Querida persona que lee,
Espero que en la última semana hayas podido contrarrestar cuanto frío te haya sorprendido con cuanto rayito de sol hayas podido capturar. Espero tus plantas puedan decir lo mismo.
Por algún motivo estas últimas semanas me encontraron repasando una y otra vez quién soy, a qué me dedico y, esperablemente, de qué estoy hecho.
Casi todos los días, justo cuando por estas fechas el sol a cierta hora se pasea a la altura de mi vista por mi ventana, me sirvo un café, ensayo una sonrisa y tengo un par de conversaciones con personas con las que nunca antes había hablado. Desde hace algún tiempo se volvió mi momento favorito del día.
En estas conversaciones por videollamada que estuve teniendo con las personas del Club de la curiosidad a veces parecen tener muy en claro de qué quieren hablar conmigo. A veces incluso tienen miedo de no haber preparado algo y solo por un instante me preocupo de la idea que pudieran tener de mí. Pero antes de saltar a cualquier tipo de pensamiento ansioso, me adelanto a decir que nada de eso importa. Se trata de una conversación, tan mía como de la persona que mira desde mi pantalla, y no importa realmente mucho más.
A veces soy yo el que disimula algo de inseguridad. Y qué si decepciono, y todo eso. Se me pasa rápido apenas me pongo a pensar en algún chiste para ganarme una sonrisa y esa noche poder irme a dormir contento.
Y a veces me lamento de que el tiempo vuele cuando la estás pasando bien, y quizá insisto de más con que soy fácil de encontrar y con que podemos hablar cuando quieras, las veces que haga falta.
Pero todas y cada una de las veces me siento mil millones por el solo hecho de que alguien espere hablar conmigo quizá con tanto entusiasmo como yo.
Quizá porque es una historia que me hace muy bien, quizá porque cada oportunidad es un ensayo y un ejercicio de edición, pero no me canso cuando me preguntan acerca de cómo llegué hasta acá, del mismo modo en que no me canso de ofrecerme cuando alguien pide mi ayuda. Escribamos, yo te ayudo, hagamos un newsletter, yo te ayudo, ordenemos una bibliografía, repasemos nuestra organización, hagamos un poco de filosofía, discutamos una película, lleguemos a fin de año, o al menos intentémoslo.
Es en cada conversación que me descubro en la unicidad de las personas, y de cómo aunque algunas de nuestras palabras sean un eco de algo que alguna vez dijimos todo cambia cuando es alguien más quien escucha.
“Estamos hechos de información, y eso nos hace frágiles”. Me gusta recordarlo. Me gusta desplegar esa idea junto a aquella de que al explorar nuestra curiosidad crece el horizonte de quienes somos. Por supuesto que se siguen lógicamente, pero hay algo en aprovechar la poesía de un momento que las hace sonar con otra música.
No solo es una expresión que usé alguna otra vez en algún otro lugar, sino que recurrentemente vuelvo a ella para tratar de dar cuenta de cómo es que la persona que alguna vez fui se convirtió en la que hoy creo que soy.
Solemos pensar en las cosas —y en las personas— en virtud de sus orígenes. Tomamos una idea, cualquiera, la que sea, y nos preocupamos por quién la propuso, en qué momento, en qué lugar. Nos convence indagar en la historia de cada cosa para explicar su presente, ya no como perteneciente a una Historia con h mayúscula sino meramente a su propio recorrido. Quizá entender un poco más acerca de allá nos haga entender un poco más acerca de acá.
Quizá sea porque me ayuda a ordenarme en un orden que me excede, pero cuando trato de explicar por qué es que hago lo que hago encuentro relaciones algo evidentes y me deleito con todas aquellas que antes no había notado. Ubico en un tiempo que es uno y el mismo cada cosa que pasó tratando de identificar si es relevante o no.
Me gusta hacer notar que aquellos recorridos que hacia atrás parecen lineales, desde el pasado se veían sinuosos. Todo es obvio y nada lo es.
Probablemente porque tengo la agotadora costumbre de procrastinar haciendo algo que no es lo que debía hacer pero que muchas veces resulta al menos interesante a otras personas, mis historias se desparraman entre personas, lugares e ideas que con encomiable coherencia parecen servir a una trama última que aún no ha sido revelada. Como si cada uno de mis tropiezos fuera parte de un guión que actúo al menos con simpática mediocridad aún sin haber podido leerlo antes de que las cámaras comenzaran a rodar.
Seguramente sea por todo aquello que nos gusta del cine que incluso sin darnos cuenta miramos a nuestra vida como una película de la que no sabemos cuánto queda o cuál es un buen momento para ir al baño.
En estas conversaciones descubro que con preocupante soltura desestimo el valor de las historias antes de contarlas, como si pudiera anticipar lo que a otra persona le podría resonar. Cada historia que alguna vez dudé en contar luego volvió en la forma de alguien a quien algo de todo eso le llegó.
Tal vez sea por eso que me desespero por abrirme al mundo y darlo todo. No a todo el mundo, es cierto. Supongo que me refiero a este mundo, querida persona que lee, aquel que parece abrirse cada vez que toco el botón de enviar.
Hay algo en aquellos momentos en que no logro sentirme bien que me exaspera por enfocarme en el afuera porque en el adentro no se puede estar. Para quienes desde muy temprana edad el utilitarismo nos resulta una filosofía convincente, la mera posibilidad de convertir tiempo en alivio para alguien más hace bastante difícil de evitar la tentación.
No tengo problema en abrirme. Quizá sea por eso que a algunas personas no les molesta hacer lo mismo conmigo. No es que entienda cómo funciona tampoco, pero a veces a pesar de mi necedad la evidencia me golpea en el cráneo como un nido caído de un árbol y lo mejor es simplemente reconocerlo.
Cuánto provecho podríamos sacar, te había escrito hace cinco años, si las personas pudiéramos reconocer mejor lo que nos gusta y lo que no, lo que nos entusiasma y nos desvela, lo que nos duele y lo que nos regocija, y lo pudiéramos compartir.
En estas conversaciones, a pesar de su a veces frustrante brevedad, descubro que en mi a veces agotadora exhaustividad y mi peculiar afición por compartirte cómo creo que pude investigar acerca del funcionamiento de tal o cual cosa no hay más que un esfuerzo más por conectar.
Simplemente no se me había ocurrido hacerlo en tiempo real.
En este momento en el que mi frágil información me parece traicionar y un par de semanas antes de cumplir años me siento ajeno a la persona que trajo este cuerpo hasta acá, quizá por algún psicofármaco o la falta de algún otro, quizá por una suerte de cansancio, quizá por algún tipo de desastre, me impaciento por demostrarme lo que valgo, o que algo valgo.
Llevo quince horas acumuladas desde que me propuse escribir acerca de un tema y no encuentro horizonte, aunque me sobren ideas que te quiero contar. Y escribo estas palabras pensando en que en las conversaciones que tenga esta semana me voy a poder excusar.
Pero quedarme en silencio cuando lo que tengo para decir no es lo que hubiera querido decir creo que tampoco le hace ningún favor a nadie.
Estoy hecho de información, vos también, y eso nos hace frágiles. Tal vez por eso la oportunidad de contar una vez más, y cuantas veces haga falta, cómo llegamos hasta acá tenga este efecto balsámico. Quizá para coser haya que volver primero sobre los puntos que antes recorrió el hilo.
Claro está que lo que más disfruto de conversar no está en escuchar mi propia voz, una confesión que de haber sido la opuesta confirmaría todas las sospechas acerca de un sobredimensionado ego que espero no tener.
Leo mucho acerca de conversar. Quizá porque es probablemente la parte fundamental de nuestra naturaleza social, pero también porque no tengo claro que siempre se me haya dado muy bien. Por suerte hay algo de sabiduría popular en aquel consejo de preguntar por qué para mantener cualquier intercambio inagotablemente vivo, al menos hasta que nos agarre sueño o hambre.
Es cierto que te extendí la invitación de conversar conmigo, y lo hago otra vez, pero ninguna garantía podía tener de que siquiera una persona tuviera interés en contarme su propia historia para ver si del otro lado yo sonreía.
Pero yo cuando conversamos sonrío un montón. A veces luego de haber pasado dos horas tortuosas en las que ni lavar los platos, hacer la cama lo mejor que puedo, ordenar mi escritorio o bañarme lograban correrme de carril.
Porque conversar, no solamente monologar de a dos, hace algo muy especial.
No quiero decir que es un momento en el que dos personas nos volvemos reales porque eso ya lo dije para los abrazos y todavía me queda algo de combustible antes de tener que recurrir a repetirme, pero la idea es algo así.
Alguien me preguntó si en algún momento tenía pensado subir, no sé a dónde, estas conversaciones.
Pero cuando las personas conversamos no sé si ‘generar contenido’, como ahora le dicen, debería ser nuestra preocupación. Incluso si alguien lo graba, incluso si otras personas cuentan con eso, quizá lo más lindo de conversar sea estar ahí, en un momento que le pertenece en igual manera a ambas partes.
Ni siquiera se me había ocurrido, porque no soy muy bueno pensando en cómo hacer de mis aventuras intelectuales un mecanismo para satisfacer no sé qué requisitos. Solo pensaba en charlar un rato. Incluso si luego no recuerdo todo lo que dijimos, incluso si algunas de esas frases bien podría terminar plasmada en algún lado, incluso si todo eso pudiera servir para algo más.
Jactarme de cualquiera de estas observaciones sería innecesariamente petulante, pero lo escribo para ayudarme a confiar en mis atolondradas ideas. Pensar en que detrás de todo lo que hago debería haber una estrategia última, al servicio de aquel guión que nunca pude leer, me aburre un poco. También creo que le quita algo de magia a las derivas propias que tiene hacer lo que sea que se nos ocurra en mero servicio de la honestidad.
Siempre admiré a las personas que pueden iniciar una conversación en cualquier lado. Que de la fila del supermercado hacen un programa de entrevistas, o que saben cómo seguir respondiendo a los comentarios de alguien que al tercer ida y vuelta nos deja sin una sola idea para continuar.
Quizá por eso es que me alivia tanto cuando parte del trabajo más arduo se me perdona y una conversación comienza sobre un terreno firme en el que podemos construir un momento que nos es propio. No hay cansancio en la repetición porque es en la combinación que hacemos al compartir que se da aquello que vuelve única a una conversación.
Yo también caí un poco tarde a que nada de lo que hago es posible sin una conversación. Después de todo una carta dirigida a una querida persona que lee supone su existencia, si concedemos el descarado manoseo de ciertas ideas para concluir luego de cierto payasesco contorsionismo argumental un “leo luego existo”.
En otras palabras, si no supusiera tu existencia no sé si podría escribir, querida persona que lee.
Conversar también nos saca de adentro nuestro. ¡Hay un mundo, buenas noticias! Al menos nos rescata en aquellos momentos en donde nos replegamos hacia adentro como esas formas que les gustan a las personas que hacen matemática.
Gracias por ser parte de esta conversación,
Valentín

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Lo que leíste es el correo enviado el 22 de mayo de 2022.
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