Cómo funciona preocuparse

La única estrategia que realmente funciona para escribir a la perfección es no escribir en absoluto. Si nada decimos nada se nos puede reprochar, ninguna coma estará fuera de lugar y ningún argumento quedará cojo en una multitud de metáforas regurgitadas. No hay alivio como el de saber que no podemos habernos equivocado si nada hicimos. Pero una vida sin preocupaciones no parece ser digna de ser vivida.

Preocuparse tiene una bien merecida mala reputación. Vivimos bajo estrés y eso parece estar matándonos. O al menos en eso pienso cuando me miro al espejo y temo estar perdiendo pelo, ganando peso y estar siendo derrotado por un estilo de vida que, en su camino hacia el éxito, parece haber doblado mal. Tengo que preocuparme más por preocuparme menos.

Cuando nos estresamos, las glándulas suprarrenales secretan las hormonas cortisol, adrenalina y noradrenalina, que preparan al cuerpo para un estado de alerta; aceleran el corazón y aumentan la presión sanguínea; y se adelantan a una respuesta de lucha o huida frente a una amenaza, respectivamente. Todo esto a la par provoca en la panza tanto una sensación de “mariposas” o bien de “creo que me está por salir un alien”, dependiendo de su intensidad. Un poquito de estrés nos hace sentir vivos, un montón nos convence de que estamos muriendo.

A Francis O’Gorman le preocupa tanto la preocupación que escribió un libro acerca de su historia literaria y cultural. En Worrying (2015) una de las cosas que señala es que la buena ansiedad se convierte con alarmante frecuencia en mala ansiedad. Partimos de una preocupación inocente (“¿Habré cerrado con llave?”) y luego empezamos a repetir el ciclo doblando la apuesta: “¿Y si entran a robar? ¿Y si llego y siguen ahí? ¿Y si los ladrones me secuestran? ¿Y si luego de secuestrarme me fuerzan a escribir fan fiction de Ricardo Arjona?”, a veces hasta un punto de no retorno: “¿Y si es Ricardo Arjona el que entró a casa a robar y cuando llego sigue ahí y me confunde con una señora de cuatro décadas?”

Un pasito tras otro las preocupaciones cobran vida propia y nos hacen olvidar cómo fue que una secuencia de pensamientos nos secuestró y ahora nos tiene atados en el living forzándonos a escuchar sus canciones. Preocuparnos cambia el pronóstico del tiempo en la mente y nubla nuestro presente hasta que dejamos de ver qué es lo que realmente está sucediendo a nuestro alrededor. Como un DJ obsesivo, la preocupación nos pasea por escenarios horribles, empujándonos a vivir futuros que muy difícilmente vayan a realizarse. Cuando la preocupación iza su bandera la racionalidad agarra sus cosas y se va.

Claro que no todas las formas que toma la ansiedad son necesariamente malas. A veces nos preocupamos porque se nos viene encima algún peligro, pero muchas otras porque caemos en un espiral descendente de oscuridad y pensamientos autodestructivos. El premio a la obviedad del milenio va para la capacidad de identificar cuál es cuál.

No hay, prácticamente, dominios de actividad humana que no me preocupen. Toda interacción implica un montón de protocolos que desconozco porque, aparentemente, mi cerebro faltó a clase ese día y yo me adelanto obsesivamente a ellos para que no me agarren desprevenido. Si es por mí, asumo que todo el mundo ensaya las conversaciones telefónicas antes de discar.

Usar a las preocupaciones como cortaplumas se lo llama “pesimismo defensivo”, que no es otra cosa que imaginar lo peor que podría pasar para manejar mejor la ansiedad. Como argumenta Julie Norem en The Positive Power of Negative Thinking (2001) las preocupaciones — y su secuaz, la ansiedad — suelen ser incapacitantes. Nos congelan ante lo que percibimos como adverso y nos debilitan. En cambio, al encarar así las preocupaciones podemos desarrollar estrategias para evitar aquellos terribles escenarios a los que nos adelantamos y esto a la larga nos prepara mejor y disuelve lentamente nuestra ansiedad.

Al bajar nuestras expectativas podemos pensar de forma concreta en qué podría salir mal y esto suele ayudarnos a evitar el desastre. No es que la ansiedad se disipe, la muy pilla, pero al menos recuperamos un poco la sensación de control. Y ante lo inmovilizante de la ansiedad esta estrategia nos da la chance de hacer algo al respecto. Lo que definitivamente no funciona es decirle a una persona preocupada que sea más optimista.

Eso sí, como cualquiera que haya jugado a girar hasta marearse sabe, si le damos demasiadas vueltas a un asunto las cosas pueden salirse fácilmente de control. A eso se le llama catastrofismo: “Ricardo Arjona me pedirá opinión de sus canciones mientras me tiene atado en el living” y todo eso.

Es un truco tan viejo que hasta Bertrand Russell lo menciona en The Conquest of Happiness (1930): “Cuando enfrentamos la amenaza de algún infortunio, podemos considerar seria y deliberadamente qué es lo peor que podría pasar. Luego de analizarlo siempre podemos encontrar buenas razones para pensar que eso tan terrible no lo es en realidad. Esas razones siempre existen porque nunca lo peor que podría pasarnos podría tener algún tipo de importancia cósmica”.

También es cierto que muchas veces la ausencia de ciertas preocupaciones básicas hace que nos preocupemos mucho más fácilmente por lo mundano. Si no tenemos que desvelarnos pensando en si hoy tendremos algo para comer es más probable que nos preocupemos por si nuestra última foto tuvo pocos likes.

Esta relación entre las preocupaciones y la clase social es incluso rastreable en la historia de la ansiedad. El término neurastenia (del griego ἀσθένεια, asthéneia, enfermedad o debilidad) fue introducido en la primera mitad del Siglo XIX para referir al curioso fenómeno por el cual las personas se quedaban sin “energía nerviosa”, un mal que parecía aquejar a los hombres de negocios que empezaban a poblar las ciudades. Ciertamente no somos la primera generación que cree profundamente estar viviendo en una excepcional era de la ansiedad.

Los síntomas incluían dolores de cabeza y musculares, pérdida de peso, irritabilidad, nerviosismo, impotencia, depresión, una “falta de ambición” y tanto insomnio como letargia. En base a esta descripción lo más probable es que vos, yo, y todas las personas que conocemos tengamos un agudo cuadro de neurastenia, nada más ni nada menos que el viejo truco de medicalizar la infelicidad e incomodidad silvestres. Si bien la nostalgia y la melancolía habían sido medicalizadas en el pasado esta vez sucedía a la par del desarrollo de la medicina contemporánea.

Tan vinculada estaba esta patologización de las preocupaciones urbanas que William James, un confesado neurasténico, popularizó el término “Americanitis” — que leyó en un libro de Annie Payson Paul, quien a su vez decía haberlo tomado de un atento intelectual alemán — para referirse al sufrimiento de los estadounidenses, el costo a pagar por ser tan geniales, increíbles y todo eso. Autodiagnosticarse con neurastenia era moneda corriente entre quienes añoraban sentirse un poco mejor consigo mismos.

Después de todo, este mal que les aquejaba era propio de su privilegio: solo aquellas personas que hubieran demostrado poder enriquecerse tenían la potestad de jactarse inteligentes, al resto no le quedaba más que resignarse a su realidad, cautivas de una supuesta limitada capacidad mental que les impedía quedarse sin tan preciada energía en primer lugar.

No casualmente las únicas personas que recibían el diagnóstico eran quienes podían pagar los costosos tratamientos, que les eran indicados luego de costearse un análisis médico, que buscaban luego de ver las publicidades de remedios que plagaban los periódicos de la época. “Lo que todas las publicidades hacen”, escribía David Foster Wallace, “es crear ansiedades que pueden aliviarse con alguna compra”.

Aquel diagnóstico inauguraba la idea de que tener un poco de malestar, un poco de cansancio o incluso un poco de angustia era en sí mismo una enfermedad, y que enfermarnos de preocupación era señal de que habíamos abrazado a la perfección el estilo de vida moderno.

Todo esto no significa que las preocupaciones y la ansiedad sean un problema exclusivo de las personas cuyas vidas están razonablemente acomodadas. Lo que muchas veces pasa es que el nombre que las personas le ponemos a lo que nos aqueja varía muchísimo de acuerdo a una plétora de factores. En aquellos contextos donde pesa un estigma sobre los trastornos psicológicos, las personas tienden a guardarse más cómo se sienten. Si no sabemos si hoy vamos o no a comer, es más que razonable que nos preocupemos. Y esto nos hace volver al asunto de la buena ansiedad y la mala ansiedad.

En realidad, siempre terminamos en el mismo lugar. Cómo vivimos nuestras vidas queda, en última instancia, en lo que logramos hacer con lo que tenemos. No podemos elegir dónde nacemos, quiénes son nuestros padres, cómo crecemos. Y la vida, a partir del instante mismo en el que nacemos sin haberlo elegido, nos enfrenta a una miríada de situaciones que nos escapan y nos recuerdan que todo control que podamos tener será limitado, improvisado y probablemente insuficiente. En el cachito que nos queda podemos elegir qué hacer con todo eso, ponernos nuestro mejor traje y, en la medida de lo posible, salvar el día.

Hakuna matata.

Worry” by millim _ (CC BY-NC-ND 4.0)

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