En el planeta del principito, no mucho más grande que una casa, había tres volcanes, uno de ellos extinguido. Como parte de su rutina, el principito solía deshollinarlos. “Nunca se sabe lo que puede ocurrir”, decía. “Si los volcanes están bien deshollinados, sus erupciones arden lenta y constantemente. Las erupciones volcánicas, en cambio, son como el fuego en una chimenea”.
En el siglo XIX, cuando los barcos se acercaban a las Indias Orientales, donde hoy se extiende Indonesia, navegaban a través del estrecho de la Sonda que separa a Sumatra de Java. Entre ellas se erguía la pequeña isla de Krakatoa, uno de los primeros paisajes que los marineros, agotados luego de miles de kilómetros a través del Océano Índico, finalmente disfrutaban.
La isla rebosaba de vida tropical y — como un faro verde entre la inmensidad del océano — uno de sus tres picos, Rakata, se distinguía. Con casi 800 metros, Rakata empequeñecía a las otras dos montañas. Aunque Krakatoa era una isla volcánica bien conocida, para aquel entonces se la consideraba extinguida.
En nuestra Tierra, escribía Antoine de Saint-Exupéry, no hay posibilidad de deshollinar volcanes: “Somos demasiado pequeños. Por eso nos dan tantos disgustos”. En mayo de 1883 se hizo insoportablemente evidente que este era el caso cuando Krakatoa, una mañana cualquiera, comenzó a expedir humo que se alzó por encima de la pequeña isla más de 10 kilómetros en el cielo. En pocas horas la noche había devorado a la isla y gran parte del estrecho.
Lejos, muy lejos, las explosiones se escucharon durante meses. Pero cuando agosto llegó, el susto había pasado y la pequeña isla no hacía a las preocupaciones cotidianas de los habitantes cercanos a su otrora verde paisaje. Durante la mañana del 26 de agosto el suelo entre las dos pequeñas montañas cedió y la isla entró en actividad cataclísmica.
A la furia con la que un volcán decide despertarse se la evalúa según el Índice de Explosividad Volcánica, que del 0 al 8 recorre desde un mero flujo constante de lava hasta erupciones que no se quedan cortas de ser descritas como apocalípticas, de las que no tenemos registro desde hace decenas de miles de años.
La violencia de Krakatoa esa mañana calza justo en la definición de pliniana, en el medio de la tabla, caracterizada por la expulsión de gran cantidad de piedra pómez y gases calientes. El nombre es alusivo a Plinio el Joven, que en una carta de hace dos mil años cuenta con gran detalle la legendaria explosión del monte Vesubio, aquella que sepultó a Pompeya y la congeló en el tiempo. Plinio el Viejo, su tío, ante la pluma de humo en el cielo, había salido cruzando la bahía de Nápoles en rescate de sus amistades, pero no pudo volver.
“En la oscuridad se podía escuchar el llanto de las mujeres, los gemidos de los niños, los gritos de los hombres”, escribió Plinio. “Algunos rezaban, otros rogaban morir, pero aún más imaginaban que ya no quedaban dioses y que el Universo mismo se había hundido en las tinieblas”. Plinio era el tipo de personas que hoy los volcanólogos más admiran: alguien dispuesto a registrar con precisión los detalles de una erupción, incluso cuando el terror por lo que veía era inmovilizante.
La erupción de un volcán es un evento relativamente corto, con consecuencias terriblemente duraderas para la humanidad: los suelos volcánicos son de los más fértiles del planeta, gran parte de nuestros recursos minerales tienen origen volcánico e incluso el agua que sostiene a la vida en la Tierra muy probablemente tuvo origen en los primitivos volcanes que decoraban la desértica superficie terrestre hace miles de millones de años.
Entre las reglas de conducta para la vida de un artista que Marina Abramović lista en su autobiografía Walk Through Walls (2016), se incluye la sugerencia de “pasar largos períodos de tiempo en volcanes en erupción”. Haciendo a un lado la metáfora, cuando un volcán entra en erupción lo más sensato es prestarle toda nuestra atención.
Algunas erupciones cambiaron sociedades, otras fueron seguidas de hambrunas y enfermedades. Otras, difíciles de rastrear, dieron origen a algunas de las creencias y prácticas religiosas que llegan hasta nuestros días. La mayoría ha sido inmortalizada en pinturas, poemas, relatos, arquitectura, y nuestros más básicos temores. El color de fondo en El grito de Edvard Munch no es más que lo que el artista vio cuando a fines de 1883 salió a dar un paseo por la actual ciudad de Oslo.
El vulcanismo es la manifestación de que nuestro planeta está vivo. Como sugieren los autores de Volcanoes in Human History (2002) podemos pensar en la erupción de un volcán como si fuera el tocar con fuerza la cuerda de una guitarra que representa el tiempo. La cuerda se extiende larga y, al entrar en erupción el volcán, mucha energía se libera haciéndola vibrar con mucha amplitud pero en vibraciones breves. A medida que el tiempo pasa, sin embargo, los efectos se hacen menos intensos pero mucho más duraderos.
En los años siguientes a la erupción el clima cambia, las cosechas se pierden, las poblaciones se enferman y se desintegran, pero luego de algunas décadas la naturaleza revive con incluso mayor vigor y las economías se reactivan. Los efectos culturales de una erupción se sienten por siglos. Es por esto que estudiar a los volcanes no es algo que le compete a una sola disciplina: geología, sismología, vulcanología se alistan, pero también historia, economía, sociología, psicología, arqueología, filosofía, son necesarias. Los volcanes aúnan la tercera cultura.
“Tal vez no sea la capacidad destructiva del volcán lo que más atrae, (…) sino su desafío a la ley de la gravedad”, especulaba Susan Sontag en The Volcano Lover (1992). “Lo que emociona es que la montaña se lanza a sí misma hacia arriba, aunque deba, como el bailarín, volver a tierra; incluso si no se limita a descender, sino que cae, cae sobre nosotros. Pero primero sube, vuela. Mientras que todo el resto tira, arrastra hacia abajo”.
En 1783 entraron en erupción 130 cráteres esparcidos a lo largo de una fisura de 25 kilómetros en Laki, al sur de Islandia. La expulsión constante de aerosoles sulfúricos durante ocho meses puso en marcha uno de los sucesos ambientales y sociales más importantes del milenio pasado, que eventualmente desencadenó la Revolución Francesa.
Algunos años más tarde, en 1815, al sur de la actual Indonesia, explotó el volcán Tambora en la erupción más grande registrada fehacientemente. En el acto murieron unas 70 mil personas. Alrededor del mundo se perdieron cosechas y las inclemencias del tiempo que trajo la erupción provocaron hambruna y disturbios. Aquel “año sin verano” fue el que forzó a Mary Shelley a pasar tiempo adentro y eventualmente escribir Frankenstein. A través de sus consecuencias, la vibración de Tambora aún hoy sigue resonando.
Cuando en 1883 explotó la pequeña isla de Krakatoa dio lugar a la primera catástrofe global: conectados miles de kilómetros de cable submarinos, los telégrafos se apresuraron a contar lo que sucedía justo antes de que los temblores cortaran las comunicaciones. La explosión no solo provocó el sonido más fuerte alguna vez registrado — escuchable en un 10% de la superficie terrestre — sino que fue la primera noticia que literalmente dio la vuelta al mundo.
Olvidamos con preocupante facilidad lo frágil de nuestras vidas. Cuando en 2010 entró en erupción el volcán Eyjafjallajökull en Islandia el mundo se detuvo. “El hecho de que una nube de un incidente volcánico menor detuviera el tráfico aéreo de un continente”, comentaba Slavoj Žižek, “no hace más que recordarnos que, con todo el poder transformador de la humanidad, no somos más que otra especie en el planeta Tierra”.
Hace no tantos años la casa donde crecí quedó cubierta por camiones y camiones de ceniza. Un volcán, no tan lejos del bosque en el que pasé mi infancia, había entrado en erupción y mis padres lo descubrieron cuando el día se hizo de noche y las descripciones del infierno, con azufre y todo, cobraron un sentido mucho más crudo. En su novela Air Carnation (2014), mi hermana lo describe como “una nube tan oscura como el odio que había cubierto completamente el sol”.
Los volcanes, con su peculiar forma de hacer vibrar la historia, hacen de recordatorio de quizá la mayor lección que podemos llevarnos en nuestro paso por este planeta. En palabras de Žižek, “nuestra creciente libertad y control sobre la naturaleza dependen de una serie de parámetros naturales estables que solemos dar por sentados”. Estos incluyen la temperatura promedio, la composición del aire, la disponibilidad de agua, entre otros.
La naturaleza es intrínsecamente caótica. No le importan nuestras mundanas disputas ni el menor detalle de lo que hacemos en el planeta. Es propensa a los más salvajes desastres y nada de lo que sucede sobre la superficie del planeta tiene, para ella, sentido alguno. Estamos a merced del mundo que habitamos, y eso no es necesariamente malo.
Los volcanes nos enfrentan de lleno a las limitaciones de nuestra libertad que nos imponen los desastres naturales, que en parte son el paradójico resultado del incremento de nuestro poder sobre el planeta, que ha inaugurado lo que a veces se llama Antropoceno.
Si una parte fundamental de la vida es el enfrentamiento con nuestra propia finitud, el sacudón de un volcán, sin importar si lo vemos de cerca o si sus consecuencias nos llegan desde lejos, es un recordatorio de que las cosas pueden cambiar de un momento a otro y sin avisar.
Quizá lo que nos atrae de los volcanes no sea más que la forma en que nos permiten ser la única especie que en vez de correr de ellos busca acercarse.

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 16 de junio de 2019.
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