¡Abajo el agua sigue igual!

Respirar, lento y hondo.

Solo se trata de respirar, nos repetimos mientras el aire parece nunca alcanzar.

Solo se trata de respirar, pero cuando estamos bajo el agua lo que podría apenas ser una bienintencionada recomendación parece un chiste con un reloj adelantado.

— “Es esa sensación de no salir nunca a tomar aire”, le digo a Mateo. “Luego de estar nadando por tres años nos tomamos vacaciones y asomamos la cabeza. Y durante un rato está bien, hasta caer en la cuenta de que seguimos bajo el agua”.

— “Es como salir a tomar aire, ¡pero abajo el agua sigue igual!”, me responde.

Solo se trata de respirar, pero cómo cuesta con una bota en el pecho, con una manzana en la garganta, sin un manual de instrucciones que se nos traspapeló hace una o dos mudanzas y nadie dejó colgado en internet. Respiramos y a medida que seguimos el recorrido del aire por nuestros pulmones, trepando por sus ramas hasta asomarse en alvéolos, desde el palco hacemos apuestas desesperadas.

El aire lo inunda todo, a veces apenas más fresco cuando entra que cuando sale, y en lo que dura ese ejercicio hay un músculo, quizá justo a la base del cuello, que parece darse por vencido y con él también el resto del batallón. Hacemos fuerza para respirar solo para llegar a la cima, después la gravedad parece encargarse del resto.

A veces, cuando puedo sentir el olor que tiene el polvo justo debajo de mi nariz, rendido sobre el suelo que no me encargué de barrer antes de desplomarme, siento que con la misma precisión con la que en sus observatorios en la punta de una montaña descubren una nueva estrella yo podría identificar el momento en que todo se fue al carajo. Si algo nos incomoda más que las malas noticias es la incertidumbre.

Me inquietan esos gráficos que suben y bajan, bailan un poco, y luego siguen bajando, o subiendo. Me inquietan porque desde cualquiera de sus puntos el futuro parece tan caprichoso. Justo cuando todo parecía mejorar, el camino hacia el suelo se aceleró, y cuando todo parecía perdido las nubes se abrieron para dar lugar a un universo inagotable.

Esos gráficos, para colmo, solo tienen sentido si los vemos de costado. Supongo que no es lo mismo mirar la montaña rusa desde la fila que subido a ella.

Hay un buen motivo por el cual los coches de las montañas rusas no tienen volante.

Si tan solo pudiéramos decidir cuál es el límite. Señor maquinista, tire de la palanca que tengo lugares a los que ir, cosas que hacer y gente que conocer.

Si tan solo al llegar al cénit pudiéramos descarrilar, siempre como parte del plan, porque el futuro ya llegó y al infinito y más allá partiría nuestro coche volador.

Si tan solo alguien se nos acercara a preguntar si estamos bien. “No, gracias, me gustan las emociones fuertes”, es lo que diría nuestra versión alternativa, esa que nunca le haría asco a nada, esa que a veces busca quedarse sin aire, si así lo quiere.

El aire que nos roba un susto que como llegó se fue, el aire que parece abandonar la habitación cuando entra esa persona de inexplicable gravedad, el aire que guardamos para más tarde cuando estamos por hacer algo sin saber si nos vamos a arrepentir. El aire que no parece alcanzar cuando nuestros pulmones se mueven como si alguien hubiera apretado FF en la videocasetera.

Lo que no suelen contarnos del aire es que algún parentesco tiene con el tiempo.

No el tiempo de la física, ese que se mide con lo que esta semana se les haya ocurrido medir de algún átomo que andaba por ahí, sino el tiempo de verdad, el único que realmente vivimos. El tiempo del aire.

Si no estuviera tan ocupado algún día haría una mochila y me presentaría en un laboratorio. Les diría que estoy listo, que la ciencia viene primero, que a veces cuando hago fuerza y mis pulmones se prestan a estallar el tiempo se detiene. Sin chistar firmaría todo lo que me pidieran, porque nadie está buscando problemas, y acompañaría a quien me llevara a donde tuvieran que llevarme.

Y si no me dejaran nunca salir solo pediría que me dejen escribir, que puede que alguien en casa me extrañe.

Respiramos y los relojes giran más tranquilos. No debe ser fácil tener que correr más rápido cuando nos quedamos sin aire.

“Si tuviéramos que decir de qué se trata el Zen”, explicaba alguna vez Alan Watts, “tendríamos que señalar enfáticamente que no se trata de una doctrina. No hay nada en lo que debamos creer. No es una filosofía, un conjunto de ideas, o una red intelectual con la que intentamos atrapar los peces de la realidad”.

No, claro, seguramente solo haya que respirar.

“De hecho, el pez de la realidad es más parecido al agua: se nos escapa de la red. Y en el agua, una vez que nos metemos, no hay nada de lo que agarrarse. Todo este universo es como el agua. Es fluido, es transitorio, es cambiante. Y cuando nos arrojan al agua luego de acostumbrarnos a vivir en la superficie y sin habernos habituado a nadar, intentamos sostenernos en ella, intentamos agarrarla. Así nos ahogamos”.

Aún no puedo decir qué tan prudente sería llevar filosofía en vez de un cortaplumas a una isla desierta.

“La única forma de sobrevivir en el agua (…) en la que no tenemos nada de lo que aferrarnos (…) es aprendiendo a nadar. Y para nadar debemos relajarnos, soltarnos, entregarnos al agua. Y debemos aprender a respirar correctamente. Es entonces cuando descubrimos que el agua nos sostiene. De una extraña manera nos convertimos en el agua”.

Muy bien, pero luego hay que nadar hasta la orilla.

Summer Swimming” by luby su (CC BY-NC-ND 4.0)

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Este correo fue escrito en un tren entre Torino y Milano el 9 de febrero de 2024. Luego fue enviado a las personas del Club de la curiosidad.

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