“No es difícil dominar el arte de perder”, escribía Elizabeth Bishop hace unos 50 años. Tantas cosas parecen existir para escapar de nuestras manos que su pérdida no debería suponer ningún desastre.
Pero cuando algo se rompe pareciera ser distinto. De repente, algo que era ya no es, y en su lugar solo queda un resto, un fantasma, un recuerdo de lo que fue. Y por más nimio que aquel objeto sea, nos duele. Es nuestra facilidad para encariñarnos con cosas quizá una de las características que más nos hace humanos.
Visitamos lugares remotos y guardamos un objeto que nos devuelva a un ahora anterior; compramos, regalamos, coleccionamos y atesoramos trastos y cachivaches; ponemos la injusta expectativa de nuestra felicidad futura en aquellas cosas que aún no tenemos y dedicamos gran parte de nuestros días para obtenerlas. Somos materialistas. Y eso está bien.
Tanto nos gustan las cosas y tan fácil parece haberse vuelto tenerlas, que por primera vez en la historia corremos el riesgo de morir asfixiados por ellas. Y por más simpática que pueda ser la metáfora, en este caso cabe algo de literalidad. Nos entusiasmamos un poco más de la cuenta con tener tantas cosas, usar tantas cosas, tirar tantas cosas.
Nos encanta sacarlas de sus cajas y ponerlas sobre estantes para cada tanto mirarlas. Alcanza con apenas un instante de posar nuestros ojos — y nuestra mente — en ellas para que sin que lo sepan empiecen a proyectar en la parte de atrás de nuestros cráneos sus historias. Cómo llegaron ahí, cómo llegamos ahí.
Como una mirada desde el otro lado de un ruidoso café, a veces hay cosas que nos encantan. A veces son brillosas, a veces opacas, poco importa. Alcanza con su canto, propio de las sirenas, para que nos fijemos en hacerlas nuestras. Algunas cosas las queremos por lo que son, porque nos imaginamos más felices con ellas. Otras las queremos porque nos imaginamos más felices agraciados por miradas ajenas en posesión de tan preciado objeto.
Mi pantalón favorito está lleno de agujeros. Ya dos veces lo enmendé con cuidado y, cada vez que lo uso, siento inmediatamente un placer como ningún otro. Nos llevamos muy bien.
En Japón, durante el período Edo, se hizo popular el concepto de boro (ぼろ), que se deriva de la onomatopeya japonesa boroboro (ぼろぼろ), algo reparado o enmendado. Este tipo de prendas eran las que usaban los campesinos, comerciantes y artesanos, que no podían costearse los kimonos de seda que vestía la aristocracia. Estas prendas enmendadas estaban hechas de materiales quizá menos nobles pero no por eso eran menos hermosas.
Su origen puede rastrearse, también, al concepto de mottainai (もったいない), algo así como “demasiado bueno como para tirarse”. En estos boro son las reparaciones, los parches, lo que distingue a cada prenda. Si bien al mejorar la economía japonesa su popularidad disminuyó, muchos años después resurgió como un fashion statement. De un momento a otro reparar vuelve a encontrar su lugar en nuestra cotidianidad, incluso si primero surge por un vanidoso intento por distinguirnos.
Es enfrentada a una pasiva cultura del sentarse y escuchar que podemos ubicar a la cultura del hacer. Hay algo profundamente insatisfactorio en el definirnos por lo que compramos. La escala es apenas lineal y lo único que marca quiénes somos es aquello que podemos comprar, y lo que alguien allá afuera no.
En cambio, la cultura del hacer reniega del futuro sombrío que muy probablemente nos espera con la convicción de que no solo es posible cambiar el mundo, sino que las herramientas para hacerlo están a nuestra disposición. Es la hercúlea tarea de devolver algo de dignidad a las personas lo que la cultura del hacer se propone cargar al hombro.
Hay algo en el lograr transformar el espacio que habitamos, la ropa que vestimos, las herramientas que usamos, los objetos que regalamos, que pareciera tener un lugar muy especial en el catálogo de emociones humanas. Incluso si solo de hacernos la cena se trata, alterar al mundo a nuestro alrededor tiene ese cierto nosequé que tan fácil olvidamos.
Y aquello que tanto dolió cuando dejó de funcionar gracias a un par de manos inquietas puede volver a la vida, aquella estantería que pensamos en comprar de repente solo requería de un fin de semana, y nada era tan difícil, o tedioso, como nos habíamos acostumbrado a pensar.
Pero a diferencia de lo que pasaba cuando las personas en sus talleres, galpones o garajes hacían sus cosas, ahora es tan fácil compartirlo que parece una picardía no hacerlo: de un momento a otro, estamos haciendo algo nosotros mismos, pero con otros.
Es a partir de este compartir — el conocimiento, las herramientas, el espacio, el tiempo — que se da la reapropiación de la tecnología, que no es nada más que el reconocimiento de que las cosas no están hechas con inocencia sino que su diseño propone un uso. Y que este se puede desafiar.
No solemos pensar demasiado en la distinción entre personas y cosas. Casi que es una marca de nuestra madurez cognitiva el lograr incorporarla. Pero ante la pregunta de dónde termino yo y dónde comienza el mundo la línea no es tan fácil de trazar.
Si vivimos a nuestras casas como meras extensiones de nuestra identidad, que reflejan con cierta fidelidad quienes fuimos, quienes somos y quiénes queremos ser, ¿qué pasa con el planeta que habitamos?
Todos los días generamos dos mil millones de toneladas de residuos y el 99% de las cosas que compramos no duran más de 6 meses. Casi mil millones de teléfonos y 300 millones de computadoras se producen cada año, y de ellos el 60% termina en relleno sanitario. A medida que los ingresos aumentan y los precios bajan los residuos electrónicos aumentan anualmente en un 8%. Este es nuestro legado tóxico.
Reparar, como dice la inventora Jane Ní Dhulchaointigh, quizá sea ese pequeño gesto que podemos realizar para aliviar todo este lío. No solo porque nos pone de frente a la chatarra que generamos incesantemente, sino porque también puede inspirar otra relación con nuestra más íntima realidad, y con las personas que nos rodean.
Solemos vivir al mantenimiento y la reparación de las cosas que usamos como una derrota. Que ya nada dura como antes, que por qué nos ahorramos ese poquito que ahora nos sale caro, que dónde demonios dejé el destornillador que ahora necesito.
Es curioso que el mantenimiento y la reparación tengan tan mala prensa cuando por lo general reparar suele requerir de más ingenio que el hacer. No solo eso, sino que es muy difícil de medir: el PBI (Producto Bruto Interno) no es neto porque deja afuera el costo de uso y desgaste. Para poder calcularlo, los economistas estiman la vida útil de los bienes de un país y estipulan su deterioro. Pero poco o nada sabemos respecto de cuánto se gasta en mantenimiento.
Como escribe el historiador David Edgerton en The Shock of the Old (2011), mientras que solemos alentar para que las personas se enorgullezcan de ser innovadoras y emprendedoras, relegamos la noble — y quizá más importante — tarea de la reparación.
Pero reparar suele ser más tedioso en la teoría que en la práctica. Cuando notamos que algo puede repararse, y que podemos repararlo, abrazamos el desafío de desarmar, mirar qué hay adentro, tocar por acá y por allá y hacer que vuelva a funcionar.
Y aunque nos hayamos acostumbrado a la libertad que nos da nuestra billetera, reparar o deshacernos de algo también es una elección. Sin ir más lejos, el celular que menos daño le hace al medio ambiente es el que ya tenemos.
Es cierto, también, que reparar no siempre es tan sencillo como poner un poco de pegamento. Pero si el repuesto no existe, podemos hacerlo. Y si hay algo que nutre nuestra curiosidad es reparar los objetos que aprendimos a querer. Solo nos queda pensar en esto como un buen plan para el fin de semana. Ningún acto de reparación es demasiado chiquito o irrelevante como para no contar.
También hay algo de subversivo, de creativo, en resolver problemas cotidianos. Y es justamente ese tipo de mentalidad, que nos fuerza a prestar atención y a realizarnos como personas, la que necesitamos para intentar reparar el mundo.
La guerra contra los residuos es cada vez más intensa. Grupos de personas como el Club de Reparadores son cada vez son más populares y, en internet, hay cada vez más tutoriales que muestran cómo repararlo todo.
Tomar algo roto y repararlo es reconocer su historia. Y mostrar cómo fue reparado es hacer visible que nada es para siempre. Y eso también es una lección en sí mismo.
En otras palabras, la cultura del hacer no solo es una de creación, sino también una de reparación.
Pero mientras que el hacer es el arte de la eficiencia y la innovación — en tanto nos volvemos mejores haciendo cosas — la reparación es el arte de la empatía: nos volvemos mejores entendiendo cómo funcionan las cosas y de este modo cómo funcionamos nosotros, y todo el mundo a nuestro alrededor.
En una cultura de lo descartable reparar es rebelarse.

Cómo funcionan las cosas es un proyecto sostenido por las personas que leen. Si querés sumarte a que el proyecto crezca, y recibir contenidos exclusivos, podés hacerlo por acá.

Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 18 de agosto de 2019.
Si querés recibir «Cómo funcionan las cosas» todos los domingos, podés suscribirte acá. Además, podés encontrarme en Instagram, Facebook o Twitter.

