Tan importantes son las cosas materiales que de este lado del mundo dividimos la historia según aquello de lo que fueron hechas. La edad de piedra, de bronce y de hierro deben su nombre no a grandes ideas sino más bien a las cosas que supimos conseguir.
Bastante difícil nos es negar que gran parte de nuestras vidas gira alrededor de aquellas cosas que recordamos, de las que hoy nos rodeamos y usamos, y de aquellas que deseamos. Tan central es lo material en nuestras vidas que es quizá la primera vez en la historia en que somos tan conscientes de lo que implica tener tantas cosas, usar tantas cosas, tirar tantas cosas.
Somos materialistas a más no poder y por eso siempre me resultó curioso que ‘materialista’, en distintos contextos y con distintos motivos, se usara como un agravio. ¿A quién no le gustan las cosas hermosas? ¿Quién no disfruta de vaciar cajas y llenar estantes? ¿Quién no sufrió cuando se rompió su taza favorita? ¿Quién no ama todo lo que son átomos configurados de distintas formas en el espacio?
Hace casi cuarenta años—cuando se estrenaba la primera de Indiana Jones y alguien decidía dispararle al Papa—Mihaly Csikszentmihalyi y Eugene Halton escribieron The Meaning of Things (1981) donde distinguieron dos sentidos de materialismo: aquel que implica procurar cosas por sí mismas y aquel que implica procurarlas para impresionar a otros.
Suele ser a este último sentido de materialismo al que le escapamos, pero eso no quita lo mucho que nos gusta rodearnos de cosas lindas. Estas nos acercan a quienes nos rodean, nos transportan a lugares que a veces ya no existen e incluso a tiempos inolvidables pero olvidados, como decía Borges en aquel hermoso poema.
Claro que en el apego a los objetos hay un continuo que va desde quienes descreen de la vida material hasta quienes son acumuladores compulsivos y viven en un incendio esperando suceder. Nuestra psicología está particularmente ligada a lo material, y esto se hace más bien notable en el caso de los niños y sus objetos más queridos.
Cuando Mayra era chica, luego de usar una cuchara y lavarla procuraba elegir una distinta la próxima vez. No fuera cosa que las otras cucharas se sintieran mal. Esto aparentemente se debe a que los niños establecen vínculos emocionales con objetos como juguetes o mantas que implican la atribución de una cierta esencia, imposible de replicar. Saben perfectamente que no están vivos, pero aún así les atribuyen emociones como si lo estuvieran.
Este apego a “objetos transicionales” se vincula con el estar separados de sus padres y es un fenómeno más bien Occidental: en lugares como Japón, donde es más frecuente que los niños duerman con los padres, sucede con mucha menos frecuencia. Esta forma de pensamiento mágico no es muy distinta de la que involucra coleccionar juguetes, vinilos, e incluso obras de arte.
Ya en plena adolescencia, cuando la autoestima está por el piso, aumenta la importancia que le damos a lo material en nuestras vidas: hacemos de las cosas que poseemos el soporte mismo de quienes somos. Y, a la inversa, cuanto mejor nos sentimos con nosotros mismos menos nos importa lo que tenemos (o lo que no).
“La ropa hace al hombre”, dijo alguna vez de forma algo trillada Mark Twain, apurándose a aclarar que “la gente desnuda tiene poca o ninguna influencia en la sociedad”. La observación es correcta: a través de las cosas que llevamos puestas damos señales al mundo de cómo queremos que nos vean, y casi todos los Estados tienen alguna ley acerca de cómo debemos vestirnos.
Cuando compartimos ropa no solo nutrimos una amistad sino que intercambiamos identidades. “Se vuelven almas gemelas”, supo poner en palabras la novelista Alison Lurie en The Language of Clothes (1981). Es en la sutileza de aquello en lo que nos parecemos y aquello en lo que nos diferenciamos que se construyen nuestras identidades, majestuosa y parcialmente solapadas con las de quienes nos rodean.
Muchas veces, también, pensar sobre las cosas es pensar “con” las cosas. Como supieron exponer los filósofos Andy Clark y David Chalmers, no queda claro dónde termina nuestra mente y dónde comienza el mundo a nuestro alrededor: a la base de la teoría de la mente extendida está la idea de que nuestras capacidades cognitivas no están limitadas a nuestros cráneos, ni siquiera a nuestros cuerpos, sino que se esparcen hacia lo que nos rodea.
Quizá, podríamos argumentar, esto no solo aplique a lo que pensamos, sino directamente a quienes somos. ¿Dónde termina quien soy y dónde comienza el mundo a mi alrededor? Nuestras casas, en este sentido, no son meras cosas que habitamos sino extensiones de nuestra identidad: reflejan quienes fuimos, somos y queremos ser. Con suma frecuencia, las víctimas de robos domésticos lamentan más la violación de su intimidad que la pérdida material.
Alcanza con preguntar qué salvaríamos de un incendio para caer en la cuenta de cuáles son los objetos que realmente nos importan. Esta es la premisa de The Burning House (2012), que colecciona las mejores fotos de las 5 mil que su autor recolectó en pocos años. En casi todos los casos no son los objetos más caros los que se busca salvar sino aquellos que son irremplazables.
“Parece un hecho ineludible de la vida moderna”, escribe Russell Belk, “que conocemos, definimos y recordamos quienes somos a partir de lo que poseemos”, al punto de que nuestro cerebro se ilumina igual cuando pensamos en nuestras cosas que cuando pensamos en quienes somos. Con un incendio lo que se pierde es parte de quienes somos.
Al #soltar sentimos que nos deshacemos de parte de nuestra personalidad o de nuestra biografía, y voluntariamente nos liberamos. Como dijo Tyler Durden, “recién cuando lo perdemos todo es que somos libres de hacer lo que queramos”. Aunque también podemos donar o regalar. No hace falta quemar nada. Dame el encendedor, Tyler.
A la raíz de mucho de lo que nos pasa con las cosas que amamos está nuestra tendencia a antropomorfizarlas. Las cucharas se ponen celosas, los juguetes se ponen tristes, la computadora está pensando, el auto no quiere arrancar. Es la forma en que percibimos que nuestro trato de los objetos refleja quienes somos lo que en última instancia nos preocupa.
Rara vez las cosas que queremos son solo cosas. Valoramos muchos de nuestros objetos por lo que simbolizan—una amistad, alguien que ya no está, un momento que queremos recordar, alguien de quien nos queremos vengar—y es por esto que también son símbolos de nuestras relaciones con el mundo. Y si bien podríamos creer que una vida despojada de lo material implica una vida más cercana a los demás, no parecería ser el caso. Tener objetos especiales suele ser indicio de relaciones especiales y, más que sustituirlas, las cosas con las que nos encariñamos suelen amplificarlas.
Pero también apreciamos especialmente aquellos objetos cuyo valor material es reemplazable, como discos duros, teléfonos celulares y computadoras. No dudaríamos en reemplazarlos por nuevos modelos, pero sufriríamos su pérdida por lo que significan: el registro de nuestras vidas digitales y la posibilidad de quedarnos afuera del mundo al que pertenecemos.
Curiosamente, nuestro frágil ego puede ser enmendado con solo reflexionar acerca de por qué es importante para nosotros aquello que poseemos. Es la incertidumbre respecto de quienes somos lo que hace recaer el peso de nuestra autoestima en lo que poseemos. Después de todo es más sencillo mirar lo que nos espera en un estante o en un garage que mirar lo que hay al interior de nuestra alma.
Pero mucho más hay en las cosas que en nuestras breves vidas acumulamos. Quizá en la silenciosa compañía de nuestros objetos, hechos de piedra, bronce, hierro o silicio y plástico, encontramos una cierta complicidad a veces difícil de conseguir. “Durarán más allá de nuestro olvido, no sabrán nunca que nos hemos ido”, se lamentaba Borges. No lo sabrán, tampoco, pero es en ellas que podremos seguir existiendo.

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 16 de diciembre de 2018.
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