Cómo funcionan los rumores

Era casi la medianoche cuando la historia se volvió irreversible. Los primeros minutos de las dos horas más largas de la vida de toda una tripulación pasaron sin pena y sin gloria. Todos vimos la película: el Titanic se hundió y cientos de personas no pudieron salvarse.

Aunque “Mujeres y niños primero” era una consigna fácil de entender, no tan claro quedaba cuántas personas entran en un placard flotante. Si bien hoy las nociones de caballerosidad de aquella época nos hacen cosquillas, lo más probable es que de haber sido varón en aquel hundimiento hubiésemos perecido, y exactamente lo contrario hubiese sucedido de haber sido mujer.

Ya pasada la medianoche el capitán dio la orden de preparar los botes salvavidas sabiendo que no había suficientes para todos. Muchos de los pasajeros, convencidos de que tal hazaña de ingeniería naval era invencible, en un principio ignoraron las indicaciones y los primeros botes partieron con apenas la mitad de sus lugares ocupados.

A medida que los minutos pasaban y el destino se volvía más nítido, el caos dominó la escena. Las personas se amontonaban para subirse a los botes a babor y estribor y en algún momento se corrió la voz de que era en los botes de babor que los varones podrían evacuar. Pero Lawrence Beesley, junto con otros dos pasajeros, por algún motivo no hizo caso y se quedó del otro lado del barco.

Apenas un momento después escuchó un llamado distante. “¿Alguna otra mujer?”, gritó uno de los oficiales que organizaba la evacuación desde un bote salvavidas. Lawrence se asomó y el oficial repitió la pregunta: “¿Queda alguna mujer en cubierta?”. Cuando respondió que no el oficial le dijo que si quería salvarse debía saltar. Lawrence se subió a la baranda y saltó al bote mientras bajaba. Se salvó por no hacerle caso a un rumor.

Los rumores son historias no verificadas de supuesta importancia que no cuentan con evidencia suficiente. Suelen ocurrir al interior del barullo de la incertidumbre, siempre alimentados por la ansiedad y la ambigüedad, aunque con un dejo de plausibilidad. No parecen del todo ciertos pero, ante la duda, logran seducir. Es decir, si te fijás bien el único que camina descalzo en la tapa de Abbey Road es Paul.

En momentos de crisis y desasosiego es que los rumores afloran. El hundimiento de un barco, el estallido de una precaria situación económica, o las horas previas a un examen final. Son difíciles de estudiar y complejos de interpretar porque, ni verdaderos ni falsos, los rumores por lo general caen justo en el medio: aunque Hitler no haya sobrevivido, en Bariloche todos tienen alguna anécdota acerca de un buen vecino nazi.

“El Rumor es una flauta que tocan las sospechas, los celos, las conjeturas”, escribía Shakespeare en Henry IV. El sociólogo estadounidense Tamotsu Shibutani le atribuye su existencia a un desequilibrio entre la alta demanda y la escasa oferta de información. En palabras de Shakespeare, es aquel “instrumento tan sencillo y tan fácil” que incluso las “torpes muchedumbres” pueden tocarlo.

Cuanto más relevante es un tema y menos se sabe al respecto, más rumores es probable que haya. Consecuentemente, rara vez se rumorea sobre temas poco interesantes. Esto explica por qué nunca nos llegan rumores acerca de Lou Bega ni de cuál es el número de mambo por el que va ahora. Ahora bien, si Lou Bega fuera tu vecino lo más probable es que estuvieras al tanto de la vida de Monica, Erica, Rita, Tina, Sandra, Mary, Jessica y el resto de la pandilla.

Cada rumor tiene un contexto social y cultural que debe estudiarse sin importar qué tan extraño sea su contenido. Son los rumores los que generalmente mueven a las personas hacia el temor o incluso el odio hacia otras personas, a veces incluso permeando países enteros hacia la intolerancia y la persecución. Fagocitan nuestras ansiedades y cuanto más verosímil nos resulten más probable es que los hagamos circular.

No siempre los rumores son diseñados para dinamitar la verdad, ni son deliberados intentos de desinformar. Al contrario, su contenido suele ser muy difícil de controlar y su mutación difícil de predecir. Nacen inconscientemente en situaciones ambiguas como desesperados intentos por darle sentido al mundo que nos rodea. Son historias construidas para abrazar mayores certezas y hacerle frente al miedo y la ansiedad. Es por esto que inventar un rumor rara vez tiene éxito. En palabras del rumorólogo Jean-Noël Kapferer, “los rumores parecieran tener mente propia”.

Los rumores que solemos escuchar generalmente tratan sobre los mismos temas—raza y origen étnico, inmigración, globalización, género, corrupción gubernamental e irresponsabilidad corporativa—y se alimentan de la confusión y la controversia pasando de boca en boca. Es por esto que los rumores anticipan manifestaciones y disturbios: profundizan estereotipos y desconfianza entre actores que rara vez están en armonía.

Una primera radiografía de los rumores fue realizada por los psicólogos Gordon Allport y Leo Postman en The Psychology of Rumor (1947). Allí detallaron cómo es que nacen y evolucionan estos mensajes. Lo que observaron fue que a medida que son repetidos los rumores se vuelven más sencillos y claros, reflejando cada vez más la idiosincrasia de quienes los repiten.

En esta transformación identificaron tres procesos. En primer lugar, los rumores se nivelan y empiezan a obviar ciertos detalles, volviéndose más cortos y concisos. Luego, se agudizan sus detalles y se vuelven más específicos. Finalmente, los rumores son asimilados hasta reflejar los sesgos y prejuicios de quien lo repite. En otras palabras, a medida que un rumor es dispersado su contenido refleja cada vez más las expectativas y creencias de quienes lo hacen circular.

Sin embargo, no necesariamente todo acerca de los rumores es malas noticias. Frente a la incertidumbre extrema los rumores pueden ser instrumentales en el alivio de la ansiedad e incluso la oportunidad para desplegar el talento para contar historias. Como representación colectiva de los miedos y ansiedades de un grupo social los rumores son una suerte de barómetro social que representa un complejo ejercicio de resolución de problemas; una torpe reconstrucción de la realidad que a medida que se enriquece se aproxima más a la verdad.

Sea cual sea nuestra postura sobre los rumores, y aunque sean difíciles de prevenir y de controlar, no deberíamos ignorarlos. Si son falsos debemos refutarlos, y si son verdaderos debemos confirmarlos con rapidez. Estos relatos brotan de la incertidumbre y por eso es con información confiable que debemos asfixiar la especulación. Si, por el contrario, lo que dicen es cierto debemos enriquecer su contexto y llenar sus espacios en blanco.

Nada podremos hacer en contra de los rumores hasta que no entendamos que suelen ser mucho más entretenidos e interesantes que la verdad. La clave parece esconderse en hacer que la realidad supere a la ficción.

Aquella trágica noche a bordo del Titanic era posible intuir que no todos podían salvarse. Hay un buen motivo por el cual se repite que “mujeres y niños primero”. Si el barco se hundía y no había lugar para todos, no era mucho más probable salvarse en el medio de una multitud de hombres desesperados. Lo que a Lawrence le salvó la vida en la gélida penumbra de la cubierta no fue otra cosa que pensar por su propia cuenta.

Energia — Night Power” by Victor Rocha, Emmanuel Brandão & Allan Victor Castro Vieira (CC BY-NC-ND 4.0)

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 15 de septiembre de 2019. 
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