Cómo funcionan las hamacas

Tal vez toda una vida pueda resumirse en nuestra relación con las hamacas.

Desde aquella primera vez en que nos subieron, porque jamás podríamos haber trepado hasta tan vertiginosas alturas, hasta que tuvimos que aprender a pedir que nos empujaran para llegar cada vez más alto, más alto. Y luego un día tuvimos nuestro primer momento epifánico en que descubrimos que la física estaba a nuestro servicio y que sin ayuda de nadie podíamos, también, llegar cada vez más alto, más alto y volar por cuenta propia.

Sobre la hamaca descubrimos qué tan lejos podemos llegar, qué tan alto podemos volar, incluso hasta dónde podemos saltar si nos animamos a soltarnos en el momento preciso en que la hamaca nos propulsa hasta donde nadie más supo llegar. Todo para olvidar, de un momento a otro, su existencia y aquella forma en que nos hace sentir.

En la hamaca podemos descubrir también que aunque nada suceda el tiempo sigue transcurriendo. Nos perdemos en nuestros pensamientos, gozamos del aparentemente inerte aburrimiento, y en el suave movimiento pendular descubrimos que nuestra propia mente es infinita hacia adentro, quizá luego de que nos mandaran un rato a la plaza cuando el mundo parecía haber agotado en sus ofertas de entretenimiento.

Quizá sobre una hamaca también conocimos a alguien que, a mitad de su propia aventura existencial en el ir y venir de aquel movimiento, se sumó a la experiencia de ser alguien más, algo más, un empujón a la vez. Es alrededor de un par de hamacas que un grupo de pequeñas personas descubre que frente a un recurso escaso es propicio negociar para que todas ellas puedan disfrutar. Ahora te toca a vos, pero solo si luego me toca a mí.

En cierto sentido la hamaca, o columpio, es un objeto perfecto. Tan fundamental puede resultarnos que nos cuesta reducirlo a la categoría de mero juguete. Una hamaca es una plataforma metafísica que desafía a través de cierto movimiento pendular cualquiera sea la ontología que adoptemos.

Nos parece ridícula la idea de reinventar la rueda, pero la naturaleza imperfeccionable de la hamaca también parece pertenecer a tan prestigiosa categoría. Su modo de uso no solo parece volverse evidente con solo sentarse sino que este tampoco se agota en sus posibilidades iniciales. Solo aquellas personas verdaderamente valientes se animan a pararse en vez de mantenerse sentadas para descubrir qué tan violento puede ser el movimiento pendular que ellas mismas logran manejar. Hamacarse no es más que hacer de la física un juego en el que nos podemos perder.

No podemos pensar en un patio, en una plaza, en un parque sin imaginarla con hamacas, un arenero y, quizá, algún tobogán. Las hamacas nos parecen tan obvias que nos cuesta imaginar que alguna vez no hayan existido.

Por supuesto, alguna idea podemos hacernos de su origen. Su historia, como nos detalla Javier Moscoso en Historia del columpio (2021), es la historia de una resignificación. Su origen mitológico fue descrito por primera vez en los Textos de las pirámides, un repertorio de conjuros, encantamientos y súplicas, grabados en los pasajes, antecámaras y cámaras sepulcrales en las pirámides del Imperio Antiguo egipcio entre el 2686 y 2181 a. e. c., que luego formaría parte del Libro de los muertos, en uso hasta la caída de Egipto en el año 60 a. e. c.

Allí se cuenta que el origen de la hamaca se remonta “al momento en que la diosa Isis se columpió en el pene de su esposo muerto, que también era su hermano, bajo la forma alada de un milano. (…) Lanzada al aire por la fuerza del amor — y (…) por el pene de Osiris, cuya eyaculación hizo crecer las aguas del río, fertilizando la tierra — , la diosa de los mil nombres alcanzó las regiones del alto y el bajo Nilo”.

Este novedoso artefacto luego cruzó el Mediterráneo y se incorporó a las religiones brahmánicas de la India, para luego adoptarse “por el sudeste asiático, así como por las tierras de las sociedades nilóticas, en lo que hoy es Sudán del Sur, Uganda, Kenia y el norte de Tanzania”.

Desde su origen, y lejos de la connotación infantil que hoy le atribuimos, la hamaca estuvo asociada al sexo y la muerte. “La primera persona que se columpió en el Mediterráneo fue una mujer”, cuenta Moscoso. Desolada por la muerte de su padre, la joven Erígone tendió una soga de un árbol y se quitó la vida.

Según cuenta Higino en el libro II de De Astronomica y en Fabulae, su padre, Icario, había aprendido el arte de hacer vino del dios Dioniso y fascinado por tan maravillosa sustancia, en su ingenua generosidad había invitado a unos pastores a beber con él. Pero espantados por el efecto en su cuerpo, que interpretaron como un envenenamiento, lo asesinaron y enterraron a los pies de un árbol. Destrozada, Erígone se quitó la vida. Dioniso, probablemente decepcionado, lanzó un maleficio sobre las mujeres vírgenes de Atenas que las empujaba a suicidarse. Para evitar tan triste epidemia, cuenta Higino, las atenienses «instituyeron la práctica de columpiarse con sogas a las que añadían algunas tablas de madera, de modo que pudieran balancearse con el viento». Notablemente, aunque las circunstancias y personajes cambien, hay varios relatos mitológicos griegos que tienen un desenlace similar al de Erígone, como también existen discrepancias acerca de cuál es el verdadero origen mitológico de la hamaca.

En cualquier caso, según estas interpretaciones mitológicas, la hamaca “fue, antes que nada, un objeto mágico, una máquina que permitía contrarrestar los efectos perniciosos de una maldición”. Esta forma de magia puede llamarse simpatética: forma parte de una práctica ritualizada capaz de conjurar un castigo por medio de un engaño. Por suerte nuestra primera experiencia con una hamaca probablemente haya tenido que ver apenas con la maldición de no tener nada que hacer un sábado por la tarde.

En la antigua Grecia hamacarse no era una cuestión de todos los días. Es decir, se trataba de una singular actividad altamente ritualizada que solo podía llevarse a cabo en momentos del año determinados y bajo ciertas condiciones especiales. Salvo por alguna excepción, también, hamacarse era una actividad exclusivamente femenina.

Mientras tanto, en China, el hamacarse originalmente se vinculaba con una actividad relacionada al entrenamiento militar, para adquirir ligereza y agilidad en el cuerpo, pero eventualmente derivó en su feminización y el confinamiento de la hamaca a momentos, condiciones y lugares específicos. “Hoy quizá nos puede parecer extraño que una actividad tan primaria estuviera tan fuertemente regulada”, escribe Moscoso. En China, allí donde podía instalarse y usarse una hamaca debía estar rodeado de un cerco que delimitara “un espacio parcialmente clausurado en el que se cultivan al mismo tiempo mujeres y flores, que, no por casualidad, comparten muchas veces el mismo nombre”.

En China, tanto como en la vecina Corea, la hamaca remitía siempre a una tensión entre los usos deportivo-militares, propios de los varones, con el juego con el que se distraían las mujeres durante ciertos festivales.

Mucho después, en Europa, las hamacas —que llegaban desde Asia central— fueron mayormente olvidadas y relegadas a los márgenes de los manuscritos medievales, donde se las asociaba con las acrobacias como una suerte de antecesor del trapecio. En América, los colonos adoptaron el libre balanceo de las mecedoras en un símbolo de patriotismo frente a la rigidez de la silla Windsor.

De sus excursiones a América, Colón había llevado a Europa las “hamacas” de los taínos nativos del Caribe, aunque estas ya existían en Europa. “Hamaka” o “amaca” significa “red para pescado” en la lengua taína. Aunque en gran parte del mundo hispanoparlante se le llama “columpio”, cuya etimología es prácticamente desconocida, en Argentina y Uruguay se le llama “hamaca” y de ella se distingue la “hamaca paraguaya”, que amerita su propia historia.

En cuanto a su rol protagónico en los parques y plazas, para ello primero tuvieron que inventarse los espacios urbanos de esparcimiento, a principios del siglo XIX, primero diseñados para adultos y un buen tiempo después habilitados para los niños, gracias a los movimientos por los derechos de las mujeres, a quienes les debemos la preocupación por el bienestar infantil y, en particular, por la importancia de los espacios de juego para su desarrollo.

Al interés por incorporar a la trama urbana espacios donde se pudiera jugar de manera segura, lejos de las calles cada vez más dominadas por aquellas máquinas asesinas con cuatro ruedas, se le sumó una creciente cantidad de residuos de la naciente industria automotriz, que no hizo más que popularizar el uso de restos de neumáticos para la construcción de asientos de hamacas de bajo costo. En contraste, hoy probablemente no haya mayor indicio de un Estado ausente que una plaza donde solo queda el marco del que alguna vez colgaron hamacas.

Cuando en algún verano volví a la casa en la que crecí y descubrí que ni el árbol ni la hamaca del que colgaban seguían en pie supe que mi infancia había quedado permanentemente presa en mi nostalgia, y su cura evaporada tras la ausencia de un lugar al que nunca podría volver.

La propia historia de la hamaca, al menos hasta donde es posible trazarla, señala Moscoso, sugiere que su propia deriva se dio a través de idas y venidas, alternando sus usos, esencialmente masculinos, ligados al juego, con sus usos, mayoritariamente femeninos, relacionados con el ritual.

Esto último no supone un detalle menor: en cuanto refugio emocional, la hamaca proporciona una liberación de las ataduras físicas, comunitarias y sociales, que permitió cuestionar, históricamente, el régimen de jerarquía y abrir una grieta en situaciones y coyunturas emocionalmente opresivas a las que fueron sometidas las mujeres sin importar tiempo o lugar, un fenómeno que “se apoya en el cuestionamiento de las formas más básicas de ordenación del mundo de las que dependen cosas tan elementales como el arriba y el abajo o el adentro y el afuera”.

La historia de la hamaca no es únicamente la de un artefacto sino la de una experiencia sensorial que constituye a nuestro sentido de la orientación y el equilibrio. Quizá sea por eso que podemos atribuirle cierta universalidad propia del deleite de la vivencia de nuestro cuerpo en el mecimiento, en el balanceo entre dos orientaciones opuestas, en el vértigo de subir para luego bajar, en el ir y venir, una y otra vez.

Es por eso que quizá la hamaca sea un invento inevitable, inseparable de la humanidad que hoy intentamos abrazar. Si la humanidad es una y la misma, inescindible de sus experiencias sensoriales, es quizá esto lo que ayuda a explicar cómo son las mismas experiencias las que buscamos para deleitarnos más allá del tiempo, las distancias o la cultura en la que nos inscribimos. Como coincidirían Nietzsche, Walter Benjamin o Merleau-Ponty, al salir a buscar dónde se esconde la magia la solución probablemente esté en el cuerpo, en la experiencia narrada del cuerpo, en la cultura como síntoma del cuerpo.

Nadie que se haya subido a una hamaca y se haya soltado a su capacidad de transformación puede negar que su propiedad fundamental es la de hacer posible la vivencia de libertad. Incluso si no lo conceptualizamos, es la opresión, en la forma que se nos ocurra, aquella que se disipa en el vaivén de nuestro cuerpo. A este “sentimiento de injusticia”, como lo llama Moscoso, se nos antepone la experiencia de libertad, frente a nuestras limitaciones físicas, sociales, culturales.

Quizá la hamaca nos brinde un acceso temprano a la magia de la transmutación. Al hamacarnos ya no nos limitamos a nuestra naturaleza humana sino que podemos ser piratas que se mecen sobre las olas, jinetes sobre caballos que persiguen un horizonte inalcanzable, o incluso domadores de dragones que sobre su lomo vuelan hacia su próxima aventura. Hamacarnos quizá también nos devuelva a una experiencia que por el curso propio de nuestro crecimiento no podremos nunca replicar: el dormirnos mecidos por un par de brazos que suponen el lugar más seguro de todo el mundo.

Es también el hamacarse lo que primitivamente nos acerca al resto de los seres vivos, que a su manera también buscan en el balanceo equilibrado una forma de descanso, de suspensión de la realidad. Desde los delfines del Mediterráneo que duermen mecidos por las olas, hasta los pajaritos a los que se les instala una pequeña hamaca para que tal vez solo por un momento olviden que su mundo se limita a unos pocos centímetros cúbicos en una jaula, o los primates que se balancean y parecen disfrutar de hacerlo. Como bostezar, balancearnos y así excitar el sistema vestibular parece conectarnos con el resto de animales.

Probablemente no haya mayor ejemplo, o uno más conocido, que el de un bebé que se duerme con el suave balanceo en una cuna o los brazos de alguien. Este tipo de movimiento, que permite acompasar el pulso cerebral y el latido cardiaco produce una forma de aletargamiento muy similar al desencadenado por la ingesta de sustancias narcóticas. Este incremento de las llamadas ondas alfa, aquellos pulsos cerebrales relacionados con el descanso y la meditación, explica por qué el movimiento nos duerme, e incluso por qué en muchos casos nos tranquiliza.

Durante el tiempo en que nos hamacamos el mundo deja de mostrarse conocido y se muestra como espacio infinito de posibilidades. Alcanza con levantar la mirada, o incluso con cerrar los ojos, para que el mundo se vuelva pura experiencia. Hamacarnos nos exige tan poco para darnos tanto que podemos arriesgar que el placer que podemos encontrar a bordo de un barco, un auto, un tren o un avión es quizá una manera sofisticada de remitirnos a una experiencia mucho más sencilla, mucho más barata y mucho más cercana.

Sobre la hamaca descubrimos que, aunque solo sea por un momento fugaz y luego haya que volver a casa a cenar, hay un mundo al que podemos volver y en el que sin más ataduras que las que supone la gravedad y un puñado de leyes difíciles de cuestionar, en el que la edad de nuestro cuerpo parece olvidársenos lo suficiente, podemos volar, podemos cabalgar, podemos navegar, podemos llegar cada vez más alto, más alto.

Sobre la hamaca también descubrimos que a veces el ritmo no es el que necesitamos, y lentamente dejamos que la física del universo en el que resultamos existir haga de las suyas hasta lograr una quietud propicia para dar por concluida la transgresión metafísica de la que un momento antes fuimos parte.

Sobre la hamaca no queda mucho más que hamacarse, pero cuánto que podemos ser con solo hamacarnos.

consciousness swing” by Berna Ocakoğlu (CC BY-NC-ND 4.0)

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