“Ya no miro qué libros tienen en sus estantes”, le escuché decir a alguien, “ahora me fijo en sus plantas”.
Hubo un momento, hace no mucho tiempo, en el que repentinamente salir de casa se volvió peligroso. Nos preocupamos porque nunca nos pudiera faltar papel higiénico, comida en latas y algún que otro producto de limpieza. Pero lo que muchas personas descubrieron fue que lo que les faltaba era una planta.
Las plantas en nuestros estantes, naturalmente, ocupan espacio. Pero no es este vacío el que nuestro interés en cuidar una planta apunta a llenar. Quizá en la heladera solo queda un yogur por la mitad y una cebolla que ha visto mejores días, pero la presencia de plantas en mi departamento indica que al menos cuento con una mínima capacidad de cuidar de otro ser vivo.
Hace ya un tiempo que, junto al resto de mi generación, perdí toda ambición de alguna vez tener una casa propia. Ni hablar de vivir en una con jardín. El atractivo de mirar verde por la ventana, sin embargo, no me escapa. La promesa de un poco de verde en contraste con las blancas paredes de mi departamento, cuanto más tiempo me veo forzado a pasar adentro, alcanza para convencer a cualquiera.
Quizá como una trágica herencia de aquella nefasta idea de que los seres humanos son más importantes para Dios que cualquier otro tipo de vida, por lo que pertenecemos a una categoría de seres separada y superior, solemos concebirnos como distintos de la naturaleza. La admiramos, la visitamos, la dominamos e incluso la intentamos replicar con una filita de macetas en un estante, pero cuanto más lejos mejor.
Y sin embargo hay algo de la naturaleza de lo que no podemos escapar. La buscamos, paseamos, nos sentamos en el pasto, y cuando volvemos a casa hay algo de todo eso que quisiéramos quedarnos, ya no una imagen, sino una genuina forma de poseer su belleza y, en cierta medida, dominarla.
Como tantas otras veces, en los últimos años las ventas de plantas se dispararon. Pero esta vez es diferente. El enrevesado lenguaje científico propio de la botánica eventualmente dio lugar a uno cuya antropomorfización de las plantas se traduce directamente en la autopercepción del cuidado de plantas como si del de un animal — o un bebé — se tratara. Ya no nos encargamos de equilibrar el diseño de nuestros espacios sino que somos madres y padres de plantas, a las que damos nombres propios, les hablamos mientras regamos y revisamos, y las incluimos en el resumen de nuestro día.
A diferencia de Hegel, que marcaba una drástica jerarquía entre la belleza artística y la belleza de la naturaleza, para Kant la línea podía ser un poco más difusa e incluso concebía al paisajismo como una de las bellas artes, haciendo de las plantas vivas una parte propia del arte. En consonancia, vemos brotar por doquier salones de venta no muy distintos de aquellos en los que se venden objetos de diseño, que opacan a aquellos clásicos viveros atiborrados, y cuando llega una nueva especie se la presenta como si fuera la última moda. La mano que diseña, acaso, no es otra que la de la selección natural.
Si bien la práctica de cultivar plantas por placer estético parece haber surgido de forma independiente en al menos cuatro lugares muy separados —Mesopotamia, China, México y América del Sur— las plantas generalmente vivían afuera.
Es prácticamente imposible hallar un sitio arqueológico en el que no se hayan encontrado también restos de cerámica. Durante siglos, si no milenios, las macetas de terracota, rara vez decoradas, se vieron prácticamente igual. Esto las vuelve los objetos de cerámica menos estudiados, particularmente esquivos al momento de situarlos en el tiempo. La historia de las macetas es una mayormente incompleta.
Antes de que las usáramos para decorar nuestros espacios, las macetas se usaban para contener y transportar plantas. Los primeros fueron probablemente los egipcios, aunque también sabemos que China tiene la tradición más antigua de cultivar plantas más allá de su utilidad. No debemos olvidar, de todas formas, que la historia de las macetas no es la de los jardines.
Los griegos las usaban para el trasplante y luego las destruían, y los romanos las usaban para proteger plantas en épocas de frío. En la Antigua China las plantas daban cuenta de la riqueza de la casa, pero los límites entre las casas y los jardines no es uno fácil de estudiar. Es por esto que no mucho sabemos del cuidado de plantas dentro de los espacios habitables en la antigüedad.
La idea de cultivar plantas en casa recién se hizo popular en el siglo XVII, cuando los exploradores regresaban de sus viajes llevando a Europa sus macetas con especies previamente desconocidas. Naturalmente, estas plantas “exóticas” necesitaban de ambientes al menos parecidos a aquellos de los cuales habían sido arrancadas.
Como insospechadamente comenta un personaje en La revolución de las macetas (1966), la obra de teatro de Juan Pérez Carmona: “Los muchachos del barrio le llaman maceta a todos los que se van a laburar al extranjero”. Una definición que más adelante queda completa: “Las macetas (…) ¡se trasplantan de un lugar a otro y siguen creciendo como si nada!”
Probablemente la primera alusión al cuidado doméstico de plantas esté en Floraes Paradise (1608), donde el escritor e inventor Sir Hugh Plat incluye algunas indicaciones prácticas para evitar que nuestras pobres plantas se nos mueran. Como pasatiempo, de todos modos, se trataba de algo más bien exclusivo. Es improbable que cuando en su Candide, ou l’Optimisme (1759) Voltaire escribía “hay que cultivar nuestro jardín” estuviera pensando en el potus junto a la ventana.
Antes de la invención del fin de semana tras la Revolución Industrial, solo por dar un ejemplo, el límite entre el tiempo libre y el ocio era uno inimaginable. Dedicarse al cuidado de una planta solo con fines estéticos o por placer jamás podría haber cabido entre los pasatiempos de cualquiera que no perteneciera a una acomodada clase social.
Fue recién a medida que la industrialización y el crecimiento de las ciudades diferenciaron los espacios de trabajo de los espacios privados y, en consecuencia, dieron origen al concepto mismo de privacidad, que las personas empezaron a concebir a sus casas como refugios donde descansar. El abaratamiento de la construcción, que ahora incluía calefacción y amplias ventanas, y el acceso al ocio, además de una cada vez más marcada división sexual del trabajo, dieron lugar al cuidado de plantas como una más de las tareas domésticas.
El clima al interior de estas casas, de todos modos, no era perfecto. Los gases y el humo de la calefacción si no mataban a sus habitantes, a duras penas si eran aptos para las plantas. Es por esto que dos de las primeras plantas populares fueron las más resilientes: la kentia, un tipo de palmera australiana, y la aspidistra, una planta nativa del sudeste asiático. Esta última se volvió tal símbolo de la burguesía británica que en una de sus primeras novelas George Orwell le hace decir al protagonista: “No habrá revolución en Inglaterra mientras haya aspidistras en las ventanas”.
Después de todo, poder desplegar recortes de paisajes exóticos y desconocidos era una efectiva manera de demostrar poder adquisitivo, no muy distinto de lo que hoy hace esa persona que no para de subir fotos de su Monstera o la que esté de moda esa semana. Pero junto al fin estético muchas de las plantas en macetas cumplían fines prácticos: hierbas para cocinar, infaltables en las recetas, y todo tipo de plantas aromáticas para disfrazar el hedor típico de la época.
Poder cuidar de una planta, en pocas palabras, significaba no solo haber podido comprarla, sino también tener tiempo libre o a alguien que la cuide, un espacio apropiado para que creciera y la despreocupación de que un hijo se muriera antes de cumplir los cinco años. Frecuentemente, para impresionar a las visitas, las plantas se alquilaban en los viveros y se devolvían al día siguiente. Caretear no distingue época.
Al igual que ahora, de un momento a otro una planta se ponía de moda y quien podía pagarlo enviaba a sus cazadores en la búsqueda. Fue así como se logró extinguir a una buena cantidad de orquídeas y helechos, arrancados sin cuidado de la campiña. En parte la culpa la tuvieron también las primeras revistas dedicadas a la jardinería, que para fines de siglo XIX marcaban lo que no podía faltar en las macetas de casa.
Luego de la austeridad propia de la Segunda Guerra Mundial, y la renovada atención puesta en el diseño de los hogares, las plantas recuperaron su carácter renovador de espacios pequeños en las ciudades. Para entonces las plantas ya eran productos de consumo, con claras indicaciones de cuidado e incontables dispositivos y artefactos a disposición para su mantenimiento.
Lo que durante siglos pudo ser el lujo de cierta clase acomodada, en los últimos cien años se volvió un elemento más de decoración, precisamente aquel que inspira el dicho de que una casa no es tal si en ella no hay plantas, y un elemento central en la arquitectura, capaz de crear situaciones que desafían nuestras expectativas respecto de lo que significa el interior y el exterior de una casa.
En cierto modo, también, tener una planta revirtió su significado: probablemente indique que no contamos con amplios jardines, el tiempo para disfrutar de la naturaleza o incluso aburrirnos, aún si nada quita que en el fondo seamos, por así decir, amantes del planeta Tierra.
En The Meaning of Things (1981), los psicólogos Mihaly Csikszentmihalyi y Eugene Halton se propusieron hacer un interesantísimo estudio de la importancia que las personas atribuyen a sus posesiones materiales y las formas en que extraen significado de los lugares que habitan. En este sentido, las plantas de interior, no solo no tienen una larga historia sino que su posesión rara vez tuvo carga ideológica.
Esto probablemente fue cambiando en los años 70 con la renovada atención puesta en el cuidado del medio ambiente, marcada por un interés por enverdecer nuestro hábitat paredes adentro mientras del otro lado el mundo se marchitaba aceleradamente. Si tenía sentido salir a protestar por la contaminación era apenas razonable rodearse de naturaleza, incluso si fuera de un modo que poco valor tuviera para el planeta.
Pero aunque una planta sea un bienvenido detalle en la decoración hogareña, a diferencia de otros elementos de diseño estos tienden a morirse con facilidad. Quizá por eso a fines de los años 80 estas moribundas decoraciones dejaron su lugar a imitaciones plásticas que aunque no engañaban a nadie eran útiles a la vista y nada más. Pero la moda va y viene, y de un momento a otro fueron las suculentas, a prueba de dedos inexpertos, las que adornaban las revistas de decoración.
Si cuidar de un buen número de animales en casa podría ser objeto de indeseada atención, hoy el despliegue de una modesta jungla que registramos digitalmente para ser la envidia en las redes sociales no es sino una forma más de construir la imagen que queremos proyectar, una cuyo verdadero significado se escapa con facilidad.
En la actualidad cuidar una planta parece estar cargado de una miríada de significados que, o bien nunca habían sido articulados, o no habían sido expresados con tanta urgencia.
Cuidar una planta representa el cuidado por otro ser vivo que requiere de nuestra atención, y es por eso que se vuelve una suerte de trofeo. Quizá también representa nuestra nostalgia por una naturaleza de la que no podemos ser parte, desplazada por una vida cotidiana alejada de la sencillez que imaginamos implica vivir fuera de la ciudad. Cuidar una planta, imaginamos mientras la regamos, es en cierto modo como cuidar del medio ambiente, probablemente sin detenernos en pensar en por qué si la dejáramos afuera moriría.
Las plantas nos hacen bien, y probablemente nadie se animaría a discutirlo. Incluso habrá alguien que podría señalar que tener plantas en casa purifica el aire, aunque esto no es tan así, pero no hace falta ir tan lejos. Cuidar una planta, y poder mirarla cuando el hastío de nuestras pantallas se vuelve insoportable, nos hace sentir bien. Buscarles una utilidad es caer en un juego al que nadie nos empuja y al que no hace falta dedicarle mucha atención.
Por supuesto que tener plantas en casa nos ayuda con el estrés, y aunque hace falta investigar más, hay cierta evidencia de que puede ayudarnos a funcionar mejor, aunque mucho mejor idea probablemente sea detenernos en pensar cuál es el impacto ambiental de nuestro pasatiempo.
Hay algo en la forma en que una planta revive un lugar que es difícil de describir. Desde un tímido cactus en un escritorio, que por suerte nos espera cuando nos olvidamos de él, hasta esa planta que podríamos jurar tiene personalidad y se ofende con facilidad, las plantas nos conectan con vaya a saber uno qué. Pero cuando todos los días se vuelven uno y el mismo, ver cómo sus hojas cambian de color o cómo, podríamos jurar, nos dicen que les falta algo, las plantas nos recuerdan que la atención y el cuidado pueden dar resultado.
A veces, también, queremos tanto a una planta y queremos tanto a una persona que queremos que pueda tenerla también. Y con el cuidado propio de un cirujano de maceta nos animamos a producir esquejes, brotes y otras hazañas botánicas, todo en razón del gesto más parecido a tomar una partecita de nuestro corazón y dárselo a otra persona en una maceta.
Desde que cuidamos una planta tampoco podemos evitar pensar en ella cuando estamos lejos. Encontramos a quien nos alimente al gato, saque al perro y cuide nuestras plantas que, afortunadamente, necesitan una cuota apenas menor de atención.
Y si la planta a la que le dedico una tarde para cambiarle la tierra me devuelve todo su verdor en agradecimiento, quizá salir a caminar, o cambiar de tierra por un rato, pueda hacer algo parecido conmigo. Y cuando una ya no quiere más, y sin importar cuánto la reguemos se rehusa a revivir, solo para volver a crecer cuando la dejamos, quizá nos enseña que a veces darle espacio es lo que necesita una amistad rota para volver a funcionar.
Quizá porque crecí en el bosque y la montaña es que nunca se me dio por tener plantas. Quizá esa solo sea la excusa que uso para mi pereza. Pero desde que Emi empezó a poner plantas en los estantes, empecé a notarlas. En realidad creo que nos ignoramos la mayor parte del tiempo, pero sospecho que detectan mi presencia. Cada tanto las miro un poco, a ver si me dicen algo. La mayor parte del tiempo guardamos un respetuoso silencio.
No hay nadie a quien no se le haya muerto una planta, y es especialmente difícil no cargarse de culpa. “Si tan solo” esto o lo otro. Pero una vez pasado el duelo, podemos intentarlo otra vez. Me da pena por las plantas que cargan con nuestra negligencia, pero seguramente ahí también debe haber algo para aprender. O quizá sea que no era la planta de nuestra vida, y eso también está bien. Fracasar puede ser volver a empezar.
Quizá lo que nos atrae de las plantas sea su ritmo. Viven, mutan, se mueven, pero no por mucho mirarlas podemos engancharlas en el acto. Las plantas, sin proponérselo, nos obligan a respetar sus tiempos, y a esperar. Les sacamos fotos y ellas posan, siempre espléndidas, pero nunca se relajan. Nos producen ternura y no podemos más que esforzarnos por no pensar en ellas cuando es de otra cosa de lo que nos debemos ocupar.
A veces, también, podríamos aprender de los consejos para su cuidado. Como sugiere Sir Plat en aquel librito de hace cuatrocientos años: “Debes abrir a menudo tus ventanas, especialmente durante el día, porque las flores se deleitan y prosperan al aire libre”.
Algo que bien podría haber dicho mi psicóloga.

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Lo que leíste es solo la mitad del correo enviado el 10 de abril de 2022.
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