Cómo funcionan los piratas

Quizá como mi carta de Hogwarts que se perdió en el correo, a mí el mar nunca me llamó.

Nací en el medio de la montaña frente a un lago tan pero tan grande que la mirada nunca era capaz de perderse del todo. A una cuadra de casa vivían Anu y Gabi, amigas de mi hermana, y Manu, amigo de mi hermano. Su papá les había construido una plataforma de madera que en mi recuerdo era un barco. Y no uno cualquiera sino un barco pirata.

Con árboles hasta donde alcanzaba la vista, el mar se veía más bien verde, pero algo era seguro: a bordo la autoridad de los grandes de nada valía, salvo cuando por decreto había que invitar a jugar a uno que había quedado afuera. Después de todo, hasta los piratas saben cuándo escuchar a sus madres.

La crueldad de los verdaderos piratas, por supuesto, iba bastante más allá de no dejar a alguien subirse a jugar con ellos. Sus contemporáneos los llamaban “monstruos”, “sabuesos del infierno”, “ladrones, opositores y violadores de todas las leyes, humanas y divinas”, si no directamente “demonios encarnados”.

Y, sin embargo, los piratas son villanos románticos: hombres temibles —con unas pocas notables excepciones— dispuestos a forjar una vida más allá del alcance de la ley, liberados de sus trabajos y las limitaciones de la sociedad para perseguir la riqueza, la felicidad y la aventura.

Casi tres siglos llevamos maravillándonos con sus despiadadas historias de travesuras de altamar, camaradería y rebeldía. Y sus barbas, por supuesto. Siempre al borde de la ley, pero en acuerdo con un legendario código, nuestra ambigua fascinación probablemente coincida con la creciente burocratización de nuestras vidas, minuciosamente reguladas por leyes y códigos de los que no siempre nos sentimos parte.

En contraste, nos empachamos de historias de vaqueros, gángsters, impostores, héroes medievales y vigilantes encapuchados, de quienes rara vez cuestionamos su criterio ético. Si todo falla, podemos pensar, siempre tendremos el mar.

“Pirata” evoca inmediatamente la imagen de un rufián, rayante en el absurdo, con pata de palo, parche, pañuelo, y un loro en el hombro siempre listo para ejecutar el remate de algún comentario, a bordo de una nave cuya bandera negra lleva una calavera y huesos cruzados. Esta caricatura, alguna vez temida, hoy vende bebidas alcohólicas, comida chatarra y seguros. Piratas eran los de antes.

Como explica el historiador y piratólogo Angus Konstam en The Pirate World (2019), uno de sus muchos libros al respecto, lo más probable es que la piratería haya surgido en simultáneo a los primeros viajes a través del Mediterráneo y el mar Egeo en torno al Siglo XIV a. e. c. Alcanza con que a uno se le ocurra cruzar el mar para que a otro le seduzca la idea de arruinarle el día.

A la confederación de nómadas marítimos de aquel entonces se la conoce como los “pueblos del mar”, y varios historiadores la culpan por el colapso de varias culturas de la Edad de Bronce, el fin de la civilización griega micénica y la destrucción del imperio hitita. Los únicos que pudieron hacerle frente, parece ser, fueron los egipcios bajo el liderazgo de Ramsés III.

Los piratas aparecen también en La Ilíada y La Odisea de Homero, donde se los identifica como cretenses. De hecho, la voz pirata viene del latín pirāta, que a su vez remite al griego πειρατής (peiratés, ‘forajido’), del verbo πειράω (peiraoo, ‘esforzarse’, ‘tratar de’, ‘intentar la fortuna en las aventuras’). Fue recién cuando en el siglo V a. e. c. Atenas se volvió una potencia naval bastante picante que se acabó lo que se daba, aunque los piratas siempre encontraron donde esconderse.

Quizá su víctima más famosa haya sido un jovencito Julio César, capturado en el año 75 a. e. c. Según Plutarco, cuando estos sinvergüenzas pidieron un rescate de 20 talentos, una moneda equivalente a unos 27 kg de plata, César ofreció 50. Una vez liberado se encargó de perseguirlos y crucificarlos, una amenaza que repitió cada uno de los 38 días que estuvo secuestrado.

Llamativamente, fue Pompeyo el Grande, su archienemigo durante la Guerra Civil Romana, quien puso fin a la piratería en el Mediterráneo. Con un inmenso presupuesto y una fuerza militar de unos 500 barcos y 120 mil legionarios romanos —equivalente en la actualidad a la desviación de más de la mitad del presupuesto y las fuerzas armadas de los Estados Unidos— demostró cuán en serio el Senado romano se tomaba la amenaza pirata.

Aunque los disfraces de Halloween de vikingos sean imposibles de confundir con los de piratas, estos hicieron en gran parte su fortuna asaltando ciudades costeras, con notable éxito. Entre sus hazañas más famosas estuvieron el saqueo a París en 845, que solo terminó con el pago de una abultada suma de plata y, poco después, la fundación del asentamiento permanente en el bajo Sena, luego conocida como Normandía, tierra de los escandinavos.

Sin poderes centrales fuertes, la Edad Media estuvo marcada por el constante esfuerzo de los diversos estados, incapaces de mantener flotas propias lo suficientemente fuertes, para aplacar a los piratas.

Fue a mitad del Siglo XIII que tanto el gobierno francés como el inglés comenzaron a otorgar cartas de marca a los corsaires y privateers, respectivamente, que habilitaba a sabotear naves de naciones enemigas, hundiéndolas o bien saqueándolas y secuestrándolas. El término francés corsaire deriva de la course, que viene de cursus, una expedición, en este caso con el objetivo de saquear.

Esta estrategia permitió de algún modo controlar a los potenciales piratas para que encausaran sus esfuerzos atacando a sus enemigos. Siempre que no se metieran con su monarca —en cuyo caso serían ahorcados— tendrían su protección. En otras palabras, un corsario para unos era un pirata para otros.

Naturalmente, toda esta dinámica cobró otro cariz cuando el tercero en discordia, España, luego de poner a un suertudo idiota al mando de tres naves para explorar nuevas rutas marítimas dio con un continente entero, repleto de chocolate —y algunos metales preciosos.

Francia fue quien se avivó primero y empezó a atacar barcos españoles en la década de 1520, cuarenta años antes que los ingleses. Luego se sumaron los holandeses, que se instalaron en aguas americanas atentos a cualquier movimiento.

Los españoles tampoco hacían las cosas fáciles. Siguiendo el Tratado de Tordesillas, firmado entre los reyes de Castilla y Aragón y el rey de Portugal, el “Nuevo Mundo” había quedado repartido entre ambos estados mientras el resto de potencias navales eran de palo. Toda actividad extranjera—incluso comercial— era considerada una agresión.

Fueron estos saqueos de ultramar los que dieron una idea de la enorme riqueza que había en América, y tal fue la ferocidad de los ataques que en el peor momento la corona española llegó a perder hasta la mitad de sus ingresos americanos a manos de sus enemigos.

Como referencia de la magnitud de los botines, en un famoso episodio el corsario Francis Drake (1540–1596) logró hacerse de la Concepción, una nave que llevaba 26 toneladas de plata, 36 kilogramos de oro y 14 cofres con monedas de plata, el equivalente a la mitad del ingreso anual de Inglaterra.

No extraña que Drake fuera declarado héroe por la corona inglesa —y comparado con el Diablo y acusado de pirata por la española. Luego de nombrarlo caballero, la reina Isabel incluso llegó a llamarlo “mi pirata”. Awwww.

Las aguas se calmaron, al menos por un rato, luego del Tratado de Londres (1604) firmado por España e Inglaterra y la cancelación de todas las letters-of-marque emitidas. Este fue el siglo de los bucaneros, habitantes de La Española, actual Haití, que se dedicaban a cazar animales salvajes para ahumar la carne —en un marco de madera llamado buccan— y venderla a quienes navegaban por el Caribe.

Su incursión en la piratería fue en gran medida una respuesta a la exterminación de los animales en los que se basaba su negocio por parte de las autoridades españolas en represalia por no pagar impuestos. Los bucaneros siguieron cazando, pero esta vez barcos españoles.

A medida que España perdía poder a fines del siglo XVII, los ataques bucaneros comenzaron a molestar en el tráfico comercial de Francia e Inglaterra con la América española, y rápidamente pasaron de ser vistos como una defensa a una amenaza. Y si bien un buen número de bucaneros optó por conseguirse un trabajo honesto —aunque alguno se habrá hecho DJ— fueron muchos más los que se volcaron definitivamente a una vida como piratas del Caribe.

No es exagerado afirmar, como hace Robert Earl Lee en Blackbeard the Pirate (1974), que si Inglaterra no hubiera utilizado los servicios de corsarios y piratas durante su larga lucha con España, posiblemente hoy en América del Norte se hablaría castellano en lugar de inglés.

Suele llamarse Era Dorada de la Piratería al período entre 1690 y 1730, aproximadamente, en el que se dio un marcado aumento de la piratería en aguas americanas, africanas y en el Océano Índico. El mismo hecho de que este término haya sido inventado por autores de ficción y no por historiadores señala su romantización.

Casi todo cliché sobre los piratas tiene su origen en A General History of the Robberies and Murders of the most notorious Pyrates (1724), de un tal Capitán Charles Johnson. Entre sus páginas, plagadas de licencias literarias, figuran las biografías de Barbanegra, ‘Black Bart’ Roberts, ‘Calico Jack’ Rackam y William Kidd, entre otros, y se introducen muchas características típicas de la literatura pirata, como las patas de palo, los parches, la idea de enterrar tesoros y Jolly Roger, el nombre de la bandera pirata.

Fue esta obra la que inspiró a Robert Louis Stevenson a escribir Treasure Island (1883) y crear el personaje de Long John Silver, el pirata de una sola pierna con un loro en el hombro. Este detalle, si bien es ficticio, remite a la práctica, tanto de piratas como marineros, de capturar criaturas exóticas como recuerdo de viaje. Los loros, cabe recordar, además de ser coloridos y hablar podían venderse por mucho dinero.

La discusión en torno a la autoría de Pyrates es en sí misma muy simpática. Para empezar, no se ha encontrado registro alguno de un Charles Johnson que fuera capitán. Durante un tiempo se dijo que su autor no era otro que Daniel Defoe, escritor de Robinson Crusoe (1719), pero a pesar del exagerado entusiasmo del literato John Robert Moore, prácticamente no hay evidencia en favor de su teoría.

En cambio, como explica Colin Woodard en The Republic of Pirates (2007), el caso es mucho más sólido en favor de Nathaniel Mist, un editor contemporáneo que publicó obras de figuras controvertidas como Lewis Theobald y, precisamente, Daniel Defoe.

Como nos recuerda Konstam, a los verdaderos piratas de la historia, hombres de carne y hueso — y, en algunos casos, madera— para quienes el naufragio, el hambre, las enfermedades y la muerte violenta eran una amenaza constante, y cuyas carreras generalmente se medían en meses y no años, la idea de que sus vidas fueran románticas les habría resultado terriblemente divertida.

“Para vivir fuera de la ley, hay que ser honesto”, advierte Bob Dylan. Y aunque por definición la delincuencia implica el escape de toda autoridad y marco legal, quizá la observación no sea del todo insípida. Los piratas, de hecho, parecen haber seguido este consejo al pie de la letra.

En 1776, el filósofo moral escocés Adam Smith publicó An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations, el tratado que probablemente inició el estudio de la economía moderna. A pesar de la relevancia de sus ideas, su obra es generalmente bastardeada con espeluznante ignorancia y reducida a una idea central: la “mano invisible”, la fuerza oculta que guía la cooperación económica —y le levanta el dedo del medio a quienes no estudiaron lo suficiente.

Como explica el economista Peter Leeson, la brillante idea de Smith fue el descubrimiento de que muchas veces, para hacer lo mejor para sí mismas, las personas deben hacer lo mejor para otras. De este modo al buscar satisfacer nuestros propios intereses, somos guiados, observó Smith, “como por una mano invisible” a servir también a los intereses de los demás.

En The Invisible Hook (2009), “el garfio invisible”, Leeson argumenta que la teoría de Smith aplica también para criminales. Una “tripulación” pirata de un solo hombre, por ejemplo, no hubiera llegado muy lejos, y por eso la colaboración, más parecida a la organización de una empresa contemporánea que a la de un grupo de adolescentes perdidos en una isla, era indispensable.

A bordo de un barco pirata regían los principios de libertad, igualdad y fraternidad, a modo de crítica hacia el autoritarismo y las jerarquías de la época, pero no tanto como ideales románticos sino como garantías de cooperación: la mayoría de quienes se unían a la tripulación lo hacía por voluntad propia.

Mientras que un navío mercante no solía llevar más de 13 a 17 personas, en un barco pirata la tripulación podía contar con entre 80 y 200, lo cual permite imaginar las condiciones en las que vivían esos pobres tipos. Más que un cabaret o un sauna, lo que necesitaban era una ducha.

Como indica el piratólogo Marcus Rediker en Villains of All Nations (2004), casi todos los piratas contaban con alguna experiencia marítima, y tenían en promedio 28 años. En cuanto a las piratas, autoras como Jo Stanley en Bold in Her Breeches (1995) y Laura Duncombe en Pirate Women (2017), argumentan que existieron muchas más mujeres piratas que las que figuran en los libros de historia, “todas con algo en común: el deseo de ser dueñas de su propio destino, cueste lo que cueste”.

Muchos piratas probablemente se unieron a la causa por nobles motivos, pero la gran mayoría lo hacía por dinero. En tiempos de paz las flotas estatales menguaban y el trabajo en la marina mercante, aunque estable, era poco redituable. La recaudación anual de un pirata podía ser entre cien y mil veces mayor a la de un marinero, en algunos casos permitiendo ganar en un año lo que hubieran ganado en 40.

Y aunque hay que tomar estos números con pinzas, en tanto la mayoría de botines eran más bien modestos y muchos piratas murieron de hambre esperando algún tesoro, una sola expedición exitosa podía alcanzar para jubilarse. Cabe recordar que, a diferencia de los corsarios, los piratas no tenían que repartir su botín con nadie.

Asimismo, los navíos mercantes estaban organizados jerárquicamente, con el capitán, sus oficiales, y bien abajo los marineros. Esta estructura otorgaba autoridad absoluta sobre la tripulación, incluyendo tareas, salarios, raciones y castigos. Una vez en altamar, ante un conflicto era la voz del capitán contra la de quien quisiera cuestionarlo.

Los piratas, en cambio, limitaban el poder de los capitanes y garantizaban que cada miembro tuviera voz y voto en las decisiones tomadas. Con tripulaciones étnicamente muy diversas, y sin una máxima autoridad, su organización se daba en torno a los artículos del Código Pirata de cada barco, constituciones sencillas que establecían derechos, reglas para lidiar con disputas, y los detalles de incentivos y garantías.

Estos artículos limitaban el consumo de alcohol, el mantenimiento de las armas y cubrían todo comportamiento que pudiera dañar la capacidad letal de la tripulación, pero también establecían premios y beneficios para promover el coraje y la toma de riesgos. Notablemente, al perder alguna parte del cuerpo en batalla los piratas cobraban un seguro —probablemente para comprar una prótesis en alguna tienda de segunda mano.

A bordo de un barco pirata el capitán era uno más, elegido para ese rol, que incluso dormía junto al resto. Los botines se distribuían según lo fijado en el Código y cualquier disputa era arreglada por un improvisado tribunal formado por miembros de la tripulación.

Leeson, Rediker y Woodard se apuran en señalar que todas estas características —una activa democracia, igualdad económica, considerable tolerancia racial e incluso cobertura médica— son propias de las democracias contemporáneas y estuvieron presentes a bordo de los barcos piratas mucho antes de la Independencia Estadounidense y la Revolución Francesa.

Todo otro tanto puede decirse acerca de cómo los piratas supieron construir su marca, cuya temible bandera no era más que un mecanismo diseñado para que los barcos se rindieran sin conflicto, evitando el innecesario derrame de sangre. Las historias de torturas y crueldad, a la base de su reputación, servían para convencer a sus víctimas para que revelen sus tesoros, sin tener que llegar a hacerlo realmente. Por ejemplo, hay muy pocas instancias documentadas de piratas que hicieran caminar por una larga tabla hacia el mar a los condenados.

Es probable que en gran parte la fascinación que los piratas todavía nos provocan tenga que ver con la forma en que sus vidas representan la libertad —en torno a la sociedad, a las leyes y a su propia consciencia— y la forma en que esta se traduce en lo ilimitado, lo autónomo y lo alegre, de una forma ciertamente idílica.

En enero de 1983, cuando un grupo de empleados de Apple que estaba desarrollando la Macintosh comenzó a perder el entusiasmo, Steve Jobs ofreció una máxima destinada a motivarlos: “Es mejor ser un pirata que unirse a la marina”. Aprovechando cada fibra del imaginario, su genialidad estuvo en convencerlos de que estaban a bordo de un barco rebelde y no de un navío mercante con una rígida estructura en la que en realidad él era el capitán.

Lo que nuestros relatos sobre los piratas suelen obviar es la suma importancia que estos tuvieron para el desarrollo mismo no solo del capitalismo sino de su fiel acompañante, la democracia republicana.

Los piratas sin más supieron ser los primeros en no solo adoptar una desvergonzada búsqueda de la riqueza sino que en aquel afán adoptaron prácticas de autogobierno, códigos de conducta proto-constitucionales e incluso gran parte de lo que hoy llamaríamos identidad de marca, construyendo y explotando su imagen cientos y cientos de años antes de que estas mismas estrategias fueran usadas para vender zapatillas y gaseosas.

Quizá nos seducen porque fueron los piratas quienes hicieron lo que tantas personas solo sueñan con alguna vez hacer: irse de casa y de la comodidad de lo conocido en pos de una vida fuera de los barrotes de la sociedad. Incluso quien no defienda lo que los piratas hacían puede inspirarse por este espíritu valiente y aventurero. No por nada jugamos a ser piratas y no marinos mercantes.

Aunque a esta altura ya no guardo esperanzas, quizá deba seguir el consejo de Dave Barry y si en algún momento escucho el llamado del mar, corte inmediatamente.

Pirate house” by Elena Zolotova (CC BY-NC-ND 4.0)

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