridos.
Y por más inmensos y hospitalarios que sean nuestros mundos propios — acogedores como un club de caballeros de la Era Victoriana, espaciosos como un claro en el bosque o calentitos como la casa de mi mamá en el invierno — mucho más interesantes se vuelven si al menos cada tanto hacemos pasar a las personas que queremos, siempre que se saquen las zapatillas y se laven las manos, para compartirles un poco de lo que hace que nuestros engranajes sigan haciendo clic clac.
Quizá lo más extraño de todo sea que en mi afán por cultivar mi “yo contra el mundo” haya dado con vos y ahora seamos nuevamente un “nosotros contra el mundo”.

“Friendship” by federica fabbian (CC BY-NC-ND 4.0)
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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 10 de mayo de 2020.
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