Cómo funcionan los fósiles

Hace muchísimo tiempo, más del que logramos imaginar, sobre la Tierra caminaban criaturas inmensas. Hace no tanto, hubo una época en la que día tras día un nuevo monstruo — con afiladas garras, amenazantes colmillos y abundantes toneladas — emergía de su jurásica tumba hacia la luz del día, deshaciendo a mordiscones la versión bíblica de la historia universal.

Estas criaturas superaban incluso las más descabelladas leyendas y empujaban el alcance de la imaginación. Con alas gigantescas, cuellos largos como un vagón de tren y enormes cavidades donde alguna vez hubo ojos, estos fósiles marcaron indeleblemente la forma de pensar en cómo llegamos al presente.

Todo el mundo sabía que la Tierra no tenía más de 6 mil años y había sido creada en los seis días más agotadores de la historia del Universo. Todo lo que existía siempre había existido y no había mucha vuelta que darle. Por aquel entonces nadie conocía a los dinosaurios.

Mary Anning era una jovencita infinitamente curiosa que con loable dedicación a diario se aventuraba en búsqueda de algún tesoro desperdigado en la falda de los acantilados al sur de Inglaterra. Muchas veces lo hacía para su propio deleite pero sobre todo para poder vendérselo a algún turista y así llevar algo de dinero a su casa. En su breve pero notable vida hizo varios importantes descubrimientos de fósiles, el primero con apenas 12 años.

Mary nunca debería haberse convertido en la famosa cazadora de fósiles, paleontóloga y geóloga que resultó ser. No solo por su extrema pobreza, sino también por haber nacido mujer en un ignoto pueblo costero, con apenas una educación básica en el seno de una familia que profesaba la religión equivocada ante los ojos de la Iglesia Anglicana.

Pero como señala Shelley Emling en The Fossil Hunter (2009), Mary tuvo la ventaja de haber nacido en el lugar correcto en el momento correcto en un diminuto pueblito llamado Lyme Regis. Nadie lo sabía, pero al interior de aquellos modestos acantilados sobre la costa de una de las regiones más geológicamente inestables del mundo se guardaban los restos de una miríada de antiguos reptiles que alguna vez rugieron y gruñeron y durmieron siestas.

She sells seashells by the seashore,
The shells she sells are seashells, I’m sure.
So if she sells seashells on the seashore,
Then I’m sure she sells seashore shells.
 — Terry Sullivan (1908)

Algunos años antes, una soleada tarde de septiembre de 1793, los recién casados Richard Anning y Mary Moore empacaron las dos o tres cosas que tenían y emprendieron viaje a la pequeña ciudad costera de Lyme Regis, en Dorset, al suroeste de Inglaterra. Él era un carpintero carismático con un inusual afán por la aventura. Ella, a quien todos llamaban Molly, era algo más bien cínica y seria.

Luego de dos días subiendo y bajando de cuanto carruaje estuviera dispuesto a llevarlos, al final de un camino y en la cima de una colina vieron el pequeño puñado de casitas que adornaban el austero puerto. Afectado por una ligera sobrepoblación, por las calles del pueblo se cruzaban ratas y cerdos, y ante el peligro de tomar agua contaminada lo más sensato era optar por cerveza.

Donde cualquiera hubiera visto un pueblo empobrecido, Richard veía oportunidades. Hasta hace no mucho aquel puerto había sido de los más importantes de Inglaterra, pero sus aguas poco profundas eran inadecuadas para los barcos cada vez más imponentes, que optaban en cambio por atracar en Liverpool. El colapso económico era cantado.

Sin embargo, un paradójico suceso evitó el desastre: en los albores de la Revolución Industrial el aire puro del océano y la cristalina agua de sus costas se habían vuelto bienes preciados. Los Annings habían llegado justo antes de que Lyme Regis volviera a figurar en el mapa como un “pueblo spa”, con calles limpias y fachadas recién pintadas.

En uno de sus viajes de esparcimiento, Jane Austen visitó la “perla de Dorset” y quedó fascinada con sus acantilados, aunque no tanto con un tal Richard Anning. Aparentemente Austen le había pedido que reparara la tapa de una caja y este cotizó el trabajo en cinco chelines. Espantada, en una carta a una amiga Austen le comentó que eso salían todos los muebles del cuarto juntos.

A Richard probablemente no le importó mucho perder esa changa: la carpintería había pasado a ser una distracción de su más reciente afición: el arte de buscar “curiosidades” en la playa para vendérselas a los turistas que vacacionaban a la vera del mar.

Ya desde el Siglo XVI a todo aquello que se obtuviera del suelo se lo llamaba fósil — del latín fossilis, ‘excavado’ — pero no fue hasta aquellos primeros años del Siglo XIX que los científicos empezaron a prestarles atención, justo coincidiendo con la llegada de los Annings.

Estos fósiles venían en todas las formas, colores y sabores: bivalvos, ammonites, belemnoideos y braquiópodos, pero también criaturas inmensas e imponentes que nunca nadie había visto antes. Estaban quienes pensaban que no se trataba de nada más que adornos dispersados por dios para nuestro deleite, o bien que se trataba de los restos de aquel monumental diluvio narrado en el Génesis. Después de todo, no era fácil explicar cómo un molusco fosilizado había llegado a la cima de una montaña.

Lyme Regis con su especial topografía, flanqueada al este y oeste por el mar, desplegaba acantilados que — regularmente y luego de alguna fuerte tormenta — se cortaban como una rebanada de pan. Sobre sus orillas se depositaban nuevas porciones de fósiles que había que cosechar antes de que el océano los engullera. Al interior de este hojaldre geológico, ahora conocido como Costa Jurásica, se conservaban los restos de unos 200 millones de años de la cadena alimenticia.

Los Annings vivían en una pequeña casa en la intersección de dos rutas donde si bien accidentes no faltaban, a Richard no parecían afectarle. Alto y barbudo, era más bien un afable rebelde. De familia de carpinteros, el oficio le quedaba chico para sus ambiciones aventureras, y Molly lo notaba. Aprovechando el tránsito de la puerta de casa, Richard montaba una mesa y allí ofrecía sus “curiosidades” a los turistas.

En 1799, a pocos años de instalarse, los Annings tuvieron a Mary. La nombraron en la memoria de su hermana mayor, fallecida en un horrible accidente hogareño. De los diez hijos que tuvieron solo Mary y Joseph, su hermano mayor, sobrevivieron: el resto falleció de enfermedades hoy fácilmente evitables con vacunas como sarampión o viruela.

La vida de Mary, también, casi queda marcada por la tragedia cuando con apenas un año una vecina se ofreció a cuidarla y así aliviar un poco a su madre. Estaban bajo la sombra de un árbol viendo un espectáculo cuando de repente el cielo se cerró sobre sus cabezas. Antes de que cualquiera pudiera reaccionar un rayo cayó sobre aquel olmo. Los cuerpos de la vecina y otros dos niños quedaron inmóviles sobre el suelo pero Mary, aún en sus brazos, sobrevivió.

Mary, Joseph y su padre solían abrigarse bien y salir a cazar fósiles. Para cuando tenía 5 o 6 años Mary ya era una experta. Richard le había enseñado cómo encontrarlos, cuidarlos y limpiarlos. Como cualquier otra mujer de su época, Mary había recibido casi nula educación, pero pudiendo leer y escribir aprendió geología y anatomía de forma autodidacta, diseccionando especímenes y comparando, si hacía falta. Cuando algún trabajo le interesaba mucho se dedicaba a copiarlo hasta el último detalle. Mirando una de sus ilustraciones copiadas a mano era difícil encontrar cuál era la original.

Richard falleció de tuberculosis cuando Mary tenía 11 años. Mientras ella y su hermano se encargaban de buscar fósiles, su madre se encargaba de venderlos. Unos meses más tarde Joseph encontró un cráneo muy extraño y Mary no descansó hasta encontrar el esqueleto completo. Esta bestia de 5 metros de largo, que parecía un monstruoso cocodrilo, eventualmente fue nombrada Ichthyosaurus. Mary había recuperado el primer ejemplar completo.

Georges Cuvier, padre de la paleontología, apenas algunos años antes había introducido su teoría de la extinción. Charles Darwin, ávido entusiasta de la geología y de los millones de años que ofrecía, en 1859 finalmente publicaría su On the Origin of the Species argumentando que la vida en el pasado sin duda alguna no había sido como en el presente: las especies podían extinguirse y la vida había existido en el planeta por mucho más tiempo que lo que la flaca imaginación de la época contemplaba. Las criaturas fosilizadas de Mary ayudaron a cimentar las teorías de ambos.

Ya más grande, y con una expansiva reputación, en 1823 Mary encontró el primer esqueleto completo de un Plesiosaurus. Tan extraña era la criatura que los rumores de que se trataba de un espécimen falso, una patética práctica frecuente en la época, se dispersaron. Incluso Cuvier disputó el hallazgo en una reunión especial de la Geological Society of London, honorable institución en la que no se permitieron mujeres hasta 1919.

Los científicos, que frecuentemente compraban los fósiles que Mary encontraba, limpiaba, preparaba e identificaba, tenían la odiosa costumbre de olvidar darle crédito en sus trabajos académicos, incluso cuando estos versaban sobre sus logros.

Las noticias sobre su último descubrimiento no tardaron en llegar a los ansiosos oídos de quienes seguían de cerca sus éxitos: en 1828 Mary había encontrado al primer Dimorphodon fuera de Alemania, luego conocido como pterodáctilo. A diferencia de sus hallazgos anteriores, este coloso tenía alas y una larguísima cola. Mary ya era una celebridad en su pequeño pueblito costero.

Pero no solo apatía y miseria habían recibido Molly, Joseph y Mary de parte de la comunidad científica. En su vida Mary supo hacerse íntima amiga de los geólogos William Buckland y Henry de la Beche, amigo de la infancia. Buckland era un profesor de Oxford que solía visitar Lyme Regis en sus vacaciones, cuando aprovechaba para salir a cazar fósiles con Mary. Fue a él a quien Mary mencionó que aquellas peculiares “piedras bezoar” de forma cónica se encontraban con frecuencia todavía alojadas en lo que alguna vez fue el estómago de alguna enorme bestia. Buckland dedujo que estas eran en realidad caca de dinosaurio fosilizada y los nombró “coprolitos”.

Motivado por esta apasionante posibilidad escatológica, Buckland se prestó a describir la cadena alimenticia del pasado distante. Fueron estas historias las que inspiraron a De la Beche a dibujar su Duria Antiquior, la primera representación pictórica de la vida prehistórica basada en evidencia fósil, que inauguró el género del paleoarte. Fue durante una mala racha económica que De la Beche le donó a Mary las ganancias de la venta de este dibujo, que todo le debía a sus hallazgos fósiles.

Mary nunca se casó pero amor nunca le faltó. De sus amistades logró sacar compañía y suficiente motivación intelectual como para mantener vivas sus ambiciones y, sobre todo, su curiosidad. Indispensable para su cultivado autodidactismo fue haberse cruzado de muy joven con Elizabeth Philpot, una londinense veinte años mayor que incansablemente la instigó a que leyera sobre geología para que pudiera entender mejor la ciencia detrás de los fósiles que coleccionaba. Junto con Buckland, Philpot era amiga de un Louis Agassiz que décadas más tarde, profundamente agradecido, nombraría a dos especies de peces fosilizados en honor a Mary.

En un mundo de repente confrontado con la ardua, si no imposible, tarea de encajar en el pintoresco relato bíblico la nueva evidencia científica, todos aquellos que lo afrontaron lo hicieron con aquellos fósiles que Mary cuidadosamente supo recuperar. Mary era muy consciente de esto y la frustración la consumía por dentro. Finalmente, en 1838 la British Association for the Advancement of Science le reconoció sus aportes a la ciencia y comenzó a darle una pensión.

Es por esto que lo único quizá más notable que su colección de fósiles es la forma en que Mary tuvo que verse sistemáticamente subestimada por las instituciones científicas de su época. Cuando en 1845 fue diagnosticada con cáncer de mama la Geological Society pagó su tratamiento, pero sin nunca realmente poder salir del todo de la pobreza, a pesar de sus extraordinarios descubrimientos científicos, Mary murió en 1847.

Quizá inmortalizada en aquel trabalenguas de la chica que “vende caracoles en la costanera” pero hasta hace no mucho en ninguno de los anales de la historia de la ciencia, cabe preguntarse qué hubiera pasado si la historia de la paleontología le hubiera dado su merecido crédito antes. De qué forma un montón de mujeres — cuya educación fue negada — o un montón de personas de escasos recursos, podría haber aspirado a una carrera científica. Brutal injusticia es privar a alguien de caminar con los dinosaurios entre los amplios pasillos de la imaginación.

Aquella muchachita de piel casi transparente y frágil salud que según la leyenda un día recobró su vivacidad con un rayo, en su persecución incansable de aventuras y hallazgos, que le marcó el camino a la nueva historia de cómo llegamos aquí, finalmente en 2010 fue reconocida por la Royal Society como una de las diez mujeres británicas que mayor influencia tuvo en el desarrollo de la ciencia.

En 1865, cerrando un artículo acerca de su vida en la revista literaria que editaba, Charles Dickens puso particular énfasis en todo lo que Mary durante su vida tuvo que enfrentar, especialmente el escepticismo del pueblo en el que nació. Con sincero aprecio, Dickens concluyó: “la hija del carpintero supo ganarse un nombre para sí misma, y en buena ley se lo ganó”.

Fondo tomado de “Stone Girl Bone Girl” de Laurence Anholt, ilustrado por Sheila Moxley © 1999

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