Las cosquillas siempre han desconcertado a la filosofía.
Siempre en el borde entre la delicia y la incomodidad, es la mezcla lo que estropea nuestras mejores teorías.
Solo como ejercicio intelectual bien podríamos imaginar que el Filebo de Platón transcurre en una cueva en la que Sócrates, vestido con látex y sosteniendo una fusta, interroga a sus pares acerca de la naturaleza del placer, para eventualmente concluir firmemente que las cosquillas son una mezcla que entre el placer y el dolor se acerca más a este último. De cómo ecualicemos esta mezcla generalmente depende nuestra postura acerca de que nos hagan cosquillas.
El hombre es un animal racional, pero antes es un animal con cosquillas. Aristóteles, en su De Partibus Animalium (‘Las partes de los animales’) atribuye esta peculiar cualidad sensitiva a nuestra refinada piel, y a ser las únicas criaturas que ríen. Incluso llegó a ubicar la cuestión de por qué no podemos hacernos cosquillas a nosotros mismos entre sus Problemata, apurándose a concluir que es porque no contamos con el factor sorpresa.
Las cosquillas, notablemente, escapan a nuestra capacidad de describirlas. “Consiste en cierta conmoción agradable que suele provocar involuntariamente la risa”, y el eventual chorrito de pis, llegado el caso.
Tanto Francis Bacon, a quien le debemos el método científico, como Charles Darwin, a quien le debemos su más hermosa aplicación, coincidían en que a las cosquillas se podía asociar cierto estado mental, pero disentían en cuanto a si este era necesario.
Mientras que para Darwin la naturaleza de las cosquillas era primariamente social, por lo que si un extraño le hiciera cosquillas a un niño este gritaría horrorizado, para Bacon esto era irrelevante: incluso el más amargo de los hombres no puede evitar reír si se le hacen cosquillas. Doy fe.
Las cosquillas, asimismo, suponen una peculiar metafísica. Dónde están las cosquillas, Shakira preguntó, y fue probablemente Galileo, siguiendo a quien primero señaló que la cualidad de la “cosquillosidad” no era propia de aquello que las produce sino de quien las siente. Esta distinción entre cualidades primarias y secundarias, que hoy nos parece básica, suficiente revuelo causó como para sentar las bases del estudio científico de los sentidos que luego retomaría Descartes.
Nuestra distancia con las cosquillas probablemente se puede inferir de nuestra edad. Como explora el neurocientífico Robert Provine en Curious Behavior (2012), las cosquillas parecen ser una de las formas más primitivas de socialización de cachorritos—humanos y de otro tipo.
No solo las cosquillas han sido observadas en otros primates, sino también en elefantes, ratas, e incluso truchas, tal como menciona Maria en Twelfth Night (1601) de Shakespeare. Perdón, Aristóteles.
Para Provine, esta forma de comunicación preverbal es la que nos introduce a la distinción entre nuestro cuerpo y el mundo circundante. Las cosquillas, argumenta, crean intimidad a través de un tipo de agresión juguetona e inofensiva. Es incluso nuestra incapacidad de provocarnos cosquillas la que nos enseña acerca de los límites de nuestra experiencia sensorial y la idea de que más allá de mi “yo” hay un “otro”, y luego un “nosotros”.
El desconcierto que provocan las cosquillas se debe a que nuestra reacción defensiva es directamente opuesta a lo que podríamos esperar ante una agresión. Es la risa descontrolada lo que motiva a seguir, pero esta no es como cualquier otra.
Esto no contribuye a establecer por qué las cosquillas fueron seleccionadas evolutivamente. Una alternativa, propuesta por J. C. Gregory en 1924, es que nuestra sensibilidad a las cosquillas es mayor en aquellas zonas del cuerpo que son más vulnerables en combate mano a mano. Al hacernos cosquillas nos están entrenando para proteger dichas partes.
Quienes generalmente nos hacen cosquillas, por supuesto, suelen ser quienes nos cuidan. Es por esto que con toda razón el agente del FBI Holden Ford en Mindhunter (2017) sospecha del director de escuela que para dar una lección a sus estudiantes les hace cosquillas. Paradójicamente, si la historia hubiera sido que les golpeaba con una regla, a nadie le hubiera llamado la atención.
Claro que cuesta explicar por qué las manos y dedos, muy vulnerables en combate, son de las zonas donde menos sentimos cosquillas— ni cuál es el beneficio de reír en un combate fuera de la posibilidad de convencer a quien ataca de que de hecho hemos perdido la cordura y en consecuencia corre peligro de perder un ojo.
Christine R. Harris, cosquillóloga, propone que esta es precisamente su función: sonreímos y reímos para que sigan y podamos volvernos cada vez más picantes. Cuando el combate finalmente se presente nadie podrá detenernos. De ahí el viejo adagio: “La pluma es más poderosa que la espada”.
Las cosquillas nos confunden y asustan porque nos muestran la facilidad con la que es posible perder el control. Queremos que paren, gritar y llorar— pero nuestro cuerpo sigue a las carcajadas. La incomodidad y el dolor se vuelven insoportablemente privados cuando nuestra corporalidad nos traiciona. No hay mayor prisión que la pérdida de control sobre nuestro propio cuerpo. Por algo existe la tortura de las cosquillas.
Si vamos al caso, la risa que provocan las cosquillas no es como cualquier otra. Lo que parece una sonrisa es en realidad una expresión facial de amenaza: en realidad estamos mostrando los dientes. Y pasado un punto la risa ya no es el fenómeno social que acompaña la diversión sino un reflejo espasmódico para liberar tensión que incluso puede derivar en cataplexia, o la pérdida de control muscular.
Para ser un juego las cosquillas deben ser breves, leves y consensuales, con especial atención puesta en la otra persona. Y no todas las cosquillas son iguales. En 1897 los psicólogos G. Stanley Hall y Arthur Allin dividieron las cosquillas en dos categorías: de alta presión, con los dedos en las costillas que provocan la risa llamada gargalesis; y de un movimiento ligero y plumoso a través de la piel, llamado knismesis.
El desafío de las cosquillas está en lograr identificar hasta dónde llega el placer de la otra persona. Después de todo los niños —y adultos— ansiamos risas, conexión y juego físico, y las cosquillas son un atajo hacia todo eso. Cabe preguntarse si no hay otras formas de lograr lo mismo sin reducir a la otra persona a un manojo de impotencia.
Cabe mencionar que si eso es lo que nos gusta, no hay nada de qué avergonzarse. “Knismolagnia”, del griego antiguo κνησμός (knēsmós, “comezón”) y λαγνεία (lagneía, “coito”), es la sofisticada palabra con la que se conoce al fetiche sexual de la excitación provocada por cosquillas— y la que completa nuestra imagen mental de Sócrates preguntando quién quiere más placer, o más dolor. Rawr.
En cuanto a por qué no podemos hacernos cosquillas por nuestra propia cuenta, no hay una respuesta definitiva. Una de ellas, ofrecida en Big Questions from Little People (2012) por el neurólogo David Eagleman, tiene mucho que ver con cómo funcionan nuestros cerebros, y en cierto sentido se relaciona con el motivo por el cual tampoco podemos darnos un susto por nuestra propia cuenta.
Gracias a nuestras experiencias pasadas, el cerebro sabe (casi) exactamente qué sucederá. Y si algo cambia, se acomoda y hace nuevas predicciones. Esto también incluye adelantarse a cómo va a sentirse nuestro cuerpo, y eso es lo que le quita toda su gracia a las cosquillas.
Una forma insospechada y rebuscada de hacernos cosquillas, de todos modos, parece ser olvidar dinero en un bolsillo, que recupera tanto nuestra capacidad de sorprendernos como el sutil placer de lo inesperado—y la dolorosa consciencia de que la inflación es tan real como un golpazo en la cara.
Aunque la historia de la ciencia —y la filosofía— generalmente se encarga de ordenar el relato en torno a asuntos quizá más dignos, no deja de ser extraordinario cómo un fenómeno como las cosquillas tiene todos los ingredientes para encender a las mentes más inquietas de cada época.
Después de todo, las cosquillas nos proveen de un puñado de paradojas que solo podrían obviarse con aberrante negligencia. Si todo tienen que ver con nuestra sensibilidad, es difícil explicar por qué sentimos más cosquillas en la planta de los pies que en las manos, donde el tacto es más sensible. O por qué si nos provocan dolor e impotencia nuestra reacción es exactamente la opuesta de la que podríamos esperar. Incluso las cosquillas dejan patas para arriba la más pedestre de las nociones de causa y efecto: cuanto más leves son más poderoso es su efecto.
Probablemente el mayor filósofo de las cosquillas fuera Descartes, quien en su crítica a la tradición anterior se propuso repensar el rol de los sentidos, especialmente el tacto, denunciando la confusión que provocan y e invitando a repensar la naturaleza humana y su ubicación en el mundo material, con consecuencias no solo ontológicas y epistemológicas sino también sociales, políticas, teológicas e incluso artísticas.
A pesar de su fama desinteresada por lo corporal, su interés en las cosquillas no puede ser exagerado. Descartes, como tantos otros, se detuvo también en la peculiaridad existencia de las cosquillas en el umbral entre el placer y el dolor, algo que David Hume, su fan, alguna vez parafrasearía como “una sensación placentera que llevada al exceso se hace dolorosa”.
El propósito último de Descartes no era otro que señalar que a pesar de la riqueza de experiencias sensoriales como las que provee el tacto, debemos en última instancia pensar más allá de los límites de los sentidos para poder abrazar la verdadera naturaleza de las cosas.
O como seguramente haya figurado en alguna anotación temprana perdida en algún rincón de la historia: siento cosquillas, luego existo.

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