No todo puede calcularse, tuve que escuchar con algo de frustración cada vez que con algo de frustración tuvieron que explicármelo. Las emociones humanas, dice el cuentito, no están bien ordenadas, no son perfectamente distinguibles, ni tampoco algo que pueda ponerse fácilmente en papel. Son más bien algo que surfear.
Tristísimo sería el escenario si con eso nos quedáramos y abandonáramos el intento por entender cómo funciona la matemática detrás del mundo siquiera antes de empezar.
“Como las obras literarias, las ideas matemáticas nos ayudan a expandir nuestro círculo de empatía, liberándonos de la tiranía de un único y parroquial punto de vista”, escribió Daniel Tammet en Thinking in Numbers (2012). “Los números, considerados adecuadamente, nos hacen mejores personas”.
Seguramente no haya tema que se nos ocurra más alejado de la matemática que el amor, pero es precisamente a esta peculiar relación a lo que Hannah Fry dedica The Mathematics of Love (2015). La matemática, argumenta, es en última instancia el estudio de los patrones, que nos permiten “predecir fenómenos como el tiempo hasta el crecimiento de las ciudades, revelando desde las leyes del universo al comportamiento de las partículas subatómicas”. Que, pensándolo bien, tampoco son fenómenos particularmente ordenados o predecibles.
Desde la cantidad de parejas sexuales que tendremos en nuestra vida a la mejor forma de calcular a quién enviarle un mensaje en una app de citas. El amor, dice Fry, está lleno de patrones que “giran y se retuercen y se deforman y evolucionan tal y como lo hace el amor, y son todos patrones que la matemática puede describir”.
El objetivo final de Fry, empero, no es precisamente echar luz sobre la vida, el amor y todo lo que hay en el medio. En cambio, su aspiración última es incluso más ambiciosa: mostrar que hay belleza en la matemática. En sintonía, más de medio siglo antes, Bertrand Russell escribió quizá una de las más hermosas declaraciones de amor por la matemática:
“La matemática, observada correctamente, no solo posee verdad, sino suprema belleza — una belleza fría y austera, como aquella de las esculturas, que no apela a ninguno de los aspectos más débiles de nuestra naturaleza, que si bien carece de los magníficos atavíos de la pintura o de la música, es maravillosamente pura, capaz de una rígida perfección que solo el arte más grandioso puede alcanzar”.
— Bertrand Russell, A History of Western Philosophy (1945)
Es injusta la mala reputación que suele tener la matemática, incluso aunque no nos sorprenda. Fry nos recuerda que suele ser la materia que más frecuentemente se señala como fuente de displacer en la escuela con “temas poco inspiradores, ideas que no han cambiado en cientos de años y con respuestas ya escritas al final de los manuales”. Mucha gente ve a la matemática como una disciplina poco iluminadora que poco tiene para ofrecernos: sus leyes fundamentales fueron todas encontradas, que el último apague la luz, va el razonamiento.
Pero la matemática, como en otras palabras supo decir Galileo, es el lenguaje de la naturaleza. Es aquel factor indispensable a las demás ciencias y sobre las que estas se fundamentan. Es aquello que sopla vida a los algoritmos que tantas alegrías y dolores de cabeza nos dan. La matemática no es un fósil: está vivita y coleando y mucho tiene aún para regalarnos.
La estrategia de Fry es una técnica pedagógica clásica: para mostrar el valor o la relevancia de cierto tema, ejemplificamos con aquello que podemos imaginar más lejano hasta volverlo irresistible a una mente curiosa. Matemática y amor, a quién se le ocurre. El frío de los números, las funciones y el cálculo en la vereda de enfrente del caótico conocer a alguien, los encuentros y desencuentros, los besos, las lágrimas, todo eso.
Con un poquito de ganas podemos dar con la matemática que hay detrás de conocer al amor de la vida — o amores de la vida, si queremos realmente divertirnos con teoría de grafos — , al riesgo de acercarse a alguien en un bar, o incluso a la planificación de un casamiento.
Una habilidad fundamental para enfrentarnos de lleno con la realidad usando nada más que nuestro ingenio, perseverancia y método científico es la de estimar cantidades que jamás podremos verificar. De esto se desprende que el intento por dilucidar cuáles son nuestras chances de encontrar a esa persona especial no está tan lejos de aquel que permite estimar cuántas civilizaciones inteligentes existen en el espacio. O, al menos, eso es lo que un joven Peter Backus en algún momento pensó.
Los años 60 no solo estuvieron marcados por el Summer of Love, sino también por el despertar del sistemático interés por buscar vida inteligente en el espacio. Pero impenetrable como parece el desafío a primera vista, al astrónomo Frank Drake se le ocurrió una posibilidad: anotar todo aquello que debían tener en cuenta para predecir qué tan difícil iba a ser encontrar alienígenas capaces de transmitir ondas de radio al espacio.
Drake contempló desde el ritmo anual de formación de estrellas “adecuadas” en la galaxia, cuántas de ellas tienen planetas en su órbita y cuántos de ellos están a la distancia justa, en cuántos es probable que haya vida y en cuántos que esta sea inteligente, hasta en cuántos estos seres desarrollaron tecnología para comunicarse y durante cuánto tiempo serían capaces de transmitir su mensaje.
El resultado es algo así como el número de civilizaciones detectables en nuestra galaxia (unas 10 mil), suficientemente alentador como para inspirar el envío de un mixtape a las estrellas, cuyas canciones fueron elegidas por Drake junto a Carl Sagan y Ann Druyan, entre otras personas, con mucho amor.
Según Backus, entonces, estimar cuántas personas en mi facultad deberían estar dispuestas a darme un beso no tendría por qué ser mucho más complicado, sólo es cuestión de aplicar esta ecuación de Drake. Y eso es, precisamente, lo que hizo en su trabajo titulado Why I Don’t Have a Girlfriend (2010).
A este viejo truco se lo llama “estimación de Fermi”, un recurso aplicable a cuestiones que van desde la mecánica cuántica hasta el cálculo de cuántos afinadores de piano hay en Chicago, pero que también nos permite aproximar el número de personas de nuestra misma especie compatibles con nosotros que hay en este rinconcito particular de la galaxia. La clave está en partir un problema muy grande (encontrar a alguien piola para Netflix and chill) en otros cada vez más chicos, hasta poder estimar un número.
Siguiendo a Drake, Backus contempló cuántas mujeres vivían cerca suyo, cuántas eran de la edad correcta (24 a 34 años) y, de ellas, cuántas eran solteras, cuántas tenían un título universitario (sobre gustos…), cuántas eran atractivas, cuántas lo encontrarían a él atractivo, y qué tan probable sería que se llevaran bien dado todo lo anterior.
Su cálculo, partiendo de la ciudad de Londres, dio 26 posibles mujeres, número poco alentador considerando que hay algo así como cuatrocientas veces más civilizaciones inteligentes viviendo en otros planetas que potenciales candidatas para nuestro atormentado matemático.
Pero en lo que Backus, hoy felizmente casado, parece haber pifiado es en algunas de sus restricciones. En su libro, Fry señala que podría haber sido un poco más generoso en sus estimaciones de cuántas le gustarían, cuántas lo encontrarían atractivo a él, y con cuántas probablemente se llevaría bien. Esto hubiera elevado el número de candidatas a unas 832.
Cuando Drake propuso su ecuación no lo hizo apuntando a la precisión de la respuesta sino a la importancia de tener bien en claro qué debemos contemplar para poder resolver el problema. Es decir, no es más que una herramienta matemática para estimular nuestra curiosidad acerca de la vida en el espacio.
Y el aprendizaje que se desprende de la ecuación es el mismo: cuanto más cerramos nuestro mundo de posibilidades, mucho más improbable es encontrar aquello que estamos buscando. Claro que toda persona tiene esas cositas que busca en alguien más, pero debemos prestar atención a cuánto esto no limita nuestras chances de encontrar vida digna de amar en la galaxia. Después de todo, que las cosas pinten brillantes en el papel no significa que vayan a traducirse en todo lo que nos hace bien.
Las peculiares formas en que los humanos de la Tierra parecen relacionarse no son más que un ejemplo de los patrones que gobiernan muchos de los misterios del Universo. Esto es precisamente lo que Fry se propone explorar, quizá procurando lograr que de la matemática del amor podamos contagiarnos algo de amor por la matemática.

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 27 de enero de 2019.
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