Cómo funcionan las cartas

A casa no llegaba el correo, pero sí llegaban cartas desde lugares remotos.

Una vez cada un par de semanas mi papá o mi mamá iban al “pueblo”, como a veces todavía les escucho decir, a revisar la casilla de correo 539. Solo recuerdo el sonido, y su blanda reverberación, de los sellos sobre la almohadilla y luego el papel, casi como un compás al ritmo de las personas haciendo cola.

Había una llave, infinitamente poco interesante, para una puertita como cualquier otra que detrás escondía cosas que pagar, números de la National Geographic, y una que otra carta con noticias de personas que no conocía pero que, me juraban, alguna vez me habrían tenido en brazos.

No solo me fascinaba pensar en que era posible mantener amistades a más de cien metros de distancia, sino que para lograrlo fuera importante escribir acerca de casi cualquier cosa, siempre que viajara en un sobre con una estampilla.

“Hay algo permanentemente encantador en recibir un sobre por correo”, dice la calígrafa profesional Margaret Shepherd. “Es como si alguien hubiera envuelto sus palabras para vos”.

Una carta está marcada por sus interrupciones. El timbre que cortó una oración por la mitad, el café —o las lágrimas— que mancharon el papel, la palabra que no supimos deletrear, y luego no supimos disimular. El cansancio de una mano que rara vez se debe a un ejercicio tal.

Es en las palabras a mano sobre el papel que podemos rastrear estos detalles, incluso el haberse tomado la molestia de deletrear correctamente nuestro apellido. Leer una carta es también reconstruir mentalmente a la persona que la escribió, ansiedades, alegrías, preocupaciones y todo.

En una carta volcamos la verdad —nuestra verdad— y esperamos. Sabemos con relativa precisión el camino que hará, y aunque sospechamos de una respuesta, siempre es inesperada. Escribir una carta requiere de mantener el entusiasmo desde la primera línea hasta el último paso frente al buzón.

Las cartas nos obligan a buscarles un lugar. Su metafísica es tal que una carta cambia en su idéntica materialidad antes de cerrarse, en un buzón o en la caja de zapatos en la que guardamos recuerdos. Y qué será de las cartas perdidas, que son y no son al mismo tiempo.

No siempre vienen solas, las cartas. En un sobre cabe también un mundo entero. Una postal, un papelito cuyo sentido solo se completa con las palabras que acompañan, un par de pétalos, un recorte, quizá algo de dinero. Una carta puede estirar el momento en el que se agota su sentido si viaja bien acompañada.

Y, aunque sencillo, su concepto no es obvio. Si bien las formas más primitivas de papel nos remontan al tercer milenio a. e. c., según el testimonio del historiador griego Helánico, la carta más antigua fue escrita por la reina Atosa, consorte del rey Darío de Persia, recién en el siglo V a. e. c.

Una carta puede cambiar la historia, y frecuentemente lo hacen, incluso cuando no recibe respuesta. Fue en el siglo V que los britanos escribieron a los romanos rogando por su ayuda para resistir a las invasiones y fue ante la falta de respuesta que acudieron a los mercenarios anglosajones, que luego de tomar el control de Bretaña dieron lugar al idioma inglés.

Y es a pesar de su belleza que la carta a bordo de ambas sondas espaciales Voyager, que desde 1977 atraviesan el espacio, acompañada de discos de oro con una cuidadosa selección de sonidos de nuestro planeta, probablemente nunca reciba respuesta.

Escribir una carta es un arte, el de contar la historia mientras se desenvuelve. Es una ocasión en la que sin acudir a nada más que las palabras debemos comunicar personal y efectivamente un mensaje que será leído en nuestra ausencia, por una persona cuya reacción quizá nos sea vedada eternamente. Es la vulnerabilidad que implica escribir una carta, y el coraje que requiere, lo que nos inspira a confesarnos, o incluso perder un poco la cabeza.

El tiempo transcurre distinto en una carta. No solo porque puede ser escrita a lo largo de las horas, los días o los años, sino porque hace que todo sea un poquito más lento alrededor. A nuestra atención, siempre tan esquiva, poco le cuesta detenerse en un artefacto tan precioso.

Escribir una carta nos obliga a releer antes de seguir, y a pensar cada palabra. El ejercicio, imposible en la inmediatez de nuestra comunicación, hace que las ideas deban agotarse antes de comunicarse. Incluso cuando no sabemos bien lo que queremos decir, podemos bailar con las palabras hasta que de los giros y repeticiones emerja una carta.

Una vez escrita, nuestra carta se transforma en una excusa para salir de casa, aunque conocemos esa anécdota del famoso escritor que tan seguro de sí mismo podía estar que al terminar de escribir cerraba el sobre, ponía la estampilla y lo soltaba desde su ventana en una ajetreada calle londinense, confiando en que quien lo encontrara lo dejaría en un buzón, pensando que se le cayó al cartero.

Y cuando llegan, qué habrá sido de la persona que éramos un minuto antes. La euforia, el misterio, el tironeo entre abrirla inmediatamente o saborear el momento, como un antojo que sabemos postergar para hacerlo durar.

Las cartas se coleccionan. Se atesoran. Las palabras que guardamos son las de otra persona y, sin embargo, nos hablan de quienes alguna vez fuimos. Es por eso que las cartas también nos recuerdan de nuestra propia existencia. Incluso cuando no podamos sentirlo, las cartas que guardamos reconocen que alguna vez existimos para alguien más.

Y algún día, quizá, sean nuestras cartas las que se subasten.

Las cartas viajan a través de la geografía, cruzando códigos postales, épocas e incluso clases sociales. Quizá sea por eso que tantas novelas del siglo XIX dependen de ellas para avanzar en su trama. Las cartas nos dejan espiar en las rendijas del propio ser, a través de las palabras, pero también a través de los silencios.

Escribir un diario puede ser una tarea tediosa, pero no lo es si del otro lado hay una querida persona que lee. Y una peculiar forma de libertad podemos encontrar en nunca más tener que leer lo que escribimos. Cuando leemos a Rilke podemos reconstruir un diálogo incluso cuando solo conocemos un lado de la conversación. Estamos reportando algo que no solo será leído, con cuidado, sino que estamos aprendiendo a reconocer dónde estamos, qué pensamos, y qué sentimos al escribir.

“Escribir cartas”, se quejaba Franz Kafka, “es en realidad una relación con fantasmas y de ninguna manera solo con el fantasma de quien las recibe, sino también con el propio fantasma, que evoluciona secretamente dentro de la carta que uno está escribiendo”.

Escribir una carta nos enseña a contar historias. Nos fuerza a reconocer que nuestras propias vidas están colmadas de arcos narrativos, desdeñados en lo pedestre y lo cotidiano, y que su reconstrucción no es trivial. Escribir una carta nos pone de frente a un horizonte, para volver sobre nuestros pasos y tratar de entender cómo terminamos allí.

Y tan evidente es que el correo electrónico no las reemplaza que nadie le llama carta a lo que recibe en su bandeja de entrada. Es en nuestros mensajes ensobrados que brota más fácilmente la honestidad, quizá porque en el fondo, y sin saberlo, no confiamos del todo en nuestras fantásticas comunicaciones electrónicas.

El estado mental al sentarse a escribir una carta es distinto. Cuando todo se apaga, y se corta internet o el teléfono se quedó sin batería, podemos escribir.

Escribir una carta es algo lindo que podemos hacer con nuestra insoportable soledad. Al escribir la soledad se vuelve deliciosa, sin distracciones y con silencios que todo nos cuentan. Sin distracciones ni repreguntas que nos permiten el espacio para nuestros pensamientos y emociones, desperdigadas por la página.

Nadie nos dice lo que debemos escribir, y eso también marca el alcance de nuestras travesuras. Quizá volquemos nuestro malestar, o quizá aprovechemos para dejarlo a un lado, pero incluso en nuestra más profunda soledad y bajo la asfixia del aislamiento podemos conectar deliberadamente con la persona que nos va a leer, pensando compasivamente en qué le gustaría leer, y qué nos gustaría escribir.

Cada carta es una oportunidad para revelarse, o para ocultarse. Como en aquellas presentes en El amor en los tiempos del cólera (1985) de Gabriel García Márquez, las cartas son el material a partir del cual se moldea a la persona que escribe, de la forma en que esta quiere ser leída. Nuestras cartas no son más que el reflejo de la persona que nos gusta pensar que somos —o podemos ser.

“Las cartas son sobre todo un medio útil para expresar nuestro yo ideal; y ningún otro método de comunicación es tan bueno para este propósito”, escribió la novelista y crítica Elizabeth Hardwick en un ensayo de 1953 sobre la correspondencia literaria. “En la conversación, esos ojos inquietos sobre ti, esos labios listos con una enmienda antes de que comiences a hablar, son un poderoso impedimento para la irrealidad, incluso para la esperanza”.

Somos enormes, y contenemos multitudes, pero de algún modo nos las arreglamos para hacer que todo eso entre en un sobre. Y por la inevitable demora del correo, la persona que escribió esas palabras ya no existe cuando alguien las lee. El fantasma de quien alguna vez fuimos solo existe en las cartas que alguna vez escribimos.

Escribir una carta nos hace pensar no solo en que hay algo que quizá alguien quiera saber, sino en que hay una persona a quien lo que podemos decir le puede interesar. Escribir una carta refuerza el reconocimiento de que existe una conexión, incluso cuando no estamos físicamente presentes.

En épocas de distanciamiento social, se vuelve un lujo inigualable la posibilidad de imaginar que otra persona sostendrá en sus manos algo que dejó las nuestras.

Una buena carta escrita a mano es un acto otrora mundano pero ahora creativo, prácticamente subversivo. No solo porque implica el placer de lo táctil y de lo visual, sino por el deliberado acto de vulnerabilidad que supone, abriendo a través de nuestra escritura a mano una ventana al interior de nuestra intimidad que ningún otro artefacto logra reemplazar.

Quien alguna vez haya escrito un largo correo electrónico, dejando que sus pensamientos galopen sobre la pantalla, solo para borrarlo todo de un tirón ante una vergüenza capaz de detener a una locomotora sabe que, como alguna vez E. M. Forster escuchó decir por ahí, nadie puede saber lo que piensa sin antes mirar lo que tiene para decir.

Nadie podría discutir que una nota de secuestro tiene cierto encanto que un correo electrónico de secuestro no logra capturar.

Recibir una carta hace que el tiempo se desdoble, y resistir la tentación de tomar una foto y hacerle saber a la otra persona que llegó se vuelve una hercúlea tarea, como si fuera una imperdonable falta de respeto cruzar de un ámbito a otro que ninguna similitud guarda. Este otro tiempo, más lento y frágil, nos calma, a pesar de nuestra sospecha de que los días, los meses, los años, ya no pasan como solían hacerlo.

Y quizá las cartas sean la mejor forma de hacer filosofía. “Querida persona que lee, estas son las cosas que ahora pienso” captura insospechadamente aquello que los ensayos, tratados, artículos y aforismos rara vez logran. En una carta no se puede escribir “desde ningún lado”.

Qué será de las cartas que ya nunca podremos leer. Si nuestra historia colectiva solo puede aspirar a completarse con aquello que registramos en nuestra intimidad, como las marcas en los márgenes de un libro, el registro de las décadas tan extrañas que vivimos quedará estanco en algún disco rígido hasta que la cruel efimeridad de lo digital se imponga.

Sostener una carta y ver nuestro nombre nos hace existir, nos vuelve visibles aunque solo sea por un instante, endeble y pasajero. Nuestra identidad se ve reflejada en una persona que nos escribe y en ese eterno momento sin tiempo abandonamos nuestra nulidad, aunque solo sea hasta leer la última línea.

Una carta no tiene que ser perfecta, ni siquiera debe estar bien escrita, con amplio vocabulario y un despliegue de intextricables recursos literarios.

Una carta solo tiene que ser escrita.

Greetings from California” by Anastasia Itkina (CC BY-NC-ND 4.0)

Cómo funcionan las cosas es un proyecto sostenido por las personas que leen. Si querés sumarte a que el proyecto crezca, y recibir contenidos exclusivos, podés hacerlo por acá.

Lo que leíste es solo una parte del correo enviado el 18 de julio de 2021.
Si querés recibir «Cómo funcionan las cosas» todos los domingos, podés
suscribirte al newsletter. Además, podés encontrarme en Instagram, Facebook o Twitter.


Discusión