En una cajita de fósforos se pueden guardar muchas cosas. Un rayo de sol —aunque hay que encerrarlo muy rápido para que no se lo coma la sombra— un copo de nieve, e incluso una lágrima muy gastada, escribió alguna vez María Elena Walsh. Pero entre tantos palitos, pelusas y botones lo que quizá se escapa es la historia que guardan las cajitas de fósforos.
John Walker nació el 29 de mayo de 1781 en el pequeño pueblo portuario de Stockton, a la orilla del río Tees, al norte de Inglaterra. Aunque mucho no sabemos de él, sabemos que era muy curioso. A sus 15 años aceptó ser el ayudante del señor Watson Alcock, el cirujano del pueblo. Pero a John no le gustaba la sangre, y aunque podría haber sucedido a su maestro, la botánica y la química se llevaban su fascinación.
Luego de abandonar un brillante futuro cortando y serruchando partes del cuerpo —que en gran parte es como funcionaba la cirugía por aquel entonces— dejó su pueblito y pasó por Londres, Durham y York, donde aprendió todo lo que necesitaba acerca del comercio de drogas y medicamentos. Hasta que un día volvió y en el número 59 de High Street puso su propia farmacia.
En Stockton tampoco pasaba demasiado, aunque las cosas parecían estar por cambiar. En 1825, apenas unos años luego de su regreso, a unos pocos kilómetros de aquel pequeño pueblo la primera locomotora a vapor de un tren de pasajeros haría su primer viaje.
Pero con la Locomotion No 1 colocada en las vías, su caldera llena de agua y suficiente madera y carbón, descubrieron que nadie tenía fuego. A punto de mandar a alguien a traer una antorcha, aunque fuera el mediodía, un peón ofreció su lente ustoria, que al concentrar los rayos del sol en un pequeño punto usaba para encender su pipa. Los fósforos aún no habían sido inventados pero la locomotora encendió igual y no fue otro que el Sol el que puso en marcha a la Revolución Industrial.
Porque hasta que no aparecieron los primeros fósforos el fuego se generaba más o menos de la misma manera: con chispas y algo que prendiera fácil. El sistema, que podría tener casi diez mil años, generalmente consistía de un trozo de acero llamado eslabón que al rasparse contra un fragmento de sílex o pedernal producía chispas que al caer sobre yesca producían fuego.
En A Tale of Two Cities (1859), Charles Dickens cuenta que los conductores de carruajes generalmente debían ocuparse varias veces por noche de prender los faroles luego de que los apagara el viento usando una caja de pedernal y yesca, algo que “si estaba de suerte, [se lograba] en cosa de cinco minutos”.
A veces se dice que, como tantas otras cosas, los fósforos vienen de China. Según un texto del siglo XIV, en el año 577 durante el asedio de una ciudad las “empobrecidas cortesanas” usaban palos de pino impregnados de azufre que se encendían inmediatamente al contacto con el fuego, la misma técnica que utilizaban los romanos varios siglos antes. Pero aunque ayudaban a trasladar o reavivar el fuego, no servían para generarlo.
Los primeros avances en el desarrollo de la combustión por fricción llegaron poco después de que, al igual que América, el elemento químico del fósforo fuera descubierto por accidente en búsqueda del oro. Aunque es muy probable que no fuera el primero, fue Hennig Brand, el último alquimista o el primer químico según a quién le preguntemos, quien en 1669 descubrió el fósforo.
Brand no estaba buscando otra cosa que la ansiada “piedra filosofal”, una sustancia capaz de convertir metales comunes en oro. Y para ello no tuvo mejor idea que hervir unos 1.000 litros de orina y dejar reposar dos semanas para que se pudrieran. Por último volvió a hervir a mayor temperatura lo que quedaba hasta que obtuvo 60 gramos de un sólido muy inflamable, parecido a la cera, que brillaba en la oscuridad. Lo llamó ‘kaltes feuer’ o ‘fuego frío’, posiblemente luego de descartar ‘meo de Chernobyl’.
Aunque ni el nombre, del griego Φωσφόρος o Phōsphoros, “portador de luz”, ni el fenómeno que se le asociaba eran nuevos, hasta ese momento nadie sabía que podía obtenerse de la orina. Y fue así como se obtuvo durante cien años hasta que se descubrió que también se obtenía al procesar huesos calcinados con ácido sulfúrico. Otra que Breaking Bad.
Diez años después de Brand, el químico inglés Robert Boyle descubrió que el fósforo y el azufre se prendían al frotarse, convencido de que las llamas eran generadas por algo inherente a su naturaleza y no a la fricción. Al impregnar un papel de fósforo y secarlo, para luego frotar en él un palo con una cabeza de azufre, este se encendía. Pero no fue más que una curiosidad: el papel debía estar recién preparado, algo muy inconveniente, y el olor era insoportable.
Casi cien años más tarde, del otro lado del canal de la Mancha otros prototipos se iban acercando. En 1779 en Torino, Italia, y en 1781 en París se introdujo la “vela de fósforo” o “fósforo etéreo”, que consistía en un tubo de vidrio sellado de 10 cm que adentro tenía un palillo. Al sumergirse en agua caliente derretía fósforo en un extremo y luego de romper el otro extremo y sacar el “fósforo”, este se prendía al contacto con el aire.
Y aunque no usaban fósforo, a principio del siglo XIX aparecieron los primeros “fósforos químicos”, como aquel inventado en 1805 por Jean Chancel que consistía en un palillo cuya cabeza estaba impregnada de una mezcla de clorato de potasio, goma y azúcar, que al entrar en contacto con el ácido sulfúrico que el caballero llevaba en una botellita dentro de una pequeña caja metálica en su saco, se encendía. Qué podría salir mal.
Este fue el sistema que se usó durante casi cuarenta años más, aunque más conocido como el “Promethean Match”, patentado en 1828 por un muy pillo Samuel Jones de Londres. Sus “fósforos” consistían en una pequeña cápsula de vidrio que contenía una solución de ácido sulfúrico teñido de azul, que estaba recubierta de una composición de clorato de potasio, azúcar y algún pegamento. Esta venía envuelta en un rollito de papel, parecido a un cigarrillo, de unos 10 milímetros de largo y uno de ancho, y para encenderse debía romperse con una pequeña pinza, o bien con los dientes, porque nadie tiene todo el día. El clorato se encendía prendiendo fuego el papel.
Todas estas soluciones eran incómodas, complicadas, poco confiables, bastante peligrosas y, sobre todo, caras. El oro sería para quien pudiera desarrollar una forma de prender fuego que no involucrara ácidos peligrosos, explosiones, o el temor a tener que en algún momento preguntar si alguien olía a quemado.
A John Walker en el pueblo todos lo conocían como “la enciclopedia de Stockton”, y a él un poco le gustaba. Andaba de frac marrón, medias grises, corbata blanca y sombrero alto de castor. Cuando no estaba atendiendo su negocio se encerraba en el taller del fondo a hacer sus experimentos. Y en eso estaba una tarde de 1825, el mismo año en que se puso en marcha aquella locomotora, cuando perfeccionando su polvo de percusión Walker notó que una mezcla seca de clorato de potasio, trisulfuro de antimonio, azúcar y almidón se encendía al frotarla.
Durante mucho tiempo fue un misterio cómo lo descubrió, pero cuando a fines de siglo fue encontrado uno de sus cuadernos la historia se volvió un poco más obvia. Walker había estado fabricando de forma independiente los “fósforos” de Chancel y fue por mera serendipia que cayó en la cuenta de que podía reemplazar aquella mezcla, que requería de ácido sulfúrico, por la que él había descubierto. Así nacieron los primeros fósforos, sus “luces de fricción”—que de fósforo no tenían nada.
Sus “aparatos de luz instantánea” eran palitos de casi 8 centímetros que se vendían de a 100 (o de a 84, si se incluía un estuche cilíndrico), y para encender se colocaban dentro de un papel de lija doblado y se tiraba con fuerza.
Ya en 1829 se había corrido la voz y luego de demostrar su funcionamiento en el Royal Institute de Londres, un tal Michael Faraday lo visitó y supuestamente trató de convencerlo de que patentara su invención. Pero Walker no les dio mucha importancia y con el dinero que tenía estaba bien. Ese mismo año, y ante las copias que comenzaban a aparecer, los dejó de fabricar.
También es cierto que su mezcla era inestable, muchas veces la cabeza de sus fósforos salía como una bola de fuego arruinando ropa y alfombras, a lo que se sumaba el problema del olor, que logró que en algunos contextos se limitara su uso.
Fue también en 1829 que el inventor escocés Sir Isaac Holden desarrolló una versión mejorada de las “luces de fricción” que demostró ante su clase en Reading, Berkshire. Holden tampoco patentó su “invención”, cof cof, y en cambio señaló que fue uno de sus estudiantes quien le propuso a su padre comercializar el producto.
Este muy emprendedor químico londinense no era ni más ni menos que Samuel Jones, y así fue que de tal palo tal astilla que en 1832 aparecieron los famosos “lucifers”, cuyo nombre se usó para referirse a los fósforos hasta comienzos del siglo XX e incluso es como se les llama hoy en holandés. Pero a pesar de su márketing, estos aún tenían los mismos problemas: encendido violento, llama inestable y vapores que olían especialmente mal.
Esto último recién cambió cuando en 1830 Charles Sauria, un químico francés, alteró la fórmula reemplazando el trisulfuro de antimonio por fósforo blanco, aquel curioso elemento que había descubierto Brand. Estos nuevos fósforos, ahora sí con todas las letras, no tenían olor pero eran terriblemente venenosos y debían conservarse en latitas herméticas.
Todo esto, sin embargo, no hizo mella en su popularidad y hasta fines de siglo su composición se mantuvo prácticamente igual. En los años 40 se reemplazó el azufre por cera de abejas, reduciendo aún más su acrimonia, y luego por parafina. A la madera se le agregaron sustancias para que ardiera más lento y pudieran ser “a prueba de borrachos” que se quemaban los dedos.
Esta es, a grandes rasgos, la versión que hoy conocemos del fósforo: una sencilla y práctica herramienta que consiste en un palito o tirita de cartón con un extremo recubierto de ciertos químicos inflamables que se enciende al frotarse sobre una superficie y produce fuego de manera controlada.
En castellano su nombre no tiene mucho misterio, pero el inglés ‘match’ viene del francés ‘mèche’, mecha, que probablemente viene del latín ‘myxa’ (“boquilla de la lámpara”), que asimismo es probable que venga del griego antiguo μύξα (‘múxa’, moco), en alusión a la mecha de una lámpara de aceite que colgaba como si fuera un moco saliendo de una nariz. Y ahora ya lo sabés.
Estos fósforos no solo tenían el inconveniente de encenderse con demasiada facilidad —a veces incluso de forma espontánea con explosiones y todo a partir del solo calor del cuerpo— sino que eran sumamente venenosos. Una sola caja de fósforos era suficiente para matar a una persona, algo que supo ser aprovechado tanto por suicidas como homicidas en sobradas ocasiones.
Pero quienes realmente la pasaban mal eran las personas que trabajaban en las fábricas, generalmente mujeres y niños, que al exponerse durante jornadas laborales de doce horas a los vapores de fósforo blanco sufrían de “phossy jaw” o fosfonecrosis: la dolorosa destrucción de los huesos de la mandíbula y la nariz por la descomposición provocada ante la prolongada exposición a estos vapores tóxicos.
La solución, sin embargo, había sido descubierta en 1844 por el profesor sueco, Gustaf Erik Pasch que ese mismo año patentó los fósforos de seguridad. Pasch, siguiendo los pasos de su maestro —el químico Jöns Jacob Berzelius, famoso por su introducción de la notación química— reemplazó el fósforo blanco por su variedad roja, un polvo que se obtiene al calentarlo en un recipiente hermético, y luego lo separó de la composición para colocarlo en una superficie de raspado afuera de la caja.
Pero aunque la invención dio fama mundial a la industria sueca de fósforos, su producción era complicada y cara y Pasch no logró resolver el negocio. Fueron los hermanos Johan Edvard y Carl Frans Lundström, que habían abierto la famosa fábrica de fósforos Jönköping en 1847, quienes algunos años más tarde introdujeron sus propios fósforos de seguridad.
Aunque sus diseños eran algo monótonos y sus tipografías estaban condicionadas por las limitaciones de la época, con los rápidos avances en las técnicas de impresión sus cajitas de fósforos, de marcada identidad sueca, fueron las que definieron el criterio estético que, sin el amparo de leyes de propiedad intelectual, luego fue plagiado por fabricantes de todo el mundo.
A estos fósforos, a pesar de todo, no los quería nadie. No solo eran notablemente más caros, por el costo del fósforo rojo, sino que, como señala un artículo de 1877, el público estadounidense los consideraba una molestia: “Un estadounidense prefiere meterse la mano en el bolsillo, sacar un fósforo y encenderlo en sus pantalones o el zapato, antes que andar llevándolos en la caja en la que vienen”.
Las fábricas de fósforos de seguridad abrían y al poco tiempo tenían que cerrar. La molestia de tener que andar llevando una cajita era suficiente como para desestimarlos, incluso cuando eran el único tipo de fósforos permitidos en los edificios públicos británicos.
En otras palabras, durante más de medio siglo mujeres y niños morían a montones porque tener que encender un fósforo en su cajita era demasiada molestia.
La historia de los movimientos obreros generalmente ubica en 1889 el año del gran despertar británico por la sindicalización. Con sobrado heroísmo los trabajadores portuarios de Londres aquel año marcharon en reclamo de justicia social, mayor igualdad y sentaron las bases del movimiento obrero que un día daría lugar al Partido Laborista.
Pero como cuenta Louise Raw en Striking a light (2009), fue la huelga de las mujeres que trabajaban en la fábrica de fósforos de Bryant & May de 1888 la que encendió la mecha del movimiento obrero y mostró el camino hacia el sindicalismo. Y fue de estas mujeres de la clase trabajadora de Londres, que los hombres aprendieron cómo se hacía, al imitar a sus madres, esposas, hermanas, hijas y vecinas.
Fundada en 1843 para fabricar fósforos, Bryant & May se convirtió en una de las empresas más poderosas, con inversores bien conectados políticamente. Incluso logró cultivar una reputación de buen empleador, un monopolio pero bien, ponele.
En 1888 podía darse el lujo de pagarle menos a sus empleadas que 12 años antes, siendo el principal empleador de trabajo casual femenino en el East End de Londres. Como cuenta Ángel O. Prignano en Historia del fósforo en la Argentina (2007), en el Río de la Plata la historia era bastante parecida.
Los capataces eran implacables y las condiciones eran las que podríamos esperar de respirar fósforo todo el día, todos los días. Abandonar el trabajo, incluso cuando la cara comenzaba a descomponerse, era correr el riesgo de quedar en la calle. Cada empleada era reemplazable, y esto era bien aprovechado con amenazas de “multas” a quien no lo diera todo.
En palabras de Marx en Das Kapital (1867): “La jornada de trabajo oscilaba entre 12 y 15 horas, con trabajo nocturno, con comidas irregulares tomadas generalmente en los mismos talleres, apestadas por las emanaciones del fósforo. Dante encontraría que una fábrica de este tipo supera todos los horrores que ha acumulado en su Infierno”.
Fue la periodista socialista Annie Besant quien luego de escuchar algunas historias publicó el provocativo artículo “Esclavitud blanca en Londres” y se ganó la amenaza de ser denunciada por difamación. Pero aunque suela atribuirse a ella el haber avivado el avispero, ese relato, demasiado prolijo, no hace más que invisibilizar a la organización propia de las mujeres que trabajaban en la fábrica.
Raw no se cansa de argumentar en su libro que el relato de la periodista educada en el socialismo que “despertó” a las mujeres de la fábrica no hace más que tapar con “historia” lo que realmente pasó. Tan es así que su libro, escrito más de cien años después, es el primero que se propuso encontrar quiénes eran esas mujeres, y apenas si pudo lograrlo a pesar de su monumental esfuerzo.
Esta imagen de las “mujeres de los fósforos” es una que incluso Hans Christian Andersen recupera en “Den Lille Pige med Svovlstikkerne” (“La niña de los fósforos”) de 1845, cuya protagonista tampoco parece merecer un nombre propio.
La huelga, en cualquier caso, logró su cometido. Bryant & May tuvo que acceder a las demandas de las trabajadoras y suspender los castigos, además de incorporar por primera vez en 45 años inspecciones de seguridad e higiene. Pero principalmente les permitió organizarse a través de sindicatos para poder presentar sus reclamos de forma oficial en el futuro.
Un año más tarde, uno de los líderes de la huelga del puerto llamó a “pararse hombro a hombro y recordar a las mujeres de los fósforos, que ganaron su lucha y formaron un sindicato”.
Parafraseando al médico Eduardo Scarlato, cabe reflexionar cuántas vidas tuvieron que sumirse en la más profunda oscuridad para que con un breve chasquido pudiéramos hacer nuestra propia luz.
Un par de años después el Ejército de Salvación británico procuró abrir su propia fábrica de fósforos de seguridad, prometiendo salarios dignos y mejores condiciones de trabajo, y para sorpresa de nadie cerró en menos de diez años.
Aunque sería muy alentador imaginar que fue todo esto lo que incentivó el abandono del fósforo blanco en la fabricación, muy probablemente esto se haya dado por la invención en 1898 de los fósforos a base de sesquisulfuro de fósforo que también podían encenderse en cualquier superficie, sin el aspecto tóxico y sin ser explosivos. Sean felices, señores, y enciendan sus fósforos donde quieran.
Finlandia fue el primer país en prohibir el uso de fósforo blanco en 1872, seguido por Dinamarca en 1874, Francia en 1897, Suiza en 1898 y los Países Bajos en 1901. En 1906 se firmó un acuerdo entre 48 países para ejercer esta prohibición. En paralelo, el Reino Unido lo prohibió desde 1910. Y todo esto más de cincuenta años después de que el problema fuera claramente identificado.
En Estados Unidos era la Diamond Match, que había introducido los típicos “libritos” de fósforos que al día de hoy algunos hoteles aún reparten con su logo, quien tenía la patente para el uso de sesquisulfuro de fósforo. Y aunque en su momento John Walker haya podido pensar que su invento no era tan importante, William H. Taft, el presidente por aquel entonces, pidió públicamente que se liberara la patente en vistas de la salud pública. Y la empresa accedió.
En una cajita de fósforos se guardan muchas cosas.

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