Cómo funciona delinearse los ojos

Snip, snap. El pelo caía sobre mi torso mientras Guadalupe, como una artista renacentista, esculpía mi cabeza con su tijera. Snip, snap, solo quedaba confiar.

Impaciente por saber cómo me vería le rogué poder mirarme en el espejo. Faltaba algo, me avisó y como quien pone su firma con un par de trazos delineó mis ojos. Pero en mi reflejo en vez de la versión barilochense de una estrella de rock encontré el equivalente a un identikit dibujado por un ilustrador borracho según la descripción de una estrella de rock dada por una persona bajo el efecto de la psilocibina.

Luego de correr dando vueltas por el jardín y gritando, aquel verano incorporé el mantra “el pelo crece” y no volví a dejar que alguien me tocara el pelo por quince años.

El look al que Guadalupe apuntaba seguramente era al de una suerte de Robert Smith pasado por agua—o aguarrás. Smith mismo cuenta que empezó a maquillarse cuando era un adolescente y luego de ver a David Bowie en la televisión tomó de la hermana de alguien lo que necesitaba: “Me encantaba lo raro que me hacía ver y el hecho de que molestara a todo el mundo. Alcanza con ponerse un poco de delineador para que las personas te griten. Qué extraño —y qué maravilloso”.

Hay relativo acuerdo en que incluso antes de pintar cavernas tuvimos la gran idea de pintarnos la cara. La sospecha se debe a que hay cuevas con rastros humanos de entre 100 y 125 mil años en las que a pesar de hallar pigmentos no había pinturas en las paredes ni artefactos decorados.

Tal como especula el antropólogo Steven Mithen en The Singing Neanderthals (2005), estos “cosméticos prehistóricos”, generalmente de color rojo y a veces incluso con forma de lápices, probablemente se usaban para exagerar partes del cuerpo como los labios, las nalgas y el pecho. Para Mithen no es menor el hecho de que usaran rojo, y no negro, dada su significancia para nuestra especie. Alcanza con prestar atención cuando juega la Selección para corroborar que la pintura facial se viene utilizando desde entonces para indicar nuestra lealtad a cierta tribu.

Y más allá de los colores que pudiéramos descubrir en el viento, nuestra paleta hasta hace no mucho más de cien años estaba necesariamente limitada al rojo, verde, negro, amarillo, azul y blanco, que se obtenían mezclando tiza, dióxido de manganeso, carbón, lapis lazuli, calcopirita y ocres amarillos y rojos. En palabras de Lisa Aldridge en Face Paint (2015), pintarnos las caras es tan parte de la naturaleza humana como comer y dormir.

Personalmente, me quedo con el negro. Y si hubiera un color más oscuro, con ese. Este es el preferido para realzar ojos, pestañas y, en definitiva, nuestra mirada. En ella reside nuestra confianza, nuestra atención, nuestra empatía, e incluso de ella depende nuestra capacidad de reconocer a quien nos cruzamos. De mirar a alguien a los ojos depende nuestro arrojo a ser mirados.

El negro, además, es muy fácil de conseguir. Alcanza con un poco de carbón aplicado cuidadosamente alrededor de los ojos para que nuestra cara de nada pase a ser toda misteriosa. Y esto es precisamente lo que los egipcios descubrieron.

Cuesta encontrar una pieza egipcia sin ojos bien delineados. La moda en el Antiguo Reino de Egipto (c. 2668~2181 a. e. c.) era el delineado verde, que generalmente se hacía con malaquita (un pigmento hecho con óxido de cobre), hasta que en el Nuevo Reino (c. 1550~1070 a. e. c.) fue reemplazado porque, se sabe, el negro era el nuevo verde.

Y aunque existe cierto grado de incertidumbre respecto a las fechas, su composición y los motivos de uso (cosméticos, medicinales, o mágico-religiosos) se suele coincidir en que era una práctica tanto de mujeres como de hombres y niños de todos los niveles sociales.

El pigmento negro se hacía con antimonita o estibinita, o bien con galena (plomo), y en jeroglíficos se lo llamaba ‘mśdmt’, que como nadie sabe cómo se pronuncia le decimos ‘mesdemet’, que viene de m- (prefijo de sustantivo),‎ śdm (“ponerse maquillaje”) y‎ -t (sufijo femenino). Algo así como “hacer hablar a los ojos”, “pintarlos” o “hacerlos expresivos”.

Es perfectamente plausible que los ojos que encontramos en pinturas y esculturas egipcias fueran exageraciones, pero lo cierto es que en la mayoría de tumbas se encontró maquillaje para ojos más allá del género o estatus, aunque sí difiere en cada caso la calidad del pigmento y su contenedor.

Los egipcios solían mezclar antimonio triturado (de color gris plateado), almendras quemadas, plomo o galena, cobre oxidado, ocre, ceniza, malaquita y crisocola (un mineral de cobre azul verdoso) para obtener pigmentos negros, grises o verdes, la misma receta que luego se usó por miles de años con el nombre de kohl.

Incluso un posible origen de la palabra “química” podría ser el griego antiguo χημεία (‘chimeía) que según un texto de Plutarco del Siglo I a. e. c. era como se llamaba a la parte oscura del ojo y que, dada la tierra oscura del Nilo, de allí tomaba su nombre Egipto. Si Plutarco se delineaba los ojos y se dejaba caer el flequillo no lo sabemos.

Como marca Aldridge, alcanza con apenas interiorizarnos en el uso de maquillaje en la antigüedad para darnos cuenta de que su uso por parte de las mujeres guarda una estrecha relación con las libertades y derechos que en cada caso tenían. En términos generales, en aquellas épocas en que las mujeres fueron más oprimidas el maquillaje fue más repudiado.

En comparación con las mujeres de siglos posteriores, las egipcias de hecho tenían una notable autonomía. Según el papiro de Wilbour, podían heredar y poseer tierras, manejar sus propios negocios e incluso iniciar acciones legales contra hombres. Por otro lado, el esfuerzo físico no estaba mal visto y muchas mujeres pobres vivían de ello.

Pero descartando la teoría de que los egipcios se pintaran los ojos para rebelarse contra sus padres queda la incógnita de por qué lo hacían en primer lugar. Una posibilidad es que lo hicieran para proteger sus ojos del sol y de infecciones como la conjuntivitis. Dada la presencia de plomo en las mezclas, su efecto bactericida era notable, aunque también potencialmente tóxico. La otra es que lo hicieran como símbolo de estatus y por su importancia espiritual, en especial en relación con Horus, el dios que muchas veces toma forma de halcón y cuyo ojo era símbolo de protección.

El delineado también era furor en el primer imperio persa (550–330 a. e. c.), y aunque no tenemos mucho escrito al respecto, es posible notar en los grabados la importancia que se le daba: la sombra de ojos era el más antiguo e importante de los siete elementos de maquillaje, y se aplicaba tanto con fines medicinales como espirituales.

Es del dialecto acadio de la antigua Persia que el idioma árabe tomó la palabra ‘kohl’ (الكحل‎, o al-kuḥl) para referirse al pigmento negro para ojos que se obtenía por destilación. Eventualmente la palabra pasó a describir todo producto de la destilación y, aunque de ahí viene la palabra ‘alcohol’, nada de esto tiene que ver con los ojos de borracho.

En la Antigua Grecia las mujeres usaban una combinación de antimonio, corcho quemado y hollín para realzar sus ojos. Allí la moda era unir sus cejas, al estilo Frida, algo que también compartían con las mujeres romanas. Sin embargo, en la Antigua Roma el maquillaje para ojos se vinculaba con una mala reputación en tanto el contacto visual directo entre hombres y mujeres se vinculaba explícitamente a la sexualidad y el erotismo.

Fue este desprecio romano lo que marcó el rechazo occidental al delineado de ojos. Mientras en India, Asia del Sur, Medio Oriente y partes de África se siguió realizando, en Europa se prefería la piel pálida, apenas con rubor y casi sin atención a los ojos. En cambio, se trataba de ocultar no solo cualquier defecto sino el uso mismo de maquillaje, y tal era la falta de interés en los ojos que en el Renacimiento era relativamente común quitarse las pestañas y las cejas.

Todo esto comenzó a cambiar cuando en 1923 el egiptólogo Howard Carter presentó con enorme cobertura mediática la tumba de Tutankamón, cerrada durante 3 mil años, y al año siguiente se exhibió por primera vez el busto de Nefertiti, descubierto en 1912, cuyos pómulos altos, cuello largo y rasgos perfectamente simétricos se volvieron el ideal de belleza.

Esta nueva fascinación por Egipto dominó al mundo y generó tal alboroto que luego de más de mil años volvió el uso del delineador a Occidente para imitar aquella gruesa línea trazada en torno a los almendrados ojos de Nefertiti. Este retorno, sin embargo, estaba claramente restringido a las mujeres.

Curiosamente, este busto de unos 3.300 años de antigüedad bien podría ser la más antigua imagen “retocada”: luego de analizarlo con rayos X se descubrió que debajo de la superficie la cara estaba esculpida en mayor detalle, con pómulos más sobresalientes e incluso arrugas alrededor de la boca y ojos. Se estima que esta representación más realista fue modificada para lograr una forma más idealizada.

Este glorioso retorno también tuvo que ver con el fin de la época victoriana y la gradual pérdida de temor al uso de maquillaje, pero especialmente con la enorme relevancia que comenzó a tener Hollywood: entre 1925 y 1930 abrieron cientos de “palacios de cine” cuya capacidad rondaba las 2 mil personas.

Como explican los cineastas Anita Loos y John Emerson en Breaking Into the Movies, una suerte de guía de 1921 para meterse en el cine: “Los ojos son el rasgo más importante y expresivo. Su maquillaje es de suma importancia… Ambos párpados deben estar delineados con negro”.

La recomendación venía de la necesidad de acentuar expresiones, tanto de actores como de actrices, que de otro modo serían indistinguibles en blanco y negro. Pero el estigma persistía: usar delineador se asociaba o bien con la actuación o bien con el trabajo sexual. Incluso Charlie Chaplin, que solía exagerar el efecto para sus personajes, o Rudolph Valentino, a quien se acusaba de la “degeneración afeminada” de Estados Unidos, eran soslayados por su otredad. Cuando en 1927 se introdujo el cine sonoro, el estereotipo de Hollywood pasó a ser el del tipo bien masculinizado y el delineador en varones nunca se instaló.

En los años 30, y en menos de 15 años, no solo el rechazo se revirtió sino que de repente si alguien no se maquillaba no podía considerarse propiamente una mujer, como explica Madeleine Marsh en Compacts and Cosmetics (2009). El voto femenino, fumar y beber en público, entre otras libertades, se sumaron así a la libertad de maquillarse.

No solo la industria cosmética explotó justo antes de la Gran Depresión sino que fue una de las pocas que de hecho mantuvo su crecimiento. Desregulada como estaba, sin embargo, muchos de los productos de la época, como el kohl, eran peligrosos para la piel o directamente venenosos.

Al comenzar la Segunda Guerra Mundial y a pesar de los racionamientos y restricciones, el uso de maquillaje siguió creciendo. No solo las mujeres desarrollaron una inagotable creatividad para aprovechar las sobras de comida, sino que también se las arreglaron para maquillarse con carbón y mezclas de plantas. Basta con observar que en aquella famosa imagen de “Rosie the Riveter” de 1943, en la que se lee “We can do it!” y se alienta a las mujeres a que trabajaran en oficios históricamente masculinos, se la puede ver usando lápiz labial, pestañas y delineador.

Pero por más empoderamiento que se quisiera blandir un par de años antes, en los años 50, como hace notar Leila Ettachfini, los roles de género se recrudecieron y el maquillaje se volvió aún más glamoroso, como puede notarse en el personaje de Marilyn Monroe en Gentlemen Prefer Blondes (1953), basada en la novela de Anita Loos.

Fueron algunos artistas negros, como James Brown y Little Richard, quienes recuperaron el look, con suficiente sutileza como para pasar desapercibido, y fue de ellos que el mismísimo Elvis Presley tomó nota.

Ya en los años 60 el look de Audrey Hepburn o Jackie Kennedy comenzó a dar lugar al uso más experimental del delineador por modelos como Twiggy y Brigitte Bardot, que no escatimaban en cantidad ni en osadía. Y si “revolución” era el concepto de la época, para el espíritu cuestionador del rock and roll el delineador era la más efectiva herramienta para poner en crisis la idea misma de masculinidad.

Fue esto mismo lo que inspiró a David Bowie, Mick Jagger y Lou Reed, entre otros, a incorporar el delineado como un elemento característico de su imagen andrógina, pero también a los punks desesperados por encontrar maneras de decirle “fuck you” a todo lo que se cruzaran.

Como explica Marsh: “El look de una década es reemplazado por su contrario en la siguiente. Todo el mundo quiere escribir su propia historia (…) y parte de eso implica evitar hacer lo mismo que tu mamá o tu hermana mayor”.

“Excesivo” es un buen adjetivo para los años 80, en el sentido que se quiera. Robert Smith y Steven Tyler abrazaron aún más su femineidad e incluso incorporaron estilos más osados. En Argentina la influencia del aspecto de Gustavo Cerati fue tal que hasta el futbolista Martín Palermo solía delinearse y Benito, su hijo, alguna vez contó que aunque nunca le enseñó a tocar la guitarra sí le mostró cómo delinearse. “Porque prioridades, siempre”, acota.

En los 90s la relación con el maquillaje mutó en dos sentidos. No solo el nuevo “feminismo del pintalabios” ayudó a concebir nuevamente al maquillaje como empoderador, sino que las culturas grunge y punk popularizaron el delineado desarreglado.

Fue precisamente de este último modelo de masculinidad que moldeé mi propia adolescencia. Leyendo alguna entrevista de Mark Hoppus de blink-182 en la que contaba que solía maquillarse y vestirse como el líder de The Cure solo deseaba que mi realidad no fuera tan abusiva e infernal como para poder juntar el coraje de algún día hacer lo mismo.

Condenado al ostracismo por mis pares, algo de alivio encontraba en el consumo de angustiosa música como la de Green Day, pero jamás siquiera atiné a maquillarme en secreto, salvo por aquel entrañable episodio con Guadalupe.

Claro que con el cambio de milenio y el abuso de delineador en la escena emo o pop punk cualquier vestigio contestatario había quedado bien diluido. Pero como en tantas generaciones anteriores, algo de alivio podía encontrar en el consumo de figuras masculinas que no temían cuestionar la forma en que se suponía que debíamos vernos, aunque bastante dice de lo frágil de la masculinidad que por aquel entonces se adoptó la palabra “guyliner” para referirse al exacto mismo delineador que usaban las mujeres.

Como señala la maquilladora Stéphane Marais: “Ningún hombre quiere admitir que se maquilla, una práctica afeminada, y sin embargo, todos quieren sentirse mejor, más lindos y más seductores”.

Por esos mismos años, en 2005, apareció YouTube y cambió para siempre al maquillaje. De un momento a otro cualquier persona podía aprender, paso a paso, cómo adornar sus ojos de forma (casi) profesional. Para un montón de muchachos (y muchachas) cuya inseguridad era debilitante la libertad que esto trajo es imposible de exagerar.

No solo podíamos mirar en MTV cómo Gerard Way de My Chemical Romance o Brandon Flowers de The Killers se maquillaban, sino que también era posible recrear sus looks sin darle explicaciones a nadie. No deja de cautivarme cómo la fluidez en los roles de género de la que hoy disfrutamos le debe tanto a una larguísima secuencia de personas que tuvieron el coraje de diferenciarse.

Notablemente, si el origen mismo de la ansiedad social se encuentra en la exposición a otras personas, quizá era esperable que la disminución de lo social trajera una reducción de la ansiedad. Fue apenas unos meses antes de que comenzara la última pandemia que tuve oportunidad de vivir que adopté el hábito de pintarme las uñas, primero de una sola mano como Tom DeLonge y luego ambas. No solo era un ritual de autocuidado que me enfocaba en una sola tarea, y cuyo efecto meditativo era análogo a lavar los platos, sino que me hacía sentir bien. Incluso más lindo.

Y, como tantos otros chabones, fue cuando vi a Robert Pattinson usando sombra en los ojos para su papel de Batman que me convencí de que no iba a tener mejor oportunidad de hacer lo mismo. Porque si bien prácticamente todas las encarnaciones de Batman en la pantalla usaban sombra y delineador, esta era la primera vez que se podía apreciar sin una máscara. Quizá esta era la referencia que Guadalupe debería haberme hecho notar mientras yo pataleaba. Quién me va a ver, razoné, y entré en la farmacia como quien da los primeros pasos en una antigua tumba egipcia sellada durante miles de años.

El razonamiento, sin embargo, estaba equivocado. La fuerza motora detrás del actual furor por el maquillaje muy probablemente venga de las selfies y el interés por vernos bien en cámara. Constantemente nos mostramos, aunque ya no sea por la calle, y estar en casa, paradójicamente, pasó a ser estar en el mundo.

Los ojos son lo primero que notamos en las selfies, y es generalmente donde sucede lo más interesante del maquillaje. Como destaca Marais, el uso de delineador generalmente resulta en una mirada más intensa e hipnótica, no necesariamente femenina. Cuando me delineo no busco la adoración de mis súbditos, o resaltar mis expresiones en blanco y negro. Simplemente me gusta cómo se ve. Y quizás con eso debería alcanzar.

Que con mi nuevo hábito le hago juego al capitalismo no hay duda alguna. La aparición en la última década de líneas masculinas o neutrales entre los productos de las principales marcas de cosméticos es solo un indicio del crecimiento prácticamente exponencial del mercado, que se estima en al menos un 65% en la próxima década.

Al respecto no deja de resultar divertido el lenguaje que estas marcas usan: las cremas humectantes sirven para “atacar” arrugas, los desodorantes para “eliminar” la transpiración y los exfoliantes para “purgar” la piel muerta. Nunca me sentí tan macho como cuando me pongo cremita para “arrasar” con la sequedad de mi piel o delinearme los ojos para canalizar todo mi glorioso poder faraónico.

No logro siquiera recordar cómo se sentía salir a la calle sin tapar la mitad de mi cara, y la sola idea de hacerlo me hace sentir vulnerable, desnudo. Y es cuando delineo mis ojos que con este obligado respiro de lo asfixiante de lo social encuentro una forma de hacerme sentir que ya no le tengo miedo a mirar, o a que me miren.

Puede que sea extraño, pero no por eso menos maravilloso.

Collage by David Bowie using film stills from “The Man Who Fell to Earth,” 1975–76. Courtesy of the David Bowie Archive, StudioCanal, and the Victoria and Albert Museum.

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