Cómo funcionan los faros

Había una vez un pequeño faro colorado. Había sido construido en un brazo que se extendía de un lado de la tierra que quería tocar al otro. Con apenas 12 metros de altura, su noble misión era evitar que los desprevenidos navegantes, abrumados por la niebla, chocaran y se perdieran en el espesor de la noche. Su primer destello había brillado en 1880, cuando las luces todavía se apagaban soplándolas. Heroico y orgulloso se erigía enfrente de la costa de aquella que sería la ciudad que nunca duerme.

Hace poco más de cien años ser un faro en New York no era poca cosa. El río Hudson, que bordea a la ciudad conectando al Atlántico con los asentamientos río arriba, era indispensable para las ambiciones comerciales de los primeros colonos ingleses y holandeses. Pero cuantos más barcos, más accidentes, y de nada sirve navegar si los barcos se hunden a mitad de camino.

Es por esto que río arriba, en Jeffrey’s Hook, donde al norte de la actual Manhattan el cauce del Hudson se hacía más estrecho, se había emplazado un poste rojo para evitar accidentes. Pero este escuálido primo de nuestro pequeño faro colorado no era muy efectivo, así que en 1889 la Comisión de Faros optó por colgar de él dos linternas. No pasaría mucho tiempo hasta que la zona aledaña a él se convirtiera en un parque sobre la costa.

Río abajo, sin escatimar luz y sin pedir nada a cambio, nuestro pequeño faro colorado saludaba a los barcos incansablemente, como quien se entrega a su vocación por el mero placer de servir a otros. Pero si bien este Little Red Lighthouse estaba mucho mejor equipado que su primo río arriba, inundando cíclicamente con su luz la superficie del helado río, en 1917, y a pesar de aún contar con fuerzas para muchos años más, el pequeño faro colorado fue desmantelado.

Afortunadamente, sus aventuras todavía no terminarían y en 1921 la Comisión de Faros encargada de su humilde pariente en Jeffrey’s Hook — que desde hacía décadas venía pidiendo mejoras — logró que el pequeño faro colorado se erigiera nuevamente en el pequeño parque sobre el río, a metros de donde alguna vez se había alzado su pariente lejano. Pero el futuro no tardó en hacer estragos y con la apertura del monumental George Washington Bridge, que iluminaba el río por cuenta propia, los diez años gloriosos del renovado pequeño faro colorado llegaban a su fin. En 1931 el faro se había vuelto una vez más obsoleto.

Y como así dicen que debe ser el progreso, en 1948 la Guardia Costera apagó su luz y mandó a desarmar y vender como chatarra a nuestro pequeño héroe colorado. Lo que nadie esperaba, sin embargo, es que en sus pocos pero glamorosos años de servicio el pequeño faro colorado se había hecho de un número para nada despreciable de entusiastas y seguidores. Resulta que el adorable faro había sido protagonista del fabuloso The Little Red Lighthouse and the Great Gray Bridge, escrito por Hildegarde Swift e ilustrado por Lynd Ward que, publicado en 1942, le había garantizado un feroz grupo de simpatizantes que no esperó a hacer oír sus voces.

En aquel librito el pequeño faro está feliz de la vida hasta que le construyen un puente encima. Al final el faro aprende que todavía tiene un importante trabajo que hacer y que aún hay lugar para él en el mundo. La historia provocó tal reacción en adultos y niños que miles enviaron cartas y dinero para salvar a nuestro pequeño faro colorado. Después de todo, aquel solitario hito a la vera del río era su genuino guardián y una generación entera estaba dispuesta a luchar por él.

Poco menos de tres años después de haber amenazado con su desensamblaje, el amor por el pequeño faro colorado triunfó y la ciudad de New York se hizo cargo de él. Desde entonces el faro ha sido repintado varias veces, siempre de rojo, y aún hoy se alza, orgulloso y valiente, brillando sobre el río Hudson.

“The Little Red Lighthouse and the Great Gray Bridge” (1942) by Lynd Ward

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